minarrativa

sábado, 31 de agosto de 2013

CRÓNICA: La distancia de la noche



En las vidrieras y en los espejos retrovisores relampaguea la sirena de una ambulancia. Se nos acerca, soslaya, cruza en rojo, pasa y desaparece. El aullido del moribundo desfallece por otras calles hasta morirse, queda una sensación inexacta de desasosiego externo, de cosa fea, urgente y ajena.
- Hago un par más y bajamos, ¿eh?
Completamos el par y paramos en Veintisiete entre Maipú y San Martín. Claudia me mira con ganas de que baje sola y traiga la comida al auto, se sonríe creída que soy yo quien la incentiva a tomar el impulso, le explico que la vitalidad es una aproximación sin lazo, porque si no seríamos como títeres que otro nos mueve, ¿entendés? Bueno, si si… Pido dos choripanes con lechuga y tomate, sin aderezos y una sola coca. Cruzamos a la plaza que tiene la estatua del Che y coincidimos en lo mismo, el tiempo pone de manifiesto la necesaria transformación de los vínculos, es un anclaje a cualquier desfasaje anterior. Armamos un porro… no, mentira. Nos fumamos dos Jockey suaves comunes y seguimos.
Le pido que me vuelva a contar de ese sábado ya amanecido que en la plaza Libertad dejó que se subieran los dos tipos atrás y la chica adelante:
- Pero ¿pasó algo? No me acuerdo
- Que iban a un hotel… y a vos te asombraba que la chica fuese tan chica
- Algo… me acuerdo
- Los tipos se peleaban y vos no llegabas a escuchar si era por la chica o por la droga
- No sé, te acordás todo. ¿Qué querés que te cuente?
En Santa Fe y Oroño un cuarteto de cincuentonas largas se despiden. Aproximación de mejillas, besos al aire. Una nos ficha venir. Adjetivizo y la ocurrencia tiene la voz parodiada de ellas mismas, el pensamiento en sí es a modo de slogan en un marco arjoniano.
Las cuatro melenas ultra planchadas son casi idénticas y se sienten armónicamente conectadas al orden evolutivo. La esquina está llenas de ademanes, las ochos manos multiplicadas hasta el infinito parecen palomas, manos blancas como un nido de mimos. El picoteo cortito, circular, ambulante, indeciso, estirado. La ficha nos hace señas y sube. Alvarez Thomas y Ricardo Núñez. Ahora, sola y sentada en el asiento de atrás, es un amontonamiento de brazos, saco y cartera. Es casi casi una crónica crónica. Disparamos hasta zona norte bordeando la costanera, con esa tranquilidad que da saberse fuera del foco, sea cual sea la infección. Gracias a Dios existe el rio y la creencia de que Dios también.


