Tener pocos años y
la noción imprecisa de ser la tercera y última excusa que mi madre concibió con
tal de postergarse, de mantener ocupado por la inocencia el lugar donde debía
caber el deseo. Percibir el sueño en el que se aliviana con mi incapacidad
salvándola y dormirme castigada con la tristeza, con toda la soledad de mi
padre cubriendo el espacio que le estoy quitando. Saberme pretexto y castigo.
Crecer con la conciencia de que los secretos más inconfesables se acunan entre
las piernas y de noche, en un espacio oscuro que no se mira ni se toca. Pero
duele. Y se toca. Tocarse duele. Pongo un espejo entre los muslos para verlo,
fijarme si encuentro un escondite en donde estén a salvo el miedo, la astucia,
la causa y la significación, toda la implicancia de lo no dicho. Un lugar en el
que quepa la ignorancia, el entendimiento o la compensación de una sabiduría
que se escapa por los bordes de la bombacha y de la conciencia. Desdoblar los
pliegues antes de que me los planchen aunque después se arruguen. Cuando
abro ese espacio ando a tientas porque me ciega tanta luz.