( dos )
Me desconcierta que haya tanta gente
más joven que yo, me parece que yo no llegué a esta edad
cronológicamente, cumpliendo los años uno a uno. Al menos los
últimos... son una multa, que recibí por conducir mal los
anteriores.
( uno )
Pido turno con algún cardiólogo. No
se puede, tiene que derivarme, antes, un médico generalista. Saco
con cualquiera y voy. Es un hombre, le explico que creo tener
problemas circulatorios, que empezaron hace algún tiempo cuando mi
vida comenzó a estancarse, a perder fluidez.
Algo insustancial pesa en el aire sin terminar de corporizarse, la distancia entre ambos es una cosa extendida, la típica alfombra bordó de las iglesias durante las ceremonias, ¿el trayecto entre el atrio y el altar será una metáfora de distancia? Estoy segura que no me apoyará ni las yemas de los dedos, pero con algunos amantes me pasó lo mismo. Los médicos deberían hacer junto con el juramento hipocrático, un baño de mugre. Un baño de caca, vómitos, flemas, arcadas, pus. Y entonces sí: aprobados. Me pregunta por los síntomas. Si estuviera menos insegura de mi inmunidad exageraría más. ¿Antecedentes familiares? A la primera enumeración me interrumpe, se considera factor de riesgo genético cualquier afección cardíaca antes de los cincuenta años. Entonces no, pero fumo, y soy sedentaria, y los fines de semana si salgo, por ahí, tomo alcohol.
Pienso en un tío materno que vino a Rosario para hacerse un bypass, me acuerdo hasta del apellido del médico que lo operó. Mi tío, las cartas amorosas que circulaban entre él y otra paciente internada, el desconcierto de todos nosotros pero sobre todo la intranquilidad de mi tía, su soledad en la cocina de nuestra casa, la voz ronca de papi, callada, el mate cebándose entre sus manos, mami en el umbral de la puerta aparecer sosteniendo un juego de sábanas limpias, el brazo sin torcer, su hermano menor operado a corazón abierto, los disparates dichos bajo los efectos de la anestesia. El cansancio físico de un día agotador se descansa por la noche, pero el agotamiento de una vida sin sosiego: ¿donde se derrama?
Algo insustancial pesa en el aire sin terminar de corporizarse, la distancia entre ambos es una cosa extendida, la típica alfombra bordó de las iglesias durante las ceremonias, ¿el trayecto entre el atrio y el altar será una metáfora de distancia? Estoy segura que no me apoyará ni las yemas de los dedos, pero con algunos amantes me pasó lo mismo. Los médicos deberían hacer junto con el juramento hipocrático, un baño de mugre. Un baño de caca, vómitos, flemas, arcadas, pus. Y entonces sí: aprobados. Me pregunta por los síntomas. Si estuviera menos insegura de mi inmunidad exageraría más. ¿Antecedentes familiares? A la primera enumeración me interrumpe, se considera factor de riesgo genético cualquier afección cardíaca antes de los cincuenta años. Entonces no, pero fumo, y soy sedentaria, y los fines de semana si salgo, por ahí, tomo alcohol.
Pienso en un tío materno que vino a Rosario para hacerse un bypass, me acuerdo hasta del apellido del médico que lo operó. Mi tío, las cartas amorosas que circulaban entre él y otra paciente internada, el desconcierto de todos nosotros pero sobre todo la intranquilidad de mi tía, su soledad en la cocina de nuestra casa, la voz ronca de papi, callada, el mate cebándose entre sus manos, mami en el umbral de la puerta aparecer sosteniendo un juego de sábanas limpias, el brazo sin torcer, su hermano menor operado a corazón abierto, los disparates dichos bajo los efectos de la anestesia. El cansancio físico de un día agotador se descansa por la noche, pero el agotamiento de una vida sin sosiego: ¿donde se derrama?
-Voy al trabajo caminando y hago
contact una vez por semana.
-Ah... bueno, entonces caminás, hacés
contact que es una disciplina intensa tengo entendido, ¿o no?
Antes de decir entonces caminás hacés
contact, estira primero la pierna izquierda, dobla un pliegue de tela
del pantalón sobre la rodilla y repite la misma maniobra con la
derecha. Cuando enumera amplifica la sumatoria abriendo el índice
y el pulgar, los ojos ¿O no?
-¿Por qué decís, entonces, que sos
sedentaria?
-Me pareció a mi
Agarro el papelucho de paciente, no le
digo que soy una persona con una verdad incuestionable que no se
puede más que reconocer. En la puta vida hice deporte, a los once
años ya falsificaba los certificados para faltar a gimnasia, todas
las actividades que disfruto se hacen sentada o en posición
horizontal. Me pareció a mí, le digo. Y ahí ya no sé si es él o
yo que hacemos alusión al enrojecimiento de las manos, los cachetes,
las orejas, el cuerpo entero en llamas. Debo haber sido yo que ya
estaba jugada y quise aprovechar, que me recete algo. Porque me gusta
tomar medicamentos, me alivia creer que una pastilla será capaz de
calmarme, contar las horas que faltan hasta la próxima dosis,
respetar el tiempo, cumplirlo. Me convence de estar llevando una vida
ordenada. Como votar, pagar los impuestos y trabajar en blanco me
convierte en ciudadana, ni buena ni mala, es sólo la necesidad de
pertenecer a algo lo suficientemente grande como una nación
para poder abarcarme en ese anonimato. Que se me esfumen los
contornos...
estar
y no seguir
siendo
una figurita recortada y vuelta a pegar
en otro fondo.
Un envoltorio donde envolverme para
pasar desapercibida sin darme cuenta de nada
porque
siempre
me doy cuenta igual
lo que me pasa y les pasa.
Una receta de normalidad, algo que
uniforme la sensibilidad de mi piel a la del resto, una droga capaz
de actuar como neutralizador de percepciones, un bloqueador emocional
con el factor máximo así no tengo que andar buscándole cauce a
estas ocurrencias.
El médico generalista escribe en la historia clínica y se refiere a mi cuerpo en términos bestiales: tronco, extremidades, miembros. Soy un monstruo entonces, pero me siento un dibujo animado que de las orejas le sale humo.
El médico generalista escribe en la historia clínica y se refiere a mi cuerpo en términos bestiales: tronco, extremidades, miembros. Soy un monstruo entonces, pero me siento un dibujo animado que de las orejas le sale humo.
( tres )
Bueno, orden para análisis
bioquímicos, de pasada comprar en la farmacia envase esterilizado. A
la mañana siguiente, en ayunas, con el frasco de pis, extracción de
sangre. Listo. Mañana, después de las diecisiete lo pasás a
retirar.
