minarrativa

martes, 24 de marzo de 2015

ENUMERACIONES




( dos )

Me desconcierta que haya tanta gente más joven que yo, me parece que yo no llegué a esta edad cronológicamente, cumpliendo los años uno a uno. Al menos los últimos... son una multa, que recibí por conducir mal los anteriores.



( uno )

Pido turno con algún cardiólogo. No se puede, tiene que derivarme, antes, un médico generalista. Saco con cualquiera y voy. Es un hombre, le explico que creo tener problemas circulatorios, que empezaron hace algún tiempo cuando mi vida comenzó a estancarse, a perder fluidez. 
Algo insustancial pesa en el aire sin terminar de corporizarse, la distancia entre ambos es una cosa extendida, la típica alfombra bordó de las iglesias durante las ceremonias, ¿el trayecto entre el atrio y el altar será una metáfora de distancia? Estoy segura que no me apoyará ni las yemas de los dedos, pero con algunos amantes me pasó lo mismo. Los médicos deberían hacer junto con el juramento hipocrático, un baño de mugre. Un baño de caca, vómitos, flemas, arcadas, pus. Y entonces sí: aprobados. Me pregunta por los síntomas. Si estuviera menos insegura de mi inmunidad exageraría más. ¿Antecedentes familiares? A la primera enumeración me interrumpe, se considera factor de riesgo genético cualquier afección cardíaca antes de los cincuenta años. Entonces no, pero fumo, y soy sedentaria, y los fines de semana si salgo, por ahí, tomo alcohol.
Pienso en un tío materno que vino a Rosario para hacerse un bypass, me acuerdo hasta del apellido del médico que lo operó. Mi tío, las cartas amorosas que circulaban entre él y otra paciente internada, el desconcierto de todos nosotros pero sobre todo la intranquilidad de mi tía, su soledad en la cocina de nuestra casa, la voz ronca de papi, callada, el mate cebándose entre sus manos, mami en el umbral de la puerta aparecer sosteniendo un juego de sábanas limpias, el brazo sin torcer, su hermano menor operado a corazón abierto, los disparates dichos bajo los efectos de la anestesia. El cansancio físico de un día agotador se descansa por la noche, pero el agotamiento de una vida sin sosiego: ¿donde se derrama?

-Voy al trabajo caminando y hago contact una vez por semana.

-Ah... bueno, entonces caminás, hacés contact que es una disciplina intensa tengo entendido, ¿o no?

Antes de decir entonces caminás hacés contact, estira primero la pierna izquierda, dobla un pliegue de tela del pantalón sobre la rodilla y repite la misma maniobra con la derecha. Cuando enumera amplifica la sumatoria abriendo el índice y el pulgar, los ojos ¿O no?

-¿Por qué decís, entonces, que sos sedentaria?

-Me pareció a mi

Agarro el papelucho de paciente, no le digo que soy una persona con una verdad incuestionable que no se puede más que reconocer. En la puta vida hice deporte, a los once años ya falsificaba los certificados para faltar a gimnasia, todas las actividades que disfruto se hacen sentada o en posición horizontal. Me pareció a mí, le digo. Y ahí ya no sé si es él o yo que hacemos alusión al enrojecimiento de las manos, los cachetes, las orejas, el cuerpo entero en llamas. Debo haber sido yo que ya estaba jugada y quise aprovechar, que me recete algo. Porque me gusta tomar medicamentos, me alivia creer que una pastilla será capaz de calmarme, contar las horas que faltan hasta la próxima dosis, respetar el tiempo, cumplirlo. Me convence de estar llevando una vida ordenada. Como votar, pagar los impuestos y trabajar en blanco me convierte en ciudadana, ni buena ni mala, es sólo la necesidad de pertenecer a algo lo suficientemente grande como una nación para poder abarcarme en ese anonimato. Que se me esfumen los contornos...

estar

y no seguir

siendo

una figurita recortada y vuelta a pegar en otro fondo.

Un envoltorio donde envolverme para pasar desapercibida sin darme cuenta de nada

porque

siempre

me doy cuenta igual

lo que me pasa y les pasa.

Una receta de normalidad, algo que uniforme la sensibilidad de mi piel a la del resto, una droga capaz de actuar como neutralizador de percepciones, un bloqueador emocional con el factor máximo así no tengo que andar buscándole cauce a estas ocurrencias. 
El médico generalista escribe en la historia clínica y se refiere a mi cuerpo en términos bestiales: tronco, extremidades, miembros. Soy un monstruo entonces, pero me siento un dibujo animado que de las orejas le sale humo.



( tres )

Bueno, orden para análisis bioquímicos, de pasada comprar en la farmacia envase esterilizado. A la mañana siguiente, en ayunas, con el frasco de pis, extracción de sangre. Listo. Mañana, después de las diecisiete lo pasás a retirar.

Si no es mañana será pasado, comprarme un cuaderno nuevo para seguir escribiendo. Las hojas sueltas se pierden y desde que terminé el anterior ando con las verdades puestas en cualquier parte, y se pierden, se parten.

Yo, además de un cuarto, siempre necesito un cuaderno.





( siete )

Ayer fui a terapia, más de una vez llego acobardada por el tráfico, las bocinas, el rumor de otras conversaciones atrapadas en el camino, simultáneas a mis propios pensamientos. A veces llego con los sentidos visuales y auditivos desbordados, me parece que tengo los ojos, los globos oculares secos y afiebrados, que me raspa pestañear, y más, no hacerlo. Hay días que salgo de trabajar y no veo la hora de estar en casa y no volver a salir hasta el día siguiente, pero cuando llego me quedo parada en medio del departamento, quieta, sin sacarme los guantes ni el abrigo, dándome cuenta de que debería moverme y pudiéndolo hacer, permanezco en esa quietud (el escritor secuestrado en Misery contaba que a la loca de su fan le pasaba lo mismo).

Me asusta la idea de mi propio suicidio justo ahora que empiezo a pensar en él sin miedo. (Subrayo) Pienso: será imposible escapar de la locura y no es la locura lo que me asusta, sino quererle escapar. (Subrayo) Bueno, antes dije lo del cuarto y ahora esto, no sé, a lo mejor estoy pensando en Virginia. Un poco.



( cuatro )

El martes voy de nuevo al generalista con el resultado de los análisis, me pidió que apenas los tenga se los lleve aunque sea con un sobreturno. No hizo falta, había turnos a rolete y la sala de espera está vacía. (Pero no tengo que ser mala) Apenas me siento me llama, le resumo el capítulo anterior como si estuviéramos en un unitario de las once de la noche, yo tengo un protagónico conflictivo y él, el rol secundario de un profesional que ejerce sin implicarse con ningún paciente hasta que la curiosidad y el rechazo que le genero lo confrontan con sus propias limitaciones, en los próximos Martín Fierro estará en la terna como Revelación del año, gana, lo contrata Darín y salta por las delgadas líneas blancas del éxito hasta el Oscar, una rayuela directa al cielo.

-Perfecto, están bien todos los valores.

-Me parece que el colesterol, hay uno que me dio mal.

-Está bajísimo, 65, perfecto.

-No, éste de acá da 33 y menos de 45 es factor de riesgo dice ahí.

-Bueno, no, ése es lo que comúnmente se conoce como colesterol bueno y sí, está un poco bajo, porque debés tener poca actividad física.

-Sí, soy sedentaria.

-Ves, claro, por eso, deberías caminar, hacer algo que te guste.

-¿Pero no tengo mala circulación sanguínea?

-No.

-Algunos antecedentes de familiares con riesgo cardíaco tengo.

-Pero vos no.

-Pensá que fumo.

Me pregunta cuantos, le digo menos de la verdad y dice que es mucho.

-Por eso.

Mira los resultados y los transcribe en la historia clínica. Me juego la última carta que tengo, le muestro la uña del dedo gordo del pie derecho.

-Me la dejé sin pintar a propósito para que la veas, esa manchita me salió el invierno pasado por el frío.

-Es un hongo lo que tenes en esa uña, menos mal que me lo comentaste, vamos a tener que analizarlo.

-Pero me salió por el frío ¿no ves que la partecita que me creció en verano está bien?

La punta de la birome toca el papel dejando un punto, levanta la vista, me mira serio.

-A ver, si yo te digo que es un hongo ¿vos me creés?

-Sí.

-Bien.

Y escribe la orden para el bioquímico. ¡Y le creo! Claro que le creo, como no se me ocurrió que podía ser un hongo. Me siento un poco triste, es una tristeza intangible que me agarra desprevenida, sin abrigo, como esos días de junio que hace mas calor del habitual y algunos hasta andan en remera pero a la tardecita cambia el viento y el aire enseguida se pone frío. Guardo la orden, los análisis. Siempre aparece, en este tipo de circunstancias, una misma expresión en el gesto de la cara del otro, una mirada de incomprensión y pena, saben que sufro y no entienden bien por que, durante un segundo los recorre la conmiseración pero no saben que hacer. Yo tampoco sabría.



( doce )

Las aves tienen su vida y uno desconoce si se aburren, por ejemplo. Si se imitan, si se esfuerzan en mejorar. Uno las puede ver reñir por una ramita mas larga y creer que es parte de la supervivencia, pero podría ser deseo de ser reconocidas, o deseo no más, capricho. ¿De qué manera percibirán nuestra existencia? ¿Se creerán superiores al resto de las especies, como nosotros?



