minarrativa

domingo, 3 de junio de 2012

ABREviado


Tener pocos años y la noción imprecisa de ser la tercera y última excusa que mi madre concibió con tal de postergarse, de mantener ocupado por la inocencia el lugar donde debía caber el deseo. Percibir el sueño en el que se aliviana con mi incapacidad salvándola y dormirme castigada con la tristeza, con toda la soledad de mi padre cubriendo el espacio que le estoy quitando. Saberme pretexto y castigo. Crecer con la conciencia de que los secretos más inconfesables se acunan entre las piernas y de noche, en un espacio oscuro que no se mira ni se toca. Pero duele. Y se toca. Tocarse duele. Pongo un espejo entre los muslos para verlo, fijarme si encuentro un escondite en donde estén a salvo el miedo, la astucia, la causa y la significación, toda la implicancia de lo no dicho. Un lugar en el que quepa la ignorancia, el entendimiento o la compensación de una sabiduría que se escapa por los bordes de la bombacha y de la conciencia. Desdoblar los pliegues antes de que me los planchen aunque después se arruguen. Cuando abro ese espacio ando a tientas porque me ciega tanta luz.

EL HERMANO DE JAVIER

Cuando se me informó el deceso de mi hermano supe que de no morirse yo jamás hubiera podido matarlo. Deceso fue la palabra que usó el policía para lamentar comunicarme el hecho pero cuando tuve que trascender la noticia dije fallecimiento, para amortiguar a mi voz del eco y a su  cuerpo del impacto que lo arrojó sobre la banquina. También para no premiar ese último instante de su vida con la tragedia, era sabido que nunca se iba a morir después de una larga agonía y consumido por el cáncer. No; él tenía que matarse de la noche a la mañana estrellado en una ruta, brutalmente.
Exigí la mayor solemnidad posible y contraté los servicios de una de las pocas funerarias que incluía la práctica de la tanatopraxia. Ya sabía que aunque todos reprobaran mi decisión ninguno se atrevería a juzgarla y mucho menos, pretender disuadirme. Mi gesto sería interpretado del modo, naturalmente, más aceptable: la impresión de la fatalidad empeñada en prolongar lo impostergable.
La misma funeraria se encargó de hacer llegar las participaciones a la lista que les suministré y entre los que contaban miembros del Opus Dei, autoridades del Ministerio de Educación y de la Secretaría de Cultura y algunas otras personalidades públicas y políticas. Admito que hubo una importante cantidad de gente desconocida que ni acertó a saludarme por desconocer mi existencia, ésos eran los amigos de él. Escuché infinidad de murmuraciones, que aquello contribuiría a mi resignación, la elaboración del duelo. Sinceramente, lamenté no poder permitirme la sonrisa.
Permanecí confiado en el verdadero motivo de semejante exageración: alterar su recuerdo. Menguar la intensidad de su vida contrarrestando la audacia que lo definió. Engañar a quienes más lo habían querido, a quienes lo habían querido más que a mí.
Ésos que confundían su locura con genialidad tendrían que convencerse durante los tres días de velorio y quedarse con esta última imagen: Javier de traje, bien peinado y hasta bendecido. Tan impecablemente falseado como irreconocible.
Quise burlar su memoria para que al evocarlo se les deforme su existencia y lo olviden con la misma rapidez con que lo quisieron. O para que, con el tiempo, al acordarse de él pudieran confundirlo conmigo.
Harto de ser el hermano de Javier… Despedí sus restos como si le estuviera dando sepultura a mi propia vida hasta ese momento.
En los días siguientes fui a la inmobiliaria con la idea de rescindir el contrato del departamento que mi hermano habitaba pero me dejé convencer por los sugerentes modales de la oficinista y decidí esperar los tres meses que restaban para concluir el alquiler. Si bien era cierto que económicamente me convenía reconozco que lo que me llevó a aceptar la oferta fue la euforia de imaginarme viviendo, por un tiempo, como si fuera Javier.
No es que me mudaba a su casa porque yo seguiría teniendo el mismo domicilio de siempre, aquello no era más que la extensión de un juego ya iniciado.
Caminé despacio esperando retrasar el enfrentamiento con mi propia incapacidad pero apenas entré al departamento y respiré el aire que había quedado sentí que Javier me estaba mirando, me aterró pensar que su falta atraparía mi existencia con razones más poderosas, más sutiles e inconfesables. No fue el olor de su intimidad sino mi posibilidad de recorrerla, lo vertiginoso, creer que al pisarla podía hundirme, que era un lugar al que había llegado por lo mismo de siempre, mi cobardía y su audacia. Me imaginé si el muerto fuera yo, y él quién anduviera por entre mis miserias. Volví a tener miedo, agradecí estar vivo, tener tiempo y conciencia para ocultar lo que ni muerto permitiría saberse de mi.