Si no es mañana será pasado,
comprarme un cuaderno nuevo para seguir escribiendo. Las hojas
sueltas se pierden y desde que terminé el anterior ando con las
verdades puestas en cualquier parte, y se pierden, se parten.
Yo, además de un cuarto, siempre
necesito un cuaderno.
( siete )
Ayer fui a terapia, más de una vez
llego acobardada por el tráfico, las bocinas, el rumor de otras
conversaciones atrapadas en el camino, simultáneas a mis propios
pensamientos. A veces llego con los sentidos visuales y auditivos
desbordados, me parece que tengo los ojos, los globos oculares secos
y afiebrados, que me raspa pestañear, y más, no hacerlo. Hay días
que salgo de trabajar y no veo la hora de estar en casa y no volver a
salir hasta el día siguiente, pero cuando llego me quedo parada en
medio del departamento, quieta, sin sacarme los guantes ni el abrigo,
dándome cuenta de que debería moverme y pudiéndolo hacer,
permanezco en esa quietud (el escritor secuestrado en Misery contaba
que a la loca de su fan le pasaba lo mismo).
Me asusta la idea de mi propio suicidio
justo ahora que empiezo a pensar en él sin miedo. (Subrayo) Pienso:
será imposible escapar de la locura y no es la locura lo que me
asusta, sino quererle escapar. (Subrayo) Bueno, antes dije lo del
cuarto y ahora esto, no sé, a lo mejor estoy pensando en Virginia.
Un poco.
( cuatro )
El martes voy de nuevo al generalista
con el resultado de los análisis, me pidió que apenas los tenga se
los lleve aunque sea con un sobreturno. No hizo falta, había turnos
a rolete y la sala de espera está vacía. (Pero no tengo que ser
mala) Apenas me siento me llama, le resumo el capítulo anterior como
si estuviéramos en un unitario de las once de la noche, yo tengo un
protagónico conflictivo y él, el rol secundario de un profesional
que ejerce sin implicarse con ningún paciente hasta que la
curiosidad y el rechazo que le genero lo confrontan con sus propias
limitaciones, en los próximos Martín Fierro estará en la terna
como Revelación del año, gana, lo contrata Darín y salta por las
delgadas líneas blancas del éxito hasta el Oscar, una rayuela
directa al cielo.
-Perfecto, están bien todos los
valores.
-Me parece que el colesterol, hay uno
que me dio mal.
-Está bajísimo, 65, perfecto.
-No, éste de acá da 33 y menos de 45
es factor de riesgo dice ahí.
-Bueno, no, ése es lo que comúnmente
se conoce como colesterol bueno y sí, está un poco bajo, porque
debés tener poca actividad física.
-Sí, soy sedentaria.
-Ves, claro, por eso, deberías
caminar, hacer algo que te guste.
-¿Pero no tengo mala circulación
sanguínea?
-No.
-Algunos antecedentes de familiares con
riesgo cardíaco tengo.
-Pero vos no.
-Pensá que fumo.
Me pregunta cuantos, le digo menos de
la verdad y dice que es mucho.
-Por eso.
Mira los resultados y los transcribe en
la historia clínica. Me juego la última carta que tengo, le muestro
la uña del dedo gordo del pie derecho.
-Me la dejé sin pintar a propósito
para que la veas, esa manchita me salió el invierno pasado por el
frío.
-Es un hongo lo que tenes en esa uña,
menos mal que me lo comentaste, vamos a tener que analizarlo.
-Pero me salió por el frío ¿no ves
que la partecita que me creció en verano está bien?
La punta de la birome toca el papel
dejando un punto, levanta la vista, me mira serio.
-A ver, si yo te digo que es un hongo
¿vos me creés?
-Sí.
-Bien.
Y escribe la orden para el bioquímico.
¡Y le creo! Claro que le creo, como no se me ocurrió que podía ser
un hongo. Me siento un poco triste, es una tristeza intangible que me
agarra desprevenida, sin abrigo, como esos días de junio que hace
mas calor del habitual y algunos hasta andan en remera pero a la
tardecita cambia el viento y el aire enseguida se pone frío. Guardo
la orden, los análisis. Siempre aparece, en este tipo de
circunstancias, una misma expresión en el gesto de la cara del otro,
una mirada de incomprensión y pena, saben que sufro y no entienden
bien por que, durante un segundo los recorre la conmiseración pero
no saben que hacer. Yo tampoco sabría.
( doce )
Las aves tienen su vida y uno desconoce
si se aburren, por ejemplo. Si se imitan, si se esfuerzan en mejorar.
Uno las puede ver reñir por una ramita mas larga y creer que es
parte de la supervivencia, pero podría ser deseo de ser reconocidas,
o deseo no más, capricho. ¿De qué manera percibirán nuestra
existencia? ¿Se creerán superiores al resto de las especies, como
nosotros?
( cinco )
El jueves a las tres y cuarto turno con
la ginecóloga, me fijo en el papelito a ver como se llama, tiene el
mismo apellido de un escritor que me gusta. Esta vez la sala está
llena, son varios consultorios y una misma sala en común. Casi todas
las adolescentes tienen una bolsita de plástico con el espéculo
descartable en una mano y el celular en la otra, sus madres tienen mi
edad. La ginecóloga sale del consultorio con un papel y va hasta la
mesa de entrada, le dice algo a la recepcionista, se inclina hacia
ella apoyando los codos y, en puntas de pie, le habla por encima de
la computadora. Se ve que la chica no entiende, porque la doctora
rodea el escritorio con la palma de la mano apoyada en su superficie,
acariciándolo, da la vuelta y queda frente al monitor, mueve el
mousse, aprieta algunas teclas, y espera. La chica, cohibida, a un
costado, haciéndole lugar, ha dejado caer la postura, los hombros
hacia adelante parecen los dos extremos de un arco, en medio del
pecho el punto de mayor tensión, la curvatura de la espalda es
exageradamente figurativa. Por un instante percibo que todas las
pacientes cerramos fuerte los ojos para que no nos lastime la
salpicadura del flechazo. La chica firma, sin mirar, la orden de
consulta de una señora que le agradece llamándola querida, sin
agradecer. Detrás del perfil de la doctora, copiando en el papel
algo de la pantalla, la cara de la chica ofreciéndonos una gran
mueca de sonrisa y disculpa. Todas la estamos mirando, le vemos la
ortodoncia. Alguna le dice a otra que debe estar por acomodo, porque
es una pelotuda. La doctora vuelve con el papel en una mano, la otra
metida dentro de la chaquetilla, la chaquetilla desabrochada
abriéndose paso entre todas nosotras. Saluda, y la señora sentada
al lado mio dice muy bien y usted doctora, es la misma mujer que, en
la mesa de entrada, se mantuvo a una distancia prudencial mientras
transcurría la ineficacia de la acomodada. En un arranque inesperado
de idiotez hago algo detestable: preguntar que tal es. La remato
al pensar que lo vergonzoso de referirme en esos términos es por
usar un lenguaje usado. Yo no soy de copiar modismos expresivos, debe
ser lo único que nunca copié. El lunfardo vaya y pase, es la
hilacha que cuelga de la manga de Gardel cada vez que se acomoda el
chambergo, y todo bien con Gardel porque él, o Maradona, Perón, no
son primero eso y después héroes. Es el compadrito
que necesita ser sólo la resolución de los anteriores fallos como
un heredero más y usa el lenguaje de muchos como herramienta para
conseguirlo, quien me molesta. Me molesta su incapacidad de ser
distinto, único, solo. Me enferma su capacidad de conseguirlo,
filtrarse en ese resto, sumar.
