minarrativa

viernes, 11 de noviembre de 2016

La primera vez que necesité un teléfono celular tenía dieciséis años, esperaba a un tipo en el centro para ir a otro lado. Por algún motivo la cita no había sido acordada con la exactitud que después, en el ansia, precisaba. Había hablado despacito para que mami no me escuche porque le dije que iba a bailar.
En un momento de la espera la noche se hizo mas ruidosa, mas ajena y pensé si el tipo no habría ido directamente al otro bar, o estuviera a la vuelta, por la cortada. Entonces se me ocurrió que todos teníamos que tener un teléfono propio, único, que funcionara con el mismo número del documento de identidad. Que fuera un derecho que se nos otorgara al nacer, el de comunicarnos. Después cada uno podía elegir usarlo o no. En realidad pensé: cada uno puede necesitar usarlo, o no. Porque lo sentía como la necesidad de expresar una urgencia. Y también porque me daba cuenta que la necesidad sólo se mide en la inmediatez de la urgencia.
En ese momento y porque ya se usaban, o por las explosivas series norteamericanas que daban en la tele, yo me imaginé al teléfono como un gran reloj pulsera, con la botonera de una calculadora para digitar el llamado. Y me encantó la idea, me pareció fabulosa, dinámica.
Caminé hasta la cortada pensando si el tipo no estaría haciendo el mismo trayecto, a la inversa. Cuando llegué al bar y lo vi, le conté. Y me dijo que él también una vez se había imaginado algo parecido, una calculadora correo que en lugar de números tuviera letras, como el teclado de una máquina de escribir, para poder mandar telegramas y cartas a la gente.

sábado, 9 de abril de 2016

DICOTOMÍA


Sueño que estoy acostada panza arriba en el piso de la terraza tomando sol, el sol late, abro los ojos, veo agrupaciones de nubes que se dispersan sobre el cielo. No me quedo mirando el cielo, hace mucho calor, tengo sed, me levanto de una reposera a rayas que ya no tengo. Camino hacia el centro de la terraza donde está el cuarto de máquinas del ascensor pero en el sueño es el baño de la casa de mi adolescencia. Siempre sueño con baños, con esa casa, con escaleras altas que estoy arriba de todo y no sé como bajar. Yo al vértigo lo siento en la vagina. El viernes fui a visitar a un amigo y subimos a la azotea a mirar las cúpulas del Palacio Fuentes, del Cabanellas, cada vez que me asomaba por el tapial y miraba para abajo sentía que la vulva pegaba un grito. En el sueño escucho el sonido de un motor,  las hélices, hay un avión, avioneta, no sé que es, que me sobrevuela en la cabeza. Se acerca y aleja, arremolina el viento, no me asusta tanto eso pero me doy cuenta que la terraza no tiene barandas y entonces sí siento miedo. Miedo y retorno siento, no puedo explicar de otro modo mejor, que es. El cielo todo nublado, una necesidad visceral de que no se me desgrane lo que me late dentro. Como a los sapos les late la garganta, a mí me late a mí la vida. Me agacho y empiezo a gatear por el piso, apoyo el pecho al suelo y me arrastro hacia el centro.
Ahora estoy acostada panza arriba en la cama, los ojos abiertos, por el ventanal veo el cielo, adivino la llovizna, no me quedo mirando el cielo, me levanto y subo un poco más la persiana, voy a la cocina, preparo el mate. Si hubiese sol miraría, de a ratos, los hilitos blancos que hay antes del cielo, en el cielo. Los hilitos deben estar en el casillero nueve de la rayuela, después viene el cielo. Empezó el otoño, la época de guardar. Yo ya había visto esos hilitos muchas veces pero alguna vez leí a algún referente hacer mención de ello y terminé de corroborar la vivencia, la existencia comprobable de algo en algún lugar. Por suerte los grandes se han dedicado a las pequeñas cosas también. 
Hoy amanecí afónica, disfónica se dice. Cuando la voz me sale así, falseada, me encanta hablar, oirme. Siento una libertad absoluta de decir lo que siento porque lo dice una voz distinta de la que me escucho, habitualmente, ser. Uno es la voz, el cuerpo, la presencia, los actos. Yo. A veces somos sólo la esencia que somos. Aún en la ausencia. Yo. Hay personas que no se me desdoblan, que podrían tener cualquier cara, otro olor, una edad distinta y siguen siendo los mismos. Yo los pienso así éste sábado y los siento, los huelo, los busco, los encuentro, los lato. Me los pongo en la panza, los dejo andar entre las axilas, sobre la espalda, por los muslos. Yo. Yo soy. Pura, soy una mezcla rara como toda mezcla. ¿Lato? Yo, vos, ella, él, nosotros, ustedes. Sí, los lato. Siento el sonido que hacen al andar, la ritmicidad eslabonada de algunos sobre todo, el encastre sinfónico con que ensamblo mi procedencia al andamiaje de ése que desde éste mismo momento deja de ser un otro para mí, porque para mí y para cada uno, cada uno es un universo de por sí. Yo lo siento. Pálpito, reconocimiento, buscar lo que nos busca.  
  