Me acuerdo que lo primero que hice fue mirar el baño, fijarme si había algún slip sucio en el piso, asombrarme de que usara la misma marca de desodorante que yo, y cerrar el ventiluz que daba al lavadero y el del lavadero que miraba al del vecino de enfrente. Atrapar ese resto de privacidad  que no me pertenecía pero del que me sentía responsable. Anduve por el departamento tropezando con su vida y atontado por esa muerte inesperada hasta que lloré, primero con el arrebato torpe del principio y después con el único desconsuelo con que se puede llorar la muerte de quién más quisimos.
Durante la madrugada algo me sobresaltó pero volví a dormirme enseguida. Un rato después de nuevo, desperté con la nitidez de un grito ahogado y los posteriores quejidos que desencadena el acto amoroso. Me quedé despierto, desvelado y con bronca pero tranquilo de que ya había terminado. Me cuestioné la bronca y el alivio, sobre todo el alivio.
A la mañana siguiente tomé un taxi hasta mi casa, improvisé un equipaje reducido y volví al departamento caminando. Cuando pasé por el bar de Balcarce y Zeballos que tenía teléfono público llamé a mi prima para consultarle una duda y ella aprovechó para avisarme que quería verme, le dije que estaba en lo de Javier ultimando detalles para la entrega del departamento. Ahí nomás telefoneé a Delia, le pasé la dirección así venía a limpiar cuanto antes.
Diciembre estallaba y las calles hervían con el típico clima navideño. Llegué tan acalorado y hambriento que después de ducharme me puse a preparar un licuado. Así estaba, con una mano sobre la tapa de la multiprocesadora y la otra en la manija, la cabeza gacha, reconcentrado en esa única actividad, cuando percibí como ecos de golpes sobre las paredes y ¿gritos? desde una distancia indescifrablemente etérea como concisa. Apagué la licuadora, sin la interferencia del electrodoméstico los gemidos adquirían un plano de realidad descomunal. El viento cerró la turbación con un portazo que resonó en toda el edificio, fui hasta el living y corrí el ventanal antes de que la tormenta ensucie todavía más.
Mientras me tomaba el licuado, miré la ciudad llenarse de agua, desbordar las alcantarillas, las veredas, las calles convertidas en un naufragio de deshechos. Pensé en la tumba de Javier, lo imaginé hecho sopa viniendo a buscarme. Eso tendría que hacer: averiguar de donde provenía el despliegue amoroso y quién era la fogosa amante, encontrarla.
Sentado en el sofá y conciente de que empezaba a dormirme, me dormí y soñé que lamía la vulva de una mujer desconocida y que mi lengua encontraba, entre sus pliegues, una esfera perfectamente redondeada como un mundo de tesoros desconocidos. Deslizaba la joya debajo del paladar para saborear la fortuna del hallazgo pero al morderla el esmalte se quebraba y me quedaba encastrado entre dos muelas un pedazo de sustancia irisada.
Me despertó el timbre, el living a oscuras y el vaso de licuado vacío. Alberto y Nora. Miré el reloj sin ver la hora. ¿Mi prima y el marido? Me acordé del llamado así que prendí rápido las luces y enjuagué el vaso mientras subían en el ascensor. Cuando abrí la puerta encontré sus dos sonrisas insípidas mediando entre la incomodidad y el compromiso. Entraron disculpándose por la hora y explicando que recién salían del estudio. Supuse que su visita se debía a un interés económico en vincularme con algún marchante de arte que se ocupe de la venta de los cuadros de Javier pero no. Hasta tanto me mostré reacio pero ellos, comprensivamente, alivianaron la presión y en cuanto pudieron soltaron la invitación sin que suene como un soplido la exhalación de alivio. Cuando entendí que venían a pedirme que pase las fiestas con el resto de la familia acepté sin rodeos pero se mantuvieron durante tanto rato insistiendo que no sabía si no habrían escuchado mi conformidad o si su pedido venía a expresar lo contrario, la necesidad de una contundente negativa por mi parte. Entonces empecé a sentirme avergonzado y bajé la mirada para que no se me notara la tristeza. Cuando dijeron reunión en lugar de fiesta mostré mi incomodidad y ellos dieron por finalizada la misión.
Nora se disculpó para pasar al baño y Alberto aprovechó su ausencia para colgarse el saco en un brazo y hablarme del clima, de espaldas y con las manos en los bolsillos, mirando por el ventanal abierto. En ese momento me acordé de la vecina y rogué que se fueran antes de que empezara el fogoso balbuceo. Lo más admirable fue la concentración con que ambos mantuvieron la atención sujeta a mi presencia, sin que la mirada se les diluya en la búsqueda, en la ausencia de mi hermano.
Me quedé mirando televisión hasta tarde, haciendo tiempo y esperando. ¿Javier también la escucharía? Me avergonzó lamentar su muerte por no poder preguntarle.
En mi casa, las mañanas que venía la señora a limpiar me levantaba más temprano que de costumbre para poder desayunar tranquilo y solo. Acá hice lo mismo. Apenas llegó empecé a cerrar las ventanas, ella me preguntó sonriendo si tenía frío y le expliqué que era para prender el aire acondicionado, entonces se interpuso. Era una mujer demasiado necia como para convencerla así que me recluí en el balcón a leer el diario.
