Yo soy de las que cuando le
dicen “siga derecho y al final del pasillo doble a la izquierda” sigue derecho
y al final del pasillo disimula un monigote en el aire escrito con la diestra
para tener conciencia de cuál es la zurda. Si me indispongo un martes, por
ejemplo, me resulta indispensable contar mentalmente los cinco días alertando al
dedo gordo hasta concluir en el meñique como síntoma de sábado. Que los períodos
menstruales caben en un puño es tan cierto como indiscutible que los verdaderos
amigos se cuentan con los dedos de una sola mano. Pero los contactos de
facebook… ¿Cómo se cuentan?
Teniendo en cuenta mi falta
de dominio numérico recurro a la lógica matemática de un profesional.
- Cincuenta son cincuenta- me
asegura - sean familiares, vecinos, eternos compañeros de colegio o
circunstanciales apegos de cama. Cada uno suma la misma cantidad de amigos.
Irrefutable.
Pero le señalo la pantalla. Cuarenta
y nueve. Uno por uno. Afilados en líneas de tres, alineados en fila por orden
alfabético. De menor a mayor, por estatura, circunstancia o cariño son cuarenta
y nueve cuadraditos y cuarenta y nueve nombres. ¿Cincuenta amigos?
El profesional asiente y con
la misma pera que usó para ayudarme a contar apunta el espacio vacío entre dos
contactos. Tu Amigo Invisible.
La verdad se revela sin
desvelo… Los TAI existen y están en
facebook.
Recientemente quedó comprobado
que existen quienes no han podido o querido retornar a la vida diaria
enceguecidos por la luminosa comodidad de la pantalla. Detrás de cada monitor
se cuecen habas y en algunos se siguen consumiendo hasta el hervor. Prefiriendo
navegar por las turbias aguas windonenses anclaron su presencia en un espejismo
fraudulento que les juró compañía eterna a cambio de la diaria muerte en vida.
Sin lograr traspasar la fantasía deambulan en el típico sonambulismo de los
insomnes y desperdiciando la eficacia del cuerpo identificatorio que les fue
asignado escogen la invisibilidad. ¿Imbecilidad?
El refugio del anonimato.
Levante la mano quién no
recuerde con nostalgia aquellas épocas de la primaria donde volver del recreo
significaba encontrar sobre el banco la cartita del amigo invisible. Salir del
salón, histriónicamente, para ir a la clase de educación física sabiendo que el
imbécil acechaba nuestra marcha aprovechando para chusmear en los cuadernos
íntimos y dejarnos un regalo como pista, una pizca de credibilidad chiquitita
como él.
Los años podrán hacernos olvidar
hasta su recuerdo pero guai del que, sin desear ni preveerlo, entró en el (corazón)
de un verdadero TAI. Porque tenga la edad que tenga, si es invisible de alma,
hasta podrá parecer amigable y acecharnos sin límite de tiempo ni lugar.
La noticia, en la cara del
profesional en informática, no derrama chocolate ni posteos de la mía cuando me
aconseja “seguirle el juego a Gómez y darle la razón como a los locos”.
A la siesta me duermo y sueño
con la figuración abstracta de una sombra agazapada detrás de un árbol frente a
casa, me despiertan las ganas de hacer pis y veo las gotitas de sangre con que
la menstruación me manchó la bombacha. Cruzo a comprar toallitas y saludo a
Gómez de pasada sin mirarlo para que no se sienta intimidado.
No es vecino pero
echó raíces como un tronco. Apostado espiándome.