Además de ginecóloga, es cirujana y
obstetra. La respuesta suena como lo haría una bomba, arrojada de
tal forma que los destrozos de la explosión no sepultan la
contundencia del acto. Y ahí, por suerte, ya no se me ocurre nada.
( seis )
Mientras estaba en el consultorio de la
ginecóloga me señalé, con la mano derecha, en un acto reflejo, la
teta izquierda, al hablarle de la pelotita que me palpé hace unas
noches atrás. Ella interrumpió la lectura de la historia clínica
para seguir, con la mirada, el breve recorrido de mis dedos. Por el
lugar que le estaba indicando yo me refería a esto, dijo, con la
birome sin apoyar, trazando un círculo sobre la serie de
fotografías. Ya apareció en los estudios de rutina anteriores y fue
analizado, no existe motivo de preocupación ni antecedentes por
ninguna de las dos ramas familiares. En la cara interna de la
carpeta, sujetado, con un clip de color verde, a la cartulina que
hace de tapa, un sobre del que extrajo el pliegue de papel satinado
largo, y en vertical, tres o cuatro captaciones en blanco y negro.
Yo, porque ya sabía que era una ecogafría no dije nada, pero me
acordé de ese test psiquiátrico que hacen para saber si uno está
ubicado en tiempo y espacio. Porque yo, mirando las imágenes de la
ecografía hubiera dicho que veía un cielo plomizo, el mecimiento
pendular antes de volverse feroz, la gestación previa de una
tormenta y un gran barco viejo a la deriva con las velas sopladas por
el viento. Las veces que me quisieron mostrar un feto nunca vi más
que puzzles sin resolver, así que me quedé inclinada sobre el
escritorio mirando sin ver, palpándome la pelotita, a través de la
ropa, con los dedos índice y medio, como una manifestación
inconsciente y testaruda de demostrar la existencia de algo, en algún
lugar. Después me acosté en la camilla y levanté un brazo y luego
el otro mirando el vértice del techo en el cual se concentraba la
mayor cantidad de luz, pensando si todas las pacientes tendríamos el
mismo color de clips, suponiendo que no, porque esos ganchitos vienen
de todos colores, los venden dentro de una caja rectangular con tapa
de acrílico transparente. Me imaginé a la pelotuda, con la
ortodoncia, poniéndonos, en las historias clínicas de cada una de
las pacientes, un clip de distinto color. Sentí un poco de tristeza
pero me dio risa.
( diez )
Primero orden para una senografía y
orden para una ecografía mamaria después, en este orden. Orden para
un PAP, orden para un cepillado, orden para la obtención de un
espéculo, de un cepillo. Esto es como en esa película de terror que
si alguien decía, frente al espejo, un nombre tres veces aparecía
el monstruo y te mataba. Acá si repetís la palabra orden varias
veces frente a una secretaria aparece la autorización y te salva.
Orden y autorización son el mantra sanador.
( ocho )
Agarro la peatonal, voy a Falabella a
pagar la tarjeta, salgo por Córdoba y paso por el bar donde escriben
el nombre de uno en el vaso de café, siempre pienso en hacer algo
con eso algún día, entrar y mentirles el nombre más lindo... O
contarles la verdad. No, mejor un cuento donde el personaje tenga
problemas de identidad: “Entonces resulta que el hombrecito anda
triste por la vida, torturado por esa dualidad, mortificándose en el
eterno interrogante de ser quien es ¿O es aquel que no puede ser?
Creyendo que una incansable búsqueda logrará unificar su existencia
se encamina a dicho encuentro. Rompe el compromiso entrañable con su
novia de siempre, una muchacha instintiva y ardiente con la que
seguirá soñando de por vida, y se casa con una joven burguesa,
incapaz de advertir sus caprichosas inclinaciones. En poco tiempo
monta una galería de arte, se pasa las tardes en el Cairo, los
malandrines de siempre lo acercan a malandras de rango, se codea con
ellos, es invitado vip en los desfiles de Melocotón, los fines de
semana que no sale a navegar se recluye en algún spa, va al casino,
dilapida su dinero y la fortuna de su mujer, organiza partidas
clandestinas de póker. Hasta que la desesperación lo ciega, tiene a
cuatro prestamistas dispuestos a molerle los huesos en la esquina de
cualquier calle que camine, así que convence a su esposa y se
marchan juntos al campo, unas cuantas parcelas de tierra olvidadas
pertenecientes a su suegro. Ocupan lo que, otrora, fuese la vivienda
del casero. Ella pone en práctica los recursos aristocráticos,
comercializa las habilidades heredadas por conocimientos más
prácticos, sociabiliza con los vecinos, se granjea la confianza de
éstos y aprende técnicas. Se arman de herramientas, materiales y
semillas, él emparcha las filtraciones del techo, los desconches de
pintura y encala las paredes con una mezcla que patenta como blanco
nupcial. Abonan la tierra, se aman desnudos bajo la luz de la luna
hasta el amanecer y con el sol de mediodía encima, germinan sus
frutos, por la madrugada nacen los hijos que traen al mundo, son
paridos con la fuerza y la naturalidad del devenir. Es cierto eso de
que todos los niños traen un pan debajo del brazo, ojalá que así
lo sea, piensa el hombrecito mientras mira a su mujer, los pechos
abultados y la boca de los críos rebalsando leche. Él relee en voz
alta los mejores cuentos de Haroldo Conti cerca de una vela, la
llama bailotea una danza inimitable, confianzuda, plasma sus
presencias en los muros con perfiles parciales, escurridizos, muy,
muy parecidos a lo que de verdad son. A él, en realidad, las sombras
movedizas y gigantescas proyectadas sobre la pared le conmueven la
memoria porque son derivaciones directas del escritor santafesino que
inspira a la verdadera autora de este relato. Por eso y para no
desdoblarse más, una madrugada antes del alba, el hombrecito se
larga con lo puesto, guiado por su propio instinto. Consigue trabajo