( cinco )

El jueves a las tres y cuarto turno con la ginecóloga, me fijo en el papelito a ver como se llama, tiene el mismo apellido de un escritor que me gusta. Esta vez la sala está llena, son varios consultorios y una misma sala en común. Casi todas las adolescentes tienen una bolsita de plástico con el espéculo descartable en una mano y el celular en la otra, sus madres tienen mi edad. La ginecóloga sale del consultorio con un papel y va hasta la mesa de entrada, le dice algo a la recepcionista, se inclina hacia ella apoyando los codos y, en puntas de pie, le habla por encima de la computadora. Se ve que la chica no entiende, porque la doctora rodea el escritorio con la palma de la mano apoyada en su superficie, acariciándolo, da la vuelta y queda frente al monitor, mueve el mousse, aprieta algunas teclas, y espera. La chica, cohibida, a un costado, haciéndole lugar, ha dejado caer la postura, los hombros hacia adelante parecen los dos extremos de un arco, en medio del pecho el punto de mayor tensión, la curvatura de la espalda es exageradamente figurativa. Por un instante percibo que todas las pacientes cerramos fuerte los ojos para que no nos lastime la salpicadura del flechazo. La chica firma, sin mirar, la orden de consulta de una señora que le agradece llamándola querida, sin agradecer. Detrás del perfil de la doctora, copiando en el papel algo de la pantalla, la cara de la chica ofreciéndonos una gran mueca de sonrisa y disculpa. Todas la estamos mirando, le vemos la ortodoncia. Alguna le dice a otra que debe estar por acomodo, porque es una pelotuda. La doctora vuelve con el papel en una mano, la otra metida dentro de la chaquetilla, la chaquetilla desabrochada abriéndose paso entre todas nosotras. Saluda, y la señora sentada al lado mio dice muy bien y usted doctora, es la misma mujer que, en la mesa de entrada, se mantuvo a una distancia prudencial mientras transcurría la ineficacia de la acomodada. En un arranque inesperado de idiotez hago algo detestable: preguntar que tal es. La remato al pensar que lo vergonzoso de referirme en esos términos es por usar un lenguaje usado. Yo no soy de copiar modismos expresivos, debe ser lo único que nunca copié. El lunfardo vaya y pase, es la hilacha que cuelga de la manga de Gardel cada vez que se acomoda el chambergo, y todo bien con Gardel porque él, o Maradona, Perón, no son primero eso y después héroes. Es el compadrito que necesita ser sólo la resolución de los anteriores fallos como un heredero más y usa el lenguaje de muchos como herramienta para conseguirlo, quien me molesta. Me molesta su incapacidad de ser distinto, único, solo. Me enferma su capacidad de conseguirlo, filtrarse en ese resto, sumar.

Además de ginecóloga, es cirujana y obstetra. La respuesta suena como lo haría una bomba, arrojada de tal forma que los destrozos de la explosión no sepultan la contundencia del acto. Y ahí, por suerte, ya no se me ocurre nada.



( seis )

Mientras estaba en el consultorio de la ginecóloga me señalé, con la mano derecha, en un acto reflejo, la teta izquierda, al hablarle de la pelotita que me palpé hace unas noches atrás. Ella interrumpió la lectura de la historia clínica para seguir, con la mirada, el breve recorrido de mis dedos. Por el lugar que le estaba indicando yo me refería a esto, dijo, con la birome sin apoyar, trazando un círculo sobre la serie de fotografías. Ya apareció en los estudios de rutina anteriores y fue analizado, no existe motivo de preocupación ni antecedentes por ninguna de las dos ramas familiares. En la cara interna de la carpeta, sujetado, con un clip de color verde, a la cartulina que hace de tapa, un sobre del que extrajo el pliegue de papel satinado largo, y en vertical, tres o cuatro captaciones en blanco y negro. Yo, porque ya sabía que era una ecogafría no dije nada, pero me acordé de ese test psiquiátrico que hacen para saber si uno está ubicado en tiempo y espacio. Porque yo, mirando las imágenes de la ecografía hubiera dicho que veía un cielo plomizo, el mecimiento pendular antes de volverse feroz, la gestación previa de una tormenta y un gran barco viejo a la deriva con las velas sopladas por el viento. Las veces que me quisieron mostrar un feto nunca vi más que puzzles sin resolver, así que me quedé inclinada sobre el escritorio mirando sin ver, palpándome la pelotita, a través de la ropa, con los dedos índice y medio, como una manifestación inconsciente y testaruda de demostrar la existencia de algo, en algún lugar. Después me acosté en la camilla y levanté un brazo y luego el otro mirando el vértice del techo en el cual se concentraba la mayor cantidad de luz, pensando si todas las pacientes tendríamos el mismo color de clips, suponiendo que no, porque esos ganchitos vienen de todos colores, los venden dentro de una caja rectangular con tapa de acrílico transparente. Me imaginé a la pelotuda, con la ortodoncia, poniéndonos, en las historias clínicas de cada una de las pacientes, un clip de distinto color. Sentí un poco de tristeza pero me dio risa.



( diez )

Primero orden para una senografía y orden para una ecografía mamaria después, en este orden. Orden para un PAP, orden para un cepillado, orden para la obtención de un espéculo, de un cepillo. Esto es como en esa película de terror que si alguien decía, frente al espejo, un nombre tres veces aparecía el monstruo y te mataba. Acá si repetís la palabra orden varias veces frente a una secretaria aparece la autorización y te salva. Orden y autorización son el mantra sanador.



( ocho )

Agarro la peatonal, voy a Falabella a pagar la tarjeta, salgo por Córdoba y paso por el bar donde escriben el nombre de uno en el vaso de café, siempre pienso en hacer algo con eso algún día, entrar y mentirles el nombre más lindo... O contarles la verdad. No, mejor un cuento donde el personaje tenga problemas de identidad: “Entonces resulta que el hombrecito anda triste por la vida, torturado por esa dualidad, mortificándose en el eterno interrogante de ser quien es ¿O es aquel que no puede ser? Creyendo que una incansable búsqueda logrará unificar su existencia se encamina a dicho encuentro. Rompe el compromiso entrañable con su novia de siempre, una muchacha instintiva y ardiente con la que seguirá soñando de por vida, y se casa con una joven burguesa, incapaz de advertir sus caprichosas inclinaciones. En poco tiempo monta una galería de arte, se pasa las tardes en el Cairo, los malandrines de siempre lo acercan a malandras de rango, se codea con ellos, es invitado vip en los desfiles de Melocotón, los fines de semana que no sale a navegar se recluye en algún spa, va al casino, dilapida su dinero y la fortuna de su mujer, organiza partidas clandestinas de póker. Hasta que la desesperación lo ciega, tiene a cuatro prestamistas dispuestos a molerle los huesos en la esquina de cualquier calle que camine, así que convence a su esposa y se marchan juntos al campo, unas cuantas parcelas de tierra olvidadas pertenecientes a su suegro. Ocupan lo que, otrora, fuese la vivienda del casero. Ella pone en práctica los recursos aristocráticos, comercializa las habilidades heredadas por conocimientos más prácticos, sociabiliza con los vecinos, se granjea la confianza de éstos y aprende técnicas. Se arman de herramientas, materiales y semillas, él emparcha las filtraciones del techo, los desconches de pintura y encala las paredes con una mezcla que patenta como blanco nupcial. Abonan la tierra, se aman desnudos bajo la luz de la luna hasta el amanecer y con el sol de mediodía encima, germinan sus frutos, por la madrugada nacen los hijos que traen al mundo, son paridos con la fuerza y la naturalidad del devenir. Es cierto eso de que todos los niños traen un pan debajo del brazo, ojalá que así lo sea, piensa el hombrecito mientras mira a su mujer, los pechos abultados y la boca de los críos rebalsando leche. Él relee en voz alta los mejores cuentos de Haroldo Conti cerca de una vela, la llama bailotea una danza inimitable, confianzuda, plasma sus presencias en los muros con perfiles parciales, escurridizos, muy, muy parecidos a lo que de verdad son. A él, en realidad, las sombras movedizas y gigantescas proyectadas sobre la pared le conmueven la memoria porque son derivaciones directas del escritor santafesino que inspira a la verdadera autora de este relato. Por eso y para no desdoblarse más, una madrugada antes del alba, el hombrecito se larga con lo puesto, guiado por su propio instinto. Consigue trabajo en un mercado hombreando bolsas, conoce a sindicalistas y obreros agrupados, asiste a marchas, reuniones, plasma sus ideales en discursos que salen de su boca como al mejor orador, se convierte en un líder, de la nada crea un partido, antes de ganar rechaza el cargo político para seguir las enseñanzas de un místico. La policía le sigue los pasos con orden de captura. Una noche lo sobresalta el llamado de las sirenas, patrulleros y helicópteros rodean la finca encandilando sus extensos kilómetros con potentes reflectores de luz, prostitutas que parecen modelos o modelos que son prostitutas corren casi desnudas, alrededor de la piscina, a los gritos. Por los parlantes la policía exige su rendición, el hombrecito sale al jardín en calzoncillos, asustado, levanta los brazos en señal de entrega, es esposado y puesto a disposición de la justicia con numerosos cargos. El país entero sigue las instancias del juicio por la tele. El tribunal supremo lo absuelve por falta suficiente de pruebas e insanía mental, queda recluido en una institución psiquiátrica. Al principio sufre manías persecutorias y trastorno histriónico de la personalidad, sucumbe a la belleza de una interna con la que mantiene acalorados y efusivos encuentros y devenires. De a poco se recupera, el manicomio considera que es hora de cobrarse los servicios prestados, lo ponen a trabajar full time en el bunker que los abastece, el hombrecito acepta el puesto sin chistar con tal de librarse del acoso obsesivo de la compañera de pabellón, pero la desquiciada que no soporta prescindir de su cercanía, se escurre hasta el antro y lo espera desnuda y a oscuras, en el revoltijo de fármacos. Alguien da la voz de alarma y un ejército de uniformados la reducen, el hombrecito logra escabullirse, camina y camina hasta llegar a las calles céntricas de la ciudad, se palpa los bolsillos, no posee ninguna documentación que acredite, ni niegue, quién es. Toma noción del tiempo transcurrido entre aquella medianoche que salió a buscarse y este amanecer que lo encuentra, recién parido y hambriento, como el hombre lobo que despierta hombre, desnudo y encogido en posición fetal sabiendo que acuna en sus entrañas a una fiera indomable incapaz de saciar. El hombrecito distingue la mañana por el olor, siente la necesidad de tragarla y entiende que tiene hambre, quiere un café caliente, el abrazo quijotesco de cualquier Sancho Panza. Entra en Handicap, y el chico que lo atiende le pregunta como se llama y si se escribe todo junto, como suena.” Fin.

