La primera vez que necesité un teléfono celular tenía dieciséis años, esperaba a un tipo en el centro para ir a otro lado. Por algún motivo la cita no había sido acordada con la exactitud que después, en el ansia, precisaba. Había hablado despacito para que mami no me escuche porque le dije que iba a bailar.
En un momento de la espera la noche se hizo mas ruidosa, mas ajena y pensé si el tipo no habría ido directamente al otro bar, o estuviera a la vuelta, por la cortada. Entonces se me ocurrió que todos teníamos que tener un teléfono propio, único, que funcionara con el mismo número del documento de identidad. Que fuera un derecho que se nos otorgara al nacer, el de comunicarnos. Después cada uno podía elegir usarlo o no. En realidad pensé: cada uno puede necesitar usarlo, o no. Porque lo sentía como la necesidad de expresar una urgencia. Y también porque me daba cuenta que la necesidad sólo se mide en la inmediatez de la urgencia.
En ese momento y porque ya se usaban, o por las explosivas series norteamericanas que daban en la tele, yo me imaginé al teléfono como un gran reloj pulsera, con la botonera de una calculadora para digitar el llamado. Y me encantó la idea, me pareció fabulosa, dinámica.
Caminé hasta la cortada pensando si el tipo no estaría haciendo el mismo trayecto, a la inversa. Cuando llegué al bar y lo vi, le conté. Y me dijo que él también una vez se había imaginado algo parecido, una calculadora correo que en lugar de números tuviera letras, como el teclado de una máquina de escribir, para poder mandar telegramas y cartas a la gente.
En un momento de la espera la noche se hizo mas ruidosa, mas ajena y pensé si el tipo no habría ido directamente al otro bar, o estuviera a la vuelta, por la cortada. Entonces se me ocurrió que todos teníamos que tener un teléfono propio, único, que funcionara con el mismo número del documento de identidad. Que fuera un derecho que se nos otorgara al nacer, el de comunicarnos. Después cada uno podía elegir usarlo o no. En realidad pensé: cada uno puede necesitar usarlo, o no. Porque lo sentía como la necesidad de expresar una urgencia. Y también porque me daba cuenta que la necesidad sólo se mide en la inmediatez de la urgencia.
En ese momento y porque ya se usaban, o por las explosivas series norteamericanas que daban en la tele, yo me imaginé al teléfono como un gran reloj pulsera, con la botonera de una calculadora para digitar el llamado. Y me encantó la idea, me pareció fabulosa, dinámica.
Caminé hasta la cortada pensando si el tipo no estaría haciendo el mismo trayecto, a la inversa. Cuando llegué al bar y lo vi, le conté. Y me dijo que él también una vez se había imaginado algo parecido, una calculadora correo que en lugar de números tuviera letras, como el teclado de una máquina de escribir, para poder mandar telegramas y cartas a la gente.