en un mercado hombreando bolsas, conoce a sindicalistas y obreros
agrupados, asiste a marchas, reuniones, plasma sus ideales en
discursos que salen de su boca como al mejor orador, se convierte en
un líder, de la nada crea un partido, antes de ganar rechaza el
cargo político para seguir las enseñanzas de un místico. La
policía le sigue los pasos con orden de captura. Una noche lo
sobresalta el llamado de las sirenas, patrulleros y helicópteros
rodean la finca encandilando sus extensos kilómetros con potentes
reflectores de luz, prostitutas que parecen modelos o modelos que son
prostitutas corren casi desnudas, alrededor de la piscina, a los
gritos. Por los parlantes la policía exige su rendición, el
hombrecito sale al jardín en calzoncillos, asustado, levanta los
brazos en señal de entrega, es esposado y puesto a disposición de
la justicia con numerosos cargos. El país entero sigue las
instancias del juicio por la tele. El tribunal supremo lo absuelve
por falta suficiente de pruebas e insanía mental, queda recluido en
una institución psiquiátrica. Al principio sufre manías
persecutorias y trastorno histriónico de la personalidad, sucumbe a
la belleza de una interna con la que mantiene acalorados y efusivos
encuentros y devenires. De a poco se recupera, el manicomio considera
que es hora de cobrarse los servicios prestados, lo ponen a trabajar
full time en el bunker que los abastece, el hombrecito acepta el
puesto sin chistar con tal de librarse del acoso obsesivo de la
compañera de pabellón, pero la desquiciada que no soporta
prescindir de su cercanía, se escurre hasta el antro y lo espera
desnuda y a oscuras, en el revoltijo de fármacos. Alguien da la voz
de alarma y un ejército de uniformados la reducen, el hombrecito
logra escabullirse, camina y camina hasta llegar a las calles
céntricas de la ciudad, se palpa los bolsillos, no posee ninguna
documentación que acredite, ni niegue, quién es. Toma noción del
tiempo transcurrido entre aquella medianoche que salió a buscarse y
este amanecer que lo encuentra, recién parido y hambriento, como el
hombre lobo que despierta hombre, desnudo y encogido en posición
fetal sabiendo que acuna en sus entrañas a una fiera indomable
incapaz de saciar. El hombrecito distingue la mañana por el olor,
siente la necesidad de tragarla y entiende que tiene hambre, quiere
un café caliente, el abrazo quijotesco de cualquier Sancho Panza.
Entra en Handicap, y el chico que lo atiende le pregunta como se
llama y si se escribe todo junto, como suena.” Fin.
Antes de llegar a Roca me tiento con un
par de zapatos, entro, pido el número en el color que siempre elijo
casi todo y me los pruebo, esa manera medio teatral de llevar puesto
lo que siempre querremos ser.
( nueve )
En la obra social saco número y
mientras espero abro la caja con el par de zapatos nuevos para volver
a mirarlos, me los dejo puestos. Me llaman, hago autorizar las
órdenes, voy a la caja, espero, pago. Listo. Busco, en el
laboratorio, el resultado del análisis de la uña del pie. A veinte
metros, dando la vuelta a la manzana, está el centro de imágenes.
Todo tan cerquita parece la escenografía de una obra de teatro. Saco
turno para la ecografía mamaria, arremeto a andar a pie las veinte
cuadras de distancia. Llego, me siento, un lugar divino, todo vidrio
y del otro lado un jardín de plantas sin flores, una selva de
cuentos, tan prolija. El talón del pie derecho empieza a hacer
pucheros, mira al par de zapatos nuevos y le dice malo, malo. Reservo
hora para la senografía. a las diecisiete. De nuevo en la calle, el
sonambulismo propaga la marcha, pienso esto y entonces sí, busco
algún colectivo que me acerque. Tomo el 107, no doy más.
Mentalmente despliego el cuadro sinóptico de los trámites y lo
repaso como un juego de obstáculos a sortear. El talón del pie
derecho ya llora a gritos. Por más que me descalce en cuanto llegue
no va a querer saber nada de volver a acompañarme a las cinco. Mi
talón derecho está enojado con el par de zapatos nuevos, o celoso
de mí. Le explico que el par de zapatos nuevos no es malo, que se
fije, si no, en su hermano, el tobillo izquierdo, como se amoldó de
bien, lo que pasa es que hay cosas, circunstancias, que a algunos nos
cuesta más que a otros aceptar, pero que el par de zapatos nuevos lo
quiere, porque si no a mamá no le podría haber gustado, y que igual
es un amor que no se iguala al que siente por él, que es una parte
suya.
( once )
Método:
Con senógrafo de foco fino y
ultrafino de alta resolución se efectuaron incidencias cráneo
caudal y media lateral oblicua, con compresión de ambas mamas.
Luego se digitalizan las
exposiciones, procesándose las imágenes obtenidas, previo a su
documentación.
Motivo de consulta:
Control anual conforme a estudios
anteriores presentados a la fecha.
Informe:
No se observan formaciones nodulares,
así como tampoco grupo de calcificaciones que resulten sospechosas.
Tampoco se detectan otros signos de atipía ni cambios significativos
respecto a examen anterior.
( trece )
Mientras me baño siento que en lugar
de cuerpo tengo un hueco. Busco mas arriba de mi cabeza un
pensamiento superior. Tanteo los bordes de un estante alto y se me
ensucian las yemas de los dedos. La conciencia es una construcción
de encastres de piedras, acumulación y tiempo, se mueve una y
retumba el eco de las otras, juntas, en toda la cueva. Me pasa algo
que no sé que es y describo ese algo sin nombre diciendo como es, le
pongo textura, densidad, olor. Digo que es como el tronco de un árbol
que es áspero y concreto, fecundo cuando lo toco y enrarecido si me
rozara, viene de afuera, no de antes, y si se rompe, estallaría.
Cierro la ducha y me empiezo a secar, un rumor de impresiones, un
pronunciamiento de voz en la boca del estómago con el tamaño de una
nuez, el carozo de un durazno.
