Me despierta una voz que con el tono de un murmullo pero a volumen altamente audible cuenta sus más oscuros padecimientos antes de conocer la palabra del misericordioso salvador. Después unas resbaladizas oraciones deslizadas hasta el amén y ¿Fin de la programación? No, estalla Sprayette.
Ésta es la parte más difícil de aceptar… Mi vecino volvió a emborracharse con el televisor prendido y yo tendré que dormirme a la par, sin oler su aliento pero con los oídos embriagados por las ofertas garantizadas que su tele pregona.
Voy al baño y hago pis con los ojos cerrados para no desvelarme más y me acuesto de nuevo. Escucho piadosos shsh, cerrarse ventanas y encender aires acondicionados. ¿Será la una? Hago coraje y miro: dos menos cuarto pasadas y ahora que abrí los ojos aprovecharía para tomarme una ranitidina ya que estoy. Me enrosco pero hace mucho calor para que cierre el ventanal, baje la persiana y ponga la almohada en los pies como la última vez. ¡Que alguien llameee yaaa y compre un silenciador mágico!
Conscientemente desvelada y decidida a salvaguardar las cuatro horas de sueño restante agudizo el oído en el silencio del edificio y hago girar con suavidad la llave de mi cerradura sin asomarme. Decidida, pongo mi camisón en manos del instinto y me dejo guiar los pasos hasta la caja generadora de luz. El instante más pleno es el de la duda, esa pequeña y gran zozobra de elegir la tecla correcta. Saber que cuanto antes mejor pero demorar… quedando atrapada por la exploración o por ese mínimo acto de transgresion. Ahora entiendo por que en las películas tardan tanto revisando algo mientras uno ruega que se vayan rápido antes de que vuelva el asesino.
Cuando veo todo ese cablerio enredado pretendo establecer la conexión con que se enlazan los afectos menos aproximados y más lejanos. En los dos casos me asombra de que funcione siempre igual.
Miro bien para que nadie llame ya mi atención. La deductiva acompaña a la lógica y ésta al dedo que baja la perilla del 00-06. Calla Sprayette. ¡Acerté! Más que alivio, alegría.
Vuelvo a mi departamento acentuando el sigilo con las puntas de los pies y sosteniendo el reintegro del merecido descanso no garantizado. Hago pis de nuevo de contenta que estoy, como los perritos. Y ni apreto el botón para no delatar con nada mi sonambulismo.
Ahora sí. A dormir sin ruidos, me vuelvo a acostar.
¿Sueño? No… Oigo a través de la pared medianera de mi patio un espacio de balbuceo puteado sin decir. En el silencio de la madrugada escucho sus pasos a ciegas despertados por el calor. Me sofoco. Lo imagino trastabillar antes de sentir el golpe de un cuerpo chocar con la mesa y desmoronarse en el piso. Sucederse los minutos, la noche, el tiempo, la oscuridad, el principio. La inmediatez de su ambiente pegado al mío buscando las velas creyendo que se cortó la luz, encender un cigarrillo. Prenderse fuego todo… ¡Basta! Me despierto de un sueño que ni llegué a dormir para oir con claridad un balbuceo sofocado que putea, nítidamente el golpe contra la mesa desparramarse en el suelo y el chic del encendedor. Huelo el olor del aire por las dudas. Después la llave en la cerradura y pasos que se arrastran en el palier. Atenta a las llamas y confiando en que la borrachera no le permitirá llegar hasta la caja de luz para accionar su perilla me voy quedando dormida oyéndolo ir y venir frente a mi puerta hasta perderse en la suya. La culpa de privarlo de ese mínimo privilegio que se procura metiéndome en la intimidad de su medidor de luz pagado a término para interrumpirle, con mi molestia, su más mísera comodidad. Me duermo vencida por el sueño hasta que tose y a cada tosida la precede un pedo. Si no fueran las seis y me tengo que levantar me daría la misma risa que da cuando lo cuento. Pero son las seis y me tengo que levantar… Malhumorada, mientras desayuno miro al grillo que cantó toda la noche.
