minarrativa

sábado, 31 de agosto de 2013

CRÓNICA: La distancia de la noche



En las vidrieras y en los espejos retrovisores relampaguea la sirena de una ambulancia. Se nos acerca, soslaya, cruza en rojo, pasa y desaparece. El aullido del moribundo desfallece por otras calles hasta morirse, queda una sensación inexacta de desasosiego externo, de cosa fea, urgente y ajena.
- Hago un par más y bajamos, ¿eh?
Completamos el par y paramos en Veintisiete entre Maipú y San Martín. Claudia me mira con ganas de que baje sola y traiga la comida al auto, se sonríe creída que soy yo quien la incentiva a tomar el impulso, le explico que la vitalidad es una aproximación sin lazo, porque si no seríamos como títeres que otro nos mueve, ¿entendés? Bueno, si si… Pido dos choripanes con lechuga y tomate, sin aderezos y una sola coca. Cruzamos a la plaza que tiene la estatua del Che y coincidimos en lo mismo, el tiempo pone de manifiesto la necesaria transformación de los vínculos, es un anclaje a cualquier desfasaje anterior. Armamos un porro… no, mentira. Nos fumamos dos Jockey suaves comunes y seguimos.
Le pido que me vuelva a contar de ese sábado ya amanecido que en la plaza Libertad dejó que se subieran los dos tipos atrás y la chica adelante:
- Pero ¿pasó algo? No me acuerdo
- Que iban a un hotel… y a vos te asombraba que la chica fuese tan chica
- Algo… me acuerdo
- Los tipos se peleaban y vos no llegabas a escuchar si era por la chica o por la droga
- No sé, te acordás todo. ¿Qué querés que te cuente?
En Santa Fe y Oroño un cuarteto de cincuentonas largas se despiden. Aproximación de mejillas, besos al aire. Una nos ficha venir. Adjetivizo y la ocurrencia tiene la voz parodiada de ellas mismas, el pensamiento en sí es a modo de slogan en un marco arjoniano.
Las cuatro melenas ultra planchadas son casi idénticas y se sienten armónicamente conectadas al orden evolutivo. La esquina está llenas de ademanes, las ochos manos multiplicadas hasta el infinito parecen palomas, manos blancas como un nido de mimos. El picoteo cortito, circular, ambulante, indeciso, estirado. La ficha nos hace señas y sube. Alvarez Thomas y Ricardo Núñez. Ahora, sola y sentada en el asiento de atrás, es un amontonamiento de brazos, saco y cartera. Es casi casi una crónica crónica. Disparamos hasta zona norte bordeando la costanera, con esa tranquilidad que da saberse fuera del foco, sea cual sea la infección. Gracias a Dios existe el rio y la creencia de que Dios también.