Abro la caja donde guardo los
protectores diarios sin apuro en bautizar la sensación, sin
categorizarla, despego la cinta autoadhesiva y la adhiero a la
bombacha suspendida por las rodillas entreabiertas. Veo, el interior
de la caja y pienso en el contenido con la palabra “apósitos”.
El vapor esfuma la intensidad, el baño disuelto al agua es una
acuarela. El agua caliente de la ducha me clavó los dientes en el
tobillo derecho como un perro rabioso, ahora lame la herida y cada
lengüetazo es un látigo de fuego, un azote de escalofríos subiendo
en espiral hasta la nuca. Una serpiente enroscada al tobillo como un
torniquete para que no sangre, un guante de cuero sin rastro
estrangulándome, latiendo como el deseo cuando acaba de ser
satisfecho. Miro las manchas rojas que el agua caliente dejó sobre
la piel, amontonadas en el pecho, sobre los hombros , las tetas como
gotas. ¿Todas las gotas tienen el mismo tamaño? Un grupo de
manchitas rosadas más difusas cerca del ombligo, y dos o tres
dispersas en los muslos. Estoy yendo por el pasadizo secreto de la
cueva de la conciencia, hay un revoloteo, un aletear precipitado,
emigratorio y se me escapa la sensación sin nombre. Me pongo el
piyama como si vistiera a otra, alguien a quien amé profundamente
pero de quién ya no estoy enamorada.
( dieciséis )
Cuelgo la toalla limpia, perfumada con
el olor de la lavandería, Gaby conoce mis miserias, mis secreciones,
las de con quien elijo o desearía compartirlas, los humores, el
ánimo, la frecuencia, nunca es lo mismo tres camisetas en toda la
semana que cuatro remeritas y una blusa. Yo le llevo una bolsa con
trapos usados y al día siguiente recibo una pila de ropa limpia,
disfrutar del confort como de un milagro.
Mis dedos acortan el largo de la tela sobre el toallero, englobo la asepsia del baño con una mirada desde el umbral, la mano sobre el marco de la puerta, casi todo el peso del cuerpo apoyado en uno de los pies, la cintura brevemente afirmada sobre el mismo, la cadera curvando la firmeza. Apago la luz al mismo tiempo que giro y llevo el secador y el trapo de piso hasta afuera, el aroma a limón cruza el departamento conmigo, lo huelo desde el patio mientras prendo un cigarrillo, mientras el humo se abre lento en formas inesperadas, sube por las rejas, se vuelve indistinguible del resto del aire, a ratos el viento me atrapa la bocanada desde los labios y la sopla sin ceremonia, con el sonido de las maderitas, el llamador de ángeles.
Mis dedos acortan el largo de la tela sobre el toallero, englobo la asepsia del baño con una mirada desde el umbral, la mano sobre el marco de la puerta, casi todo el peso del cuerpo apoyado en uno de los pies, la cintura brevemente afirmada sobre el mismo, la cadera curvando la firmeza. Apago la luz al mismo tiempo que giro y llevo el secador y el trapo de piso hasta afuera, el aroma a limón cruza el departamento conmigo, lo huelo desde el patio mientras prendo un cigarrillo, mientras el humo se abre lento en formas inesperadas, sube por las rejas, se vuelve indistinguible del resto del aire, a ratos el viento me atrapa la bocanada desde los labios y la sopla sin ceremonia, con el sonido de las maderitas, el llamador de ángeles.
Revivo la situación con el ecógrafo,
la sensación de parecer una tonta, de ser tonta y no poder
disimularlo. Es todo, hasta la forma que adopta la cartera sobre la
silla, él diciendo te desvestís detrás del biombo, la bata
prendida hacia adelante, y yo aparecer con la bata para atrás. El
biombo como un objeto desmesurado, perverso. El tono de su voz, de
profesor viejo, cansado, rencoroso. Me nombra por mi nombre desde que
entré pero lo repite el doble de veces desde que nota mi
incomodidad, oírlo detrás de la desnudez de mi sombra replicada
sobre las paredes del biombo. Mi desnudez, las sombras, el biombo,
mientras reacomodo la abertura de la bata... es indigno. Todo lo es,
la luz blanca sobre su mesa convierte al resto del consultorio en
algo inacabado, su espera, la paciencia hartante que le supongo, soy
una puta inexperta que no sabe satisfacerlo. Rotá hacia mí. Sus
dedos cerca de mi cuello, apenas apoyados sobre las clavículas.
Hacia mí. Levantar el mentón y mirarlo directamente a los ojos
sabiendo que no sé si es orgullo u obediencia, las tetas sueltas. Tu
cuerpo, rotá tu cuerpo hacia mí. Entender la consigna, girarlo,
sobre la camilla de la cintura para arriba, a un lado y otro. A la
furia la disuelve la apatía, el aburrimiento, la percepción del
cuerpo como una prolongación científica. Se esfuma la insistencia
del nombre, la concepción irrepetible de quién soy, de nuevo el mar
embravecido en la pantalla, un cielo plomizo, el mecimiento pendular
antes de volverse feroz, la gestación previa de una tormenta y un
gran barco viejo a la deriva con las velas sopladas a favor del
viento. Veo la piel lubricada por el gel, la presión sobre las
planicies de mis pechos, los huecos de sombra son bollos de papel, la
reminiscencia de una época muy larga sin definición. Tengo los
pezones apiñados, el frío de la luz blanca sobre su escritorio, los
minutos de silencio, los círculos en espiral elevando la proporción
de mis areólas a distancias inconmensurables. Él mira el monitor,
yo quito la vista de su mano. Las maniobras del mango
encuentran la bolillita, presiona. Siento la vergüenza de su
desconcierto, la necesidad de repararla preguntándome con un tono
casual la razón por que vine y yo contestar, como distraídamente,
por rutina. Necesitar que no se preocupe por mí para poder
tranquilizarme. Oírle pedir, por el
intercomunicador, los estudios anteriores de la paciente. Golpear la
secretaria, a los dos segundos, la puerta del consultorio, con mi
historial. Rogar, que por la rendija del marco no me vea en esta
posición: el cuerpo quebrado en la cintura, con el perfil apuntando
al lateral opuesto donde se acurrucan las rodillas. Pensar que va a
pensar que estoy medio desmayada, moribunda y que cuando la policía
forense llegue verá mi ropa sobre el biombo confirmando que, lo que
sea que haya pasado, fue consentido.
Dos centímetros de ceniza caen al piso del patio, vuelco saliva sobre el dedo índice, los globitos de baba alzan el descuido hasta la rejilla, entre el dedo índice y medio de la mano izquierda la brasa inmutable sigue consumiendo la tercera parte del cigarrillo sin fumar.
