Tengo un mundo
bajo las uñas y es la huella identificatoria con que me rastreo después de cada
suicidio. Los últimos cadáveres se han ido asesinando solos con disimulo,
conmigo, con sonrisas de galletitas y hambre de acuerdo. Pero la costumbre de
hablar bajito, de tener vergüenza, de tratar que no se note la costumbre ni la
timidez ni la arrogancia me sobreviven en cada nueva parición. Nunca nazco
espontánea, fresca, a tiempo. Desfallezco y reanimo para poder saborearme
oronda como si fuera producto de lo que ni mi invención logra, me saboreo
porque no me trago. Porque tengo una verborragia tan poco concurrida que tiene
menos originalidad que Benedetti.
Por eso,
convierto en hueco las palmas y las cuelgo de cada oreja organizadas en un
silencio entornado como claraboyas, doblado, cauto, intencional. Sociabilizo.
Aunque parezca o me sienta como un perro oliendo el culo de los otros perros
siempre más finos, de mejor raza. Puro pedigree. Yo soy cruza, soy la cruza
imposible de mi papá y mi mamá que les salió media media. Las tres hijas
salimos medias medias, la del medio por demás y la más grande ni salió. Medias
zoquetes porque nos quedamos medias cortas. Ser del todo o ser del montón.
Me aproximo,
gradúo el tono, la tendencia primavera-verano y miro el mundo y la naturaleza
de los hombres desde una vidriera, por denominarlo de una manera escénica que
haga juego con los tres colores de las sandalias que estreno. Aparezco como en
una foto, momentánea. Sin permanencia, de propaganda. Por esa manía que tengo
de hacerme, de copiarles. Para parecer espontánea o fresca o para parecer. Como
esas mujeres que hablan, que tienen razón, que besan las palabras mientras las
van diciendo, que tienen la cara como un corazón y el cuerpo como una espiga.
La nariz bien finita, amigas mujeres parecidas a ellas, valijas con rueditas,
equipaje suficiente, algún familiar corrupto o una ideología política. Mujeres
a las que difícilmente se les logre atrapar en un gesto porque tienen ademanes
movedizos y saltarines, como manos. Mujeres que no hacen solitarios ni juegan
con las cartas, manos que ganarían muchas manos, una partida entera del
chancho. Manos hechas, sin improvisación. Mujeres ricas, sin apetito. De gusto.
Mujeres con
sombrero no, porque a ésas sí las quiero. Una mujer con sombrero es de verdad
aunque sea hermosa. Como Paula, como su capelina.
Yo digo las
otras, las que se visten de negro con lentes oscuros y entierran sus muertos en
cementerios que parecen jardines y tienen un amante que es cómplice de algo muy
sucio pero hay tanta plata puesta encima que el único que se anima a investigar
es pobre pero capaz, y lo logra.
Nosotras,
digo nosotras por costumbre pero los que cavaron el pozo fueron ellos, mi
cuñado y mi sobrino. Cuando Vilma llamó mami le dijo que veníamos de darle
sepultura a la perrita. Justo el día de mi cumpleaños.
Silvia tuvo
dos hijos, Laura y yo, una perra cada una.
Cada vez que
salgo, que salgo a tomar algo o que salgo con alguien siento que me interrumpo,
me resulta indefiniblemente necesario hacerlo porque no puedo llevarme entera y
alterno, como comodines, mis mejores partes o las más convenientes. Ése es el
punto de auto suspensión absoluta que siempre coincide con que un pedazo de
alguien se sienta al lado de mi nadie, acompañándome.
Si me
siguiera los pasos, yo igual iría tras mi sombra. El viento balbucea enredado
en la boca, la saliva de los dedos, un pestañeo y el libro que esté leyendo,
abierto, dado vuelta sobre la almohada como una mujer desconsolada que llora
sin consuelo. El pelo dentro del espejo enmarcando las declaratorias, me creo
que soy un cuadro muy costoso que por casualidad, por suerte se podría
conseguir en una feria americana de calle Mitre.
Me descalzo y
me cuelgo. Las perchas vacías, los foquitos de la luz, el almanaque, vacías las
toallas, los abrazos, hasta los broches de la ropa. Vaciada de cuerpo, sin
piel, me duermo y sueño que juego a que hago el amor con alguien y que ese
alguien es hombre y que yo soy más chica y más audaz como cuando era más chica.
Como cuando era chica. Después, el martes se lo cuento a mi psicóloga y hago
mucho, mucho hincapié en lo jugar porque me da vergüenza que crea que soñé que
me masturbaba. Y porque no era que me masturbaba. Lo soñé. Era un juego y era
con un hombre.