- No, no es que yo tenga problemas en contarte, vos viste que mil veces te hago comentarios pero… es eso, una pavada que te digo a vos mientras espero que centrifugue el lavarropas, ponele.
- ¿Vos sentís que así, de esta otra manera, se estaría desnudando una parte de tu realidad?
- ¡Dejáte de joder querés! Esto no es mi realidad.
- Bueno, algo.
- Tampoco, y tampoco pongás eso de la desnudez que es tuyo, no mío.
- ¿Te enoja hacer esto?
- Me molesta no entender que es.
- Es una crónica literaria.
- ¿Y?
- 
- Mirá… vos me decís esto es tal cosa, conviene que hagamos así, tal otra no va. Está bien, yo te creo, te lo acepto, no tengo problemas pero de ahí a entusiasmarme con todo eso ¿viste?
- ¿Entusiasmarte con el proyecto decís vos?
- Con esto. Sí, no sé, llamale proyecto… Vos perdoname Marisol pero ¿sabés que siento?
- No sé, decime.
- Me parece que fuéramos dos locas de atar, o dos criaturas, que una juega a la periodista y la otra se hace que es famosa y la entrevistan. No sé por qué me pasa, a lo mejor soy yo, pero no puedo tomarte en serio, no le encuentro el sentido.
Le juego un enojo que emparde su mal humor. Tira el ancho y la espada, me cuenta del adormecimiento con que oscila entre las frenadas del día y los deslizamientos de la noche, la forma irregular con que cada tarde oscurece distinto, la multiplicidad de aspectos de la misma ciudad. Como puede ser que semejante avenida una noche te haga sentir que te traga y otra que te lanza, es imposible de creer si no lo vivenciás, dice. Dice, también, que ponerse odiosa es la manera más piadosa que encuentra para perdonarse los errores anteriores. Exactamente dice que es hacer de cuenta que la frustración es como un impuesto personal que diariamente paga con el fastidio de las monedas y las confesiones a su nuca. La fatalidad de convertirte en taxista, resume.
- Pero yo me acuerdo de la tarde que me contaste que te convertirías al taxismo, estabas feliz.
Nos reímos. Nos reímos un rato largo, una risa atrás de otra, risas encadenadas como abrazos.
Por fin se desenrolla del dedo la tirita de piolín con que estuvo jugando hasta ahora y pone el agua.
- Yo cebo.
- Sos capaz hasta de eso con tal de sacarme información.
Prepara el mate y se toma el primero. Me cuenta que el sábado pasado fue al súper y la mina de seguridad hablaba con una de las cajeras, justamente, de la inseguridad. De que ya no se puede ni salir, que no sabés si es peor tomar un colectivo o subirte a un taxi, bueno… las boludeces de siempre hasta ahí. Pero ¿Sabés que le escucho decir a la cana? Que salga con ella y estará a salvo, digo como si abriera la ventana de una habitación viciada de humo. Y como si Claudia la volviera a cerrar, porque aunque no haga frío es invierno, me dice que dijo que el taxista que sale a trabajar de noche está muy jugado, que es una persona que ya no tiene nada que perder. Y que para colmo la pibita de la caja le contestó que no lo había pensado pero que era verdad. Se queda callada, pensativa, al borde de algo, me mira. Y eso que dijiste vos, ponéle la firma que se lo habrá dicho también, pero después, me dice apuntando con el cigarrillo que todavía no prendió.
Reprimo la gracia que me causa la anécdota, porque las dos sabemos que acaba de convertirse en eso y que de ahora en adelante recurriremos a ella mil veces, evocándola. Miro la espuma del mate que me deja cebado en la mesa. Me juro a mi misma que cuando vuelva del baño le voy a decir cuanto la quiero.


La Paz, Camilo Aldao, Riobamba, Felipe Moré Felipe Moré 27 de Febrero… por fin. ¿Claudia se perdió o está paseando a la señora? Es miércoles, bajé del 128 y antes de cruzar a la otra vereda de Entre Ríos dos bocinazos cortitos de un taxi. Subo, es Claudia. Al revés: es Claudia, subo. Me hace la broma típicamente correspondiente.
- No, mirá si voy a seguirte - dice mirando la luz del semáforo.
Recuesta la espalda en el asiento, sonríe. Se pasa la mano por la cabeza, los dedos entre el pelo se van abriendo en mechones, haciendo surcos. Pone primera y arranca.
- Pasa que estoy haciendo… - Chasquea la lengua sobre el paladar. - Pero che… no me sale. - La miro. Se ríe. - Pasa que estoy haciendo la crónica de un detective, por eso te habrá parecido que te seguía, pero no. Te juro que es una crónica.
Miro por la ventanilla.
- ¿Dónde vamos?
- Hago un viaje y te llevo a tu casa.
La Paz y Camilo Aldao. Una nena mira por la ventana, apenas nos ve corre hacia adentro, la repetición de la bocina se corresponde a la forma escalonada con que la nena se baja de donde estaba subida, la cortina queda descorrida, veo parte del interior, en la pared hay colgados esos platitos de adorno que no adornan.
Sale la señora y cierra la puerta de la casa con llave. Debe ser la abuela. Miro la ventana y a la nena haciendo chau.  
Cuando sube al auto siento que mi presencia es irrespetuosa, vulgar con su delicadeza. Le imagino apoyar las manos sobre el monedero sobre la falda, la misma prudencia con que se abrigó el pecho, la chalina, y el viento barriendo los pocos pasos hasta el auto. Claudia se disculpa por la demora con estas mismas palabras, por suerte ella nunca se enreda en esa enumeración odiosa, inservible, de las explicaciones.
De a poco el taxi se va llenado de olor a rosas. De a poco, mucho antes de este viaje, en otros viajes como éste, se ha ido construyendo entre ambas un mecanismo que pone en funcionamiento algo trascendental de la otra. Ese algo es lo que me expulsa, me convierte en un ovillo de lana usada de un pulover destejido porque hacía picar. Yo debería haberme quedado del otro lado en la ventana con la nena.
Inadvertidamente el espacio se va poblando con el diálogo de sus voces, la fluidez de arribar a un silencio, dejarlo suspendido en el aire, sostenerse en él sin urgencia, sin la rapidez con que lo desalojarían cualquier otros dos desconocidos.
Mi… ausencia, es excesiva, intratable. La desesperación me pica en el cuello, rasco el pulover, lo rasguño todo porque me está ahogando, tengo la cabeza encastrada en este útero de lana que no me suelta, voy asfixiándome mientras miro el comedor de casa a través del enrejadito del punto inglés. Claudia improvisa un comentario que me incluye, su tono de voz sugiere una sonrisa de mi parte, la hago, se la doy sin rencor porque la protesta ha sido trabajosamente sublimada por mis dedos despellejándose las cutículas, la mirada puesta en el aire encuentra el motivo. Esta mujer se parece a mami, justo en el momento que lo pienso la señora pronuncia la palabra perpetuidad y llegamos a la puerta del cementerio El Salvador.


