En las vidrieras y en los espejos retrovisores relampaguea
la sirena de una ambulancia. Se nos acerca, soslaya, cruza en rojo, pasa y
desaparece. El aullido del moribundo desfallece por otras calles hasta morirse,
queda una sensación inexacta de desasosiego externo, de cosa fea, urgente y
ajena.
- Hago un par más y bajamos, ¿eh?
Completamos el par y paramos en Veintisiete entre Maipú y
San Martín. Claudia me mira con ganas de que baje sola y traiga la comida al
auto, se sonríe creída que soy yo quien la incentiva a tomar el impulso, le
explico que la vitalidad es una aproximación sin lazo, porque si no seríamos
como títeres que otro nos mueve, ¿entendés? Bueno, si si… Pido dos choripanes
con lechuga y tomate, sin aderezos y una sola coca. Cruzamos a la plaza que
tiene la estatua del Che y coincidimos en lo mismo, el tiempo pone de
manifiesto la necesaria transformación de los vínculos, es un anclaje a
cualquier desfasaje anterior. Armamos un porro… no, mentira. Nos fumamos dos
Jockey suaves comunes y seguimos.
Le pido que me vuelva a contar de ese sábado ya amanecido
que en la plaza Libertad dejó que se subieran los dos tipos atrás y la chica
adelante:
- Pero ¿pasó algo? No me acuerdo
- Que iban a un hotel… y a vos te asombraba que la
chica fuese tan chica
- Algo… me acuerdo
- Los tipos se peleaban y vos no llegabas a
escuchar si era por la chica o por la droga
- No sé, te acordás todo. ¿Qué querés que te
cuente?
En Santa Fe y Oroño un cuarteto de cincuentonas largas se
despiden. Aproximación de mejillas, besos al aire. Una nos ficha venir.
Adjetivizo y la ocurrencia tiene la voz parodiada de ellas mismas, el
pensamiento en sí es a modo de slogan en un marco arjoniano.
Las cuatro melenas ultra planchadas son casi idénticas y
se sienten armónicamente conectadas al orden evolutivo. La esquina está llenas
de ademanes, las ochos manos multiplicadas hasta el infinito parecen palomas,
manos blancas como un nido de mimos. El picoteo cortito, circular, ambulante,
indeciso, estirado. La ficha nos hace señas y sube. Alvarez Thomas y Ricardo
Núñez. Ahora, sola y sentada en el asiento de atrás, es un amontonamiento de
brazos, saco y cartera. Es casi casi una crónica crónica. Disparamos hasta zona
norte bordeando la costanera, con esa tranquilidad que da saberse fuera del
foco, sea cual sea la infección. Gracias a Dios existe el rio y la creencia de
que Dios también.
- No, no es que yo tenga problemas en contarte,
vos viste que mil veces te hago comentarios pero… es eso, una pavada que te
digo a vos mientras espero que centrifugue el lavarropas, ponele.
- ¿Vos sentís que así, de esta otra manera, se
estaría desnudando una parte de tu realidad?
- ¡Dejáte de joder querés! Esto no es mi realidad.
- Bueno, algo.
- Tampoco, y tampoco pongás eso de la desnudez que
es tuyo, no mío.
- ¿Te enoja hacer esto?
- Me molesta no entender que es.
- Es una crónica literaria.
- ¿Y?
- …
- Mirá… vos me decís esto es tal cosa, conviene
que hagamos así, tal otra no va. Está bien, yo te creo, te lo acepto, no tengo
problemas pero de ahí a entusiasmarme con todo eso ¿viste?
- ¿Entusiasmarte con el proyecto decís vos?
- Con esto. Sí, no sé, llamale proyecto… Vos
perdoname Marisol pero ¿sabés que siento?
- No sé, decime.
- Me parece que fuéramos dos locas de atar, o dos
criaturas, que una juega a la periodista y la otra se hace que es famosa y la
entrevistan. No sé por qué me pasa, a lo mejor soy yo, pero no puedo tomarte en
serio, no le encuentro el sentido.
