Tener pocos años y
la noción imprecisa de ser la tercera y última excusa que mi madre concibió con
tal de postergarse, de mantener ocupado por la inocencia el lugar donde debía
caber el deseo. Percibir el sueño en el que se aliviana con mi incapacidad
salvándola y dormirme castigada con la tristeza, con toda la soledad de mi
padre cubriendo el espacio que le estoy quitando. Saberme pretexto y castigo.
Crecer con la conciencia de que los secretos más inconfesables se acunan entre
las piernas y de noche, en un espacio oscuro que no se mira ni se toca. Pero
duele. Y se toca. Tocarse duele. Pongo un espejo entre los muslos para verlo,
fijarme si encuentro un escondite en donde estén a salvo el miedo, la astucia,
la causa y la significación, toda la implicancia de lo no dicho. Un lugar en el
que quepa la ignorancia, el entendimiento o la compensación de una sabiduría
que se escapa por los bordes de la bombacha y de la conciencia. Desdoblar los
pliegues antes de que me los planchen aunque después se arruguen. Cuando
abro ese espacio ando a tientas porque me ciega tanta luz.
minarrativa
domingo, 3 de junio de 2012
EL HERMANO DE JAVIER
Cuando se me informó el deceso de mi hermano supe que de no
morirse yo jamás hubiera podido matarlo.
Deceso fue la palabra que usó el policía para lamentar comunicarme el hecho
pero cuando tuve que trascender la noticia dije fallecimiento, para amortiguar
a mi voz del eco y a su cuerpo del
impacto que lo arrojó sobre la banquina. También para no premiar ese último
instante de su vida con la tragedia, era sabido que nunca se iba a morir después de una larga
agonía y consumido por el cáncer. No; él tenía que matarse de la noche a la
mañana estrellado en una ruta, brutalmente.
Exigí la mayor solemnidad posible y contraté los servicios de
una de las pocas funerarias que incluía la práctica de la tanatopraxia. Ya
sabía que aunque todos reprobaran mi decisión ninguno se atrevería a juzgarla y
mucho menos, pretender disuadirme. Mi gesto sería interpretado del modo, naturalmente,
más aceptable: la impresión de la fatalidad empeñada en prolongar lo
impostergable.
La misma funeraria se encargó de hacer
llegar las participaciones a la lista que les suministré y entre los que
contaban miembros del Opus Dei, autoridades del Ministerio de Educación y de la Secretaría de Cultura y
algunas otras personalidades públicas y políticas. Admito que hubo una
importante cantidad de gente desconocida que ni acertó a saludarme por
desconocer mi existencia, ésos eran los amigos de él. Escuché infinidad de murmuraciones, que aquello contribuiría a mi
resignación, la elaboración del duelo. Sinceramente, lamenté no poder
permitirme la sonrisa.
Permanecí confiado en el verdadero motivo de semejante
exageración: alterar su recuerdo. Menguar la intensidad de su vida contrarrestando
la audacia que lo definió. Engañar a quienes más lo habían querido, a quienes
lo habían querido más que a mí.
Ésos que confundían su locura con genialidad tendrían que convencerse durante los tres días de velorio y
quedarse con esta última imagen: Javier de traje, bien peinado y hasta bendecido.
Tan impecablemente falseado como irreconocible.
Quise burlar su memoria para que al evocarlo se les deforme
su existencia y lo olviden con la misma rapidez con que lo quisieron. O para
que, con el tiempo, al acordarse de él pudieran confundirlo conmigo.
Harto de ser el hermano de Javier… Despedí sus restos como si
le estuviera dando sepultura a mi propia vida hasta ese
momento.
En los días siguientes fui a la inmobiliaria con la idea de
rescindir el contrato del departamento que mi hermano habitaba pero me dejé
convencer por los sugerentes modales de la oficinista y decidí esperar los tres
meses que restaban para concluir el alquiler. Si bien era cierto que
económicamente me convenía reconozco que lo que me llevó a aceptar
la oferta fue la euforia de
imaginarme viviendo, por un tiempo, como si fuera Javier.
No es que me mudaba a su casa porque yo seguiría teniendo el
mismo domicilio de siempre, aquello no era más que la extensión de un juego
ya iniciado.
Caminé despacio esperando retrasar el
enfrentamiento con mi propia incapacidad pero apenas entré al departamento y respiré el aire que había quedado sentí
que Javier me estaba mirando, me aterró pensar
que su falta atraparía mi existencia con razones más poderosas, más sutiles e inconfesables. No fue el olor de su intimidad sino mi posibilidad de
recorrerla, lo vertiginoso, creer que al pisarla podía hundirme, que era un lugar al que había
llegado por lo mismo de siempre, mi cobardía y su audacia. Me imaginé si el muerto fuera yo, y él quién anduviera
por entre mis miserias. Volví a tener miedo, agradecí estar vivo,
tener tiempo y conciencia para ocultar lo que ni muerto permitiría saberse de
mi.
Me acuerdo que lo primero que hice fue mirar el baño, fijarme
si había algún slip sucio en el piso, asombrarme de que usara la misma marca de
desodorante que yo, y cerrar el ventiluz que daba al lavadero y el del lavadero
que miraba al del vecino de enfrente. Atrapar ese resto de privacidad que no me pertenecía pero del que me sentía
responsable. Anduve por el departamento tropezando con su
vida y atontado por esa muerte inesperada hasta que lloré, primero con el
arrebato torpe del principio y después con el único desconsuelo con que se puede
llorar la muerte de quién más quisimos.
Durante la madrugada algo me sobresaltó pero volví a dormirme enseguida. Un rato después de nuevo, desperté con la nitidez de un grito ahogado y los posteriores
quejidos que desencadena el acto amoroso. Me quedé despierto, desvelado y con bronca pero tranquilo de
que ya había terminado. Me cuestioné la bronca y el alivio, sobre todo el alivio.