- No, no es que yo tenga problemas en contarte, vos viste que mil veces te hago comentarios pero… es eso, una pavada que te digo a vos mientras espero que centrifugue el lavarropas, ponele.
- ¿Vos sentís que así, de esta otra manera, se estaría desnudando una parte de tu realidad?
- ¡Dejáte de joder querés! Esto no es mi realidad.
- Bueno, algo.
- Tampoco, y tampoco pongás eso de la desnudez que es tuyo, no mío.
- ¿Te enoja hacer esto?
- Me molesta no entender que es.
- Es una crónica literaria.
- ¿Y?
- 
- Mirá… vos me decís esto es tal cosa, conviene que hagamos así, tal otra no va. Está bien, yo te creo, te lo acepto, no tengo problemas pero de ahí a entusiasmarme con todo eso ¿viste?
- ¿Entusiasmarte con el proyecto decís vos?
- Con esto. Sí, no sé, llamale proyecto… Vos perdoname Marisol pero ¿sabés que siento?
- No sé, decime.
- Me parece que fuéramos dos locas de atar, o dos criaturas, que una juega a la periodista y la otra se hace que es famosa y la entrevistan. No sé por qué me pasa, a lo mejor soy yo, pero no puedo tomarte en serio, no le encuentro el sentido.
Le juego un enojo que emparde su mal humor. Tira el ancho y la espada, me cuenta del adormecimiento con que oscila entre las frenadas del día y los deslizamientos de la noche, la forma irregular con que cada tarde oscurece distinto, la multiplicidad de aspectos de la misma ciudad. Como puede ser que semejante avenida una noche te haga sentir que te traga y otra que te lanza, es imposible de creer si no lo vivenciás, dice. Dice, también, que ponerse odiosa es la manera más piadosa que encuentra para perdonarse los errores anteriores. Exactamente dice que es hacer de cuenta que la frustración es como un impuesto personal que diariamente paga con el fastidio de las monedas y las confesiones a su nuca. La fatalidad de convertirte en taxista, resume.
- Pero yo me acuerdo de la tarde que me contaste que te convertirías al taxismo, estabas feliz.
Nos reímos. Nos reímos un rato largo, una risa atrás de otra, risas encadenadas como abrazos.
Por fin se desenrolla del dedo la tirita de piolín con que estuvo jugando hasta ahora y pone el agua.
- Yo cebo.
- Sos capaz hasta de eso con tal de sacarme información.
Prepara el mate y se toma el primero. Me cuenta que el sábado pasado fue al súper y la mina de seguridad hablaba con una de las cajeras, justamente, de la inseguridad. De que ya no se puede ni salir, que no sabés si es peor tomar un colectivo o subirte a un taxi, bueno… las boludeces de siempre hasta ahí. Pero ¿Sabés que le escucho decir a la cana? Que salga con ella y estará a salvo, digo como si abriera la ventana de una habitación viciada de humo. Y como si Claudia la volviera a cerrar, porque aunque no haga frío es invierno, me dice que dijo que el taxista que sale a trabajar de noche está muy jugado, que es una persona que ya no tiene nada que perder. Y que para colmo la pibita de la caja le contestó que no lo había pensado pero que era verdad. Se queda callada, pensativa, al borde de algo, me mira. Y eso que dijiste vos, ponéle la firma que se lo habrá dicho también, pero después, me dice apuntando con el cigarrillo que todavía no prendió.
Reprimo la gracia que me causa la anécdota, porque las dos sabemos que acaba de convertirse en eso y que de ahora en adelante recurriremos a ella mil veces, evocándola. Miro la espuma del mate que me deja cebado en la mesa. Me juro a mi misma que cuando vuelva del baño le voy a decir cuanto la quiero.