Dos centímetros de ceniza caen al piso del patio, vuelco saliva sobre el dedo índice, los globitos de baba alzan el descuido hasta la rejilla, entre el dedo índice y medio de la mano izquierda la brasa inmutable sigue consumiendo la tercera parte del cigarrillo sin fumar.
( diecisiete )
En el Jam
del sábado hay una cercanía que se sucede sin repetición, es
alguien que supongo tolerante de quien no veo más que sus empeines,
la piel, probablemente mate, parece verdosa, es la imagen de un
cuadro expresionista.
Cuando voy a trabajar, todos los días,
paso por dos o tres negocios de muebles de estilo a medida, en una de
las vidrieras se exhibe una pintura que nunca miro. El horario del
trayecto desde mi casa hasta el trabajo es el recorrido más cercano
a lo que de verdad soy, por eso siempre llego rápido, sin
contradicciones, fácilmente. El horario, del trayecto desde hasta mi
casa hasta el trabajo, es el recorrido más cercano a lo que de
verdad soy.
Las pisadas de los pies me alcanzan en
la vereda, el aire respira profundamente a través de mi piel, en
momentos como éste pienso a la vida como una aliada capaz de
conspirar contra el orden natural de sus propios principios, alterar
el vuelo de las aves, convocar una tormenta imprevista, feroz, en un
pueblo cercano, girar los vientos con tal de refrescarme sin tenerme
que empapar. Es un pensamiento mágico, aliviador, figurativo. La
cercanía cabe en las baldosas pisadas, ocho cuadros grises. Los
empeines verdes ponen su mano sobre mi hombro, insisten en el vivero
yendo a Pérez por la ruta vieja. Yo tengo dos plantas que me compré
hace unos meses, desarrollándose atrevídamente. El cactus fue
anterior, el cactus es macho, no hombre.
Fálico
erecto
burdo primitivo
austero
inagotable irrespetuoso concreto
se seca el sudor de la frente con el
antebrazo maldice y escupe
pero cuando quiere tanto
duele
te pincha.
Las plantas no, son una Lolita y una
femme fatal.
( catorce )
Martes 20: retirar PAP, confirmar
turno Dra. a partir de las 15:00 hs. ✓
( quince )
No sueño, empiezo a pensar que no
existo. Después pienso o sueño que estoy en el purgatorio y que es
o parece una sala de espera, en las manos tengo un machete con los
nombres de los amantes que tuve. Presupongo que estoy soñando porque
entiendo cosas que sacadas de este ámbito serían imposibles de
explicar pero mi memoria, además, recorre los últimos párrafos
escritos antes de acostarme, corrijo mentalmente los tiempos
verbales, busco sinónimos de corrección, enmiendo el infinitivo.
“Las plantas no” no, las plantas no (coma) nada que ver. ¿Y
lolita con minúscula? no sé... Si el presente es tan efímero no
sé, entonces, cuanto tiempo debe transcurrir para que el pasado o el
futuro no pertenezcan a él.
( dieciocho )
Salí de trabajar y pasé por casa a
buscar los estudios, son las cinco menos veinte y hago tiempo hasta
la hora del turno. Mientras camino juego con las palabras que es el
único juego que me entretiene porque lo juego bien, mano a mano.
Mamografía y senografía en mi propio glosario wikipedico libre
significa: fórmulas gráficas contemporáneas basadas en antiguos
escenarios griegos donde se manifestaban provechosas obras de
aparente sentido maternal. El google dice véase desambiguación pero
para mí que el gineceo tiene que ser como esas fotos de Hamilton
donde las mujeres reposan tranquilamente en unas piscinas que son
como baños termales, y las pantorrillas, por el efecto del agua,
parecen escurridizas como peces. En las tetas no tengo ningún cáncer
y lo sé, sería el colmo. Una calesita, un tipo oscuro de sonrisa
entreabierta tienta nuestros pezones con una sortija tumorosa.
Si me muero, yo no sé por que me imagino que mi alma no sería rápidamente admitida al resto de los espíritus femeninos, en realidad me imagino mi alma como la caricatura de una conchita desconcertada.
Cruzo la mitad de la calle y llego al cantero que divide ambos brazos, cambia el semáforo, espero, el sol acaricia a contrapelo el lomo de los edificios. ¿Todas las avenidas de la ciudad corren en sentido Norte-Sur y de sur a norte por casualidad? ¿ O es a propósito para que no se encandilen los automovilistas? Cuando la secretaria cortó la estampilla por la línea troquelada adhiriéndola al informe anual de mi PAP y me entregó el sobre, yo pensé si no me estaría dando un buen motivo para morir. Cruzo la otra mitad de Pellegrini.
Si me muero, yo no sé por que me imagino que mi alma no sería rápidamente admitida al resto de los espíritus femeninos, en realidad me imagino mi alma como la caricatura de una conchita desconcertada.
Cruzo la mitad de la calle y llego al cantero que divide ambos brazos, cambia el semáforo, espero, el sol acaricia a contrapelo el lomo de los edificios. ¿Todas las avenidas de la ciudad corren en sentido Norte-Sur y de sur a norte por casualidad? ¿ O es a propósito para que no se encandilen los automovilistas? Cuando la secretaria cortó la estampilla por la línea troquelada adhiriéndola al informe anual de mi PAP y me entregó el sobre, yo pensé si no me estaría dando un buen motivo para morir. Cruzo la otra mitad de Pellegrini.
...
No sabemos que somos hijos, nietos de
los hijos de la Segunda Guerra, queremos matar al hermano, vencerlo.
No podemos entender que para acuchillarlo hay que abrir el cajón de
los cubiertos de la mesada de la cocina de casa. Nos seguimos
creyendo enemigos, contrarios, rivales. Pensamos que para ganar, el
otro, indefectiblemente, debe perder, sentirse inferior, incapaz. Y
lo derrotamos con el mismo arma que nos hirió de muerte. Destruir
como sea nuestras miserias como si fueran las únicas, las peores.
Somos tan egocéntricos que hasta creemos que en lo peor también
somos únicos. Todavía andamos corriéndonos de los límites
fronterizos de nuestros propios estados, con los muñones en alto,
victoriosos. Jugar a la ruleta rusa no es otra cosa que sentarse
frente a un espejo y gatillar.