A la mañana siguiente tomé un taxi hasta mi casa, improvisé un equipaje reducido y
volví al departamento caminando. Cuando pasé por el bar de Balcarce y Zeballos que tenía teléfono
público llamé a mi prima para consultarle una duda y ella aprovechó para
avisarme que quería verme, le dije que estaba en lo de
Javier ultimando detalles para la entrega del departamento. Ahí nomás telefoneé
a Delia, le pasé la dirección así venía a limpiar cuanto
antes.
Diciembre estallaba y las calles hervían con el típico clima
navideño. Llegué tan acalorado y hambriento que después de ducharme me puse a
preparar un licuado. Así estaba, con una mano sobre la tapa de la multiprocesadora
y la otra en la manija, la cabeza gacha, reconcentrado en esa única actividad,
cuando percibí como ecos de golpes sobre las paredes y ¿gritos? desde una
distancia indescifrablemente etérea como concisa. Apagué la licuadora, sin la interferencia
del electrodoméstico los gemidos adquirían un plano de realidad
descomunal.
El viento cerró la turbación con un portazo que resonó en toda el edificio,
fui hasta el living y corrí el ventanal antes de que la tormenta ensucie todavía más.
Mientras me tomaba el licuado, miré la ciudad llenarse de
agua, desbordar las alcantarillas, las veredas, las calles convertidas en un naufragio de deshechos. Pensé en la tumba de Javier, lo imaginé hecho sopa viniendo a buscarme. Eso tendría que hacer:
averiguar de donde provenía el despliegue amoroso y quién era la fogosa amante, encontrarla.
Sentado en el sofá y conciente de que empezaba a dormirme, me
dormí y soñé que lamía la vulva de una mujer desconocida y que mi lengua
encontraba, entre sus pliegues, una esfera perfectamente redondeada como un
mundo de tesoros desconocidos. Deslizaba la joya debajo del paladar para
saborear la fortuna del hallazgo pero al morderla el esmalte se quebraba y me
quedaba encastrado entre dos muelas un pedazo de sustancia irisada.
Me despertó el timbre, el living a oscuras y el vaso de licuado vacío. Alberto y Nora. Miré el reloj sin ver la hora. ¿Mi prima y el marido? Me acordé del llamado
así que prendí rápido las luces y enjuagué el vaso mientras subían en el ascensor.
Cuando abrí la puerta encontré sus dos sonrisas insípidas mediando entre la
incomodidad y el compromiso. Entraron disculpándose por la hora y explicando
que recién salían del estudio. Supuse que su
visita se debía a un interés económico en vincularme con algún marchante de arte
que se ocupe de la venta de los cuadros de Javier pero no. Hasta
tanto me mostré reacio pero ellos, comprensivamente, alivianaron la
presión y en cuanto pudieron soltaron la invitación sin que suene como un
soplido la exhalación de alivio. Cuando entendí que venían a pedirme que
pase las fiestas con el resto de la familia acepté sin rodeos pero se
mantuvieron durante tanto rato insistiendo que no sabía si no habrían escuchado
mi conformidad o si su pedido venía a expresar lo contrario, la necesidad de
una contundente negativa por mi parte. Entonces empecé a sentirme avergonzado y bajé la
mirada para que no se me notara la tristeza. Cuando dijeron reunión
en lugar de fiesta mostré mi incomodidad y ellos dieron por
finalizada la misión.
Nora se disculpó para pasar al baño y Alberto aprovechó su
ausencia para colgarse el saco en un brazo y hablarme del clima, de espaldas y
con las manos en los bolsillos, mirando por el ventanal abierto. En ese momento
me acordé de la vecina y rogué que se fueran antes de que empezara el fogoso
balbuceo. Lo más admirable fue la concentración con que ambos mantuvieron la atención
sujeta a mi presencia, sin que la mirada se les diluya en la
búsqueda, en la ausencia de mi hermano.
Me quedé mirando televisión hasta tarde, haciendo tiempo y
esperando. ¿Javier también la
escucharía? Me avergonzó lamentar su muerte por no poder
preguntarle.
En mi casa, las mañanas que venía la señora a limpiar me
levantaba más temprano que de costumbre para poder desayunar tranquilo y solo.
Acá hice lo mismo. Apenas llegó empecé a cerrar las ventanas, ella me preguntó sonriendo si tenía frío y le expliqué que era para
prender el aire acondicionado, entonces se interpuso. Era una mujer demasiado necia como para convencerla así que me recluí en el balcón a leer
el diario.
El aire fresco de la mañana daba muestras claras
de ser una sensación efímera. Abajo, la ciudad empezaba a caldearse de
insultos, bocinas y frenadas. Las palomas anidadas en los huecos de otras
ventanas dialogaban en su idioma.
Entre noticia y noticia me llegaban oleadas de aromas
limpios. Lavanda y pino, azahares. El olor de la cera me llevó a la casa de los
abuelos y brilló el recuerdo lustroso de las escaleras que yo bajaba de la mano
de mamá y del otro lado Javier riendo a carcajadas deslizándose por la baranda.
La oí murmurar a Delia mientras
vaciaba el balde sobre una rejilla cerca de mis pies. La evocación infantil me
abstrajo a tal punto que no entendí a que se refería ni desde cuando me estaba
hablando. Disculpándome por la distracción le pregunté y sonrió levantando el
mentón y las cejas. Escuché un gemido y me paralicé aunque estaba quieto, algo
dentro mío se acartonó. Eso es lo que yo llamo saber disfrutar de la vida,
siguió diciendo a los gritos para que el ruido de la enceradora no obstaculice sus
declaratorias.
Nunca me dejaría de asombrar el desparpajo de la gente a la hora
de expresarse.