El aire fresco de la mañana daba muestras claras de ser una sensación efímera. Abajo, la ciudad empezaba a caldearse de insultos, bocinas y frenadas. Las palomas anidadas en los huecos de otras ventanas dialogaban en su idioma.
Entre noticia y noticia me llegaban oleadas de aromas limpios. Lavanda y pino, azahares. El olor de la cera me llevó a la casa de los abuelos y brilló el recuerdo lustroso de las escaleras que yo bajaba de la mano de mamá y del otro lado Javier riendo a carcajadas deslizándose por la baranda.
La oí murmurar a Delia mientras vaciaba el balde sobre una rejilla cerca de mis pies. La evocación infantil me abstrajo a tal punto que no entendí a que se refería ni desde cuando me estaba hablando. Disculpándome por la distracción le pregunté y sonrió levantando el mentón y las cejas. Escuché un gemido y me paralicé aunque estaba quieto, algo dentro mío se acartonó. Eso es lo que yo llamo saber disfrutar de la vida, siguió diciendo a los gritos para que el ruido de la enceradora no obstaculice sus declaratorias.
Nunca me dejaría de asombrar el desparpajo de la gente a la hora de expresarse.
Yo, que previendo la incomodidad de la situación traté de silenciar el deseo de la vecina para que no la oyera Delia, ahora no sabía como callar a Delia por terror de que la vecina la escuchase.
Permanecí con la vista fija en los valores de la bolsa y más enojado aún cuando escuché las infaltables risitas. Después de estallar la pasión no sobrevenía la calma sino su risa. ¿O se burlaba de mí? No, sin dudas, era feliz. Y muy joven.
Cuando me quedé solo bosquejé un plano del edificio con la cantidad de pisos y departamentos que había en cada uno, cuales daban a la calle y los que eran contrafrente como el mío. Rememoré a Delia arqueando las cejas y levantando el mentón, como sugiriendo de que el sonido llegaba desde arriba. ¿Se refirió concretamente al sexto o su gesto abarcaba en general los pisos superiores al que yo estaba? Aún así era un buen dato a tener en cuenta porque quedarían descartados los cuatro inferiores pero quizás su ademán sintetizó una referencia proveniente del exterior pero no necesariamente desde arriba. Como fuera, los gemidos no eran producto de mi elucubración y la mujer que los emitía estaba en alguno de los diecinueve departamentos restantes del mismo edificio que, ahora, yo habitaba.
Oírla diariamente nunca se convirtió en un acto cotidiano. Para mí era insomnio y desvelo, expectativa y espanto a la vez. El origen y el fin de mi actual existencia acababa en cada uno de sus orgasmos sin matarme el deseo.
Una mañana salía a comprar el diario cuando vi, en el piso, un sobre que alguien había deslizado por debajo de la puerta, era el anuncio de una recepción organizada por el consorcio con motivo de las fiestas venideras y tendría lugar esa misma noche en el quincho comunitario del edificio. La euforia por conocer en pocas horas a la fogosa amante anuló mi concentración para todas las actividades programadas ese día. Finalmente desistí y tendiéndome sobre la alfombra construí su voz mediante el cúmulo de gemidos que incluían quejas, pedidos e insistencias. Armé a través de sus risas la entonación con que hablaría y el timbre que tendría su voz.
Empecé a bañarme en el mismo horario que figuraba en la tarjeta para que la ansiedad no me permitiera cometer el grave error de llegar entre los primeros. Busqué en el placard de Javier la ropa que, se notaba, nunca usaba. Elegí el vaquero menos desteñido y una remera deportiva que todavía conservaba la etiqueta de compra, el mismo desodorante de los dos y yo sintiéndome cada vez más distinto de mí y más parecido a él, en realidad me creía a medio camino, entre alcanzarlo y huirme. Estaba por cerrar la puerta del departamento cuando preferí volverme a buscar la tarjeta por si alguien me la pedía, entonces cuando entré y vi el sobre encima de la mesa, me di cuenta. El sobre diciendo quinto b. ¡Nunca se manda una invitación el mismo día del festejo carajo! El consorcio dudó hasta último momento de invitarme. Y yo no darme cuenta ¡Que los re mil parió! Hijos de puta me iban a tener que aguantar igual, y los imaginaba apiadados, a ultimo momento, improvisando otro sobre. Ni mi nombre sabían, tampoco dedujeron que tengo el mismo apellido de mi hermano.
La frustración me hizo sentir como el actor que jubila la esperanza de protagonizar el papel que siempre quiso pero traté de recomponerme y subí motivado por la idea de conocerla.
Al llegar hice un saludo general que fue respondido con la misma informalidad; éso y el martini que alguien me ofreció enseguida pusieron mi buen humor de manifiesto.
En cuanto di un primer ojeo rápido a cada uno de los invitados la localicé sin detener mi mirada en su presencia. Me bastó verla para imaginar que sería ella porque era tal cuál la supuse.