( diecinueve )
Releo lo que acabo de escribir mientras
espero mi turno. La cola del ascensor era interminable, si cada uno
asiste a las consultas médicas con una, dos, hasta tres personas
acompañándolos no hay manera, lugar, nada. La otra vez le conté
algo parecido a Gaby y como ella es tan militante y por ahí cuando
quiere sabe ponerse irónica me dijo que lo que pasaba es que con
esto de los planes que da el gobierno ya nadie trabaja y están al
pedo, entonces si la abuela se quedó sin toallitas, van todos al
super de los chinos que tienen abierto hasta tarde, al tío le duele
la muela y todos le hacen el aguante en la guardia del Vilela. Subí
los cinco pisos por escalera, y no me cansé, así que no debo estar
enferma. O no hizo metástasis.
Una nenita viene corriendo a los tropezones y golpea con ambas manos la silla vacía que hay al lado mio y me mira para que la mire y le sonría, enseguida la madre dice fuerte “vení para acá” y como yo sigo leyendo sin mirar, a propósito, lo que escribí, escucho “Abigail no molestés” y unas risotadas ahogadas. Pienso: son un par de ignorantes que me tienen desangrada en el piso dispuestas a rematarme, les tendría que explicar la cuestión de la hermandad, pero justo se abre la puerta del consultorio y sale una mujer con un bebé en brazos, el marido con el cochecito plegado y una nena de siete, ocho años presumiblemente celosa. Detrás de la procesión aparece la doctora, bellísima... es más que eso, es que es necesario hacer una descripción exacta de ella porque si yo digo así cualquiera puede entender que apareció en el umbral airosa o presumida y no, nada que ver, es el término justo entre perfección y humanidad, eso es exactamente. Mira la sala de espera, me ve y sonríe, dice que tal con los labios y la voz, yo también sonrío, respondo, digo hola como si todo eso me fuera natural e intrascendente, en realidad lo que hago es un gesto bajo de aleteo ínfimo entre los párpados y la conciencia. No siempre me levanto, pero a veces cuando caigo me despierto. (Subrayo)
Releo un poco más de lo escrito y me acuerdo, Abigail llorisquea sin ganas con las manos suspendidas sobre los muslos de su madre que se acaricia la panza mientras mira la pantalla del celular, la chica que estaba sentada al lado de ella ahora está adentro del consultorio. El puñado se abrió, me doy cuenta que el puñado se abrió. Se disolvió el puñetazo, capaz que ni vinieron juntas ni se conocen. O sí, pero se rieron de otra cosa. O las que se rieron fueron otras. O no. Capaz sí fueron ellas, y fueron parte de la burla circunstancial que unió una parte de sus trascendencias como mi necesidad actual de acercarme a Abigail. llamar su atención, gatear hasta sus manos con mis palmas e improvisar un juego capaz de distraernos unicamente a las dos, dejar afuera su madre, la mía, la panza, el mundo.
Una nenita viene corriendo a los tropezones y golpea con ambas manos la silla vacía que hay al lado mio y me mira para que la mire y le sonría, enseguida la madre dice fuerte “vení para acá” y como yo sigo leyendo sin mirar, a propósito, lo que escribí, escucho “Abigail no molestés” y unas risotadas ahogadas. Pienso: son un par de ignorantes que me tienen desangrada en el piso dispuestas a rematarme, les tendría que explicar la cuestión de la hermandad, pero justo se abre la puerta del consultorio y sale una mujer con un bebé en brazos, el marido con el cochecito plegado y una nena de siete, ocho años presumiblemente celosa. Detrás de la procesión aparece la doctora, bellísima... es más que eso, es que es necesario hacer una descripción exacta de ella porque si yo digo así cualquiera puede entender que apareció en el umbral airosa o presumida y no, nada que ver, es el término justo entre perfección y humanidad, eso es exactamente. Mira la sala de espera, me ve y sonríe, dice que tal con los labios y la voz, yo también sonrío, respondo, digo hola como si todo eso me fuera natural e intrascendente, en realidad lo que hago es un gesto bajo de aleteo ínfimo entre los párpados y la conciencia. No siempre me levanto, pero a veces cuando caigo me despierto. (Subrayo)
Releo un poco más de lo escrito y me acuerdo, Abigail llorisquea sin ganas con las manos suspendidas sobre los muslos de su madre que se acaricia la panza mientras mira la pantalla del celular, la chica que estaba sentada al lado de ella ahora está adentro del consultorio. El puñado se abrió, me doy cuenta que el puñado se abrió. Se disolvió el puñetazo, capaz que ni vinieron juntas ni se conocen. O sí, pero se rieron de otra cosa. O las que se rieron fueron otras. O no. Capaz sí fueron ellas, y fueron parte de la burla circunstancial que unió una parte de sus trascendencias como mi necesidad actual de acercarme a Abigail. llamar su atención, gatear hasta sus manos con mis palmas e improvisar un juego capaz de distraernos unicamente a las dos, dejar afuera su madre, la mía, la panza, el mundo.
…
Vuelvo a releer lo escrito en el
cuaderno y termino con las correcciones. Me acuerdo del sueño del
purgatorio como una sala de espera, claro, soñé con esto yo.
¿Y si antes de morir me operaran? Entonces tendré que andar a las disparadas haciéndome tiempo con los pre quirúrgicos sin que nadie sospeche nada, porque el útero no es un apéndice.
Cuando era chica y una amiga me explicó lo que significaba coger yo pensé que era un acto físicamente imposible de ser realizado, me desesperaba hurgar en el medio del nacimiento de mis piernas, estaba convencida de haber nacido fallada, sin ese agujero, y sufría por el dolor que sentirían mis padres tarde o temprano al enterarse, pero era una angustia inconfesable que me carcomía. Empecé a tener pesadillas recurrentes de que era varón, y que miraba con una tristeza inconsolable los calzoncillos que mami me había lavado colgados en la soga del patio. Para colmo con esa misma amiga, en ese tiempo, justo nos enamoramos de una compañera del grado y perseguíamos a la chica por todo el colegio, me acuerdo que estábamos por tomar la comunión y teníamos que confesarnos, yo insistía en que había que contárselo al cura, que nos amparaba el secreto de confesión, y mi amiga que no, que ni se me ocurra porque nos iban a mandar al Buen Pastor que era un reformatorio lleno de pibas que eran mitad mujer y mitad hombre. Yo temblaba que nos pasara algo en el momento de recibir el cuerpo de Cristo, que se nos chamuscara la piel como los vampiros cuando ven la luz del día, que nos cayera un rayo y quedáramos estacadas en plena capilla. Pero después me enteré que las ostias las hacían en una panadería de la otra cuadra que atendía una familia buenísima y me pareció imposible que esa gente nos pudiera dar algo malo, así que confesamos pavadas que ni habíamos hecho y tomamos la comunión sin que ninguna catástrofe interrumpa nuestras inocencias. Después crecimos, yo comprobé que mis órganos reproductores estaban completos y en su lugar, y que coger era un acto físico absolutamente posible. Ella quedó embarazada enseguida, dejó de estudiar y ya no volvimos a vernos.