Ésta es la parte más difícil de aceptar… Mi vecino volvió a emborracharse con el televisor prendido y yo tendré que dormirme a la par, sin oler su aliento pero con los oídos embriagados por las ofertas garantizadas que su tele pregona.
Voy al baño y hago pis con los ojos cerrados para no desvelarme más y me acuesto de nuevo. Escucho piadosos shsh, cerrarse ventanas y encender aires acondicionados. ¿Será la una? Hago coraje y miro: dos menos cuarto pasadas y ahora que abrí los ojos aprovecharía para tomarme una ranitidina ya que estoy. Me enrosco pero hace mucho calor para que cierre el ventanal, baje la persiana y ponga la almohada en los pies como la última vez. ¡Que alguien llameee yaaa y compre un silenciador mágico!
Conscientemente desvelada y decidida a salvaguardar las cuatro horas de sueño restante agudizo el oído en el silencio del edificio y hago girar con suavidad la llave de mi cerradura sin asomarme. Decidida, pongo mi camisón en manos del instinto y me dejo guiar los pasos hasta la caja generadora de luz. El instante más pleno es el de la duda, esa pequeña y gran zozobra de elegir la tecla correcta. Saber que cuanto antes mejor pero demorar… quedando atrapada por la exploración o por ese mínimo acto de transgresion. Ahora entiendo por que en las películas tardan tanto revisando algo mientras uno ruega que se vayan rápido antes de que vuelva el asesino.
Cuando veo todo ese cablerio enredado pretendo establecer la conexión con que se enlazan los afectos menos aproximados y más lejanos. En los dos casos me asombra de que funcione siempre igual.
Miro bien para que nadie llame ya mi atención. La deductiva acompaña a la lógica y ésta al dedo que baja la perilla del 00-06. Calla Sprayette. ¡Acerté! Más que alivio, alegría.
Vuelvo a mi departamento acentuando el sigilo con las puntas de los pies y sosteniendo el reintegro del merecido descanso no garantizado. Hago pis de nuevo de contenta que estoy, como los perritos. Y ni apreto el botón para no delatar con nada mi sonambulismo.
Ahora sí. A dormir sin ruidos, me vuelvo a acostar.
¿Sueño? No… Oigo a través de la pared medianera de mi patio un espacio de balbuceo puteado sin decir. En el silencio de la madrugada escucho sus pasos a ciegas despertados por el calor. Me sofoco. Lo imagino trastabillar antes de sentir el golpe de un cuerpo chocar con la mesa y desmoronarse en el piso. Sucederse los minutos, la noche, el tiempo, la oscuridad, el principio. La inmediatez de su ambiente pegado al mío buscando las velas creyendo que se cortó la luz, encender un cigarrillo. Prenderse fuego todo… ¡Basta! Me despierto de un sueño que ni llegué a dormir para oir con claridad un balbuceo sofocado que putea, nítidamente el golpe contra la mesa desparramarse en el suelo y el chic del encendedor. Huelo el olor del aire por las dudas. Después la llave en la cerradura y pasos que se arrastran en el palier. Atenta a las llamas y confiando en que la borrachera no le permitirá llegar hasta la caja de luz para accionar su perilla me voy quedando dormida oyéndolo ir y venir frente a mi puerta hasta perderse en la suya. La culpa de privarlo de ese mínimo privilegio que se procura metiéndome en la intimidad de su medidor de luz pagado a término para interrumpirle, con mi molestia, su más mísera comodidad. Me duermo vencida por el sueño hasta que tose y a cada tosida la precede un pedo. Si no fueran las seis y me tengo que levantar me daría la misma risa que da cuando lo cuento. Pero son las seis y me tengo que levantar… Malhumorada, mientras desayuno miro al grillo que cantó toda la noche.
Cuando cruzo el palier para ir a trabajar abro la caja de luz y subo la perilla así mi vecino puede dormir la resaca confortablemente. Tan egoísta no soy.