LA MALDICIÓN DEL SEGUNDO SEXO
¿Usted viene siempre acá? Claro, porque
la primera vez que la veo aunque yo debe ser la segunda pero soy muy
fisonomista. Sí, hay que esperar un ratito hasta que
llegue más gente y después nos van haciendo pasar. Y que quiere que le diga,
pero a estas reuniones yo vengo obligada. Y sí, porque los organizadores son
conocidos, casi de la familia, y me insisten: dale Solita vení que vos sos tan
carismática y convocante. Y vengo, bah… vine una o dos veces para cumplir pero
a buscar pareja no. Ojo, no critico a quién lo hace pero ¿sabe cúando? Si es
hombre. Yo creo que si una mujer fuera hombre
haría todo tan distinto... Eso de orinar en cualquier parte, la facilidad que tienen
para todo, la soltura con que se bajan el cierre. Hasta la forma de pararse
incluso, retrayendo el culo apuntan con la pelvis como si el bulto fuera un
arma, creer que así nos intimidan. ¡No me asustás! me dan ganas de gritarles
pero diga que una es mujer y se calla, ni mira.
¿Cómo? ¡No! No, no sé, señora, como será donde fue
usted pero acá los organizadores son expertos de las relaciones humanas. Enseguida
pescan todo al vuelo y a la que no se vincula no le digo que la echen pero que le
hacen un vacío tan imposible de soportar para que se termine yendo sola por
donde llegó, sí.
¿Usted no? Yo sí, de joven era de leer
mucho porque siempre traté de superarme en la vida, diga que mi madre por
vanidad o egoísmo me truncó, como quién dice, el destino que me merecía. Error que yo no cometí pero en
fin, tampoco la culpo. ¿Sabe cúando me valoró recién? El día que mi otra hermana
quedó embarazada de soltera, me acuerdo que vino a visitarme y me lo contó, yo ya estaba casada, y recién ahí me agradeció la decencia. En fin, la cuestión es que…
No, nos ubican ellos. Ellos mismos con
discreción nos van acomodando en cada lugar. Lógico, no nos obligan donde
sentarnos pero bueno, digamos que sería mal visto si nosotras, por ejemplo, que
conversamos tan amistosamente acá afuera allá adentro nos ponemos en mesas distintas. Usted quédese tranquila y hágame caso.
Le sigo contando, la cosa es que yo era
de leer mucho sobre cosas serias siempre, nada de novelitas y pavadas, ojo. Así
fue como un buen día me doy con un libro
tapa dura precioso en oferta, una joyita de la literatura me decía el de la
librería y yo joven, ingenua, ansiosa por descubrir algo más de lo poco que
sabía, no va que lo compro. ¡Aay! Me quemaba ese libro entre las manos, en el
trayecto hasta mi casa me parecía que andaba descalza caminando por las brasas,
que si mi esposo me lo descubría sería colgada como una bruja porque hay que
reconocer que el título nomás ya era terrible. ¡Pero cuando lo empecé a leer! Todavía
pienso cómo habrá sido de fuerte la indignación que sentí que de todo el libro
la única parte que me acuerdo y que no se me va a borrar mientras viva es en donde
decía que las nenas juegan con las muñecas porque una muñeca es el instrumento
con que sustituyen al pene. ¿Qué tal? Que los varones se entretienen con su
propio pitito y lo sienten como un aliado, como un amiguito, como si fuera algo
que les pertenece pero que es ajeno a ellos mismos. Y que las nenas, al
faltarles eso, lo compensan con una muñeca. ¡Fíjese la manipulación! Un negocio
redondo para todos los saca plata de los psicoanalistas. Porque, seamos
francas… ¿quién de nosotras no ha jugado de chica a la casita y a las visitas
con otras nenas? Yo hasta el día de hoy, siendo una mujer honrada, me desespero
por cualquier muñeca. Ahora resulta que soy perversa, ¿entonces? Mire, le soy sincera… A veces pienso que
después de leer ese libro algo se me alborotó adentro, porque nunca más volví a
estar tranquila. Fue una maldición. Como si Dios hubiera pensado de mí: tuve la
delicadeza de hacerla mujer para que se pueda quedar en el molde
y a la desgraciada se le puso entre ceja y ceja justo eso. Mentiría si le digo
que por lo menos cerré las puertas de la ignorancia, lo único que supe fue
cúanto desconocía. Y reconocer que la naturaleza es más
imaginativa que yo misma. Cargué, ese libro, con una culpa tan grande
que lo único que rogué al cielo fue tener aunque sea un solo hijo, pero varón.