¿Y si antes de morir me operaran? Entonces tendré que andar a las disparadas haciéndome tiempo con los pre quirúrgicos sin que nadie sospeche nada, porque el útero no es un apéndice.
Cuando era chica y una amiga me explicó lo que significaba coger yo pensé que era un acto físicamente imposible de ser realizado, me desesperaba hurgar en el medio del nacimiento de mis piernas, estaba convencida de haber nacido fallada, sin ese agujero, y sufría por el dolor que sentirían mis padres tarde o temprano al enterarse, pero era una angustia inconfesable que me carcomía. Empecé a tener pesadillas recurrentes de que era varón, y que miraba con una tristeza inconsolable los calzoncillos que mami me había lavado colgados en la soga del patio. Para colmo con esa misma amiga, en ese tiempo, justo nos enamoramos de una compañera del grado y perseguíamos a la chica por todo el colegio, me acuerdo que estábamos por tomar la comunión y teníamos que confesarnos, yo insistía en que había que contárselo al cura, que nos amparaba el secreto de confesión, y mi amiga que no, que ni se me ocurra porque nos iban a mandar al Buen Pastor que era un reformatorio lleno de pibas que eran mitad mujer y mitad hombre. Yo temblaba que nos pasara algo en el momento de recibir el cuerpo de Cristo, que se nos chamuscara la piel como los vampiros cuando ven la luz del día, que nos cayera un rayo y quedáramos estacadas en plena capilla. Pero después me enteré que las ostias las hacían en una panadería de la otra cuadra que atendía una familia buenísima y me pareció imposible que esa gente nos pudiera dar algo malo, así que confesamos pavadas que ni habíamos hecho y tomamos la comunión sin que ninguna catástrofe interrumpa nuestras inocencias. Después crecimos, yo comprobé que mis órganos reproductores estaban completos y en su lugar, y que coger era un acto físico absolutamente posible. Ella quedó embarazada enseguida, dejó de estudiar y ya no volvimos a vernos.
Me imagino yendo sola a operarme... como
una mucamita de pueblo, acomodar en un bolso un camison, una toalla,
un jabón, un par de bombachas. Al jabón después lo dejo allá
porque se hace un enchastre. Un montón de cosas tendría que llevar
y yo me conozco, en eso soy poco femenina, no llevaría nada. Iría
con la cartera de siempre, el cuaderno de notas, los cigarrillos,
unos ibuprofenos, curitas. La gente no sabe nada que me voy a operar
pero si supiera me preguntaría si no tengo miedo y yo no podría
explicar que miedo en sí no tengo, y si tuviera tampoco me lo
quitaría la presencia de nadie. Entonces pienso si me sentiría
triste y no sé, no me puedo dar cuenta de eso. A lo mejor antes de
cerrar la puerta del departamento mirara el interior y se me
ocurriera no verlo nunca más y existiera en algún último instante
la añoranza de más tiempo y un poco de desesperación sí, en el
momento en que salgo a la calle y todavía es de noche, y no hay
nadie en el mundo que sepa lo que estoy a punto de hacer.
Sale la chica que estaba en el
consultorio y se acerca a una pareja que está despatarrada en dos
sillas, les dice algo, la pareja se levanta, el pibe exagera el gesto
de fastidio y trata de percibir de reojo si causó en nosotros el
efecto deseado, la única que le festeja el sentido de humor es su
novia. Cuando suben al ascensor la otra chica también se une a la
risotada, escucho como la segunda risa se cuelga en la mitad de la
primera y la primera vuelve a empezar para esperarla y la segunda se
apura y se estira para llegar a las carcajaditas finales al mismo
tiempo, un orgasmo simulado de risas acabadando simultáneas por
complacer una estimulación ajena que no las estimula, que ejercita
el hábito infantil de la repetición.
La doctora dice un apellido y es la
mamá de Abigail.
Me declaran clínicamente muerta
durante varios segundos...
Veo toda la situación desde el techo del quirófano, un gran murciélago pegado al cielo raso. No, una polilla, esas mariposas chiquitas, comunes, marroncitas, que se posó ahí. No sé cuanto tiempo pasa, si esto que pasa se cuenta con reloj, si se mide, si se cuenta. Tengo un tajo que me divide el cuerpo en un horizonte, entre ambas orillas se amontonan, a medio caer, las vísceras. Partida al medio, la piel arrancada y doblada para afuera, los chakras sin saber si irse con el alma, o bancar al cuerpo. Toda destripada sobre la mesa de operaciones. Miro bien y veo que los cirujanos son cirujas, se dieron al abandono mientras me operaban... No, no son cirujas, son artistas: artistas plásticos. Menos la doctora, que es de carne y hueso. A lo mejor ya morí definitivamente y es la autopsia... no van a saber que soy donante. A lo mejor no hay túnel, luz ni sosiego después de la muerte. O yo agarré para otro lado. A lo mejor es para siempre la muerte, un castigo de por vida.
Veo toda la situación desde el techo del quirófano, un gran murciélago pegado al cielo raso. No, una polilla, esas mariposas chiquitas, comunes, marroncitas, que se posó ahí. No sé cuanto tiempo pasa, si esto que pasa se cuenta con reloj, si se mide, si se cuenta. Tengo un tajo que me divide el cuerpo en un horizonte, entre ambas orillas se amontonan, a medio caer, las vísceras. Partida al medio, la piel arrancada y doblada para afuera, los chakras sin saber si irse con el alma, o bancar al cuerpo. Toda destripada sobre la mesa de operaciones. Miro bien y veo que los cirujanos son cirujas, se dieron al abandono mientras me operaban... No, no son cirujas, son artistas: artistas plásticos. Menos la doctora, que es de carne y hueso. A lo mejor ya morí definitivamente y es la autopsia... no van a saber que soy donante. A lo mejor no hay túnel, luz ni sosiego después de la muerte. O yo agarré para otro lado. A lo mejor es para siempre la muerte, un castigo de por vida.
La mamá de Abigail sale del
consultorio, la doctora no dice mi apellido, me llama por el nombre.
Y eso solo ya es aliviador.
( veinte )
-Yo que vos lo termino ahí, pero el
relato es tuyo
-Ya sé, pero mi idea era armar el
personaje de una hipocondríaca que iba de médico en médico
esperando el resultado fatal y se enferma por no encontrarlo.