Tome asiento. Soy el señor J, le ruego que preste atención y escuche sin interrumpir. Después me dirá con franqueza si se siente capacitado para hacer el trabajo; si es o no la persona correcta para colarse una vez por semana como uno más.
Que no sea muy versado en cuestiones literarias no es impedimento porque yo mismo, llegado el caso, le proveeré del material necesario.
Tome nota. Lleve lápiz y papel pero no escriba. Observe. Mire sin que le vean.
No es necesario que fume pero tenga cigarrillos, encendedor también pero no se distraiga si le pide fuego.
Sepa algo... si lo convoco a usted es porque reconozco su habilidad pero sobre todo porque entiendo que hay asuntos que deben ser delegados.
Pase que le cuento le diré al señor J cuando golpee la puerta dentro de unos minutos.
Pero cuando esté dentro y acomodado frente a mi aguardando la narrativa de lo acontecido ¿Cómo le licuo la historia para que se la beba sin chistar? O por el contrario ¿Cuanto condensarla para que se acabe de una vez el mal trago?
Nunca ningún cliente se ha sentido satisfecho al declararle que sus sospechas no fueron infundadas por una frondosa imaginación sino por la virtud de saber vislumbrar con sobriedad la llama maldita que ondea el aire como una danza macabra.
No. Ninguno ha podido oír sin pestañear el veredicto de la traición consumada.
Este buen hombre, don J que también llegó impulsado por el anhelo de encontrar quien le rebata con fehacientes evidencias su convicción inequívoca tampoco permanecerá inmutable cuando lea lo que escribe a quién me mandó a espiar una vez por semana.
