minarrativa

domingo, 3 de junio de 2012

pariDAD



El maullido del teléfono rasguña el sueño, araña los oídos, ruge como fiera hasta abrirle los ojos. Levanta el tubo y la escucha saltear el saludo, merodear en la disculpa, trastabillar con el miedo hasta dar con el motivo:
-         Murió la gata
La frialdad con que se acomodan las sombras dentro del cuarto tiene silencio de domingo. Mira por el ventanal retomando el último pensamiento con que se durmió anoche viendo el contorno de la luna nueva después de haber estado llena. La consistencia del vacío solidifica al objeto.
-         Yo sé que nosotros terminamos pero ella era como nuestra…
Abre un paréntesis que cobije al despojo y su propio perfil se deja abarcar por toda la apariencia de lo que no es.
Me visto y voy querría que diga, pero cuelga. La voz cerrada como un puño, la pérdida convertida en una pelotita de pelusa y mugre juega con los dedos dentro del bolsillo.
Calcula la distancia proporcional al tiempo transcurrido, la lejanía entre vuestra antigua casa y su actual dominio mientras camina las cuadras que ningún colectivo lo acerca ni pasa, manzanas enteras de tentación, veredas desayunadas sin baldear, regladas como partituras.
-         ¿Música?
-         La letra sola, por favor.
Avenidas carteles vidrieras, en la parte invisible de lo que se mira reside el anhelo. El trayecto que recorre la necesidad buscando un objeto donde constituirse, adquirir forma y sentido pronunciable.
Nunca quiso tu deseo abultando su vientre aunque te disfrutaba tenso contra sus curvas. Te lo dijo abriendo la boca para guardar tu ansiedad inicial pero seguiste cruzando, como ahora, la ciudad a lomo de mula con tal de acabar cabalgando en su desnudez y poblar su útero… Un hijo, no.
 
Fines de agosto
Me lo cuenta siempre igual pero todas las veces hace como si fuera a hacer una primera confesión. Debe ser que a él mismo no deja de asombrarle tal misterio. ¿? No quiero ser mala ni herirlo y  por eso lo escribo acá, para no hablarlo con nadie.
Espera que me sienta halagada cuando me dice que a pesar de mis continuos desplantes me elige, justo yo que no lo consiento ni retengo cerca, que sin ser masoquista se enamoró de mí y no de las otras novias que tuvo, chicas que vivían pendientes  de él.
¿Cómo es posible que no se dé cuenta? En la familia, su adopción es un secreto a voces. Ellos son de los que se gritan la verdad en mitad de una pelea y después conviven en el mutismo.
Yo no soy su gran amor, soy la primer mujer que no se parece a la que lo adoptó, constituyo a la madre abandónica… por eso su necesidad de seducirme, para que no lo vuelva a dejar. Intento maneras adecuadas que lo lleven a construir este pensamiento para que descubra que su amor no es hacia mí sino el deseo de revertir la decisión que tomó su madre biológica al abandonarlo.
  
Creer es menos trágico que saber.
Que siente te preguntaba la psicóloga y no pudiste contestarle nada, ni llorar, ni irte antes. Recién en la parada del colectivo apareció la idea de un idiota en pañales que no era como las imágenes tiernas de los posters.
La memoria venda la herida, no el acto. Ningún recuerdo se olvida pero todos se alteran, para eso existe la continuidad inmediata del principio después de finalizar. Porque de no ser breve, la vida parecería una aburrida prolongación.

No importa pasar de largo todo el tramo de tu amor propio con tal de recorrer, sin apuro, su necesidad de vos. Con tal de que te espere tardarías nueve meses más porque la seguís pretendiendo ansiosa, pendiente, cebada.
Unos metros antes, Diaz Grey te inyecta la dosis de morfina que tu cuerpo resiste y una cuadra después estará su casa, el negocio en común con un cartel que resume su personalidad: Cerrado por duelo.
Abre la puerta y con la voz, más enronquecida por la tristeza, te murmura la parición de los tres felinos. Mirando la cría, pensarás en la gata sufriendo su muerte como si acabara de ocurrir, porque empezás a olvidar los motivos que te trajeron hasta su cuarto, vuestra cama y ella… echada junto a los cachorros paridos por otra madre lamiendo de sus pechos te volvería a disfrutar tenso contra sus curvas, hambriento colgarte del escote como un huérfano más.
La vida en episodios, y como consecuencia: la brevedad. La inmediatez con que los minutos silabeados por el reloj eslabonan la cadena de un tiempo que se sucede como todo lo que existe sin ser notado. La estructura diaria en la que se transcurre con peligro de asesinar o morir se vive sin asistencia. Nadie lo nota.
Pero hagamos de cuenta que esta historia no fuera exactamente así, o que se pareciera vagamente a cualquier otra en la que quién la invente pudiera desbaratarla mejor que yo.