Yo, que previendo la incomodidad de la situación traté de
silenciar el deseo de la vecina para que no la oyera Delia, ahora no sabía como
callar a Delia por terror de que la vecina la escuchase.
Permanecí con la vista fija en los valores de la bolsa y más enojado
aún cuando escuché las infaltables risitas. Después de
estallar la pasión no sobrevenía la calma sino su risa. ¿O se burlaba de mí?
No, sin dudas, era feliz. Y muy joven.
Cuando me quedé solo bosquejé un plano del edificio con la
cantidad de pisos y departamentos que había en cada uno, cuales daban a la
calle y los que eran contrafrente como el mío. Rememoré a Delia arqueando las
cejas y levantando el mentón, como sugiriendo de que el sonido llegaba desde
arriba. ¿Se refirió concretamente al sexto o su gesto abarcaba en general los
pisos superiores al que yo estaba? Aún así era un buen dato a tener en cuenta porque
quedarían descartados los cuatro inferiores pero quizás su ademán sintetizó una
referencia proveniente del exterior pero no necesariamente desde arriba. Como
fuera, los gemidos no eran producto de mi elucubración y la mujer que los
emitía estaba en alguno de los diecinueve departamentos restantes del mismo
edificio que, ahora, yo habitaba.
Oírla diariamente nunca se convirtió en un acto cotidiano.
Para mí era insomnio y desvelo, expectativa y espanto a la vez. El origen y el
fin de mi actual existencia acababa en cada uno de sus orgasmos sin matarme el
deseo.
Una mañana salía a comprar el diario cuando vi, en el piso,
un sobre que alguien había deslizado por debajo de la puerta, era el anuncio de una recepción organizada por el consorcio con motivo de las
fiestas venideras y tendría lugar esa misma noche en el quincho comunitario
del edificio. La euforia por conocer en pocas horas a la fogosa amante anuló mi
concentración para todas las actividades programadas ese día. Finalmente desistí
y tendiéndome sobre la alfombra construí su voz mediante el cúmulo de gemidos
que incluían quejas, pedidos e insistencias. Armé a través de sus risas la
entonación con que hablaría y el timbre que tendría su voz.
Empecé a bañarme en el mismo horario que figuraba en la
tarjeta para que la ansiedad no me permitiera cometer el grave error de llegar
entre los primeros. Busqué en el placard de Javier la ropa que, se notaba,
nunca usaba. Elegí el vaquero menos desteñido y una remera deportiva que
todavía conservaba la etiqueta de compra, el mismo desodorante de los dos y yo
sintiéndome cada vez más distinto de mí y más parecido a él, en realidad me creía a medio camino, entre alcanzarlo y huirme. Estaba por cerrar la puerta del departamento cuando preferí volverme a buscar la tarjeta por si
alguien me la pedía, entonces cuando entré y vi el sobre encima de la mesa, me di
cuenta. El sobre diciendo quinto b. ¡Nunca se manda una invitación el mismo día del festejo carajo! El consorcio dudó hasta último momento de invitarme. Y yo no darme cuenta ¡Que los re mil parió! Hijos de puta me iban a tener que aguantar igual, y los imaginaba apiadados, a ultimo momento, improvisando otro sobre. Ni mi nombre sabían, tampoco dedujeron que tengo el
mismo apellido de mi hermano.
La frustración me hizo sentir como el actor que jubila la
esperanza de protagonizar el papel que siempre quiso pero traté de recomponerme
y subí motivado por la idea de conocerla.
Al llegar hice un saludo general que fue respondido con la misma
informalidad; éso y el martini que alguien me ofreció enseguida pusieron mi
buen humor de manifiesto.
En cuanto di un primer ojeo rápido a cada uno de los
invitados la localicé sin detener mi mirada en su presencia. Me bastó verla
para imaginar que sería ella porque era tal cuál la supuse.
En poco rato me encontré integrado a un grupo de hombres comentando
sobre el gobierno democrático, criticando el cine de Puenzo, bebiendo y
codeándome con el resto como uno más. Estaba tan a gusto que me sentí hasta seductor,
incluso. Envalentonado por la bebida me acerqué hasta donde estaba ella para oír
su voz y en cuanto soltó la primera risa confirmé mi deducción. Improvisé un
problema de humedad dentro de los placares por la ubicación de mi departamento
y así obtuve la información de que ella vivía en el séptimo B.
Cuando las presencias empezaron a ralear me despedí con
simpatía de los que quedaban y bajé hasta mi departamento. No podría decir que
su imagen se grabó en mis retinas porque estaría siendo injusto con el resto de
los sentidos. Ya solo, rememoré la tensión de mis músculos en la inmediatez de
sus insinuaciones y ese gesto suyo, repetido e intencional de levantar los
brazos llevando ambas manos hasta la nuca para retorcerse el pelo en un rodete
que al instante volvía a caerle desgajado por la espalda.
Sin esperar a oírla me froté la bragueta como si fuera la
ansiedad de su mano moviéndose con torpeza la que me liberaba la verga. Me
quedé mirándomela, admirando la prepotencia y la desmesura con que se erguía, con
esa audacia natural con que se nutre y crece lo salvaje. Como un palo santo que
se adora y venera, sus labios entreabiertos rodearían la punta muy cerca, casi
sin atreverse a mamarla. El aliento enviciado haciéndome arder la ingle.
La fascinación de mi propio sexo duro como un garrote me hizo
sentir poderoso y maldito. Semejante verga sólo un hijo de puta la puede tener,
pensaba mientras me la sobaba como si fuera su mano, su boca encapuchando hasta el último chorro de semen.
Pasé las dos fiestas en compañía de todos los familiares tal
como había quedado con Nora, Alberto se mostró mucho más distendido conmigo de
lo que percibí la última vez y eso contribuyó a que yo también me sintiera cómodo.