En poco rato me encontré integrado a un grupo de hombres comentando sobre el gobierno democrático, criticando el cine de Puenzo, bebiendo y codeándome con el resto como uno más. Estaba tan a gusto que me sentí hasta seductor, incluso. Envalentonado por la bebida me acerqué hasta donde estaba ella para oír su voz y en cuanto soltó la primera risa confirmé mi deducción. Improvisé un problema de humedad dentro de los placares por la ubicación de mi departamento y así obtuve la información de que ella vivía en el séptimo B.
Cuando las presencias empezaron a ralear me despedí con simpatía de los que quedaban y bajé hasta mi departamento. No podría decir que su imagen se grabó en mis retinas porque estaría siendo injusto con el resto de los sentidos. Ya solo, rememoré la tensión de mis músculos en la inmediatez de sus insinuaciones y ese gesto suyo, repetido e intencional de levantar los brazos llevando ambas manos hasta la nuca para retorcerse el pelo en un rodete que al instante volvía a caerle desgajado por la espalda.
Sin esperar a oírla me froté la bragueta como si fuera la ansiedad de su mano moviéndose con torpeza la que me liberaba la verga. Me quedé mirándomela, admirando la prepotencia y la desmesura con que se erguía, con esa audacia natural con que se nutre y crece lo salvaje. Como un palo santo que se adora y venera, sus labios entreabiertos rodearían la punta muy cerca, casi sin atreverse a mamarla. El aliento enviciado haciéndome arder la ingle.
La fascinación de mi propio sexo duro como un garrote me hizo sentir poderoso y maldito. Semejante verga sólo un hijo de puta la puede tener, pensaba mientras me la sobaba como si fuera su mano, su boca encapuchando hasta el último chorro de semen.
Pasé las dos fiestas en compañía de todos los familiares tal como había quedado con Nora, Alberto se mostró mucho más distendido conmigo de lo que percibí la última vez y eso contribuyó a que yo también me sintiera cómodo.
Cuando volví al departamento, el primero de enero ya estaba completamente anochecido y yo agotado por los excesos festivos y con el cuerpo afiebrado de tanto sol.
Antes de tener tiempo para pensarla la vi, sentada en los escalones del frente del edificio. Me acerqué y apenas si levantó la mirada pero llegué a verle los ojos enrojecidos y no pude evitar agregar al saludo la pregunta. Me contó que hacía tres horas que tendría que haber llegado el micro en el que volvía su novio porque él era de acá pero lo pasaba en lo de los tíos que ella los conocía y había ido miles de veces y por eso ahora se sentía peor de no haber querido acompañarlo esta vez, de haber sabido, dijo puchereando. Entonces aproveché el segundo de silencio que hizo su desconsuelo para proponerle que telefoneara desde mi casa a la Terminal de ómnibus, saber si el micro había llegado bien o estaba retrasado. Aceptó al instante. Subió conmigo tan cegada por la desesperación de saber a salvo a quién le aseguraba el placer que ni se detuvo a pensarse en riesgo. Porque no es que confiara en mí, me sintió inofensivo. Por no decir incapaz. Y no es que yo fuera peligroso pero tampoco incapaz de serlo. Lo que sí, no tenía teléfono.
Cuando entramos al departamento prendí la luz mientras cerraba la puerta a mis espaldas, tosiendo di vuelta la llave tirándola dentro del bolso al mismo tiempo que me lo descolgaba del hombro. Guié tímidamente, hacia el pasillo, su mirada que abarcaba la localización del aparato y seguí de cerca sus pasos hacia la oscuridad del dormitorio. Con la sombra de su silueta delante mío mi voz fingió la vergonzosa comodidad de tener el teléfono en la pieza y antes de percibir su indecisión ahuequé mi mano sobre su boca y desplomé su cuerpo bajo el mío en la cama.
Sentir su resistencia, lejos de conmoverme, envalentonó mi deseo a tal punto que busqué postergar el inevitable desenlace. Le acaricie la piel de tal manera que por un instante me entorpecí al sentirla entregada, casi seducida. Entonces su sumisión aumentó mi saña. Rodó sobre el acolchado, la enredé en él y la obligué a mirarme, habría aflojado la presión de mis dedos sobre sus labios sólo para oírle decir que era tan bestial como mi hermano, y debo haberlo hecho pero ella, estacionada entre el espanto y la resignación, solamente me rogó que no la lastime. Sé que metí los dedos entre su pelo para que los mechones se me desgajen en la mano, chirleé el nacimiento de sus muslos y me abrí entre sus piernas en más espacio del necesario, como si además de mi cuerpo tuviera que caber la soledad de toda una vida. La penetré confiando en que acabar dentro de otro vientre era lo más parecido a parirse de nuevo. Muriéndome le clavé la verga como si fuera una espada y mientras me removía dentro suyo oí los gemidos.
Pero venían de afuera. Desde la intimidad de algún otro departamento llegaban, nítidamente, los lujuriosos gritos de placer que obsesionaron mi deseo burlando mi intuición a tal punto de semejante error. La mujer en la que yacía dentro era como la perla falsa de ese sueño que había tenido.     

