minarrativa

sábado, 9 de abril de 2016

DICOTOMÍA


Sueño que estoy acostada panza arriba en el piso de la terraza tomando sol, el sol late, abro los ojos, veo agrupaciones de nubes que se dispersan sobre el cielo. No me quedo mirando el cielo, hace mucho calor, tengo sed, me levanto de una reposera a rayas que ya no tengo. Camino hacia el centro de la terraza donde está el cuarto de máquinas del ascensor pero en el sueño es el baño de la casa de mi adolescencia. Siempre sueño con baños, con esa casa, con escaleras altas que estoy arriba de todo y no sé como bajar. Yo al vértigo lo siento en la vagina. El viernes fui a visitar a un amigo y subimos a la azotea a mirar las cúpulas del Palacio Fuentes, del Cabanellas, cada vez que me asomaba por el tapial y miraba para abajo sentía que la vulva pegaba un grito. En el sueño escucho el sonido de un motor,  las hélices, hay un avión, avioneta, no sé que es, que me sobrevuela en la cabeza. Se acerca y aleja, arremolina el viento, no me asusta tanto eso pero me doy cuenta que la terraza no tiene barandas y entonces sí siento miedo. Miedo y retorno siento, no puedo explicar de otro modo mejor, que es. El cielo todo nublado, una necesidad visceral de que no se me desgrane lo que me late dentro. Como a los sapos les late la garganta, a mí me late a mí la vida. Me agacho y empiezo a gatear por el piso, apoyo el pecho al suelo y me arrastro hacia el centro.
Ahora estoy acostada panza arriba en la cama, los ojos abiertos, por el ventanal veo el cielo, adivino la llovizna, no me quedo mirando el cielo, me levanto y subo un poco más la persiana, voy a la cocina, preparo el mate. Si hubiese sol miraría, de a ratos, los hilitos blancos que hay antes del cielo, en el cielo. Los hilitos deben estar en el casillero nueve de la rayuela, después viene el cielo. Empezó el otoño, la época de guardar. Yo ya había visto esos hilitos muchas veces pero alguna vez leí a algún referente hacer mención de ello y terminé de corroborar la vivencia, la existencia comprobable de algo en algún lugar. Por suerte los grandes se han dedicado a las pequeñas cosas también. 
Hoy amanecí afónica, disfónica se dice. Cuando la voz me sale así, falseada, me encanta hablar, oirme. Siento una libertad absoluta de decir lo que siento porque lo dice una voz distinta de la que me escucho, habitualmente, ser. Uno es la voz, el cuerpo, la presencia, los actos. Yo. A veces somos sólo la esencia que somos. Aún en la ausencia. Yo. Hay personas que no se me desdoblan, que podrían tener cualquier cara, otro olor, una edad distinta y siguen siendo los mismos. Yo los pienso así éste sábado y los siento, los huelo, los busco, los encuentro, los lato. Me los pongo en la panza, los dejo andar entre las axilas, sobre la espalda, por los muslos. Yo. Yo soy. Pura, soy una mezcla rara como toda mezcla. ¿Lato? Yo, vos, ella, él, nosotros, ustedes. Sí, los lato. Siento el sonido que hacen al andar, la ritmicidad eslabonada de algunos sobre todo, el encastre sinfónico con que ensamblo mi procedencia al andamiaje de ése que desde éste mismo momento deja de ser un otro para mí, porque para mí y para cada uno, cada uno es un universo de por sí. Yo lo siento. Pálpito, reconocimiento, buscar lo que nos busca.