Cuando volví al departamento, el primero de enero ya estaba
completamente anochecido y yo agotado por los excesos festivos y con el cuerpo
afiebrado de tanto sol.
Antes de tener tiempo para pensarla la vi, sentada en los escalones del frente del edificio. Me acerqué y apenas si levantó la mirada pero
llegué a verle los ojos enrojecidos y no pude evitar agregar al saludo la
pregunta. Me contó que hacía tres horas que tendría que haber
llegado el micro en el que volvía su novio porque él era de acá pero lo pasaba en lo de los tíos que ella los conocía y
había ido miles de veces y por eso ahora se sentía peor de no haber querido
acompañarlo esta vez, de haber sabido, dijo puchereando. Entonces aproveché el segundo de silencio que hizo su desconsuelo para proponerle
que telefoneara desde mi casa a la Terminal
de ómnibus, saber si el micro había llegado bien o estaba retrasado. Aceptó
al instante. Subió conmigo tan cegada por la desesperación de saber a salvo a
quién le aseguraba el placer que ni se detuvo a pensarse en
riesgo. Porque no es que confiara en mí, me sintió inofensivo. Por no decir incapaz. Y
no es que yo fuera peligroso pero tampoco incapaz de serlo. Lo que sí, no tenía
teléfono.
Cuando entramos al departamento prendí la luz mientras
cerraba la puerta a mis espaldas, tosiendo di vuelta la llave tirándola dentro
del bolso al mismo tiempo que me lo descolgaba del hombro. Guié tímidamente, hacia
el pasillo, su mirada que abarcaba la localización del aparato y seguí de cerca
sus pasos hacia la oscuridad del dormitorio. Con la sombra de su silueta
delante mío mi voz fingió la vergonzosa comodidad de tener el teléfono en la
pieza y antes de percibir su indecisión ahuequé mi mano sobre su boca y
desplomé su cuerpo bajo el mío en la cama.
Sentir su resistencia, lejos de conmoverme, envalentonó mi
deseo a tal punto que busqué postergar el inevitable desenlace. Le acaricie la piel de tal manera que por un instante me entorpecí al sentirla entregada,
casi seducida. Entonces su sumisión aumentó mi saña. Rodó sobre el acolchado, la enredé en él y
la obligué a mirarme, habría aflojado la presión de mis dedos sobre sus labios sólo para oírle decir
que era tan bestial como mi hermano, y debo haberlo hecho pero ella, estacionada entre el
espanto y la resignación, solamente me rogó que no la lastime. Sé que metí los dedos entre su
pelo para que los mechones se me desgajen en la mano, chirleé el nacimiento de
sus muslos y me abrí entre sus piernas en más espacio del necesario, como si
además de mi cuerpo tuviera que caber la soledad de toda una vida. La penetré
confiando en que acabar dentro de otro vientre era lo más parecido a parirse de
nuevo. Muriéndome le clavé la verga como si fuera una espada y mientras me
removía dentro suyo oí los gemidos.
Pero venían de afuera. Desde la intimidad de algún otro
departamento llegaban, nítidamente, los lujuriosos gritos de placer que
obsesionaron mi deseo burlando mi intuición a tal punto de semejante error.
La mujer en la que yacía dentro era como la perla falsa de ese sueño que había
tenido.
domingo, 11 de marzo de 2012
Veo veo...
- Todos necesitamos aliados.
“Hallar alias", me corrige. Y como
me sonrío sin retrucarle se cree que el furor sandriano se me pasó y que fue un
furor.
- Ahora que andás con Don
Villegas bajo el brazo podremos dialogar por lo menos.
Me animo y le cuento que me
confundí y creí que Roger Waters era el conejo de ficción de los dibujitos animados.
- No sé, asocié espectáculo
con cine y multitud. No me mirés así…
No me mirés ni así ni de ninguna
manera. No me mirés más, me dan ganas de decirle justo cuando me pregunta si ya
fui al oculista. No, no fui todavía porque no es que no vea, después me muero
de dolor de cabeza y a veces me mareo pero leo bien.
Yo, que me acuerdo de todo… estaré
construyendo los recuerdos visuales distorsionadamente?
De chica sabía cuando estaba
enamorada de alguien si no podía construir mentalmente su imagen por más que me
esforzara. Cerraba los ojos y me acordaba de las caras de toda la gente que
quisiera pero nunca de la de quién amaba. Si podía, y su cara aparecía entre
todo el resto era porque se me había pasado el amor.
Y ahora? ¿Me estaré quedando
ciega para agotar recursos, y en absoluta oscuridad, obligarme a reconocer cual
es la cara que no veo? O manotear cualquiera con la excusa de que no vi? No, que
vi mal. Porque ver, veo.
domingo, 5 de febrero de 2012
Sueño de una noche de verano
Me despierta una voz que con el tono de un murmullo pero a volumen altamente audible cuenta sus más oscuros padecimientos antes de conocer la palabra del misericordioso salvador. Después unas resbaladizas oraciones deslizadas hasta el amén y ¿Fin de la programación? No, estalla Sprayette.
Ésta es la parte más difícil de aceptar… Mi vecino volvió a emborracharse con el televisor prendido y yo tendré que dormirme a la par, sin oler su aliento pero con los oídos embriagados por las ofertas garantizadas que su tele pregona.
Voy al baño y hago pis con los ojos cerrados para no desvelarme más y me acuesto de nuevo. Escucho piadosos shsh, cerrarse ventanas y encender aires acondicionados. ¿Será la una? Hago coraje y miro: dos menos cuarto pasadas y ahora que abrí los ojos aprovecharía para tomarme una ranitidina ya que estoy. Me enrosco pero hace mucho calor para que cierre el ventanal, baje la persiana y ponga la almohada en los pies como la última vez. ¡Que alguien llameee yaaa y compre un silenciador mágico!