domingo, 11 de marzo de 2012

Veo veo...


- Todos necesitamos aliados.
“Hallar alias", me corrige. Y como me sonrío sin retrucarle se cree que el furor sandriano se me pasó y que fue un furor.
- Ahora que andás con Don Villegas bajo el brazo podremos dialogar por lo menos.
Me animo y le cuento que me confundí y creí que Roger Waters era el conejo de ficción de los dibujitos animados.
- No sé, asocié espectáculo con cine y multitud. No me mirés así…
No me mirés ni así ni de ninguna manera. No me mirés más, me dan ganas de decirle justo cuando me pregunta si ya fui al oculista. No, no fui todavía porque no es que no vea, después me muero de dolor de cabeza y a veces me mareo pero leo bien.
Yo, que me acuerdo de todo… estaré construyendo los recuerdos visuales distorsionadamente?
De chica sabía cuando estaba enamorada de alguien si no podía construir mentalmente su imagen por más que me esforzara. Cerraba los ojos y me acordaba de las caras de toda la gente que quisiera pero nunca de la de quién amaba. Si podía, y su cara aparecía entre todo el resto era porque se me había pasado el amor.
Y ahora? ¿Me estaré quedando ciega para agotar recursos, y en absoluta oscuridad, obligarme a reconocer cual es la cara que no veo? O manotear cualquiera con la excusa de que no vi? No, que vi mal. Porque ver, veo.


domingo, 5 de febrero de 2012

Sueño de una noche de verano

Me despierta una voz que con el tono de un murmullo pero a volumen altamente audible cuenta sus más oscuros padecimientos antes de conocer la palabra del misericordioso salvador. Después unas resbaladizas oraciones deslizadas hasta el amén y ¿Fin de la programación? No, estalla Sprayette.
Ésta es la parte más difícil de aceptar… Mi vecino volvió a emborracharse con el televisor prendido y yo tendré que dormirme a la par, sin oler su aliento pero con los oídos embriagados por las ofertas garantizadas que su tele pregona.
Voy al baño y hago pis con los ojos cerrados para no desvelarme más y me acuesto de nuevo. Escucho piadosos shsh, cerrarse ventanas y encender aires acondicionados. ¿Será la una? Hago coraje y miro: dos menos cuarto pasadas y ahora que abrí los ojos aprovecharía para tomarme una ranitidina ya que estoy. Me enrosco pero hace mucho calor para que cierre el ventanal, baje la persiana y ponga la almohada en los pies como la última vez. ¡Que alguien llameee yaaa y compre un silenciador mágico!
Conscientemente desvelada y decidida a salvaguardar las cuatro horas de sueño restante agudizo el oído en el silencio del edificio y hago girar con suavidad la llave de mi cerradura sin asomarme. Decidida, pongo mi camisón en manos del instinto y me dejo guiar los pasos hasta la caja generadora de luz. El instante más pleno es el de la duda, esa pequeña y gran zozobra de elegir la tecla correcta. Saber que cuanto antes mejor pero demorar… quedando atrapada por la exploración o por ese mínimo acto de transgresion. Ahora entiendo por que en las películas tardan tanto revisando algo mientras uno ruega que se vayan rápido antes de que vuelva el asesino.
Cuando veo todo ese cablerio enredado pretendo establecer la conexión con que se enlazan los afectos menos aproximados y más lejanos. En los dos casos me asombra de que funcione siempre igual.
Miro bien para que nadie llame ya mi atención. La deductiva acompaña a la lógica y ésta al dedo que baja la perilla del 00-06. Calla Sprayette. ¡Acerté! Más que alivio, alegría.
Vuelvo a mi departamento acentuando el sigilo con las puntas de los pies y sosteniendo el reintegro del merecido descanso no garantizado. Hago pis de nuevo de contenta que estoy, como los perritos. Y ni apreto el botón para no delatar con nada mi sonambulismo.
Ahora sí. A dormir sin ruidos, me vuelvo a acostar.
¿Sueño? No… Oigo a través de la pared medianera de mi patio un espacio de balbuceo puteado sin decir. En el silencio de la madrugada escucho sus pasos a ciegas despertados por el calor. Me sofoco. Lo imagino trastabillar antes de sentir el golpe de un cuerpo chocar con la mesa y desmoronarse en el piso. Sucederse los minutos, la noche, el tiempo, la oscuridad, el principio. La inmediatez de su ambiente pegado al mío buscando las velas creyendo que se cortó la luz, encender un cigarrillo. Prenderse fuego todo… ¡Basta! Me despierto de un sueño que ni llegué a dormir para oir con claridad un balbuceo sofocado que putea, nítidamente el golpe contra la mesa desparramarse en el suelo y el chic del encendedor. Huelo el olor del aire por las dudas. Después la llave en la cerradura y pasos que se arrastran en el palier. Atenta a las llamas y confiando en que la borrachera no le permitirá llegar hasta la caja de luz para accionar su perilla me voy quedando dormida oyéndolo ir y venir frente a mi puerta hasta perderse en la suya. La culpa de privarlo de ese mínimo privilegio que se procura metiéndome en la intimidad de su medidor de luz pagado a término para interrumpirle, con mi molestia, su más mísera comodidad. Me duermo vencida por el sueño hasta que tose y a cada tosida la precede un pedo. Si no fueran las seis y me tengo que levantar me daría la misma risa que da cuando lo cuento. Pero son las seis y me tengo que levantar… Malhumorada, mientras desayuno miro al grillo que cantó toda la noche. 
Cuando cruzo el palier para ir a trabajar abro la caja de luz y subo la perilla así mi vecino puede dormir la resaca confortablemente. Tan egoísta no soy.