La Paz, Camilo Aldao, Riobamba, Felipe Moré Felipe Moré 27 de Febrero… por fin. ¿Claudia se perdió o está paseando a la señora? Es miércoles, bajé del 128 y antes de cruzar a la otra vereda de Entre Ríos dos bocinazos cortitos de un taxi. Subo, es Claudia. Al revés: es Claudia, subo. Me hace la broma típicamente correspondiente.
- No, mirá si voy a seguirte - dice mirando la luz del semáforo.
Recuesta la espalda en el asiento, sonríe. Se pasa la mano por la cabeza, los dedos entre el pelo se van abriendo en mechones, haciendo surcos. Pone primera y arranca.
- Pasa que estoy haciendo… - Chasquea la lengua sobre el paladar. - Pero che… no me sale. - La miro. Se ríe. - Pasa que estoy haciendo la crónica de un detective, por eso te habrá parecido que te seguía, pero no. Te juro que es una crónica.
Miro por la ventanilla.
- ¿Dónde vamos?
- Hago un viaje y te llevo a tu casa.
La Paz y Camilo Aldao. Una nena mira por la ventana, apenas nos ve corre hacia adentro, la repetición de la bocina se corresponde a la forma escalonada con que la nena se baja de donde estaba subida, la cortina queda descorrida, veo parte del interior, en la pared hay colgados esos platitos de adorno que no adornan.
Sale la señora y cierra la puerta de la casa con llave. Debe ser la abuela. Miro la ventana y a la nena haciendo chau.  
Cuando sube al auto siento que mi presencia es irrespetuosa, vulgar con su delicadeza. Le imagino apoyar las manos sobre el monedero sobre la falda, la misma prudencia con que se abrigó el pecho, la chalina, y el viento barriendo los pocos pasos hasta el auto. Claudia se disculpa por la demora con estas mismas palabras, por suerte ella nunca se enreda en esa enumeración odiosa, inservible, de las explicaciones.
De a poco el taxi se va llenado de olor a rosas. De a poco, mucho antes de este viaje, en otros viajes como éste, se ha ido construyendo entre ambas un mecanismo que pone en funcionamiento algo trascendental de la otra. Ese algo es lo que me expulsa, me convierte en un ovillo de lana usada de un pulover destejido porque hacía picar. Yo debería haberme quedado del otro lado en la ventana con la nena.
Inadvertidamente el espacio se va poblando con el diálogo de sus voces, la fluidez de arribar a un silencio, dejarlo suspendido en el aire, sostenerse en él sin urgencia, sin la rapidez con que lo desalojarían cualquier otros dos desconocidos.
Mi… ausencia, es excesiva, intratable. La desesperación me pica en el cuello, rasco el pulover, lo rasguño todo porque me está ahogando, tengo la cabeza encastrada en este útero de lana que no me suelta, voy asfixiándome mientras miro el comedor de casa a través del enrejadito del punto inglés. Claudia improvisa un comentario que me incluye, su tono de voz sugiere una sonrisa de mi parte, la hago, se la doy sin rencor porque la protesta ha sido trabajosamente sublimada por mis dedos despellejándose las cutículas, la mirada puesta en el aire encuentra el motivo. Esta mujer se parece a mami, justo en el momento que lo pienso la señora pronuncia la palabra perpetuidad y llegamos a la puerta del cementerio El Salvador.


- Google earth. E-a-r-t con hache al final, no sé cómo se pronuncia.
Claudia circunferencia sobre el volante un mundo.
- Así pero con linitas blancas, ondeadas. Yo con eso anduve por todas partes… en el pueblito donde nacieron mis abuelos, hasta en el Vaticano estuve. Hay lugares que no te los muestra. Ojo. No sé por qué, pero Rosario por ejemplo no sale.
Me rio.
- ¿Te fuiste a buscar la misma ciudad en la que vivís andando?
En este momento vamos por Buenos Aires, es la segunda vez que pasamos por el edificio donde vive Andrea, si pienso en el pasaje Storni necesariamente lo hago con su voz que agrega “apenas doblando”.
Pip pip. Pip pip. Claudia silencia la insistencia del radio llamado con un dedo. Viaje rechazado, fin, leo en la pantallita. Hace alusiones al operador, andá vos al carajo o algo así escucho. Pregunto. Me responde una a una cada formulación, no puedo dejar de sentirme como la retrasada que juega a la periodista.
La primera chica nos lleva hasta Chavela bar, unas cuadras después, tres, cuatro, un pibe, la edad de la chica, hasta 3 de febrero al 1900. A mitad del viaje avisa que tiene cien pesos y bueno… después veinte pero, como diciendo… no va a alcanzar. Se nota que los cien le pesan más de lo que valen pero Claudia es inconmovible, lo deja una cuadra antes, donde el reloj marca 19 con 88. Para mí el pibe constituye un personaje pero no me pertenece, no le puedo hacer hacer o decir nada que no haga o diga. Y me frustra no poder inventar, tampoco quiero mentir, entonces me imagino que tiene más de veinte años, una novia que ni lo quiere ni lo deja, un cuarto con ventana, dos hermanos, una ventana con persianas, padres capaces o no de criar hijos incapaces o no, persianas que se enrollan, típicas, grises. Me encariño con este personaje y ese cariño se baja con él, le desea buena suerte, sabiendo que no es de cargosear a una chica salvo que le guste mucho y esta noche habrá, porque siempre hay alguna chica hermosa que le coquetea, se mece sobre sus empeines, le acerca su boca al oído, en vez de darle su número le pide el suyo, lo digita, una llamada cortita para que le quede registrado, el celular del pibe vibra en el bolsillo como el aplauso de su pene estremeciéndose. La chica hermosamente alta sobre los zapatos plataformados, el pelo larguísimo, las puntas fogueadas como un péndulo adormeciendo la espera de algo más que está por ocurrir.
Miro la postura de quienes caminan deduciendo que no hace tanto frío, miro si las piernas de las que están en la vereda de Gitana disco merecen la mini que exhiben, miro los perritos callejeros, los que son paseados, la hora, la apariencia de quienes los llevan, el bamboleo seductor del Siena blanco delante nuestro, las maniobras audaces de los otros autos y la habilidad con que las sorteamos. Miro todo, reconozco las infracciones ajenas y propias como tal, y no puedo, no puedo dejar de tener esta mirada condenatoria porque me siento por fuera de todo acá adentro.