Para que nazca enterito, sin faltarle nada. Para que no tenga que estar
buscando, como quien dice, fantasías que lo completen… como me pasaba a mí. ¡Cómo
les pasaría a todas! Y fíjese si me habré castigado sola que
tuve más de una y todas mujeres, digo sola porque vio que somos nosotras las que
determinamos el sexo, por los cromosomas. ¿Es al revés? Puede ser, no le
discuto. Para colmo todos los embarazos que aborté, que perdí eran varones. Creer o reventar,
el destino nos vuelve crédulas con tal de no explotar.
Me parece que ya se puede ir pasando. Ah…
llegó su amiga. Bueno, pero invítela a nuestra mesa, si debe haber lugar de
sobra. Como quiera, fue un gusto entonces. No faltaba más, no se preocupe que
me acomodo en cualquier otra parte. Gracias, igualmente señora. Nos vemos
después en los sorteos, ¡que risa!
Perdon Monsieur… ¡ay que cómico! Ah,
están reservadas. Disculpe.
Permiiso... ¿Algún lugarcito para esta
pobre mujer? ¡Que gracioso! ¿Puedo? ¡Ay qué suerrte! Muchas gracias joven, gracias
querida, les agradezco tanto, muy gentiles eh. Tan jóvenes entre todo este
vejestorio, deben ser escritores haciendo trabajo de campo.
Bueno, en fin. Así están las cosas.
Veremos entonces. ¡Uf ! me dio calor, muy
fuerte la calefacción.
Y sigue llegando gente, es que éstos por recaudar más un día le van a vender a alguno el lugar del centro de mesa. Que barbaridad, ya no saben que pavada inventar. La necesidad de sobrevivir, que se va a hacer, es así.
Y sigue llegando gente, es que éstos por recaudar más un día le van a vender a alguno el lugar del centro de mesa. Que barbaridad, ya no saben que pavada inventar. La necesidad de sobrevivir, que se va a hacer, es así.
No señor, faltaba más tome asiento
tranquilo. Sí, se ve que la mayoría son habitués pero no se preocupe que yo
estoy en la misma situación que usted. Bendita la hora en que se me ocurrió
acompañar a una vecina que a último momento salió con que no podía venir.
Exactamente, pero vio que en estos tiempos encontrar alguien que sea de palabra
es tarea complicada. Será que uno se crio bajo una educación tan estricta con
la verdad. ¿Sabe qué pasa? Que hablar al cuete o como decía mi padre, largar
las palabras como el burro los pedos es algo que conmigo no va.
Yo también, sí. Enviudé hace años y para
ser honesta le digo que prefiero pecar de ermitaña que de cargosa. O soy poco
sociable, o bien demasiado franca pero amigas lo que se dice amigas, no tengo. Algunas
señoras conocidas del bingo o del barrio pero ellas en su casa y yo en la mía.
Usted pensará que soy rara y puede ser, cada cual con sus prejuicios. Yo siempre digo que no hay cosa
más molesta que hablar con alguien que cada dos frases mete una muletilla ¿no sé
si me entiende? O los que salen contando algo que no tiene ni pie ni cabeza con
lo que se les venía diciendo, ni hablar de los que hablan ellos solos. Fíjese
que yo creo que el diálogo es lo que arruina a la pareja… ¿La falta de diálogo
dice usted? Sí, si lógicamente a eso me refería y casi casi me
atrevo a decir que afecta las relaciones humanas en general. ¿O estoy
equivocada? ¡Ah bueno!
¿El baño? No, ni idea. Creo que no hay.
No sé cómo salió el tema pero resulta que
el otro día acompañé a mi nuera a una reunión en la escuela por las notas de
los chicos. Sí, al primer embarazo lo perdí y después ese sólo hijo. Uno solito
pero que vale por tres. Y hablábamos de cómo se desubica la gente, es que se ha
perdido el verdadero sentido de la vergüenza y el respeto tuve que decir casi
gritando y con un golpe en el pupitre porque entre las madres y la maestra ni
me escuchaban, siendo que uno cuenta con la autoridad que nos dan los años ¿o
no?
Si es una urgencia vaya pero yo en su
lugar lo pensaría dos veces antes de levantarme de la mesa… ¡No le digo! ¡Ahí
vienen los mozos sirviendo!
Esperemos que esto no me caiga pesado, yo
que tengo los intestinos tan delicados. Porque los intestinos, no sé si sabe,
tienen una vellosidad por dentro, bueno los míos no, quedaron pelados así como
tengo los brazos todo, ni un pelo. Dieciséis años. Tifus. Ya me daban por
muerta, no hay esperanza decían los mismos médicos, ni un milagro la salvaría.