Conscientemente desvelada y decidida a salvaguardar las cuatro horas de sueño restante agudizo el oído en el silencio del edificio y hago girar con suavidad la llave de mi cerradura sin asomarme. Decidida, pongo mi camisón en manos del instinto y me dejo guiar los pasos hasta la caja generadora de luz. El instante más pleno es el de la duda, esa pequeña y gran zozobra de elegir la tecla correcta. Saber que cuanto antes mejor pero demorar… quedando atrapada por la exploración o por ese mínimo acto de transgresion. Ahora entiendo por que en las películas tardan tanto revisando algo mientras uno ruega que se vayan rápido antes de que vuelva el asesino.
Cuando veo todo ese cablerio enredado pretendo establecer la conexión con que se enlazan los afectos menos aproximados y más lejanos. En los dos casos me asombra de que funcione siempre igual.
Miro bien para que nadie llame ya mi atención. La deductiva acompaña a la lógica y ésta al dedo que baja la perilla del 00-06. Calla Sprayette. ¡Acerté! Más que alivio, alegría.
Vuelvo a mi departamento acentuando el sigilo con las puntas de los pies y sosteniendo el reintegro del merecido descanso no garantizado. Hago pis de nuevo de contenta que estoy, como los perritos. Y ni apreto el botón para no delatar con nada mi sonambulismo.
Ahora sí. A dormir sin ruidos, me vuelvo a acostar.
¿Sueño? No… Oigo a través de la pared medianera de mi patio un espacio de balbuceo puteado sin decir. En el silencio de la madrugada escucho sus pasos a ciegas despertados por el calor. Me sofoco. Lo imagino trastabillar antes de sentir el golpe de un cuerpo chocar con la mesa y desmoronarse en el piso. Sucederse los minutos, la noche, el tiempo, la oscuridad, el principio. La inmediatez de su ambiente pegado al mío buscando las velas creyendo que se cortó la luz, encender un cigarrillo. Prenderse fuego todo… ¡Basta! Me despierto de un sueño que ni llegué a dormir para oir con claridad un balbuceo sofocado que putea, nítidamente el golpe contra la mesa desparramarse en el suelo y el chic del encendedor. Huelo el olor del aire por las dudas. Después la llave en la cerradura y pasos que se arrastran en el palier. Atenta a las llamas y confiando en que la borrachera no le permitirá llegar hasta la caja de luz para accionar su perilla me voy quedando dormida oyéndolo ir y venir frente a mi puerta hasta perderse en la suya. La culpa de privarlo de ese mínimo privilegio que se procura metiéndome en la intimidad de su medidor de luz pagado a término para interrumpirle, con mi molestia, su más mísera comodidad. Me duermo vencida por el sueño hasta que tose y a cada tosida la precede un pedo. Si no fueran las seis y me tengo que levantar me daría la misma risa que da cuando lo cuento. Pero son las seis y me tengo que levantar… Malhumorada, mientras desayuno miro al grillo que cantó toda la noche.
Ésta es la parte más difícil de aceptar… Mi vecino volvió a emborracharse con el televisor prendido y yo tendré que dormirme a la par, sin oler su aliento pero con los oídos embriagados por las ofertas garantizadas que su tele pregona.
Voy al baño y hago pis con los ojos cerrados para no desvelarme más y me acuesto de nuevo. Escucho piadosos shsh, cerrarse ventanas y encender aires acondicionados. ¿Será la una? Hago coraje y miro: dos menos cuarto pasadas y ahora que abrí los ojos aprovecharía para tomarme una ranitidina ya que estoy. Me enrosco pero hace mucho calor para que cierre el ventanal, baje la persiana y ponga la almohada en los pies como la última vez. ¡Que alguien llameee yaaa y compre un silenciador mágico!
Conscientemente desvelada y decidida a salvaguardar las cuatro horas de sueño restante agudizo el oído en el silencio del edificio y hago girar con suavidad la llave de mi cerradura sin asomarme. Decidida, pongo mi camisón en manos del instinto y me dejo guiar los pasos hasta la caja generadora de luz. El instante más pleno es el de la duda, esa pequeña y gran zozobra de elegir la tecla correcta. Saber que cuanto antes mejor pero demorar… quedando atrapada por la exploración o por ese mínimo acto de transgresion. Ahora entiendo por que en las películas tardan tanto revisando algo mientras uno ruega que se vayan rápido antes de que vuelva el asesino.
Cuando veo todo ese cablerio enredado pretendo establecer la conexión con que se enlazan los afectos menos aproximados y más lejanos. En los dos casos me asombra de que funcione siempre igual.
Miro bien para que nadie llame ya mi atención. La deductiva acompaña a la lógica y ésta al dedo que baja la perilla del 00-06. Calla Sprayette. ¡Acerté! Más que alivio, alegría.
Vuelvo a mi departamento acentuando el sigilo con las puntas de los pies y sosteniendo el reintegro del merecido descanso no garantizado. Hago pis de nuevo de contenta que estoy, como los perritos. Y ni apreto el botón para no delatar con nada mi sonambulismo.
Ahora sí. A dormir sin ruidos, me vuelvo a acostar.