Paramos en la Shell de Veintisiete y Corrientes. ¿Hay que bajar, con esto? Esto es la abreviatura que usa mi desgano para englobar el sistema de carga de combustible, mi interrogación bosteza, se demora, estira las manos hacia atrás, abraza el asiento que me abraza. El mutismo de Claudia es afirmativo. Bajo, antes miro la hora en la misma pantallita de los viajes rechazados, la voy a volver a mirar unas cuantas veces más el resto de la noche. Ahora soy este afuera, sufro la desolación de las hidrolavadoras, la manga de aire, el hombre que lava su taxi con un balde. Me paro al lado de la puerta por donde suben los pasajeros. ¿Es a gas entonces? No me contesta. Estoy congestionada, siento mi propia voz ensordecida. Al costado de la puerta del bar hay un triángulo amarillo, es un cartel advirtiendo la posibilidad de resbalarse, el dibujo de un hombrecito que pierde el equilibrio, tres, cuatro líneas sintetizan el peligro. ¿Gasolero se dice? Nada. No sé si me escucha, le pregunto. Creyó que hablaba sola, me lo dice al mismo tiempo que le dice al pibe de la Shell que lo llene, y a mí que va al baño.
Quedo en la situación más precaria que puede haber entre dos personas al abordar la proximidad sin un vínculo, precediéndolas. Ponerme a pensar si el pibe cogerá bien, enojarme, no estar excitada, estar segura que es de terror, darme lástima, imaginar que es padre de un bebé chiquitito que gasta más que una mascota de raza. El pibe pasa por detrás mío, digita algo sobre un tablero, me pide permiso, tiene en la mano la boquilla del cargador, le hago lugar, retrocedo. Mi inconsciente elaboró esos pensamientos anticipándose a la forzosa asociación. Es un Déjà vu inducido, el recuerdo primario de uno y un otro, ese desconocimiento que no se mitigaría por más que nos cogiésemos hasta el fondo de la garganta. Instantes que surgen y se pulverizan. Pedacitos de tiempo cruzados por lo subjetivo, la inmovilidad, el deseo, la falta, las ganas, la torpeza, el hambre, la sed, la desmesura, el espanto, el grito, la condena, la voz, el cuerpo, la molestia, el apuro por acabar. La punta de la boquilla del cargador alargada, retorciéndose, chorreando. El rato que tarda en subir o bajar el ascensor de un edificio de oficinas, y uno respirar despacito para no soplarle en la cara al otro, la espera en el baño de un boliche hetero, los ocho minutos que dura, hasta consumirse, un cigarrillo fumado en la vereda. Como caminar cerca de alguien, de noche, no conocerse, no ir juntos y uno no querer apurar el paso para no asustarlo, y el otro no enlentecer el suyo para demostrar la falta de miedo. Habitar esas cercanías, transitarlas. Si yo fuese artista plástica lo esculpiría, haría una obra con esta noción.
Miro las mangueritas rojas que salen del surtidor, me acuerdo de quien me explicó que las gruesas son de nafta y las finitas de GNC. Miro hacia los baños, una puerta entornada, el borde de un escobillón. Pienso en esta crónica, en que salir a buscar interioridades es un antagonismo. Cuando veo que Claudia viene subo al auto. Antes de arrancar miro que el hombre del otro taxi está vaciando el balde en las rejillas que rodean la estación de servicio.