domingo, 8 de enero de 2012


Va a venir a visitarme. Antes llama para preguntarme si voy a estar o si tengo otra cosa que hacer que le diga y viene otro día, no tiene problema. Casi que hasta mejor, confiesa, porque con semejante calor se quedaría en su casa si no fuera porque tiene que aguantar a ese otro. Entiendo que mi cuñado está cerca oyéndola y que cuando ella venga y yo le pregunte por él me dirá que aquel otro se quedó allá, de la pileta a la computadora o trabajando, como siempre.
Ni risa le da cuando la recibo contándole que su marido ha dejado de llamarse por su nombre para empezar a ser éste otro. Aunque sigue siendo el único y el mismo, ya hace tiempo que dejó de referirse a él por su nombre.
Preparo el mate y ella insiste en que no hace calor acá adentro pero yo estoy tan sofocada por la soledad de mi propio departamento que le ruego carguemos el termo hasta la plaza.
Siento pena. Al principio, no. De a ratos me enojo con su terquedad y termino sangrando dos dedos de tanto masticar las cutículas. Los escondo adentro de la mano y la transpiración salada me hace arder más. Agarro un mate y lo mancho, ve las heridas y me reta. Al ratito me pregunta por que me hago así, no entiende que me lastime sin darme cuenta.
No quiere irse de vacaciones, lo que le gustaría es no estar en su casa por unos días... Con tres se conforma. Yo quiero viajar, pero en el tiempo.
Sin llevarme el dedo a la boca y con la misma mano me arranco el pedacito de piel que quedó pendiente. La realidad ni siquiera se descuelga: estamos solas. Para burlar a mami vos elegiste un casamiento no consentido y yo la bisexualidad. Nos merecemos esta soledad que nos pasa… No por desobediencia sino porque elegimos en su contra y no a nuestro favor. 
Tampoco se lo digo.
Ella se pone a mirar el mismo perro que estoy mirando yo y se empieza a reír. Entonces la miro y me sonrío acompañándola en el gesto, para que no se quede sola con la risa ni con la desolación que nos hermana este sábado de tanto tanto calor…

( Léase a Simone de Beauvoir)