Le juego un enojo que emparde su mal humor. Tira el ancho
y la espada, me cuenta del adormecimiento con que oscila entre las frenadas del
día y los deslizamientos de la noche, la forma irregular con que cada tarde
oscurece distinto, la multiplicidad de aspectos de la misma ciudad. Como puede
ser que semejante avenida una noche te haga sentir que te traga y otra que te
lanza, es imposible de creer si no lo vivenciás, dice. Dice, también, que
ponerse odiosa es la manera más piadosa que encuentra para perdonarse los
errores anteriores. Exactamente dice que es hacer de cuenta que la frustración
es como un impuesto personal que diariamente paga con el fastidio de las
monedas y las confesiones a su nuca. La fatalidad de convertirte en taxista,
resume.
- Pero yo me acuerdo de la tarde que me contaste
que te convertirías al taxismo, estabas feliz.
Nos reímos. Nos reímos un rato largo, una risa atrás de
otra, risas encadenadas como abrazos.
Por fin se desenrolla del dedo la tirita de piolín con
que estuvo jugando hasta ahora y pone el agua.
- Yo cebo.
- Sos capaz hasta de eso con tal de sacarme
información.
Prepara el mate y se toma el primero. Me cuenta que el
sábado pasado fue al súper y la mina de seguridad hablaba con una de las
cajeras, justamente, de la inseguridad. De que ya no se puede ni salir, que no
sabés si es peor tomar un colectivo o subirte a un taxi, bueno… las boludeces
de siempre hasta ahí. Pero ¿Sabés que le escucho decir a la cana? Que salga con
ella y estará a salvo, digo como si abriera la ventana de una habitación
viciada de humo. Y como si Claudia la volviera a cerrar, porque aunque no haga
frío es invierno, me dice que dijo que el taxista que sale a trabajar de noche
está muy jugado, que es una persona que ya no tiene nada que perder. Y que para
colmo la pibita de la caja le contestó que no lo había pensado pero que era
verdad. Se queda callada, pensativa, al borde de algo, me mira. Y eso que
dijiste vos, ponéle la firma que se lo habrá dicho también, pero después, me dice
apuntando con el cigarrillo que todavía no prendió.
Reprimo la gracia que me causa la anécdota, porque las
dos sabemos que acaba de convertirse en eso y que de ahora en adelante
recurriremos a ella mil veces, evocándola. Miro la espuma del mate que me deja
cebado en la mesa. Me juro a mi misma que cuando vuelva del baño le voy a decir
cuanto la quiero.
La Paz, Camilo Aldao, Riobamba, Felipe Moré Felipe Moré
27 de Febrero… por fin. ¿Claudia se perdió o está paseando a la señora? Es
miércoles, bajé del 128 y antes de cruzar a la otra vereda de Entre Ríos dos
bocinazos cortitos de un taxi. Subo, es Claudia. Al revés: es Claudia, subo. Me
hace la broma típicamente correspondiente.
- No, mirá si voy a seguirte - dice mirando la luz
del semáforo.
Recuesta la espalda en el asiento, sonríe. Se pasa la
mano por la cabeza, los dedos entre el pelo se van abriendo en mechones,
haciendo surcos. Pone primera y arranca.
- Pasa que estoy haciendo… - Chasquea la lengua
sobre el paladar. - Pero che… no me sale. - La miro. Se ríe. - Pasa que estoy
haciendo la crónica de un detective, por eso te habrá parecido que te seguía,
pero no. Te juro que es una crónica.
Miro por la ventanilla.
- ¿Dónde vamos?
- Hago un viaje y te llevo a tu casa.
La Paz y Camilo Aldao. Una nena mira por la ventana,
apenas nos ve corre hacia adentro, la repetición de la bocina se corresponde a
la forma escalonada con que la nena se baja de donde estaba subida, la cortina
queda descorrida, veo parte del interior, en la pared hay colgados esos
platitos de adorno que no adornan.
Sale la señora y cierra la puerta de la casa con llave.
Debe ser la abuela. Miro la ventana y a la nena haciendo chau.
Cuando sube al auto siento que mi presencia es
irrespetuosa, vulgar con su delicadeza. Le imagino apoyar las manos sobre el
monedero sobre la falda, la misma prudencia con que se abrigó el pecho, la
chalina, y el viento barriendo los pocos pasos hasta el auto. Claudia se
disculpa por la demora con estas mismas palabras, por suerte ella nunca se
enreda en esa enumeración odiosa, inservible, de las explicaciones.