sábado, 18 de mayo de 2013

Mi queridisimo... Manuel Puig



"Yo no soy de los que empezaron desde siempre, empecé a escribir novela desde los 29. A partir de entonces yo... y a fuerza de releer mis manuscritos y revisarlos, leo todo como si fuera un manuscrito mío.
Yo, leo... leo a Proust con lápiz en la mano y lo corrijo, digo... esto está muy largo...
Entonces ya no gozo más con la literatura de ficción, perdí ese placer. Es el precio de haber querido escribir..."

sábado, 20 de abril de 2013


DESAHOGO

(siete de diciembre de dos mil doce)

La sensación térmica es de cuarenta y cinco grados y acá, en el salón de actos se convierte en una realidad inobjetable.
Mami no quiso que la pasaran a buscar con el auto, prefería venir sola en colectivo un rato antes. La veo elegante, ausente, calma y me escabullo acomodándome al lado con esa vocación de saberla a salvo para sentirme sin riesgo, proporcionarme una noción de amparo. Desde el último desmayo que tuvo yo prefiero confiar en que mi cercanía le solventará la próxima caída pero ella me habla sin alivio, mas bien con impaciencia de que empiece la ceremonia porque ya está cansada. Cansada no, aburrida está. Ansiosa por que esto termine para que empiece otra cosa que también pase rápido así va volando a acostarse a dormir y mañana amanece enseguida.
Seguro Laura no viene. Ya avisó que para navidad regalará algún cuadro que tenga pintado a quien valore su arte, y listo. Todavía se cree la reencarnación de Van Gogh, no quiere reconocer que es nieta ilegítima de Gauguin.
Y mami siempre lo mismo… que las fiestas son una pantomima y por eso no celebra pero alguna pavadita para que no pase desapercibido termina haciendo. Así con cada festejo. Tengo treinta y nueve pavaditas en lugar de cumpleaños. No quiero un micrófono en la cabeza todo el tiempo, yo necesitaría un grabador con forma de hebilla o de última un pent drive chiquito total me lo tapo con el pelo. La necesidad contraria de que todo pase sin notarse para que no pase nada.
Cuando nos ponemos de pie para recibir a nuestra enseña patria veo a mi cuñado entre los primeros asientos y me pongo en puntas de pies para mirar a Silvia parada al lado suyo, pero sola de él.
Cuando yo era chiquita descubrí una papa enterrada en una maceta y fui corriendo a avisarle que mami le estaba haciendo una brujería para que se peleara con un novio pobre que tenía, que le había quedado de las últimas vacaciones en la casa de la abuela en Villegas. Pero Silvia en vez de enojarse dijo que mejor, porque lo estaba tratando de dejar. Para salir con él había tenido que terminar con el novio rico que tenía en Jujuy, el día que lo dejó lloró él y su madre. La nuestra optó por manipulaciones más invasivas. Cuando nos vinimos a vivir a Rosario vinieron a visitarnos los dos. El rico mil veces y el pobre, una sola. Antes de que llegue, mami decía que seguro venía muerto de hambre para que lo mantuviéramos un tiempo y cuando vio que traía plata no sabía que decir y dijo que esperáramos. Silvia casi no estaba porque la empezaban a llamar de las escuelas que se había anotado para hacer los primeros reemplazos y papi disimulaba, como podía, la desilusión de que no supiera jugar al ajedrez preguntándole por la construcción. Supongamos que fuese albañil y se llamara Luis. El único día que Laura se dignó a llevarlo a pasear le preguntó si se había acostado con Silvia y el pobre no sabía cómo jurarle que no y que era verdad.