                       LA MALDICIÓN DEL SEGUNDO SEXO

¿Usted viene siempre acá? Claro, porque la primera vez que la veo aunque yo debe ser la segunda pero soy muy fisonomista. Sí, hay que esperar un ratito hasta que llegue más gente y después nos van haciendo pasar. Y que quiere que le diga, pero a estas reuniones yo vengo obligada. Y sí, porque los organizadores son conocidos, casi de la familia, y me insisten: dale Solita vení que vos sos tan carismática y convocante. Y vengo, bah… vine una o dos veces para cumplir pero a buscar pareja no. Ojo, no critico a quién lo hace pero ¿sabe cúando? Si es hombre.  Yo creo que si una mujer fuera hombre haría todo tan distinto... Eso de orinar en cualquier parte, la facilidad que tienen para todo, la soltura con que se bajan el cierre. Hasta la forma de pararse incluso, retrayendo el culo apuntan con la pelvis como si el bulto fuera un arma, creer que así nos intimidan. ¡No me asustás! me dan ganas de gritarles pero diga que una es mujer y se calla, ni mira.
¿Cómo? ¡No! No, no sé, señora, como será donde fue usted pero acá los organizadores son expertos de las relaciones humanas. Enseguida pescan todo al vuelo y a la que no se vincula no le digo que la echen pero que le hacen un vacío tan imposible de soportar para que se termine yendo sola por donde llegó, sí.
¿Usted no? Yo sí, de joven era de leer mucho porque siempre traté de superarme en la vida, diga que mi madre por vanidad o egoísmo me truncó, como quién dice, el destino que  me merecía. Error que yo no cometí pero en fin, tampoco la culpo. ¿Sabe cúando me valoró recién? El día que mi otra hermana quedó embarazada de soltera, me acuerdo que vino a visitarme y me lo contó, yo ya estaba casada, y recién ahí me agradeció la decencia. En fin, la cuestión es que…
No, nos ubican ellos. Ellos mismos con discreción nos van acomodando en cada lugar. Lógico, no nos obligan donde sentarnos pero bueno, digamos que sería mal visto si nosotras, por ejemplo, que conversamos tan amistosamente acá afuera allá adentro nos ponemos en mesas distintas. Usted quédese tranquila y hágame caso.
Le sigo contando, la cosa es que yo era de leer mucho sobre cosas serias siempre, nada de novelitas y pavadas, ojo. Así fue como un buen día  me doy con un libro tapa dura precioso en oferta, una joyita de la literatura me decía el de la librería y yo joven, ingenua, ansiosa por descubrir algo más de lo poco que sabía, no va que lo compro. ¡Aay! Me quemaba ese libro entre las manos, en el trayecto hasta mi casa me parecía que andaba descalza caminando por las brasas, que si mi esposo me lo descubría sería colgada como una bruja porque hay que reconocer que el título nomás ya era terrible. ¡Pero cuando lo empecé a leer! Todavía pienso cómo habrá sido de fuerte la indignación que sentí que de todo el libro la única parte que me acuerdo y que no se me va a borrar mientras viva es en donde decía que las nenas juegan con las muñecas porque una muñeca es el instrumento con que sustituyen al pene. ¿Qué tal? Que los varones se entretienen con su propio pitito y lo sienten como un aliado, como un amiguito, como si fuera algo que les pertenece pero que es ajeno a ellos mismos. Y que las nenas, al faltarles eso, lo compensan con una muñeca. ¡Fíjese la manipulación! Un negocio redondo para todos los saca plata de los psicoanalistas. Porque, seamos francas… ¿quién de nosotras no ha jugado de chica a la casita y a las visitas con otras nenas? Yo hasta el día de hoy, siendo una mujer honrada, me desespero por cualquier muñeca. Ahora resulta que soy perversa, ¿entonces? Mire, le soy sincera… A veces pienso que después de leer ese libro algo se me alborotó adentro, porque nunca más volví a estar tranquila. Fue una maldición. Como si Dios hubiera pensado de mí: tuve la delicadeza de hacerla mujer para que se pueda quedar en el molde y a la desgraciada se le puso entre ceja y ceja justo eso. Mentiría si le digo que por lo menos cerré las puertas de la ignorancia, lo único que supe fue cúanto desconocía. Y reconocer que la naturaleza es más imaginativa que yo misma. Cargué, ese libro, con una culpa tan grande que lo único que rogué al cielo fue tener aunque sea un solo hijo, pero varón. Para que nazca enterito, sin faltarle nada. Para que no tenga que estar buscando, como quien dice, fantasías que lo completen… como me pasaba a mí. ¡Cómo les pasaría a todas! Y fíjese si me habré castigado sola que tuve más de una y todas mujeres, digo sola porque vio que somos nosotras las que determinamos el sexo, por los cromosomas. ¿Es al revés? Puede ser, no le discuto. Para colmo todos los embarazos que aborté, que perdí eran varones. Creer o reventar, el destino nos vuelve crédulas con tal de no explotar.
Me parece que ya se puede ir pasando. Ah… llegó su amiga. Bueno, pero invítela a nuestra mesa, si debe haber lugar de sobra. Como quiera, fue un gusto entonces. No faltaba más, no se preocupe que me acomodo en cualquier otra parte. Gracias, igualmente señora. Nos vemos después en los sorteos, ¡que risa!
Perdon Monsieur… ¡ay que cómico! Ah, están reservadas. Disculpe.
Permiiso... ¿Algún lugarcito para esta pobre mujer? ¡Que gracioso! ¿Puedo? ¡Ay qué suerrte! Muchas gracias joven, gracias querida, les agradezco tanto, muy gentiles eh. Tan jóvenes entre todo este vejestorio, deben ser escritores haciendo trabajo de campo.
Bueno, en fin. Así están las cosas. Veremos entonces. ¡Uf ! me dio calor, muy fuerte la calefacción. 
Y sigue llegando gente, es que éstos por recaudar más un día le van a vender a alguno el lugar del centro de mesa. Que barbaridad, ya no saben que pavada inventar. La necesidad de sobrevivir, que se va a hacer, es así.
No señor, faltaba más tome asiento tranquilo. Sí, se ve que la mayoría son habitués pero no se preocupe que yo estoy en la misma situación que usted. Bendita la hora en que se me ocurrió acompañar a una vecina que a último momento salió con que no podía venir. Exactamente, pero vio que en estos tiempos encontrar alguien que sea de palabra es tarea complicada. Será que uno se crio bajo una educación tan estricta con la verdad. ¿Sabe qué pasa? Que hablar al cuete o como decía mi padre, largar las palabras como el burro los pedos es algo que conmigo no va.