Antes de llegar a Roca me tiento con un par de zapatos, entro, pido el número en el color que siempre elijo casi todo y me los pruebo, esa manera medio teatral de llevar puesto lo que siempre querremos ser.





( nueve )

En la obra social saco número y mientras espero abro la caja con el par de zapatos nuevos para volver a mirarlos, me los dejo puestos. Me llaman, hago autorizar las órdenes, voy a la caja, espero, pago. Listo. Busco, en el laboratorio, el resultado del análisis de la uña del pie. A veinte metros, dando la vuelta a la manzana, está el centro de imágenes. Todo tan cerquita parece la escenografía de una obra de teatro. Saco turno para la ecografía mamaria, arremeto a andar a pie las veinte cuadras de distancia. Llego, me siento, un lugar divino, todo vidrio y del otro lado un jardín de plantas sin flores, una selva de cuentos, tan prolija. El talón del pie derecho empieza a hacer pucheros, mira al par de zapatos nuevos y le dice malo, malo. Reservo hora para la senografía. a las diecisiete. De nuevo en la calle, el sonambulismo propaga la marcha, pienso esto y entonces sí, busco algún colectivo que me acerque. Tomo el 107, no doy más. Mentalmente despliego el cuadro sinóptico de los trámites y lo repaso como un juego de obstáculos a sortear. El talón del pie derecho ya llora a gritos. Por más que me descalce en cuanto llegue no va a querer saber nada de volver a acompañarme a las cinco. Mi talón derecho está enojado con el par de zapatos nuevos, o celoso de mí. Le explico que el par de zapatos nuevos no es malo, que se fije, si no, en su hermano, el tobillo izquierdo, como se amoldó de bien, lo que pasa es que hay cosas, circunstancias, que a algunos nos cuesta más que a otros aceptar, pero que el par de zapatos nuevos lo quiere, porque si no a mamá no le podría haber gustado, y que igual es un amor que no se iguala al que siente por él, que es una parte suya.



( once )

Método:

Con senógrafo de foco fino y ultrafino de alta resolución se efectuaron incidencias cráneo caudal y media lateral oblicua, con compresión de ambas mamas.

Luego se digitalizan las exposiciones, procesándose las imágenes obtenidas, previo a su documentación.

Motivo de consulta:

Control anual conforme a estudios anteriores presentados a la fecha.

Informe:

No se observan formaciones nodulares, así como tampoco grupo de calcificaciones que resulten sospechosas. Tampoco se detectan otros signos de atipía ni cambios significativos respecto a examen anterior.



( trece )

Mientras me baño siento que en lugar de cuerpo tengo un hueco. Busco mas arriba de mi cabeza un pensamiento superior. Tanteo los bordes de un estante alto y se me ensucian las yemas de los dedos. La conciencia es una construcción de encastres de piedras, acumulación y tiempo, se mueve una y retumba el eco de las otras, juntas, en toda la cueva. Me pasa algo que no sé que es y describo ese algo sin nombre diciendo como es, le pongo textura, densidad, olor. Digo que es como el tronco de un árbol que es áspero y concreto, fecundo cuando lo toco y enrarecido si me rozara, viene de afuera, no de antes, y si se rompe, estallaría. Cierro la ducha y me empiezo a secar, un rumor de impresiones, un pronunciamiento de voz en la boca del estómago con el tamaño de una nuez, el carozo de un durazno.

Abro la caja donde guardo los protectores diarios sin apuro en bautizar la sensación, sin categorizarla, despego la cinta autoadhesiva y la adhiero a la bombacha suspendida por las rodillas entreabiertas. Veo, el interior de la caja y pienso en el contenido con la palabra “apósitos”. El vapor esfuma la intensidad, el baño disuelto al agua es una acuarela. El agua caliente de la ducha me clavó los dientes en el tobillo derecho como un perro rabioso, ahora lame la herida y cada lengüetazo es un látigo de fuego, un azote de escalofríos subiendo en espiral hasta la nuca. Una serpiente enroscada al tobillo como un torniquete para que no sangre, un guante de cuero sin rastro estrangulándome, latiendo como el deseo cuando acaba de ser satisfecho. Miro las manchas rojas que el agua caliente dejó sobre la piel, amontonadas en el pecho, sobre los hombros , las tetas como gotas. ¿Todas las gotas tienen el mismo tamaño? Un grupo de manchitas rosadas más difusas cerca del ombligo, y dos o tres dispersas en los muslos. Estoy yendo por el pasadizo secreto de la cueva de la conciencia, hay un revoloteo, un aletear precipitado, emigratorio y se me escapa la sensación sin nombre. Me pongo el piyama como si vistiera a otra, alguien a quien amé profundamente pero de quién ya no estoy enamorada.



( dieciséis )

Cuelgo la toalla limpia, perfumada con el olor de la lavandería, Gaby conoce mis miserias, mis secreciones, las de con quien elijo o desearía compartirlas, los humores, el ánimo, la frecuencia, nunca es lo mismo tres camisetas en toda la semana que cuatro remeritas y una blusa. Yo le llevo una bolsa con trapos usados y al día siguiente recibo una pila de ropa limpia, disfrutar del confort como de un milagro. 
Mis dedos acortan el largo de la tela sobre el toallero, englobo la asepsia del baño con una mirada desde el umbral, la mano sobre el marco de la puerta, casi todo el peso del cuerpo apoyado en uno de los pies, la cintura brevemente afirmada sobre el mismo, la cadera curvando la firmeza. Apago la luz al mismo tiempo que giro y llevo el secador y el trapo de piso hasta afuera, el aroma a limón cruza el departamento conmigo, lo huelo desde el patio mientras prendo un cigarrillo, mientras el humo se abre lento en formas inesperadas, sube por las rejas, se vuelve indistinguible del resto del aire, a ratos el viento me atrapa la bocanada desde los labios y la sopla sin ceremonia, con el sonido de las maderitas, el llamador de ángeles.

Revivo la situación con el ecógrafo, la sensación de parecer una tonta, de ser tonta y no poder disimularlo. Es todo, hasta la forma que adopta la cartera sobre la silla, él diciendo te desvestís detrás del biombo, la bata prendida hacia adelante, y yo aparecer con la bata para atrás. El biombo como un objeto desmesurado, perverso. El tono de su voz, de profesor viejo, cansado, rencoroso. Me nombra por mi nombre desde que entré pero lo repite el doble de veces desde que nota mi incomodidad, oírlo detrás de la desnudez de mi sombra replicada sobre las paredes del biombo. Mi desnudez, las sombras, el biombo, mientras reacomodo la abertura de la bata... es indigno. Todo lo es, la luz blanca sobre su mesa convierte al resto del consultorio en algo inacabado, su espera, la paciencia hartante que le supongo, soy una puta inexperta que no sabe satisfacerlo. Rotá hacia mí. Sus dedos cerca de mi cuello, apenas apoyados sobre las clavículas. Hacia mí. Levantar el mentón y mirarlo directamente a los ojos sabiendo que no sé si es orgullo u obediencia, las tetas sueltas. Tu cuerpo, rotá tu cuerpo hacia mí. Entender la consigna, girarlo, sobre la camilla de la cintura para arriba, a un lado y otro. A la furia la disuelve la apatía, el aburrimiento, la percepción del cuerpo como una prolongación científica. Se esfuma la insistencia del nombre, la concepción irrepetible de quién soy, de nuevo el mar embravecido en la pantalla, un cielo plomizo, el mecimiento pendular antes de volverse feroz, la gestación previa de una tormenta y un gran barco viejo a la deriva con las velas sopladas a favor del viento. Veo la piel lubricada por el gel, la presión sobre las planicies de mis pechos, los huecos de sombra son bollos de papel, la reminiscencia de una época muy larga sin definición. Tengo los pezones apiñados, el frío de la luz blanca sobre su escritorio, los minutos de silencio, los círculos en espiral elevando la proporción de mis areólas a distancias inconmensurables. Él mira el monitor, yo quito la vista de su mano. Las maniobras del mango encuentran la bolillita, presiona. Siento la vergüenza de su desconcierto, la necesidad de repararla preguntándome con un tono casual la razón por que vine y yo contestar, como distraídamente, por rutina. Necesitar que no se preocupe por mí para poder tranquilizarme. Oírle pedir, por el intercomunicador, los estudios anteriores de la paciente. Golpear la secretaria, a los dos segundos, la puerta del consultorio, con mi historial. Rogar, que por la rendija del marco no me vea en esta posición: el cuerpo quebrado en la cintura, con el perfil apuntando al lateral opuesto donde se acurrucan las rodillas. Pensar que va a pensar que estoy medio desmayada, moribunda y que cuando la policía forense llegue verá mi ropa sobre el biombo confirmando que, lo que sea que haya pasado, fue consentido.
Dos centímetros de ceniza caen al piso del patio, vuelco saliva sobre el dedo índice, los globitos de baba alzan el descuido hasta la rejilla, entre el dedo índice y medio de la mano izquierda la brasa inmutable sigue consumiendo la tercera parte del cigarrillo sin fumar.



