minarrativa

domingo, 5 de agosto de 2012

Los amigos invisibles existen y están en facebook

Yo soy de las que cuando le dicen “siga derecho y al final del pasillo doble a la izquierda” sigue derecho y al final del pasillo disimula un monigote en el aire escrito con la diestra para tener conciencia de cuál es la zurda. Si me indispongo un martes, por ejemplo, me resulta indispensable contar mentalmente los cinco días alertando al dedo gordo hasta concluir en el meñique como síntoma de sábado. Que los períodos menstruales caben en un puño es tan cierto como indiscutible que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una sola mano. Pero los contactos de facebook… ¿Cómo se cuentan?
Teniendo en cuenta mi falta de dominio numérico recurro a la lógica matemática de un profesional.
- Cincuenta son cincuenta- me asegura - sean familiares, vecinos, eternos compañeros de colegio o circunstanciales apegos de cama. Cada uno suma la misma cantidad de amigos. Irrefutable.
Pero le señalo la pantalla. Cuarenta y nueve. Uno por uno. Afilados en líneas de tres, alineados en fila por orden alfabético. De menor a mayor, por estatura, circunstancia o cariño son cuarenta y nueve cuadraditos y cuarenta y nueve nombres. ¿Cincuenta amigos?
El profesional asiente y con la misma pera que usó para ayudarme a contar apunta el espacio vacío entre dos contactos. Tu Amigo Invisible.
La verdad se revela sin desvelo…  Los TAI existen y están en facebook.  
Recientemente quedó comprobado que existen quienes no han podido o querido retornar a la vida diaria enceguecidos por la luminosa comodidad de la pantalla. Detrás de cada monitor se cuecen habas y en algunos se siguen consumiendo hasta el hervor. Prefiriendo navegar por las turbias aguas windonenses anclaron su presencia en un espejismo fraudulento que les juró compañía eterna a cambio de la diaria muerte en vida. Sin lograr traspasar la fantasía deambulan en el típico sonambulismo de los insomnes y desperdiciando la eficacia del cuerpo identificatorio que les fue asignado escogen la invisibilidad. ¿Imbecilidad?
El refugio del anonimato.
Levante la mano quién no recuerde con nostalgia aquellas épocas de la primaria donde volver del recreo significaba encontrar sobre el banco la cartita del amigo invisible. Salir del salón, histriónicamente, para ir a la clase de educación física sabiendo que el imbécil acechaba nuestra marcha aprovechando para chusmear en los cuadernos íntimos y dejarnos un regalo como pista, una pizca de credibilidad chiquitita como él.
Los años podrán hacernos olvidar hasta su recuerdo pero guai del que, sin desear ni preveerlo, entró en el (corazón) de un verdadero TAI. Porque tenga la edad que tenga, si es invisible de alma, hasta podrá parecer amigable y acecharnos sin límite de tiempo ni lugar.
La noticia, en la cara del profesional en informática, no derrama chocolate ni posteos de la mía cuando me aconseja “seguirle el juego a Gómez y darle la razón como a los locos”.
A la siesta me duermo y sueño con la figuración abstracta de una sombra agazapada detrás de un árbol frente a casa, me despiertan las ganas de hacer pis y veo las gotitas de sangre con que la menstruación me manchó la bombacha. Cruzo a comprar toallitas y saludo a Gómez de pasada sin mirarlo para que no se sienta intimidado. 
No es vecino pero echó raíces como un tronco. Apostado espiándome.