- Google earth. E-a-r-t con hache al final, no sé cómo se pronuncia.
Claudia circunferencia sobre el volante un mundo.
- Así pero con linitas blancas, ondeadas. Yo con eso anduve por todas partes… en el pueblito donde nacieron mis abuelos, hasta en el Vaticano estuve. Hay lugares que no te los muestra. Ojo. No sé por qué, pero Rosario por ejemplo no sale.
Me rio.
- ¿Te fuiste a buscar la misma ciudad en la que vivís andando?
En este momento vamos por Buenos Aires, es la segunda vez que pasamos por el edificio donde vive Andrea, si pienso en el pasaje Storni necesariamente lo hago con su voz que agrega “apenas doblando”.
Pip pip. Pip pip. Claudia silencia la insistencia del radio llamado con un dedo. Viaje rechazado, fin, leo en la pantallita. Hace alusiones al operador, andá vos al carajo o algo así escucho. Pregunto. Me responde una a una cada formulación, no puedo dejar de sentirme como la retrasada que juega a la periodista.
La primera chica nos lleva hasta Chavela bar, unas cuadras después, tres, cuatro, un pibe, la edad de la chica, hasta 3 de febrero al 1900. A mitad del viaje avisa que tiene cien pesos y bueno… después veinte pero, como diciendo… no va a alcanzar. Se nota que los cien le pesan más de lo que valen pero Claudia es inconmovible, lo deja una cuadra antes, donde el reloj marca 19 con 88. Para mí el pibe constituye un personaje pero no me pertenece, no le puedo hacer hacer o decir nada que no haga o diga. Y me frustra no poder inventar, tampoco quiero mentir, entonces me imagino que tiene más de veinte años, una novia que ni lo quiere ni lo deja, un cuarto con ventana, dos hermanos, una ventana con persianas, padres capaces o no de criar hijos incapaces o no, persianas que se enrollan, típicas, grises. Me encariño con este personaje y ese cariño se baja con él, le desea buena suerte, sabiendo que no es de cargosear a una chica salvo que le guste mucho y esta noche habrá, porque siempre hay alguna chica hermosa que le coquetea, se mece sobre sus empeines, le acerca su boca al oído, en vez de darle su número le pide el suyo, lo digita, una llamada cortita para que le quede registrado, el celular del pibe vibra en el bolsillo como el aplauso de su pene estremeciéndose. La chica hermosamente alta sobre los zapatos plataformados, el pelo larguísimo, las puntas fogueadas como un péndulo adormeciendo la espera de algo más que está por ocurrir.
Miro la postura de quienes caminan deduciendo que no hace tanto frío, miro si las piernas de las que están en la vereda de Gitana disco merecen la mini que exhiben, miro los perritos callejeros, los que son paseados, la hora, la apariencia de quienes los llevan, el bamboleo seductor del Siena blanco delante nuestro, las maniobras audaces de los otros autos y la habilidad con que las sorteamos. Miro todo, reconozco las infracciones ajenas y propias como tal, y no puedo, no puedo dejar de tener esta mirada condenatoria porque me siento por fuera de todo acá adentro.