( diecisiete )

En el Jam del sábado hay una cercanía que se sucede sin repetición, es alguien que supongo tolerante de quien no veo más que sus empeines, la piel, probablemente mate, parece verdosa, es la imagen de un cuadro expresionista.

Cuando voy a trabajar, todos los días, paso por dos o tres negocios de muebles de estilo a medida, en una de las vidrieras se exhibe una pintura que nunca miro. El horario del trayecto desde mi casa hasta el trabajo es el recorrido más cercano a lo que de verdad soy, por eso siempre llego rápido, sin contradicciones, fácilmente. El horario, del trayecto desde hasta mi casa hasta el trabajo, es el recorrido más cercano a lo que de verdad soy.

Las pisadas de los pies me alcanzan en la vereda, el aire respira profundamente a través de mi piel, en momentos como éste pienso a la vida como una aliada capaz de conspirar contra el orden natural de sus propios principios, alterar el vuelo de las aves, convocar una tormenta imprevista, feroz, en un pueblo cercano, girar los vientos con tal de refrescarme sin tenerme que empapar. Es un pensamiento mágico, aliviador, figurativo. La cercanía cabe en las baldosas pisadas, ocho cuadros grises. Los empeines verdes ponen su mano sobre mi hombro, insisten en el vivero yendo a Pérez por la ruta vieja. Yo tengo dos plantas que me compré hace unos meses, desarrollándose atrevídamente. El cactus fue anterior, el cactus es macho, no hombre.

Fálico

erecto

burdo primitivo

austero

inagotable irrespetuoso concreto

se seca el sudor de la frente con el antebrazo maldice y escupe

pero cuando quiere tanto

duele

te pincha.

Las plantas no, son una Lolita y una femme fatal.



( catorce )

Martes 20: retirar PAP, confirmar turno Dra. a partir de las 15:00 hs. ✓



( quince )

No sueño, empiezo a pensar que no existo. Después pienso o sueño que estoy en el purgatorio y que es o parece una sala de espera, en las manos tengo un machete con los nombres de los amantes que tuve. Presupongo que estoy soñando porque entiendo cosas que sacadas de este ámbito serían imposibles de explicar pero mi memoria, además, recorre los últimos párrafos escritos antes de acostarme, corrijo mentalmente los tiempos verbales, busco sinónimos de corrección, enmiendo el infinitivo. “Las plantas no” no, las plantas no (coma) nada que ver. ¿Y lolita con minúscula? no sé... Si el presente es tan efímero no sé, entonces, cuanto tiempo debe transcurrir para que el pasado o el futuro no pertenezcan a él.



( dieciocho )

Salí de trabajar y pasé por casa a buscar los estudios, son las cinco menos veinte y hago tiempo hasta la hora del turno. Mientras camino juego con las palabras que es el único juego que me entretiene porque lo juego bien, mano a mano. Mamografía y senografía en mi propio glosario wikipedico libre significa: fórmulas gráficas contemporáneas basadas en antiguos escenarios griegos donde se manifestaban provechosas obras de aparente sentido maternal. El google dice véase desambiguación pero para mí que el gineceo tiene que ser como esas fotos de Hamilton donde las mujeres reposan tranquilamente en unas piscinas que son como baños termales, y las pantorrillas, por el efecto del agua, parecen escurridizas como peces. En las tetas no tengo ningún cáncer y lo sé, sería el colmo. Una calesita, un tipo oscuro de sonrisa entreabierta tienta nuestros pezones con una sortija tumorosa. 
Si me muero, yo no sé por que me imagino que mi alma no sería rápidamente admitida al resto de los espíritus femeninos, en realidad me imagino mi alma como la caricatura de una conchita desconcertada. 
Cruzo la mitad de la calle y llego al cantero que divide ambos brazos, cambia el semáforo, espero, el sol acaricia a contrapelo el lomo de los edificios. ¿Todas las avenidas de la ciudad corren en sentido Norte-Sur y de sur a norte por casualidad? ¿ O es a propósito para que no se encandilen los automovilistas? Cuando la secretaria cortó la estampilla por la línea troquelada adhiriéndola al informe anual de mi PAP y me entregó el sobre, yo pensé si no me estaría dando un buen motivo para morir. Cruzo la otra mitad de Pellegrini.

...



No sabemos que somos hijos, nietos de los hijos de la Segunda Guerra, queremos matar al hermano, vencerlo. No podemos entender que para acuchillarlo hay que abrir el cajón de los cubiertos de la mesada de la cocina de casa. Nos seguimos creyendo enemigos, contrarios, rivales. Pensamos que para ganar, el otro, indefectiblemente, debe perder, sentirse inferior, incapaz. Y lo derrotamos con el mismo arma que nos hirió de muerte. Destruir como sea nuestras miserias como si fueran las únicas, las peores. Somos tan egocéntricos que hasta creemos que en lo peor también somos únicos. Todavía andamos corriéndonos de los límites fronterizos de nuestros propios estados, con los muñones en alto, victoriosos. Jugar a la ruleta rusa no es otra cosa que sentarse frente a un espejo y gatillar.



( diecinueve )

Releo lo que acabo de escribir mientras espero mi turno. La cola del ascensor era interminable, si cada uno asiste a las consultas médicas con una, dos, hasta tres personas acompañándolos no hay manera, lugar, nada. La otra vez le conté algo parecido a Gaby y como ella es tan militante y por ahí cuando quiere sabe ponerse irónica me dijo que lo que pasaba es que con esto de los planes que da el gobierno ya nadie trabaja y están al pedo, entonces si la abuela se quedó sin toallitas, van todos al super de los chinos que tienen abierto hasta tarde, al tío le duele la muela y todos le hacen el aguante en la guardia del Vilela. Subí los cinco pisos por escalera, y no me cansé, así que no debo estar enferma. O no hizo metástasis.
Una nenita viene corriendo a los tropezones y golpea con ambas manos la silla vacía que hay al lado mio y me mira para que la mire y le sonría, enseguida la madre dice fuerte “vení para acá” y como yo sigo leyendo sin mirar, a propósito, lo que escribí, escucho “Abigail no molestés” y unas risotadas ahogadas. Pienso: son un par de ignorantes que me tienen desangrada en el piso dispuestas a rematarme, les tendría que explicar la cuestión de la hermandad, pero justo se abre la puerta del consultorio y sale una mujer con un bebé en brazos, el marido con el cochecito plegado y una nena de siete, ocho años presumiblemente celosa. Detrás de la procesión aparece la doctora, bellísima... es más que eso, es que es necesario hacer una descripción exacta de ella porque si yo digo así cualquiera puede entender que apareció en el umbral airosa o presumida y no, nada que ver, es el término justo entre perfección y humanidad, eso es exactamente. Mira la sala de espera, me ve y sonríe, dice que tal con los labios y la voz, yo también sonrío, respondo, digo hola como si todo eso me fuera natural e intrascendente, en realidad lo que hago es un gesto bajo de aleteo ínfimo entre los párpados y la conciencia. No siempre me levanto, pero a veces cuando caigo me despierto. (Subrayo)
Releo un poco más de lo escrito y me acuerdo, Abigail llorisquea sin ganas con las manos suspendidas sobre los muslos de su madre que se acaricia la panza mientras mira la pantalla del celular, la chica que estaba sentada al lado de ella ahora está adentro del consultorio. El puñado se abrió, me doy cuenta que el puñado se abrió. Se disolvió el puñetazo, capaz que ni vinieron juntas ni se conocen. O sí, pero se rieron de otra cosa. O las que se rieron fueron otras. O no. Capaz sí fueron ellas, y fueron parte de la burla circunstancial que unió una parte de sus trascendencias como mi necesidad actual de acercarme a Abigail. llamar su atención, gatear hasta sus manos con mis palmas e improvisar un juego capaz de distraernos unicamente a las dos, dejar afuera su madre, la mía, la panza, el mundo.




Vuelvo a releer lo escrito en el cuaderno y termino con las correcciones. Me acuerdo del sueño del purgatorio como una sala de espera, claro, soñé con esto yo. 
¿Y si antes de morir me operaran? Entonces tendré que andar a las disparadas haciéndome tiempo con los pre quirúrgicos sin que nadie sospeche nada, porque el útero no es un apéndice.
Cuando era chica y una amiga me explicó lo que significaba coger yo pensé que era un acto físicamente imposible de ser realizado, me desesperaba hurgar en el medio del nacimiento de mis piernas, estaba convencida de haber nacido fallada, sin ese agujero, y sufría por el dolor que sentirían mis padres tarde o temprano al enterarse, pero era una angustia inconfesable que me carcomía. Empecé a tener pesadillas recurrentes de que era varón, y que miraba con una tristeza inconsolable los calzoncillos que mami me había lavado colgados en la soga del patio. Para colmo con esa misma amiga, en ese tiempo, justo nos enamoramos de una compañera del grado y perseguíamos a la chica por todo el colegio, me acuerdo que estábamos por tomar la comunión y teníamos que confesarnos, yo insistía en que había que contárselo al cura, que nos amparaba el secreto de confesión, y mi amiga que no, que ni se me ocurra porque nos iban a mandar al Buen Pastor que era un reformatorio lleno de pibas que eran mitad mujer y mitad hombre. Yo temblaba que nos pasara algo en el momento de recibir el cuerpo de Cristo, que se nos chamuscara la piel como los vampiros cuando ven la luz del día, que nos cayera un rayo y quedáramos estacadas en plena capilla. Pero después me enteré que las ostias las hacían en una panadería de la otra cuadra que atendía una familia buenísima y me pareció imposible que esa gente nos pudiera dar algo malo, así que confesamos pavadas que ni habíamos hecho y tomamos la comunión sin que ninguna catástrofe interrumpa nuestras inocencias. Después crecimos, yo comprobé que mis órganos reproductores estaban completos y en su lugar, y que coger era un acto físico absolutamente posible. Ella quedó embarazada enseguida, dejó de estudiar y ya no volvimos a vernos.

