Tentarse de algo, algo
rico, en plena madrugada, lloviendo a cántaros ir a la farmacia de
turno de Mitre y Pellegrini, la de Pellegrini y Laprida, farmacias
que más que farmacias, son jugueterías. Tentarse de algo, dulce, de
madrugada. Tener la tentación en la punta de la lengua sin que te
salga la palabra. Tentación.
La plaza, la tentación de
correr el riesgo de volver a cruzar: la plaza, la tentación, el
riesgo. Recorrerla, jugar que es un bosque, un paraíso, el edén. Y
uno una heroína, ahora distinta, más evolucionada, del estilo de
los Lamborghini. En vez de envenenarse con una manzana, comer un
sapo, un príncipe, llevarse a la boca cualquier porquería que no
alimenta. Una heroína sin complejos. En esta parte paro, sonrío,
porque la estación de servicio de enfrente me hizo acordar de un
viaje a Chapalmalal que me tentaba de risa cada vez que algún
turista hablaba de ir a conocer los complejos de Eva, y yo claro, la
asociación inevitable, contestaba pavadas típicas que se me
ocurrían, y Gabriela puesta hecha una furia peor, más risa. Y ella,
más rabia. Y yo con los ojos llorosos de tanto reír, agarrándome
de la panza, de la tentación, no podía ni hablar, preguntarle si no
entendía el chiste o no le daba risa.
Lo único gracioso de todo
el verano.
Los ojos llorosos,
mojados, ardidos de sol, de mar, de sal. Mirar, con ojos llorados,
por una parte de mí que no es toda yo, pero ver, siempre, el perfil
rasgado. Verme los ojos, los rasgos, el perfil, la letra, la
intratabilidad de ese algo que siempre soy. Ser ese algo, siempre, y
a veces ser eso solo.
Como decía, la mirada
humedecida, sin hablar, haciéndome entender, como los tontos, los
mudos, como algunas mascotas que lo único que les falta es hablar,
dicen sus dueños. Y yo que de mi perra fue lo que más valoré.
Sólo cuando estamos
enfermantemente solos confundimos a las farmacias de turno con
jugueterías, creemos que las estaciones de servicio son putas
capaces de saciarnos hasta la tentación de risa.
Hay que hacer como Evita y
curarse los complejos construyendo una gran torre de cemento donde
hospedarlos, que los habiten otros, que los adopten los turistas a
los complejos. Erigir una admirable edificación cultural, uterina,
donde alojarlos. Dejarlos pupilos todo el año y no ir de visita ni
en vacaciones. Más vergonzosos que la descendencia idiota de la
realeza en la historia porque los nuestros son nuestros, argentinos,
ignorantes, peor que los hijos naturales, porque son artificios,
superficiales. Impresiones nuestras, proyecciones del otro.
Jodí y jodí con el
cuerpo por ese anhelo de quién sabe que, ¿no? Como quién dice un decir, digo. En una palabra:
deshojarnos, o desflorarnos. Mudar de piel y volver a
habitar nuestro propio cuerpo como si siempre fuese una casa nueva a
estrenar.