De a poco el taxi se va llenado de olor a rosas. De a
poco, mucho antes de este viaje, en otros viajes como éste, se ha ido
construyendo entre ambas un mecanismo que pone en funcionamiento algo
trascendental de la otra. Ese algo es lo que me expulsa, me convierte en un
ovillo de lana usada de un pulover destejido porque hacía picar. Yo debería
haberme quedado del otro lado en la ventana con la nena.
Inadvertidamente el espacio se va poblando con el diálogo
de sus voces, la fluidez de arribar a un silencio, dejarlo suspendido en el
aire, sostenerse en él sin urgencia, sin la rapidez con que lo desalojarían
cualquier otros dos desconocidos.
Mi… ausencia, es excesiva, intratable. La desesperación
me pica en el cuello, rasco el pulover, lo rasguño todo porque me está
ahogando, tengo la cabeza encastrada en este útero de lana que no me suelta,
voy asfixiándome mientras miro el comedor de casa a través del enrejadito del
punto inglés. Claudia improvisa un comentario que me incluye, su tono de voz
sugiere una sonrisa de mi parte, la hago, se la doy sin rencor porque la
protesta ha sido trabajosamente sublimada por mis dedos despellejándose las
cutículas, la mirada puesta en el aire encuentra el motivo. Esta mujer se parece
a mami, justo en el momento que lo pienso la señora pronuncia la palabra
perpetuidad y llegamos a la puerta del cementerio El Salvador.
- Google earth. E-a-r-t con hache al final, no sé
cómo se pronuncia.
Claudia circunferencia sobre el volante un mundo.
- Así pero con linitas blancas, ondeadas. Yo con
eso anduve por todas partes… en el pueblito donde nacieron mis abuelos, hasta
en el Vaticano estuve. Hay lugares que no te los muestra. Ojo. No sé por qué,
pero Rosario por ejemplo no sale.
Me rio.
- ¿Te fuiste a buscar la misma ciudad en la que
vivís andando?
En este momento vamos por Buenos Aires, es la segunda vez
que pasamos por el edificio donde vive Andrea, si pienso en el pasaje Storni
necesariamente lo hago con su voz que agrega “apenas doblando”.
Pip pip. Pip pip. Claudia silencia la insistencia del
radio llamado con un dedo. Viaje rechazado, fin, leo en la pantallita. Hace
alusiones al operador, andá vos al carajo o algo así escucho. Pregunto. Me
responde una a una cada formulación, no puedo dejar de sentirme como la
retrasada que juega a la periodista.
La primera chica nos lleva hasta Chavela bar, unas
cuadras después, tres, cuatro, un pibe, la edad de la chica, hasta 3 de febrero
al 1900. A mitad del viaje avisa que tiene cien pesos y bueno… después veinte
pero, como diciendo… no va a alcanzar. Se nota que los cien le pesan más de lo
que valen pero Claudia es inconmovible, lo deja una cuadra antes, donde el
reloj marca 19 con 88. Para mí el pibe constituye un personaje pero no me
pertenece, no le puedo hacer hacer o decir nada que no haga o diga. Y me
frustra no poder inventar, tampoco quiero mentir, entonces me imagino que tiene
más de veinte años, una novia que ni lo quiere ni lo deja, un cuarto con
ventana, dos hermanos, una ventana con persianas, padres capaces o no de criar
hijos incapaces o no, persianas que se enrollan, típicas, grises. Me encariño
con este personaje y ese cariño se baja con él, le desea buena suerte, sabiendo
que no es de cargosear a una chica salvo que le guste mucho y esta noche habrá,
porque siempre hay alguna chica hermosa que le coquetea, se mece sobre sus
empeines, le acerca su boca al oído, en vez de darle su número le pide el suyo,
lo digita, una llamada cortita para que le quede registrado, el celular del
pibe vibra en el bolsillo como el aplauso de su pene estremeciéndose. La chica
hermosamente alta sobre los zapatos plataformados, el pelo larguísimo, las
puntas fogueadas como un péndulo adormeciendo la espera de algo más que está
por ocurrir.