Me imagino yendo sola a operarme... como una mucamita de pueblo, acomodar en un bolso un camison, una toalla, un jabón, un par de bombachas. Al jabón después lo dejo allá porque se hace un enchastre. Un montón de cosas tendría que llevar y yo me conozco, en eso soy poco femenina, no llevaría nada. Iría con la cartera de siempre, el cuaderno de notas, los cigarrillos, unos ibuprofenos, curitas. La gente no sabe nada que me voy a operar pero si supiera me preguntaría si no tengo miedo y yo no podría explicar que miedo en sí no tengo, y si tuviera tampoco me lo quitaría la presencia de nadie. Entonces pienso si me sentiría triste y no sé, no me puedo dar cuenta de eso. A lo mejor antes de cerrar la puerta del departamento mirara el interior y se me ocurriera no verlo nunca más y existiera en algún último instante la añoranza de más tiempo y un poco de desesperación sí, en el momento en que salgo a la calle y todavía es de noche, y no hay nadie en el mundo que sepa lo que estoy a punto de hacer.

Sale la chica que estaba en el consultorio y se acerca a una pareja que está despatarrada en dos sillas, les dice algo, la pareja se levanta, el pibe exagera el gesto de fastidio y trata de percibir de reojo si causó en nosotros el efecto deseado, la única que le festeja el sentido de humor es su novia. Cuando suben al ascensor la otra chica también se une a la risotada, escucho como la segunda risa se cuelga en la mitad de la primera y la primera vuelve a empezar para esperarla y la segunda se apura y se estira para llegar a las carcajaditas finales al mismo tiempo, un orgasmo simulado de risas acabadando simultáneas por complacer una estimulación ajena que no las estimula, que ejercita el hábito infantil de la repetición.

La doctora dice un apellido y es la mamá de Abigail.

Me declaran clínicamente muerta durante varios segundos...
Veo toda la situación desde el techo del quirófano, un gran murciélago pegado al cielo raso. No, una polilla, esas mariposas chiquitas, comunes, marroncitas, que se posó ahí. No sé cuanto tiempo pasa, si esto que pasa se cuenta con reloj, si se mide, si se cuenta. Tengo un tajo que me divide el cuerpo en un horizonte, entre ambas orillas se amontonan, a medio caer, las vísceras. Partida al medio, la piel arrancada y doblada para afuera, los chakras sin saber si irse con el alma, o bancar al cuerpo. Toda destripada sobre la mesa de operaciones. Miro bien y veo que los cirujanos son cirujas, se dieron al abandono mientras me operaban... No, no son cirujas, son artistas: artistas plásticos. Menos la doctora, que es de carne y hueso. A lo mejor ya morí definitivamente y es la autopsia... no van a saber que soy donante. A lo mejor no hay túnel, luz ni sosiego después de la muerte. O yo agarré para otro lado. A lo mejor es para siempre la muerte, un castigo de por vida.

La mamá de Abigail sale del consultorio, la doctora no dice mi apellido, me llama por el nombre. Y eso solo ya es aliviador.



( veinte )

-Yo que vos lo termino ahí, pero el relato es tuyo

-Ya sé, pero mi idea era armar el personaje de una hipocondríaca que iba de médico en médico esperando el resultado fatal y se enferma por no encontrarlo.






















sábado, 17 de mayo de 2014

Los complejos de Eva

 
Tentarse de algo, algo rico, en plena madrugada, lloviendo a cántaros ir a la farmacia de turno de Mitre y Pellegrini, la de Pellegrini y Laprida, farmacias que más que farmacias, son jugueterías. Tentarse de algo, dulce, de madrugada. Tener la tentación en la punta de la lengua sin que te salga la palabra. Tentación.
La plaza, la tentación de correr el riesgo de volver a cruzar: la plaza, la tentación, el riesgo. Recorrerla, jugar que es un bosque, un paraíso, el edén. Y uno una heroína, ahora distinta, más evolucionada, del estilo de los Lamborghini. En vez de envenenarse con una manzana, comer un sapo, un príncipe, llevarse a la boca cualquier porquería que no alimenta. Una heroína sin complejos. En esta parte paro, sonrío, porque la estación de servicio de enfrente me hizo acordar de un viaje a Chapalmalal que me tentaba de risa cada vez que algún turista hablaba de ir a conocer los complejos de Eva, y yo claro, la asociación inevitable, contestaba pavadas típicas que se me ocurrían, y Gabriela puesta hecha una furia peor, más risa. Y ella, más rabia. Y yo con los ojos llorosos de tanto reír, agarrándome de la panza, de la tentación, no podía ni hablar, preguntarle si no entendía el chiste o no le daba risa.
Lo único gracioso de todo el verano.
Los ojos llorosos, mojados, ardidos de sol, de mar, de sal. Mirar, con ojos llorados, por una parte de mí que no es toda yo, pero ver, siempre, el perfil rasgado. Verme los ojos, los rasgos, el perfil, la letra, la intratabilidad de ese algo que siempre soy. Ser ese algo, siempre, y a veces ser eso solo.
Como decía, la mirada humedecida, sin hablar, haciéndome entender, como los tontos, los mudos, como algunas mascotas que lo único que les falta es hablar, dicen sus dueños. Y yo que de mi perra fue lo que más valoré.
Sólo cuando estamos enfermantemente solos confundimos a las farmacias de turno con jugueterías, creemos que las estaciones de servicio son putas capaces de saciarnos hasta la tentación de risa.
Hay que hacer como Evita y curarse los complejos construyendo una gran torre de cemento donde hospedarlos, que los habiten otros, que los adopten los turistas a los complejos. Erigir una admirable edificación cultural, uterina, donde alojarlos. Dejarlos pupilos todo el año y no ir de visita ni en vacaciones. Más vergonzosos que la descendencia idiota de la realeza en la historia porque los nuestros son nuestros, argentinos, ignorantes, peor que los hijos naturales, porque son artificios, superficiales. Impresiones nuestras, proyecciones del otro.
Jodí y jodí con el cuerpo por ese anhelo de quién sabe que, ¿no? Como quién dice un decir, digo. En una palabra: deshojarnos, o desflorarnos. Mudar de piel y volver a habitar nuestro propio cuerpo como si siempre fuese una casa nueva a estrenar.

sábado, 31 de agosto de 2013

CRÓNICA: La distancia de la noche



En las vidrieras y en los espejos retrovisores relampaguea la sirena de una ambulancia. Se nos acerca, soslaya, cruza en rojo, pasa y desaparece. El aullido del moribundo desfallece por otras calles hasta morirse, queda una sensación inexacta de desasosiego externo, de cosa fea, urgente y ajena.
- Hago un par más y bajamos, ¿eh?
Completamos el par y paramos en Veintisiete entre Maipú y San Martín. Claudia me mira con ganas de que baje sola y traiga la comida al auto, se sonríe creída que soy yo quien la incentiva a tomar el impulso, le explico que la vitalidad es una aproximación sin lazo, porque si no seríamos como títeres que otro nos mueve, ¿entendés? Bueno, si si… Pido dos choripanes con lechuga y tomate, sin aderezos y una sola coca. Cruzamos a la plaza que tiene la estatua del Che y coincidimos en lo mismo, el tiempo pone de manifiesto la necesaria transformación de los vínculos, es un anclaje a cualquier desfasaje anterior. Armamos un porro… no, mentira. Nos fumamos dos Jockey suaves comunes y seguimos.
Le pido que me vuelva a contar de ese sábado ya amanecido que en la plaza Libertad dejó que se subieran los dos tipos atrás y la chica adelante:
- Pero ¿pasó algo? No me acuerdo
- Que iban a un hotel… y a vos te asombraba que la chica fuese tan chica
- Algo… me acuerdo
- Los tipos se peleaban y vos no llegabas a escuchar si era por la chica o por la droga
- No sé, te acordás todo. ¿Qué querés que te cuente?
En Santa Fe y Oroño un cuarteto de cincuentonas largas se despiden. Aproximación de mejillas, besos al aire. Una nos ficha venir. Adjetivizo y la ocurrencia tiene la voz parodiada de ellas mismas, el pensamiento en sí es a modo de slogan en un marco arjoniano.
Las cuatro melenas ultra planchadas son casi idénticas y se sienten armónicamente conectadas al orden evolutivo. La esquina está llenas de ademanes, las ochos manos multiplicadas hasta el infinito parecen palomas, manos blancas como un nido de mimos. El picoteo cortito, circular, ambulante, indeciso, estirado. La ficha nos hace señas y sube. Alvarez Thomas y Ricardo Núñez. Ahora, sola y sentada en el asiento de atrás, es un amontonamiento de brazos, saco y cartera. Es casi casi una crónica crónica. Disparamos hasta zona norte bordeando la costanera, con esa tranquilidad que da saberse fuera del foco, sea cual sea la infección. Gracias a Dios existe el rio y la creencia de que Dios también.