Paramos en la Shell de Veintisiete y Corrientes. ¿Hay que bajar, con esto? Esto es la abreviatura que usa mi desgano para englobar el sistema de carga de combustible, mi interrogación bosteza, se demora, estira las manos hacia atrás, abraza el asiento que me abraza. El mutismo de Claudia es afirmativo. Bajo, antes miro la hora en la misma pantallita de los viajes rechazados, la voy a volver a mirar unas cuantas veces más el resto de la noche. Ahora soy este afuera, sufro la desolación de las hidrolavadoras, la manga de aire, el hombre que lava su taxi con un balde. Me paro al lado de la puerta por donde suben los pasajeros. ¿Es a gas entonces? No me contesta. Estoy congestionada, siento mi propia voz ensordecida. Al costado de la puerta del bar hay un triángulo amarillo, es un cartel advirtiendo la posibilidad de resbalarse, el dibujo de un hombrecito que pierde el equilibrio, tres, cuatro líneas sintetizan el peligro. ¿Gasolero se dice? Nada. No sé si me escucha, le pregunto. Creyó que hablaba sola, me lo dice al mismo tiempo que le dice al pibe de la Shell que lo llene, y a mí que va al baño.
Quedo en la situación más precaria que puede haber entre dos personas al abordar la proximidad sin un vínculo, precediéndolas. Ponerme a pensar si el pibe cogerá bien, enojarme, no estar excitada, estar segura que es de terror, darme lástima, imaginar que es padre de un bebé chiquitito que gasta más que una mascota de raza. El pibe pasa por detrás mío, digita algo sobre un tablero, me pide permiso, tiene en la mano la boquilla del cargador, le hago lugar, retrocedo. Mi inconsciente elaboró esos pensamientos anticipándose a la forzosa asociación. Es un Déjà vu inducido, el recuerdo primario de uno y un otro, ese desconocimiento que no se mitigaría por más que nos cogiésemos hasta el fondo de la garganta. Instantes que surgen y se pulverizan. Pedacitos de tiempo cruzados por lo subjetivo, la inmovilidad, el deseo, la falta, las ganas, la torpeza, el hambre, la sed, la desmesura, el espanto, el grito, la condena, la voz, el cuerpo, la molestia, el apuro por acabar. La punta de la boquilla del cargador alargada, retorciéndose, chorreando. El rato que tarda en subir o bajar el ascensor de un edificio de oficinas, y uno respirar despacito para no soplarle en la cara al otro, la espera en el baño de un boliche hetero, los ocho minutos que dura, hasta consumirse, un cigarrillo fumado en la vereda. Como caminar cerca de alguien, de noche, no conocerse, no ir juntos y uno no querer apurar el paso para no asustarlo, y el otro no enlentecer el suyo para demostrar la falta de miedo. Habitar esas cercanías, transitarlas. Si yo fuese artista plástica lo esculpiría, haría una obra con esta noción.
Miro las mangueritas rojas que salen del surtidor, me acuerdo de quien me explicó que las gruesas son de nafta y las finitas de GNC. Miro hacia los baños, una puerta entornada, el borde de un escobillón. Pienso en esta crónica, en que salir a buscar interioridades es un antagonismo. Cuando veo que Claudia viene subo al auto. Antes de arrancar miro que el hombre del otro taxi está vaciando el balde en las rejillas que rodean la estación de servicio.