El maullido del teléfono
rasguña el sueño, araña los oídos, ruge como fiera hasta abrirle los ojos.
Levanta el tubo y la escucha saltear el saludo, merodear en la disculpa,
trastabillar con el miedo hasta dar con el motivo:
-
Murió la gata
La frialdad con que se
acomodan las sombras dentro del cuarto tiene silencio de domingo. Mira por el
ventanal retomando el último pensamiento con que se durmió anoche viendo el
contorno de la luna nueva después de haber estado llena. La consistencia del
vacío solidifica al objeto.
-
Yo sé que
nosotros terminamos pero ella era como nuestra…
Abre un paréntesis que cobije
al despojo y su propio perfil se deja abarcar por toda la apariencia de lo que
no es.
Me visto y voy querría que
diga, pero cuelga. La voz cerrada como un puño, la pérdida convertida en una
pelotita de pelusa y mugre juega con los dedos dentro del bolsillo.
Calcula la distancia
proporcional al tiempo transcurrido, la lejanía entre vuestra antigua casa y su
actual dominio mientras camina las cuadras que ningún colectivo lo acerca ni
pasa, manzanas enteras de tentación, veredas desayunadas sin baldear, regladas
como partituras.
-
¿Música?
-
La letra sola,
por favor.
Avenidas carteles vidrieras,
en la parte invisible de lo que se mira reside el anhelo. El trayecto que
recorre la necesidad buscando un objeto donde constituirse, adquirir forma y
sentido pronunciable.
Nunca quiso tu deseo
abultando su vientre aunque te disfrutaba tenso contra sus curvas. Te lo dijo
abriendo la boca para guardar tu ansiedad inicial pero seguiste cruzando, como
ahora, la ciudad a lomo de mula con tal de acabar cabalgando en su desnudez y
poblar su útero… Un hijo, no.
Fines de agosto
Me lo cuenta siempre igual pero todas las veces hace
como si fuera a hacer una primera confesión. Debe ser que a él mismo no deja de
asombrarle tal misterio. ¿? No quiero ser mala ni herirlo y por eso lo escribo acá, para no hablarlo con
nadie.
Espera que me sienta halagada cuando me dice que a
pesar de mis continuos desplantes me elige, justo yo que no lo consiento ni
retengo cerca, que sin ser masoquista se enamoró de mí y no de las otras novias
que tuvo, chicas que vivían pendientes
de él.
¿Cómo es posible que no se dé cuenta? En la familia,
su adopción es un secreto a voces. Ellos son de los que se gritan la verdad en
mitad de una pelea y después conviven en el mutismo.
Yo no soy su gran amor, soy la primer mujer que no se
parece a la que lo adoptó, constituyo a la madre abandónica… por eso su
necesidad de seducirme, para que no lo vuelva a dejar. Intento maneras
adecuadas que lo lleven a construir este pensamiento para que descubra que su
amor no es hacia mí sino el deseo de revertir la decisión que tomó su madre
biológica al abandonarlo.
Creer es menos trágico que
saber.
Que siente te preguntaba la
psicóloga y no pudiste contestarle nada, ni llorar, ni irte antes. Recién en la
parada del colectivo apareció la idea de un idiota en pañales que no era como
las imágenes tiernas de los posters.
La memoria venda la herida,
no el acto. Ningún recuerdo se olvida pero todos se alteran, para eso existe la
continuidad inmediata del principio después de finalizar. Porque de no ser
breve, la vida parecería una aburrida prolongación.
No importa pasar de largo
todo el tramo de tu amor propio con tal de recorrer, sin apuro, su necesidad de
vos. Con tal de que te espere tardarías nueve meses más porque la seguís
pretendiendo ansiosa, pendiente, cebada.
Unos metros antes, Diaz Grey
te inyecta la dosis de morfina que tu cuerpo resiste y una cuadra después
estará su casa, el negocio en común con un cartel que resume su personalidad:
Cerrado por duelo.
Abre la puerta y con la voz,
más enronquecida por la tristeza, te murmura la parición de los tres felinos.
Mirando la cría, pensarás en la gata sufriendo su muerte como si acabara de
ocurrir, porque empezás a olvidar los motivos que te trajeron hasta su cuarto,
vuestra cama y ella… echada junto a los cachorros paridos por otra madre
lamiendo de sus pechos te volvería a disfrutar tenso contra sus curvas, hambriento
colgarte del escote como un huérfano más.
La vida en episodios, y como
consecuencia: la brevedad. La inmediatez con que los minutos silabeados por el
reloj eslabonan la cadena de un tiempo que se sucede como todo lo que existe
sin ser notado. La estructura diaria en la que se transcurre con peligro de
asesinar o morir se vive sin asistencia. Nadie lo nota.
Pero hagamos de cuenta que
esta historia no fuera exactamente así, o que se pareciera vagamente a
cualquier otra en la que quién la invente pudiera desbaratarla mejor que yo.