- No, no es que yo tenga problemas en contarte, vos viste que mil veces te hago comentarios pero… es eso, una pavada que te digo a vos mientras espero que centrifugue el lavarropas, ponele.
- ¿Vos sentís que así, de esta otra manera, se estaría desnudando una parte de tu realidad?
- ¡Dejáte de joder querés! Esto no es mi realidad.
- Bueno, algo.
- Tampoco, y tampoco pongás eso de la desnudez que es tuyo, no mío.
- ¿Te enoja hacer esto?
- Me molesta no entender que es.
- Es una crónica literaria.
- ¿Y?
- 
- Mirá… vos me decís esto es tal cosa, conviene que hagamos así, tal otra no va. Está bien, yo te creo, te lo acepto, no tengo problemas pero de ahí a entusiasmarme con todo eso ¿viste?
- ¿Entusiasmarte con el proyecto decís vos?
- Con esto. Sí, no sé, llamale proyecto… Vos perdoname Marisol pero ¿sabés que siento?
- No sé, decime.
- Me parece que fuéramos dos locas de atar, o dos criaturas, que una juega a la periodista y la otra se hace que es famosa y la entrevistan. No sé por qué me pasa, a lo mejor soy yo, pero no puedo tomarte en serio, no le encuentro el sentido.
Le juego un enojo que emparde su mal humor. Tira el ancho y la espada, me cuenta del adormecimiento con que oscila entre las frenadas del día y los deslizamientos de la noche, la forma irregular con que cada tarde oscurece distinto, la multiplicidad de aspectos de la misma ciudad. Como puede ser que semejante avenida una noche te haga sentir que te traga y otra que te lanza, es imposible de creer si no lo vivenciás, dice. Dice, también, que ponerse odiosa es la manera más piadosa que encuentra para perdonarse los errores anteriores. Exactamente dice que es hacer de cuenta que la frustración es como un impuesto personal que diariamente paga con el fastidio de las monedas y las confesiones a su nuca. La fatalidad de convertirte en taxista, resume.
- Pero yo me acuerdo de la tarde que me contaste que te convertirías al taxismo, estabas feliz.
Nos reímos. Nos reímos un rato largo, una risa atrás de otra, risas encadenadas como abrazos.
Por fin se desenrolla del dedo la tirita de piolín con que estuvo jugando hasta ahora y pone el agua.
- Yo cebo.
- Sos capaz hasta de eso con tal de sacarme información.
Prepara el mate y se toma el primero. Me cuenta que el sábado pasado fue al súper y la mina de seguridad hablaba con una de las cajeras, justamente, de la inseguridad. De que ya no se puede ni salir, que no sabés si es peor tomar un colectivo o subirte a un taxi, bueno… las boludeces de siempre hasta ahí. Pero ¿Sabés que le escucho decir a la cana? Que salga con ella y estará a salvo, digo como si abriera la ventana de una habitación viciada de humo. Y como si Claudia la volviera a cerrar, porque aunque no haga frío es invierno, me dice que dijo que el taxista que sale a trabajar de noche está muy jugado, que es una persona que ya no tiene nada que perder. Y que para colmo la pibita de la caja le contestó que no lo había pensado pero que era verdad. Se queda callada, pensativa, al borde de algo, me mira. Y eso que dijiste vos, ponéle la firma que se lo habrá dicho también, pero después, me dice apuntando con el cigarrillo que todavía no prendió.
Reprimo la gracia que me causa la anécdota, porque las dos sabemos que acaba de convertirse en eso y que de ahora en adelante recurriremos a ella mil veces, evocándola. Miro la espuma del mate que me deja cebado en la mesa. Me juro a mi misma que cuando vuelva del baño le voy a decir cuanto la quiero.


La Paz, Camilo Aldao, Riobamba, Felipe Moré Felipe Moré 27 de Febrero… por fin. ¿Claudia se perdió o está paseando a la señora? Es miércoles, bajé del 128 y antes de cruzar a la otra vereda de Entre Ríos dos bocinazos cortitos de un taxi. Subo, es Claudia. Al revés: es Claudia, subo. Me hace la broma típicamente correspondiente.
- No, mirá si voy a seguirte - dice mirando la luz del semáforo.
Recuesta la espalda en el asiento, sonríe. Se pasa la mano por la cabeza, los dedos entre el pelo se van abriendo en mechones, haciendo surcos. Pone primera y arranca.
- Pasa que estoy haciendo… - Chasquea la lengua sobre el paladar. - Pero che… no me sale. - La miro. Se ríe. - Pasa que estoy haciendo la crónica de un detective, por eso te habrá parecido que te seguía, pero no. Te juro que es una crónica.
Miro por la ventanilla.
- ¿Dónde vamos?
- Hago un viaje y te llevo a tu casa.
La Paz y Camilo Aldao. Una nena mira por la ventana, apenas nos ve corre hacia adentro, la repetición de la bocina se corresponde a la forma escalonada con que la nena se baja de donde estaba subida, la cortina queda descorrida, veo parte del interior, en la pared hay colgados esos platitos de adorno que no adornan.
Sale la señora y cierra la puerta de la casa con llave. Debe ser la abuela. Miro la ventana y a la nena haciendo chau.  
Cuando sube al auto siento que mi presencia es irrespetuosa, vulgar con su delicadeza. Le imagino apoyar las manos sobre el monedero sobre la falda, la misma prudencia con que se abrigó el pecho, la chalina, y el viento barriendo los pocos pasos hasta el auto. Claudia se disculpa por la demora con estas mismas palabras, por suerte ella nunca se enreda en esa enumeración odiosa, inservible, de las explicaciones.
De a poco el taxi se va llenado de olor a rosas. De a poco, mucho antes de este viaje, en otros viajes como éste, se ha ido construyendo entre ambas un mecanismo que pone en funcionamiento algo trascendental de la otra. Ese algo es lo que me expulsa, me convierte en un ovillo de lana usada de un pulover destejido porque hacía picar. Yo debería haberme quedado del otro lado en la ventana con la nena.
Inadvertidamente el espacio se va poblando con el diálogo de sus voces, la fluidez de arribar a un silencio, dejarlo suspendido en el aire, sostenerse en él sin urgencia, sin la rapidez con que lo desalojarían cualquier otros dos desconocidos.
Mi… ausencia, es excesiva, intratable. La desesperación me pica en el cuello, rasco el pulover, lo rasguño todo porque me está ahogando, tengo la cabeza encastrada en este útero de lana que no me suelta, voy asfixiándome mientras miro el comedor de casa a través del enrejadito del punto inglés. Claudia improvisa un comentario que me incluye, su tono de voz sugiere una sonrisa de mi parte, la hago, se la doy sin rencor porque la protesta ha sido trabajosamente sublimada por mis dedos despellejándose las cutículas, la mirada puesta en el aire encuentra el motivo. Esta mujer se parece a mami, justo en el momento que lo pienso la señora pronuncia la palabra perpetuidad y llegamos a la puerta del cementerio El Salvador.


- Google earth. E-a-r-t con hache al final, no sé cómo se pronuncia.
Claudia circunferencia sobre el volante un mundo.
- Así pero con linitas blancas, ondeadas. Yo con eso anduve por todas partes… en el pueblito donde nacieron mis abuelos, hasta en el Vaticano estuve. Hay lugares que no te los muestra. Ojo. No sé por qué, pero Rosario por ejemplo no sale.
Me rio.
- ¿Te fuiste a buscar la misma ciudad en la que vivís andando?
En este momento vamos por Buenos Aires, es la segunda vez que pasamos por el edificio donde vive Andrea, si pienso en el pasaje Storni necesariamente lo hago con su voz que agrega “apenas doblando”.
Pip pip. Pip pip. Claudia silencia la insistencia del radio llamado con un dedo. Viaje rechazado, fin, leo en la pantallita. Hace alusiones al operador, andá vos al carajo o algo así escucho. Pregunto. Me responde una a una cada formulación, no puedo dejar de sentirme como la retrasada que juega a la periodista.
La primera chica nos lleva hasta Chavela bar, unas cuadras después, tres, cuatro, un pibe, la edad de la chica, hasta 3 de febrero al 1900. A mitad del viaje avisa que tiene cien pesos y bueno… después veinte pero, como diciendo… no va a alcanzar. Se nota que los cien le pesan más de lo que valen pero Claudia es inconmovible, lo deja una cuadra antes, donde el reloj marca 19 con 88. Para mí el pibe constituye un personaje pero no me pertenece, no le puedo hacer hacer o decir nada que no haga o diga. Y me frustra no poder inventar, tampoco quiero mentir, entonces me imagino que tiene más de veinte años, una novia que ni lo quiere ni lo deja, un cuarto con ventana, dos hermanos, una ventana con persianas, padres capaces o no de criar hijos incapaces o no, persianas que se enrollan, típicas, grises. Me encariño con este personaje y ese cariño se baja con él, le desea buena suerte, sabiendo que no es de cargosear a una chica salvo que le guste mucho y esta noche habrá, porque siempre hay alguna chica hermosa que le coquetea, se mece sobre sus empeines, le acerca su boca al oído, en vez de darle su número le pide el suyo, lo digita, una llamada cortita para que le quede registrado, el celular del pibe vibra en el bolsillo como el aplauso de su pene estremeciéndose. La chica hermosamente alta sobre los zapatos plataformados, el pelo larguísimo, las puntas fogueadas como un péndulo adormeciendo la espera de algo más que está por ocurrir.
Miro la postura de quienes caminan deduciendo que no hace tanto frío, miro si las piernas de las que están en la vereda de Gitana disco merecen la mini que exhiben, miro los perritos callejeros, los que son paseados, la hora, la apariencia de quienes los llevan, el bamboleo seductor del Siena blanco delante nuestro, las maniobras audaces de los otros autos y la habilidad con que las sorteamos. Miro todo, reconozco las infracciones ajenas y propias como tal, y no puedo, no puedo dejar de tener esta mirada condenatoria porque me siento por fuera de todo acá adentro.