¿Sueño? No… Oigo a través de la pared medianera de mi patio un espacio de balbuceo puteado sin decir. En el silencio de la madrugada escucho sus pasos a ciegas despertados por el calor. Me sofoco. Lo imagino trastabillar antes de sentir el golpe de un cuerpo chocar con la mesa y desmoronarse en el piso. Sucederse los minutos, la noche, el tiempo, la oscuridad, el principio. La inmediatez de su ambiente pegado al mío buscando las velas creyendo que se cortó la luz, encender un cigarrillo. Prenderse fuego todo… ¡Basta! Me despierto de un sueño que ni llegué a dormir para oir con claridad un balbuceo sofocado que putea, nítidamente el golpe contra la mesa desparramarse en el suelo y el chic del encendedor. Huelo el olor del aire por las dudas. Después la llave en la cerradura y pasos que se arrastran en el palier. Atenta a las llamas y confiando en que la borrachera no le permitirá llegar hasta la caja de luz para accionar su perilla me voy quedando dormida oyéndolo ir y venir frente a mi puerta hasta perderse en la suya. La culpa de privarlo de ese mínimo privilegio que se procura metiéndome en la intimidad de su medidor de luz pagado a término para interrumpirle, con mi molestia, su más mísera comodidad. Me duermo vencida por el sueño hasta que tose y a cada tosida la precede un pedo. Si no fueran las seis y me tengo que levantar me daría la misma risa que da cuando lo cuento. Pero son las seis y me tengo que levantar… Malhumorada, mientras desayuno miro al grillo que cantó toda la noche.
Cuando cruzo el palier para ir a trabajar abro la caja de luz y subo la perilla así mi vecino puede dormir la resaca confortablemente. Tan egoísta no soy.
domingo, 8 de enero de 2012
Va a venir a visitarme. Antes llama para preguntarme si
voy a estar o si tengo otra cosa que hacer que le diga y viene otro día, no
tiene problema. Casi que hasta mejor, confiesa, porque con semejante calor se quedaría en su casa si
no fuera porque tiene que aguantar a ese otro. Entiendo que mi cuñado está
cerca oyéndola y que cuando ella venga y yo le pregunte por él me dirá que aquel
otro se quedó allá, de la pileta a la computadora o trabajando, como siempre.
Ni risa le da cuando la recibo contándole que su marido ha
dejado de llamarse por su nombre para empezar a ser éste otro. Aunque sigue siendo el único y el mismo, ya hace tiempo que dejó de referirse a él por su nombre.
Preparo el mate y ella insiste en que no hace calor acá
adentro pero yo estoy tan sofocada por la soledad de mi propio departamento que le
ruego carguemos el termo hasta la plaza.
Siento pena. Al principio, no. De a ratos me enojo con su
terquedad y termino sangrando dos dedos de tanto masticar las cutículas. Los
escondo adentro de la mano y la transpiración salada me hace arder más. Agarro
un mate y lo mancho, ve las heridas y me reta. Al ratito me
pregunta por que me hago así, no entiende que me lastime sin darme cuenta.
No quiere irse de vacaciones, lo que le gustaría es no estar en su casa por unos días... Con tres se conforma. Yo quiero viajar, pero en el tiempo.
No quiere irse de vacaciones, lo que le gustaría es no estar en su casa por unos días... Con tres se conforma. Yo quiero viajar, pero en el tiempo.
Sin llevarme el dedo a la boca y con la misma mano me arranco el pedacito de piel que quedó pendiente. La realidad ni siquiera se descuelga: estamos solas. Para burlar a mami vos elegiste un
casamiento no consentido y yo la bisexualidad. Nos merecemos esta soledad que
nos pasa… No por desobediencia sino porque elegimos en su contra y no a
nuestro favor.
Tampoco se lo digo.
Tampoco se lo digo.
Ella se pone a mirar el mismo perro que estoy mirando yo y se empieza a
reír. Entonces la miro y me sonrío acompañándola en el gesto, para que no se quede sola
con la risa ni con la desolación que nos hermana este sábado de tanto tanto
calor…
( Léase a Simone de Beauvoir)
LA MALDICIÓN DEL SEGUNDO SEXO
¿Usted viene siempre acá? Claro, porque
la primera vez que la veo aunque yo debe ser la segunda pero soy muy
fisonomista. Sí, hay que esperar un ratito hasta que
llegue más gente y después nos van haciendo pasar. Y que quiere que le diga,
pero a estas reuniones yo vengo obligada. Y sí, porque los organizadores son
conocidos, casi de la familia, y me insisten: dale Solita vení que vos sos tan
carismática y convocante. Y vengo, bah… vine una o dos veces para cumplir pero
a buscar pareja no. Ojo, no critico a quién lo hace pero ¿sabe cúando? Si es
hombre. Yo creo que si una mujer fuera hombre
haría todo tan distinto... Eso de orinar en cualquier parte, la facilidad que tienen
para todo, la soltura con que se bajan el cierre. Hasta la forma de pararse
incluso, retrayendo el culo apuntan con la pelvis como si el bulto fuera un
arma, creer que así nos intimidan. ¡No me asustás! me dan ganas de gritarles
pero diga que una es mujer y se calla, ni mira.
¿Cómo? ¡No! No, no sé, señora, como será donde fue
usted pero acá los organizadores son expertos de las relaciones humanas. Enseguida
pescan todo al vuelo y a la que no se vincula no le digo que la echen pero que le
hacen un vacío tan imposible de soportar para que se termine yendo sola por
donde llegó, sí.
¿Usted no? Yo sí, de joven era de leer
mucho porque siempre traté de superarme en la vida, diga que mi madre por
vanidad o egoísmo me truncó, como quién dice, el destino que me merecía. Error que yo no cometí pero en
fin, tampoco la culpo. ¿Sabe cúando me valoró recién? El día que mi otra hermana
quedó embarazada de soltera, me acuerdo que vino a visitarme y me lo contó, yo ya estaba casada, y recién ahí me agradeció la decencia. En fin, la cuestión es que…
No, nos ubican ellos. Ellos mismos con
discreción nos van acomodando en cada lugar. Lógico, no nos obligan donde
sentarnos pero bueno, digamos que sería mal visto si nosotras, por ejemplo, que
conversamos tan amistosamente acá afuera allá adentro nos ponemos en mesas distintas. Usted quédese tranquila y hágame caso.