¡Y si se morían todos! Mi madre, no la culpo eh, pero lo único que hacía era
llorar. Me dijeron. No sé.
El que agarró el caballo y recorrió a
puro galope todas las partes habidas y por haber buscando los remedios era mi
papá. Cuando llegó con el último medicamento, los doctores de los más altos
cargos le dijeron: “usted ha conseguido lo que nadie logra, si se salva, nunca
sabremos si fue el medicamento o su gran amor. Ahora hay que esperar
veinticuatro horas”. Era porque la enfermedad daba toda la
vuelta, el termómetro tenía que marcar el máximo y volver a empezar. Efectivamente,
a la mañana siguiente me desperté con 36 grados y 36 kilos... no haber hecho una redoblona.
Yo no me acordaba nada de todo lo que me
contaron que había desvariado en los cuarenta días pero esa enfermedad me jodió
para todo el viaje. Me quemó los órganos, me acortó el crecimiento, el
desarrollo íntimo incluso… No sé si entiende. No sé explicarlo bien pero siempre pensé
algo y cada vez estoy más convencida. Yo siento que me quedé para toda la vida
en ese estado de ensoñación de los dieciséis años, como si lo que se hubiera
salvado de la enfermedad y creció, se casó y engendró los hijos convirtiéndose
en una verdadera mujer fuera sólo una parte mía pero hubo otra que quedó desvariando
en esa fiebre sin poder salvarse. Sin morirse y sin poder vivir.
Bueno vaya vaya tranquilo al baño que yo
vigilo que el mozo le deje su casata y mientras charlo con el muchacho aunque
parece que ya encontró compañía. ¿O me equivoco?
La humedad me ha puesto el pelo a la
miseria y este clima para colmo que no ayuda. Un horror, son las cinco de la
tarde y ya casi de noche. Bah… será que yo aborrezco el invierno, y esta
llovizna, esa garúa finiiita. Vaya uno a saber ¿no? ¡Pero! Si hasta me
dio un chucho de frío ahora. Tanto calor que hacía al principio. Habrán apagado
la calefacción estos tranfugas con tal de ahorrar, que barbaridad.
Disculpe que interrumpa la charla pero me
preocupa el señor que estaba sentado aquí… no por mí, pero se le está
derritiendo todo el helado.
¡Mozo! ¿Sería tan amable de fijarse si en
el baño de caballeros hay alguien descompuesto?
No noo… ¿Cómo que le hice servir los
platos de mi compañero y nunca nadie los tocó? Yo no le niego que apenas si
picoteó la entrada pero entienda que a un señor elegante como es él no le van
hacer pasar paleta por jamón cocido. Mire, no se burle de mí porque yo a usted
no le falto el respeto. Si no hay ningún abrigo en el respaldo de la silla será
porque es friolento o porque ustedes no son capaces ni siquiera de mantener un
clima adecuado a la circunstancia.
Es de gusto. Esta gente no está sola
porque enviudó o por tener un carácter difícil, es porque están locos.
Y después de todo, hasta el mozo… ¡pobre
muchacho! Se vende por unos pesos que le untarán estas desgraciadas cuando
llega una rival competente para que la haga pasar por chiflada. Así como a mí
me dicen que le hablé todo el tiempo a una silla vacía a otra estúpida le dirán
que repitió cinco veces el mismo plato.
Una pena perderse el brindis este señor y
yo no ganarme un enredo con su antebrazo, ese codo impecable con el traje
italiano, tan suavecita la tela cuando me rozaba la mano disculpándose. Pienso en
esto, me acuerdo de cada cosa con tanta pena pero ya ni lo digo, igual sonrío.
Los miro correr las sillas para ponerse a
bailar y empiezo a tener esa misma sensación de cuando estoy en casa sentada en
la cocina. Me quedo quieta y miro fijo algo que es nada. Así pasaría horas,
días o lo que me queda de vida. Es como si el alma se me fuera por un rato del
cuerpo sin morirme. Como un anticipo del descanso eterno, porque junto con el
alma se me van los deseos y las nostalgias… hasta las manías incluso. Ni ganas
de hacer cartel me dan. No es que pierda la noción de las cosas pero todo me
importa menos o nada, como ahora. Lo que más me alivia es que no me importe.
Sorbo con cucharita la casata derretida
mientras los otros solos ya se empiezan a ir cada uno del brazo de la otra
media naranja podrida que les cayó en gracia.
Y yo con tanta falta de todo y ningún
deseo de nada… pero a lo mejor es porque es domingo o porque ya se termina y
sigue lloviznando.
Desde el fondo a la derecha un señor se
encamina hasta donde estoy sentada pero no me puedo poner contenta porque ya sé
que tampoco él me haría feliz.