Paramos en la Shell de Veintisiete y Corrientes. ¿Hay que bajar, con esto? Esto es la abreviatura que usa mi desgano para englobar el sistema de carga de combustible, mi interrogación bosteza, se demora, estira las manos hacia atrás, abraza el asiento que me abraza. El mutismo de Claudia es afirmativo. Bajo, antes miro la hora en la misma pantallita de los viajes rechazados, la voy a volver a mirar unas cuantas veces más el resto de la noche. Ahora soy este afuera, sufro la desolación de las hidrolavadoras, la manga de aire, el hombre que lava su taxi con un balde. Me paro al lado de la puerta por donde suben los pasajeros. ¿Es a gas entonces? No me contesta. Estoy congestionada, siento mi propia voz ensordecida. Al costado de la puerta del bar hay un triángulo amarillo, es un cartel advirtiendo la posibilidad de resbalarse, el dibujo de un hombrecito que pierde el equilibrio, tres, cuatro líneas sintetizan el peligro. ¿Gasolero se dice? Nada. No sé si me escucha, le pregunto. Creyó que hablaba sola, me lo dice al mismo tiempo que le dice al pibe de la Shell que lo llene, y a mí que va al baño.
Quedo en la situación más precaria que puede haber entre dos personas al abordar la proximidad sin un vínculo, precediéndolas. Ponerme a pensar si el pibe cogerá bien, enojarme, no estar excitada, estar segura que es de terror, darme lástima, imaginar que es padre de un bebé chiquitito que gasta más que una mascota de raza. El pibe pasa por detrás mío, digita algo sobre un tablero, me pide permiso, tiene en la mano la boquilla del cargador, le hago lugar, retrocedo. Mi inconsciente elaboró esos pensamientos anticipándose a la forzosa asociación. Es un Déjà vu inducido, el recuerdo primario de uno y un otro, ese desconocimiento que no se mitigaría por más que nos cogiésemos hasta el fondo de la garganta. Instantes que surgen y se pulverizan. Pedacitos de tiempo cruzados por lo subjetivo, la inmovilidad, el deseo, la falta, las ganas, la torpeza, el hambre, la sed, la desmesura, el espanto, el grito, la condena, la voz, el cuerpo, la molestia, el apuro por acabar. La punta de la boquilla del cargador alargada, retorciéndose, chorreando. El rato que tarda en subir o bajar el ascensor de un edificio de oficinas, y uno respirar despacito para no soplarle en la cara al otro, la espera en el baño de un boliche hetero, los ocho minutos que dura, hasta consumirse, un cigarrillo fumado en la vereda. Como caminar cerca de alguien, de noche, no conocerse, no ir juntos y uno no querer apurar el paso para no asustarlo, y el otro no enlentecer el suyo para demostrar la falta de miedo. Habitar esas cercanías, transitarlas. Si yo fuese artista plástica lo esculpiría, haría una obra con esta noción.
Miro las mangueritas rojas que salen del surtidor, me acuerdo de quien me explicó que las gruesas son de nafta y las finitas de GNC. Miro hacia los baños, una puerta entornada, el borde de un escobillón. Pienso en esta crónica, en que salir a buscar interioridades es un antagonismo. Cuando veo que Claudia viene subo al auto. Antes de arrancar miro que el hombre del otro taxi está vaciando el balde en las rejillas que rodean la estación de servicio.




sábado, 18 de mayo de 2013

Mi queridisimo... Manuel Puig



"Yo no soy de los que empezaron desde siempre, empecé a escribir novela desde los 29. A partir de entonces yo... y a fuerza de releer mis manuscritos y revisarlos, leo todo como si fuera un manuscrito mío.
Yo, leo... leo a Proust con lápiz en la mano y lo corrijo, digo... esto está muy largo...
Entonces ya no gozo más con la literatura de ficción, perdí ese placer. Es el precio de haber querido escribir..."

sábado, 20 de abril de 2013


DESAHOGO

(siete de diciembre de dos mil doce)