sábado, 23 de enero de 2016


Cuando tenía unos catorce, quince años daba vueltas en Rosario una revista literaria llamada Uno mismo, por aquella época yo también daba vueltas, en Rosario, en círculos literarios, artísticos, expresivos. Más que espacios de arte eran la resaca de una época sin herencia ni inspiración. Héctor Paruzzo era el padre de todos nosotros, nosotros éramos típicos, locos, fracasados. Él le daba lugar a cualquier persona que se sintiera artista, aunque pareciese un delirante. Siempre encontraba algún recoveco de la ciudad donde armar una convocatoria libre, la mayoría terminaba mal, sin mucho público, con poca banca política que avalara la efectividad del evento. La primera que me acuerdo, que fue donde lo conocí era una muestra de arte erótico, él había publicado muchísimos años antes un libro titulado Sexo y accesis, censurado durante la dictadura, después se dedicó a hacer trascender las voces, por un motivo u otro, silenciadas. Yo era muy, muy adolescente, tenía una idea existencial infinitamente más remota de la actual, y puede que la memoria plagie mis recuerdos o los altere, pero él incentivaba mucho mi capacidad creativa y eso a mí me hacía bien, me daba confianza su confianza, la forma generosa de quererme. Publicó uno de mis poemas en una revista de tirada gratuita, me leía sin juicio ni corrección mientras yo acompañaba a su mujer hasta un mercado, lejos, a hacer las compras. Después nos sentábamos a la tardecita, en el patio, a conversar los tres. Los dos festejaban mis ocurrencias juveniles con carcajadas, con aceptación. Asistían a todas las obras de teatro experimental en las que participaba. Yo podía ir a cualquier hora a su casa y muchas mañanas llegaba sin desayunar porque me peleaba con mami, daba un portazo y me iba a la casa de ellos, la mujer de Paruzzo escuchaba callada mi rabia, después me hacía la leche, me convidaba torta. Siempre volvía a casa importándome menos la carencia afectiva de mami, con una especie de orgullo de ser así como era,  sintiéndome única, irrepetible, talentosa, capaz. No eran mayores que mis padres pero yo los veía grandes, y fantaseaba con ser su primogénita. 
Ese verano Silvia se casó, Laura compró un pasaje a España para no volver, había vendido el último departamento que le quedaba de la riqueza heredada de su marido muerto, metió a plazo fijo los dólares restantes para no tentarse y se quedó viviendo con nosotros, en nuestra casa paterna, los dos meses restantes hasta el viaje. Yo me rapé. Inesperadamente, una siesta encerrada en el baño me haché el pelo y después me pasé por la cabeza la maquinita de afeitar de papi.
Paruzzo había conseguido un espacio semanal fijo, los dìas miércoles a partir de las 22 horas, en una casa desvencijada que con los años terminó siendo la sala de teatro Vivencias. A veces lo ayudaba a preparar la agenda del mes, vender los espacios publicitarios, conseguir escenografía apropiada, etc. A veces me pienso a mi misma en circunstancias como aquellas y me cuesta entender que yo misma sea una misma persona, ser la misma de aquella y de otras etapas de mi vida me desorienta y recapitula. Yo sosteniendo un abanico de yoes que tapan una parte de mí pero muestran toda otra faceta ocultísima. Él siempre intentaba convencerme de que leyera mis poemas en público y nunca lo lograba, yo en esa época escribía poemas. En realidad eran captaciones fugaces dichas con palabras que sonaban bien y distribuidas en renglones angostos. Laura justo viajaba la madrugada de un jueves, ese miércoles 15 de marzo de 1989 Paruzzo me avisó que iba a haber gente de la revista Uno mismo en la sala, me dió un artículo publicado por Narcisa Hirsch y me dijo que lo leyera con la misma naturalidad con la que hablaba. Cuando lo leí, mientras lo leía, digo, sentía el rumor de un balbuceo ancestral y de golpe una percepción amplificada, analógica. Tuve la certeza de algo inexplicable y grandioso, como descubrir un tesoro oculto en algún lugar interno de mí misma pero que abarcaba al mundo entero.
A partir de ahí se me me nubla el recuerdo hasta la parte del abrazo de despedida, me sé caminando a casa, llegar, abrazarla e irse. Tener la sensación de despedida pero no sentir el abrazo, la tristeza de una partida que me partía el mundo en dos continentes.

Laura no se quedó en España ni un mes, a mí me volvió a crecer el pelo y a Silvia se le redondeaba la panza por primera vez. Seguí colaborando con Paruzzo un tiempo más, cada vez más espaciado, hasta que dejé de verlo. Lo volví a encontrar varios años después en el cine Madre Cabrini que estaba a su cargo, me acuerdo de la alegría que me dio el encuentro, de la emoción que sentí un ratito después cuando me senté en la butaca y lo escuché presentar la película con esa sencillez y esa humildad con que hacía cada cosa que hacía. Y me acuerdo que recién en ese momento me dí cuenta que seguramente aquella noche no habría nadie de la revista Uno mismo en Vivencias, pero él habrá querido distraerme del viaje y se inventó esa fantasía donde, por fin, yo era la protagonista. Besé su gesto y agradecí mi inocencia.
Mi inocencia es algo que siempre creo quebrantada pero siempre me asombra que permanezca inmune.