Miro la postura de quienes caminan deduciendo que no hace
tanto frío, miro si las piernas de las que están en la vereda de Gitana disco
merecen la mini que exhiben, miro los perritos callejeros, los que son
paseados, la hora, la apariencia de quienes los llevan, el bamboleo seductor
del Siena blanco delante nuestro, las maniobras audaces de los otros autos y la
habilidad con que las sorteamos. Miro todo, reconozco las infracciones ajenas y
propias como tal, y no puedo, no puedo dejar de tener esta mirada condenatoria
porque me siento por fuera de todo acá adentro.
Paramos en la Shell de Veintisiete y Corrientes. ¿Hay que
bajar, con esto? Esto es la abreviatura que usa mi desgano para englobar el sistema
de carga de combustible, mi interrogación bosteza, se demora, estira las manos
hacia atrás, abraza el asiento que me abraza. El mutismo de Claudia es
afirmativo. Bajo, antes miro la hora en la misma pantallita de los viajes
rechazados, la voy a volver a mirar unas cuantas veces más el resto de la
noche. Ahora soy este afuera, sufro la desolación de las hidrolavadoras, la
manga de aire, el hombre que lava su taxi con un balde. Me paro al lado de la
puerta por donde suben los pasajeros. ¿Es a gas entonces? No me contesta. Estoy
congestionada, siento mi propia voz ensordecida. Al costado de la puerta del
bar hay un triángulo amarillo, es un cartel advirtiendo la posibilidad de
resbalarse, el dibujo de un hombrecito que pierde el equilibrio, tres, cuatro
líneas sintetizan el peligro. ¿Gasolero se dice? Nada. No sé si me escucha, le
pregunto. Creyó que hablaba sola, me lo dice al mismo tiempo que le dice al
pibe de la Shell que lo llene, y a mí que va al baño.
Quedo en la situación más precaria que puede haber entre
dos personas al abordar la proximidad sin un vínculo, precediéndolas. Ponerme a
pensar si el pibe cogerá bien, enojarme, no estar excitada, estar segura que es
de terror, darme lástima, imaginar que es padre de un bebé chiquitito que gasta
más que una mascota de raza. El pibe pasa por detrás mío, digita algo sobre un
tablero, me pide permiso, tiene en la mano la boquilla del cargador, le hago
lugar, retrocedo. Mi inconsciente elaboró esos pensamientos anticipándose a la
forzosa asociación. Es un Déjà
vu inducido, el recuerdo primario de uno y un
otro, ese desconocimiento que no se mitigaría por más que nos cogiésemos hasta
el fondo de la garganta. Instantes que surgen y se pulverizan. Pedacitos
de tiempo cruzados por lo subjetivo, la inmovilidad, el deseo, la falta, las
ganas, la torpeza, el hambre, la sed, la desmesura, el espanto, el grito, la
condena, la voz, el cuerpo, la molestia, el apuro por acabar. La punta de la
boquilla del cargador alargada, retorciéndose, chorreando. El rato que tarda en
subir o bajar el ascensor de un edificio de oficinas, y uno respirar despacito
para no soplarle en la cara al otro, la espera en el baño de un boliche hetero,
los ocho minutos que dura, hasta consumirse, un cigarrillo fumado en la vereda.
Como caminar cerca de alguien, de noche, no conocerse, no ir juntos y uno no
querer apurar el paso para no asustarlo, y el otro no enlentecer el suyo para
demostrar la falta de miedo. Habitar esas cercanías, transitarlas. Si yo fuese
artista plástica lo esculpiría, haría una obra con esta noción.
Miro las mangueritas rojas que salen del surtidor, me
acuerdo de quien me explicó que las gruesas son de nafta y las finitas de GNC.
Miro hacia los baños, una puerta entornada, el borde de un escobillón. Pienso
en esta crónica, en que salir a buscar interioridades es un antagonismo. Cuando
veo que Claudia viene subo al auto. Antes de arrancar miro que el hombre del
otro taxi está vaciando el balde en las rejillas que rodean la estación de
servicio.