La sensación térmica es de cuarenta y cinco grados y acá, en el salón de actos se convierte en una realidad inobjetable.
Mami no quiso que la pasaran a buscar con el auto, prefería venir sola en colectivo un rato antes. La veo elegante, ausente, calma y me escabullo acomodándome al lado con esa vocación de saberla a salvo para sentirme sin riesgo, proporcionarme una noción de amparo. Desde el último desmayo que tuvo yo prefiero confiar en que mi cercanía le solventará la próxima caída pero ella me habla sin alivio, mas bien con impaciencia de que empiece la ceremonia porque ya está cansada. Cansada no, aburrida está. Ansiosa por que esto termine para que empiece otra cosa que también pase rápido así va volando a acostarse a dormir y mañana amanece enseguida.
Seguro Laura no viene. Ya avisó que para navidad regalará algún cuadro que tenga pintado a quien valore su arte, y listo. Todavía se cree la reencarnación de Van Gogh, no quiere reconocer que es nieta ilegítima de Gauguin.
Y mami siempre lo mismo… que las fiestas son una pantomima y por eso no celebra pero alguna pavadita para que no pase desapercibido termina haciendo. Así con cada festejo. Tengo treinta y nueve pavaditas en lugar de cumpleaños. No quiero un micrófono en la cabeza todo el tiempo, yo necesitaría un grabador con forma de hebilla o de última un pent drive chiquito total me lo tapo con el pelo. La necesidad contraria de que todo pase sin notarse para que no pase nada.
Cuando nos ponemos de pie para recibir a nuestra enseña patria veo a mi cuñado entre los primeros asientos y me pongo en puntas de pies para mirar a Silvia parada al lado suyo, pero sola de él.
Cuando yo era chiquita descubrí una papa enterrada en una maceta y fui corriendo a avisarle que mami le estaba haciendo una brujería para que se peleara con un novio pobre que tenía, que le había quedado de las últimas vacaciones en la casa de la abuela en Villegas. Pero Silvia en vez de enojarse dijo que mejor, porque lo estaba tratando de dejar. Para salir con él había tenido que terminar con el novio rico que tenía en Jujuy, el día que lo dejó lloró él y su madre. La nuestra optó por manipulaciones más invasivas. Cuando nos vinimos a vivir a Rosario vinieron a visitarnos los dos. El rico mil veces y el pobre, una sola. Antes de que llegue, mami decía que seguro venía muerto de hambre para que lo mantuviéramos un tiempo y cuando vio que traía plata no sabía que decir y dijo que esperáramos. Silvia casi no estaba porque la empezaban a llamar de las escuelas que se había anotado para hacer los primeros reemplazos y papi disimulaba, como podía, la desilusión de que no supiera jugar al ajedrez preguntándole por la construcción. Supongamos que fuese albañil y se llamara Luis. El único día que Laura se dignó a llevarlo a pasear le preguntó si se había acostado con Silvia y el pobre no sabía cómo jurarle que no y que era verdad.
En la casa más hermosa que vivimos fue ésa, pero no tenía teléfono. Una tardecita aparecieron dos policías en la puerta preguntando por él y le avisaron que su padre había sufrido un accidente al caer de un andamio. A Luis se le pusieron los ojos llorosos, enrojecidos, preparó el bolso que había traído, nos agradeció a todos por todo mirando para abajo y se fue. Papi lo acompañó en el taxi hasta la Terminal de ómnibus. Silvia, por los nervios, se tentó de risa. Laura se puso a dibujar contornos que yo llenaba con fideítos municiones, y mami no paraba de decir que el tiempo le daba la razón, que si la policía vino a buscarlo era porque la plata que traía la habría robado en alguna parte y que si era verdad que el padre se había caído, estaría borracho. 
Entonamos las estrofas de nuestro himno nacional argentino y antes de que sean eternos los laureles mami me pregunta si la nena ya está en el escenario. ¿Y los bifocales de dos mil y pico de pesos? Me quedan horribles, ahora vas a ver.
Ya se entusiasmó. La miro mientras los busca en la cartera, le ayudo a abrir el estuche y desenredo la cadenita de las patillas, me da pena como se acomoda para que le cuelgue el par de lentes, como si fuera una medalla de honor. Y me acuerdo de que la psicóloga me dijo que mientras me dé lástima podrá manipularme. No ella, cualquiera.
Pienso en su juego favorito de elegir, al azar, entre un montón de viejas a la más fea y decirnos que es más linda que ella. Y uno no contestar nada, pero sigue, elige otra que se cae a pedazos y de nuevo, que ésa es más joven. Y ahí sí ya uno le dice que sí, que se re contra nota que esa mujer es muchísimo más joven que ella. Entonces para.
Pero esta vez no puedo y le digo la verdad: le quedan hermosos. Me mira seria y dice que eso es algo que me parece a mí pero estoy equivocada, que le quedan horribles aunque sean muy finos.
Mami no deseaba tener hijas, quería jugar a las muñecas con nenas de verdad.
Me duele, me desespera que los disparos hayan salido con tanta precisión que no sobrevivió nadie más que ella. Esa cortina de humo que quedó en el medio, toda la polvareda de personas convertidas en gente.
No podría hurgar en la cronología del tiempo transcurrido desde que me gradué en este mismo colegio hasta ahora porque volvería a perderme como antes, porque es como si en lugar de años se hubieran sucedido vidas. Me fijo en las chicas que terminan quinto hoy y me acuerdo que yo estaba así como se sienten ellas, protagonistas de la propia historia.
Pienso en las situaciones que nos alcanzan a todos, que nos igualan por más diferentes que seamos. Pienso en el disimulo y la simulación. En la vergüenza ajenamente propia que nos da descubrir esos fraudes chiquititos, cotidianos, perdonables. A veces ni siquiera es hacernos lo que no somos sino actuar lo que creemos ser. O sobreactuar. Pero el hecho de advertirlo, notar como se está sintiendo alguien cuando aún no es consciente de que lo está manifestando es lo feo, lo incómodo. Y uno baja la mirada, porque es como si al otro se le hubiera abierto la puerta de la intimidad y no se dio cuenta.
Cada vez que leo este último párrafo recorro mentalmente el pasillo del taller literario, la puerta del baño. Rememoro las mujeres suicidadas en la bañera y vuelvo a sufrir por el personaje que más quise.
Recibimos con un fuerte aplauso a la última promoción de mujeres, veo el desfile de polleras escocesas, la significancia asomando entre las tablas de los uniformes y se me ocurre que es una favorable conspiración astral quien coloca a mi sobrina en un lugar iniciático, transformador. Justo el año próximo ella será parte de la primera promoción mixta. Los varones existen, entonces. Y hasta son capaces.
Ya sé que me acosté con muchos hombres, le digo a mi psicóloga, pero no pude permanecer a la par de ninguna. Acto fallido. De ninguno. No sé cómo explicarte, son sucios. Ponéle, por ejemplo, se baña una mujer y se baña un hombre y cada uno se seca con una toalla distinta: la toalla de la mujer queda limpia y la del hombre no. Florencia se ríe, me pregunta si es una prueba científicamente testeada.
Tengo ganas de llorar y disimulo pero se nota. La pera me tiembla como si tuviera vida propia, ya casi ni me importa que se me vaya el gesto con tal de apresar el instante, la noción. Un algo que me sitúe para avanzar desde este punto, maniobrar en un mismo carril el pensamiento con lo emotivo. Si no abro la boca y lloro los chirlos recibidos al nacer voy a terminar muriéndome de verdad.
No entiendo como la mayoría de las mujeres los incorporan a sus vidas con tanta facilidad, ni como el resto los desmiembran con semejante certeza. ¿Es imprescindiblemente necesario saber si me atraen? A mí los animales me gustan mucho, me encantan las perras.
Tampoco es que los hombres me signifiquen una asignatura pendiente. O sí, pero no no creo. Pasa que quedarme con uno sería quedarme… Poner a prueba un oficio aprobado sin matrícula. Y para colmo se me venció la última acreditación heterosexual y no encuentro el analítico lésbico ni una fotocopia autenticada. Revuelvo todo el placar, se hace tardísimo y me pongo nerviosa porque ya no tengo tiempo de nada. Ahora siento enojo desesperación bronca. Maldita terapia cognitiva post racionalista pienso siento. Casi lo digo.
Mami sigue en pie pero su estrado matriarcal cede, cae desmoronado, caduco. Un rato después voy a saber que a Mailén le están temblando las piernas. En la fila de atrás está su novio parado al lado de mi sobrino, les sonrío pero el Poly me mira serio como cuando era chiquitito y avisaba que estaba empezando a ponerse celoso.
La madre superiora invita a las alumnas de quinto año hacer entrega de los símbolos patrios a sus sucesoras. Tengo nudos por todas partes, uno en cada plexo.
Su nombre suena fuertísimo en el micrófono. Ella sube al escenario poniendo en las manos un gesto muy femenino para que el pudor resguarde cualquier exageración, o me parece a mí. La banda celeste y blanca va a ocupar el lugar de su tradicional carterita de cuero con tachas y el símbolo de la paz. Recibe la bandera, la besa como parte del protocolo sin tener noción de todo esto que yo escribiré de ella, por mí. Jura el firme propósito de llevarla con dicha, humildad y respeto. O algo así promete.
Y es cierto eso que dice es verdad. Ella es cierta. Ella sí es cierta. De verdad.
Siento un orgullo ajeno del que no quiero desvincularme. Nosotras tres siempre ganamos chucherías, nunca fuimos realmente premiadas con algo, por algo… Digo algo grande importante que es como son los verdaderos premios. Se me ocurre que de haber ocurrido, su mamá habría soportado el peso de la exigencia, Laura lo hubiera canjeado por cualquier bijouterie artesanal y yo lo rechazaría con algún pretexto creíble. Pero ninguna de las tres estuvo en semejante compromiso y sin embargo mami nunca nos reprochó eso, eso por lo menos no.
Siento terror de que se me escape algo que tengo escondidísimo, un algo que se gestó mucho antes que yo pero que concluyó conmigo. Por suerte, de casualidad concluyó conmigo.
Cuando se nace tan tarde, en una familia que ya está aburrida de jugar a la casita se crece en una orfandad inubicable.
Mailén sigue en el escenario con la bandera argentina en el medio de las dos escoltas. No le saco una foto porque yo nunca podría quitarle nada, ni siquiera un gesto. Sonríe, ella siempre ríe. Cada vez que la pienso su cara acude al recuerdo con una risa. La miro la miro la miro. Me la imprimo en los ojos porque no la puedo atrapar ni detener, quedármela guardada en un marco atemporal. Verla cada vez que quiera encontrarme en el último lugar donde me perdí…
Necesitaría apropiarme de su valentía para entender recién ahora que yo también podría haberme inventado distinta de cómo me hicieron. Recorrerme de nuevo y acordarme de lo único que me había olvidado: yo nací entera. Me fui rompiendo después con las mudanzas y el cansancio de los muebles, tanta ropa. Por eso anduve perdida, desarmada, necesitando forrar cajas de mis propios fragmentos para que se queden guardados en una sola parte.
Vuelvo a mirarla parada solita por encima de una multitud que le cuelga los aplausos. Estando exactamente donde estoy, reconociendo la parcialidad entre edad y cronología me encuentro, de golpe me veo formando parte de esa mundanidad pero tocar el hombro de mi adolescencia sería como interrumpirla y viene siendo hora de concluir, el tiempo suplirá las diferencias ubicándonos en el lugar que corresponda. O ausentes.
Pero igual. Como sea, siempre me vuelven a dar esas ganas terribles de que los hijos de Silvia me pertenezcan como ideas como estrenos como míos, con derecho de autor. Y entonces me acuerdo de que a mí un hijo me hubiera salido como los relatos que escribo, un montón de equis superpuestas. Como los collages que hago, las cajas que forré. Puras mujeres ficcionadas con aire de familia.
Aunque sea innegable o por serlo, si yo sé que mami sufre por algo a mí me duele todo, y su hipocondría hizo cayos que podrían ser radiografiados.    
No quiero publicar un libro, con una sola página me arreglo, pero tendría que ser la primera. Una primera página para poder dedicársela… A MAMI. Y también necesitaría la tapa del libro. Una tapa que me tape la cara que tengo y que no le gusta. Una portada perfecta como ella. Y después, eso sí, ningún otro argumento como matriz. Poder dormir sin chupetear y despertar satisfecha. Destetarme sin hambre y sin asco.
No quiero ningún concurso, lo único que precisaba era esto. Exorcizarla. Escribirme de nuevo, sola, y que esa invención me desherede, me redima. Plagiar el vínculo y la definición de belleza para no morirme como se mueren las muñecas, que nacen y mueren sin vida. Sin la culpa de no parecerse a la madre, sin la necesidad de tener que hacerlo. Vivir la fealdad como excusa para no sufrir el insomnio de la bella durmiente. Vivir como sea porque esto no es la extremaunción, es un cuento.
                                                   



sábado, 13 de abril de 2013


 LA NECESIDAD COMO OBJETO

Escribir poesía así
no estaría ni bien ni mal
pero escribir poesía bien, está mal.
No me sale, no me gusta
no me gusta porque no me sale
me aburre más que la segunda partida de chinchón si pierdo.
Todo poquitito sin repetir y sin soplar que es un canto
abajo
a propósito
abajo
que no se note que no se diga y de nuevo
abajo.
Mejor escribirlo así
bien mal
con un sinfín de que
si total Carver dice que dijo y dijo, dice
entonces yo, qué.
Pensar en eso
al mismo tiempo que apilo una corrección encima de la otra
como si fueran pliegues:
un cuadrado de papel que por más grande que sea no se puede doblar más de siete veces.
¿No? Prueben.
Estos pensamientos
se gestan  me nacen
como la necesidad inmediata de concluir algo
dar
por finalizado lo que me antecede.
Pero es como el cuento de la buena pipa
como los orgasmos femeninos.
Ideas malditas
que me despiertan de madrugada
de golpe de la nada
se me salen de la nuca como piojos y me quedan en la frente
como mosquitos reventados
la mano con sangre
con asco
con los dedos con olor a sangre
con el zumbido de otro más que ya casi me pica
pero no no,  no es eso.
Es el sueño repetido de que leo
frente a una multitud (bueno… un público)
y entonces
yo estoy leyendo un texto propio conocido mío
pero
en el segundo o tercer renglón aparecen palabras en un idioma que no sé pronunciar.
Me levanto y escribo
porque al escribirlos los pensamientos
se plasman
en un acto creativo retórico digno. Más que nada
digno.
Así pesa menos el acarreo diario de ser. De parecerse a uno mismo.
Andar con la ambivalencia
de un objeto
que pase desapercibido como necesidad y no se asocie
por la forma parecida
a una teta o de un cigarrillo.
Yo
que tiendo a imaginar todo siempre creo que eso es todo
pero ahora
pienso en esto solo.
Pienso en esto, sólo así.
¿Y qué?