Le sigo contando, la cosa es que yo era
de leer mucho sobre cosas serias siempre, nada de novelitas y pavadas, ojo. Así
fue como un buen día me doy con un libro
tapa dura precioso en oferta, una joyita de la literatura me decía el de la
librería y yo joven, ingenua, ansiosa por descubrir algo más de lo poco que
sabía, no va que lo compro. ¡Aay! Me quemaba ese libro entre las manos, en el
trayecto hasta mi casa me parecía que andaba descalza caminando por las brasas,
que si mi esposo me lo descubría sería colgada como una bruja porque hay que
reconocer que el título nomás ya era terrible. ¡Pero cuando lo empecé a leer! Todavía
pienso cómo habrá sido de fuerte la indignación que sentí que de todo el libro
la única parte que me acuerdo y que no se me va a borrar mientras viva es en donde
decía que las nenas juegan con las muñecas porque una muñeca es el instrumento
con que sustituyen al pene. ¿Qué tal? Que los varones se entretienen con su
propio pitito y lo sienten como un aliado, como un amiguito, como si fuera algo
que les pertenece pero que es ajeno a ellos mismos. Y que las nenas, al
faltarles eso, lo compensan con una muñeca. ¡Fíjese la manipulación! Un negocio
redondo para todos los saca plata de los psicoanalistas. Porque, seamos
francas… ¿quién de nosotras no ha jugado de chica a la casita y a las visitas
con otras nenas? Yo hasta el día de hoy, siendo una mujer honrada, me desespero
por cualquier muñeca. Ahora resulta que soy perversa, ¿entonces? Mire, le soy sincera… A veces pienso que
después de leer ese libro algo se me alborotó adentro, porque nunca más volví a
estar tranquila. Fue una maldición. Como si Dios hubiera pensado de mí: tuve la
delicadeza de hacerla mujer para que se pueda quedar en el molde
y a la desgraciada se le puso entre ceja y ceja justo eso. Mentiría si le digo
que por lo menos cerré las puertas de la ignorancia, lo único que supe fue
cúanto desconocía. Y reconocer que la naturaleza es más
imaginativa que yo misma. Cargué, ese libro, con una culpa tan grande
que lo único que rogué al cielo fue tener aunque sea un solo hijo, pero varón.
Para que nazca enterito, sin faltarle nada. Para que no tenga que estar
buscando, como quien dice, fantasías que lo completen… como me pasaba a mí. ¡Cómo
les pasaría a todas! Y fíjese si me habré castigado sola que
tuve más de una y todas mujeres, digo sola porque vio que somos nosotras las que
determinamos el sexo, por los cromosomas. ¿Es al revés? Puede ser, no le
discuto. Para colmo todos los embarazos que aborté, que perdí eran varones. Creer o reventar,
el destino nos vuelve crédulas con tal de no explotar.
Me parece que ya se puede ir pasando. Ah…
llegó su amiga. Bueno, pero invítela a nuestra mesa, si debe haber lugar de
sobra. Como quiera, fue un gusto entonces. No faltaba más, no se preocupe que
me acomodo en cualquier otra parte. Gracias, igualmente señora. Nos vemos
después en los sorteos, ¡que risa!
Perdon Monsieur… ¡ay que cómico! Ah,
están reservadas. Disculpe.
Permiiso... ¿Algún lugarcito para esta
pobre mujer? ¡Que gracioso! ¿Puedo? ¡Ay qué suerrte! Muchas gracias joven, gracias
querida, les agradezco tanto, muy gentiles eh. Tan jóvenes entre todo este
vejestorio, deben ser escritores haciendo trabajo de campo.
Bueno, en fin. Así están las cosas.
Veremos entonces. ¡Uf ! me dio calor, muy
fuerte la calefacción.
Y sigue llegando gente, es que éstos por recaudar más un día le van a vender a alguno el lugar del centro de mesa. Que barbaridad, ya no saben que pavada inventar. La necesidad de sobrevivir, que se va a hacer, es así.
Y sigue llegando gente, es que éstos por recaudar más un día le van a vender a alguno el lugar del centro de mesa. Que barbaridad, ya no saben que pavada inventar. La necesidad de sobrevivir, que se va a hacer, es así.
No señor, faltaba más tome asiento
tranquilo. Sí, se ve que la mayoría son habitués pero no se preocupe que yo
estoy en la misma situación que usted. Bendita la hora en que se me ocurrió
acompañar a una vecina que a último momento salió con que no podía venir.
Exactamente, pero vio que en estos tiempos encontrar alguien que sea de palabra
es tarea complicada. Será que uno se crio bajo una educación tan estricta con
la verdad. ¿Sabe qué pasa? Que hablar al cuete o como decía mi padre, largar
las palabras como el burro los pedos es algo que conmigo no va.
Yo también, sí. Enviudé hace años y para
ser honesta le digo que prefiero pecar de ermitaña que de cargosa. O soy poco
sociable, o bien demasiado franca pero amigas lo que se dice amigas, no tengo. Algunas
señoras conocidas del bingo o del barrio pero ellas en su casa y yo en la mía.
Usted pensará que soy rara y puede ser, cada cual con sus prejuicios. Yo siempre digo que no hay cosa
más molesta que hablar con alguien que cada dos frases mete una muletilla ¿no sé
si me entiende? O los que salen contando algo que no tiene ni pie ni cabeza con
lo que se les venía diciendo, ni hablar de los que hablan ellos solos. Fíjese
que yo creo que el diálogo es lo que arruina a la pareja… ¿La falta de diálogo
dice usted? Sí, si lógicamente a eso me refería y casi casi me
atrevo a decir que afecta las relaciones humanas en general. ¿O estoy
equivocada? ¡Ah bueno!
¿El baño? No, ni idea. Creo que no hay.