Yo también, sí. Enviudé hace años y para ser honesta le digo que prefiero pecar de ermitaña que de cargosa. O soy poco sociable, o bien demasiado franca pero amigas lo que se dice amigas, no tengo. Algunas señoras conocidas del bingo o del barrio pero ellas en su casa y yo en la mía.
Usted pensará que soy rara y puede ser, cada cual con sus prejuicios. Yo siempre digo que no hay cosa más molesta que hablar con alguien que cada dos frases mete una muletilla ¿no sé si me entiende? O los que salen contando algo que no tiene ni pie ni cabeza con lo que se les venía diciendo, ni hablar de los que hablan ellos solos. Fíjese que yo creo que el diálogo es lo que arruina a la pareja… ¿La falta de diálogo dice usted?  Sí, si lógicamente a eso me refería y casi casi  me atrevo a decir que afecta las relaciones humanas en general. ¿O estoy equivocada? ¡Ah bueno!
¿El baño? No, ni idea. Creo que no hay.
No sé cómo salió el tema pero resulta que el otro día acompañé a mi nuera a una reunión en la escuela por las notas de los chicos. Sí, al primer embarazo lo perdí y después ese sólo hijo. Uno solito pero que vale por tres. Y hablábamos de cómo se desubica la gente, es que se ha perdido el verdadero sentido de la vergüenza y el respeto tuve que decir casi gritando y con un golpe en el pupitre porque entre las madres y la maestra ni me escuchaban, siendo que uno cuenta con la autoridad que nos dan los años ¿o no?
Si es una urgencia vaya pero yo en su lugar lo pensaría dos veces antes de levantarme de la mesa… ¡No le digo! ¡Ahí vienen los mozos sirviendo!
Esperemos que esto no me caiga pesado, yo que tengo los intestinos tan delicados. Porque los intestinos, no sé si sabe, tienen una vellosidad por dentro, bueno los míos no, quedaron pelados así como tengo los brazos todo, ni un pelo. Dieciséis años. Tifus. Ya me daban por muerta, no hay esperanza decían los mismos médicos, ni un milagro la salvaría. ¡Y si se morían todos! Mi madre, no la culpo eh, pero lo único que hacía era llorar. Me dijeron. No sé.
El que agarró el caballo y recorrió a puro galope todas las partes habidas y por haber buscando los remedios era mi papá. Cuando llegó con el último medicamento, los doctores de los más altos cargos le dijeron: “usted ha conseguido lo que nadie logra, si se salva, nunca sabremos si fue el medicamento o su gran amor. Ahora hay que esperar veinticuatro horas”. Era porque la enfermedad daba toda la vuelta, el termómetro tenía que marcar el máximo y volver a empezar. Efectivamente, a la mañana siguiente me desperté con 36 grados y 36 kilos... no haber hecho una redoblona.
Yo no me acordaba nada de todo lo que me contaron que había desvariado en los cuarenta días pero esa enfermedad me jodió para todo el viaje. Me quemó los órganos, me acortó el crecimiento, el desarrollo íntimo incluso… No sé si entiende. No sé explicarlo bien pero siempre pensé algo y cada vez estoy más convencida. Yo siento que me quedé para toda la vida en ese estado de ensoñación de los dieciséis años, como si lo que se hubiera salvado de la enfermedad y creció, se casó y engendró los hijos convirtiéndose en una verdadera mujer fuera sólo una parte mía pero hubo otra que quedó desvariando en esa fiebre sin poder salvarse. Sin morirse y sin poder vivir.
Bueno vaya vaya tranquilo al baño que yo vigilo que el mozo le deje su casata y mientras charlo con el muchacho aunque parece que ya encontró compañía. ¿O me equivoco?
La humedad me ha puesto el pelo a la miseria y este clima para colmo que no ayuda. Un horror, son las cinco de la tarde y ya casi de noche. Bah… será que yo aborrezco el invierno, y esta llovizna, esa garúa finiiita. Vaya uno a saber ¿no? ¡Pero! Si hasta me dio un chucho de frío ahora. Tanto calor que hacía al principio. Habrán apagado la calefacción estos tranfugas con tal de ahorrar, que barbaridad.
Disculpe que interrumpa la charla pero me preocupa el señor que estaba sentado aquí… no por mí, pero se le está derritiendo todo el helado.
¡Mozo! ¿Sería tan amable de fijarse si en el baño de caballeros hay alguien descompuesto?  
No noo… ¿Cómo que le hice servir los platos de mi compañero y nunca nadie los tocó? Yo no le niego que apenas si picoteó la entrada pero entienda que a un señor elegante como es él no le van hacer pasar paleta por jamón cocido. Mire, no se burle de mí porque yo a usted no le falto el respeto. Si no hay ningún abrigo en el respaldo de la silla será porque es friolento o porque ustedes no son capaces ni siquiera de mantener un clima adecuado a la circunstancia.  
Es de gusto. Esta gente no está sola porque enviudó o por tener un carácter difícil, es porque están locos.
Y después de todo, hasta el mozo… ¡pobre muchacho! Se vende por unos pesos que le untarán estas desgraciadas cuando llega una rival competente para que la haga pasar por chiflada. Así como a mí me dicen que le hablé todo el tiempo a una silla vacía a otra estúpida le dirán que repitió cinco veces el mismo plato.
Una pena perderse el brindis este señor y yo no ganarme un enredo con su antebrazo, ese codo impecable con el traje italiano, tan suavecita la tela cuando me rozaba la mano disculpándose. Pienso en esto, me acuerdo de cada cosa con tanta pena pero ya ni lo digo, igual sonrío.
Los miro correr las sillas para ponerse a bailar y empiezo a tener esa misma sensación de cuando estoy en casa sentada en la cocina. Me quedo quieta y miro fijo algo que es nada. Así pasaría horas, días o lo que me queda de vida. Es como si el alma se me fuera por un rato del cuerpo sin morirme. Como un anticipo del descanso eterno, porque junto con el alma se me van los deseos y las nostalgias… hasta las manías incluso. Ni ganas de hacer cartel me dan. No es que pierda la noción de las cosas pero todo me importa menos o nada, como ahora. Lo que más me alivia es que no me importe.
Sorbo con cucharita la casata derretida mientras los otros solos ya se empiezan a ir cada uno del brazo de la otra media naranja podrida que les cayó en gracia.    
Y yo con tanta falta de todo y ningún deseo de nada… pero a lo mejor es porque es domingo o porque ya se termina y sigue lloviznando.
Desde el fondo a la derecha un señor se encamina hasta donde estoy sentada pero no me puedo poner contenta porque ya sé que tampoco él me haría feliz.

sábado, 7 de enero de 2012