No sé cómo salió el tema pero resulta que
el otro día acompañé a mi nuera a una reunión en la escuela por las notas de
los chicos. Sí, al primer embarazo lo perdí y después ese sólo hijo. Uno solito
pero que vale por tres. Y hablábamos de cómo se desubica la gente, es que se ha
perdido el verdadero sentido de la vergüenza y el respeto tuve que decir casi
gritando y con un golpe en el pupitre porque entre las madres y la maestra ni
me escuchaban, siendo que uno cuenta con la autoridad que nos dan los años ¿o
no?
Si es una urgencia vaya pero yo en su
lugar lo pensaría dos veces antes de levantarme de la mesa… ¡No le digo! ¡Ahí
vienen los mozos sirviendo!
Esperemos que esto no me caiga pesado, yo
que tengo los intestinos tan delicados. Porque los intestinos, no sé si sabe,
tienen una vellosidad por dentro, bueno los míos no, quedaron pelados así como
tengo los brazos todo, ni un pelo. Dieciséis años. Tifus. Ya me daban por
muerta, no hay esperanza decían los mismos médicos, ni un milagro la salvaría.
¡Y si se morían todos! Mi madre, no la culpo eh, pero lo único que hacía era
llorar. Me dijeron. No sé.
El que agarró el caballo y recorrió a
puro galope todas las partes habidas y por haber buscando los remedios era mi
papá. Cuando llegó con el último medicamento, los doctores de los más altos
cargos le dijeron: “usted ha conseguido lo que nadie logra, si se salva, nunca
sabremos si fue el medicamento o su gran amor. Ahora hay que esperar
veinticuatro horas”. Era porque la enfermedad daba toda la
vuelta, el termómetro tenía que marcar el máximo y volver a empezar. Efectivamente,
a la mañana siguiente me desperté con 36 grados y 36 kilos... no haber hecho una redoblona.
Yo no me acordaba nada de todo lo que me
contaron que había desvariado en los cuarenta días pero esa enfermedad me jodió
para todo el viaje. Me quemó los órganos, me acortó el crecimiento, el
desarrollo íntimo incluso… No sé si entiende. No sé explicarlo bien pero siempre pensé
algo y cada vez estoy más convencida. Yo siento que me quedé para toda la vida
en ese estado de ensoñación de los dieciséis años, como si lo que se hubiera
salvado de la enfermedad y creció, se casó y engendró los hijos convirtiéndose
en una verdadera mujer fuera sólo una parte mía pero hubo otra que quedó desvariando
en esa fiebre sin poder salvarse. Sin morirse y sin poder vivir.
Bueno vaya vaya tranquilo al baño que yo
vigilo que el mozo le deje su casata y mientras charlo con el muchacho aunque
parece que ya encontró compañía. ¿O me equivoco?
La humedad me ha puesto el pelo a la
miseria y este clima para colmo que no ayuda. Un horror, son las cinco de la
tarde y ya casi de noche. Bah… será que yo aborrezco el invierno, y esta
llovizna, esa garúa finiiita. Vaya uno a saber ¿no? ¡Pero! Si hasta me
dio un chucho de frío ahora. Tanto calor que hacía al principio. Habrán apagado
la calefacción estos tranfugas con tal de ahorrar, que barbaridad.
Disculpe que interrumpa la charla pero me
preocupa el señor que estaba sentado aquí… no por mí, pero se le está
derritiendo todo el helado.
¡Mozo! ¿Sería tan amable de fijarse si en
el baño de caballeros hay alguien descompuesto?
No noo… ¿Cómo que le hice servir los
platos de mi compañero y nunca nadie los tocó? Yo no le niego que apenas si
picoteó la entrada pero entienda que a un señor elegante como es él no le van
hacer pasar paleta por jamón cocido. Mire, no se burle de mí porque yo a usted
no le falto el respeto. Si no hay ningún abrigo en el respaldo de la silla será
porque es friolento o porque ustedes no son capaces ni siquiera de mantener un
clima adecuado a la circunstancia.
Es de gusto. Esta gente no está sola
porque enviudó o por tener un carácter difícil, es porque están locos.
Y después de todo, hasta el mozo… ¡pobre
muchacho! Se vende por unos pesos que le untarán estas desgraciadas cuando
llega una rival competente para que la haga pasar por chiflada. Así como a mí
me dicen que le hablé todo el tiempo a una silla vacía a otra estúpida le dirán
que repitió cinco veces el mismo plato.
Una pena perderse el brindis este señor y
yo no ganarme un enredo con su antebrazo, ese codo impecable con el traje
italiano, tan suavecita la tela cuando me rozaba la mano disculpándose. Pienso en
esto, me acuerdo de cada cosa con tanta pena pero ya ni lo digo, igual sonrío.
Los miro correr las sillas para ponerse a
bailar y empiezo a tener esa misma sensación de cuando estoy en casa sentada en
la cocina. Me quedo quieta y miro fijo algo que es nada. Así pasaría horas,
días o lo que me queda de vida. Es como si el alma se me fuera por un rato del
cuerpo sin morirme. Como un anticipo del descanso eterno, porque junto con el
alma se me van los deseos y las nostalgias… hasta las manías incluso. Ni ganas
de hacer cartel me dan. No es que pierda la noción de las cosas pero todo me
importa menos o nada, como ahora. Lo que más me alivia es que no me importe.
Sorbo con cucharita la casata derretida
mientras los otros solos ya se empiezan a ir cada uno del brazo de la otra
media naranja podrida que les cayó en gracia.
Y yo con tanta falta de todo y ningún
deseo de nada… pero a lo mejor es porque es domingo o porque ya se termina y
sigue lloviznando.
Desde el fondo a la derecha un señor se
encamina hasta donde estoy sentada pero no me puedo poner contenta porque ya sé
que tampoco él me haría feliz.
sábado, 7 de enero de 2012
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