En la casa más hermosa que vivimos fue ésa, pero no tenía teléfono. Una tardecita aparecieron dos policías en la puerta preguntando por él y le avisaron que su padre había sufrido un accidente al caer de un andamio. A Luis se le pusieron los ojos llorosos, enrojecidos, preparó el bolso que había traído, nos agradeció a todos por todo mirando para abajo y se fue. Papi lo acompañó en el taxi hasta la Terminal de ómnibus. Silvia, por los nervios, se tentó de risa. Laura se puso a dibujar contornos que yo llenaba con fideítos municiones, y mami no paraba de decir que el tiempo le daba la razón, que si la policía vino a buscarlo era porque la plata que traía la habría robado en alguna parte y que si era verdad que el padre se había caído, estaría borracho. 
Entonamos las estrofas de nuestro himno nacional argentino y antes de que sean eternos los laureles mami me pregunta si la nena ya está en el escenario. ¿Y los bifocales de dos mil y pico de pesos? Me quedan horribles, ahora vas a ver.
Ya se entusiasmó. La miro mientras los busca en la cartera, le ayudo a abrir el estuche y desenredo la cadenita de las patillas, me da pena como se acomoda para que le cuelgue el par de lentes, como si fuera una medalla de honor. Y me acuerdo de que la psicóloga me dijo que mientras me dé lástima podrá manipularme. No ella, cualquiera.
Pienso en su juego favorito de elegir, al azar, entre un montón de viejas a la más fea y decirnos que es más linda que ella. Y uno no contestar nada, pero sigue, elige otra que se cae a pedazos y de nuevo, que ésa es más joven. Y ahí sí ya uno le dice que sí, que se re contra nota que esa mujer es muchísimo más joven que ella. Entonces para.
Pero esta vez no puedo y le digo la verdad: le quedan hermosos. Me mira seria y dice que eso es algo que me parece a mí pero estoy equivocada, que le quedan horribles aunque sean muy finos.
Mami no deseaba tener hijas, quería jugar a las muñecas con nenas de verdad.
Me duele, me desespera que los disparos hayan salido con tanta precisión que no sobrevivió nadie más que ella. Esa cortina de humo que quedó en el medio, toda la polvareda de personas convertidas en gente.
No podría hurgar en la cronología del tiempo transcurrido desde que me gradué en este mismo colegio hasta ahora porque volvería a perderme como antes, porque es como si en lugar de años se hubieran sucedido vidas. Me fijo en las chicas que terminan quinto hoy y me acuerdo que yo estaba así como se sienten ellas, protagonistas de la propia historia.
Pienso en las situaciones que nos alcanzan a todos, que nos igualan por más diferentes que seamos. Pienso en el disimulo y la simulación. En la vergüenza ajenamente propia que nos da descubrir esos fraudes chiquititos, cotidianos, perdonables. A veces ni siquiera es hacernos lo que no somos sino actuar lo que creemos ser. O sobreactuar. Pero el hecho de advertirlo, notar como se está sintiendo alguien cuando aún no es consciente de que lo está manifestando es lo feo, lo incómodo. Y uno baja la mirada, porque es como si al otro se le hubiera abierto la puerta de la intimidad y no se dio cuenta.
Cada vez que leo este último párrafo recorro mentalmente el pasillo del taller literario, la puerta del baño. Rememoro las mujeres suicidadas en la bañera y vuelvo a sufrir por el personaje que más quise.
Recibimos con un fuerte aplauso a la última promoción de mujeres, veo el desfile de polleras escocesas, la significancia asomando entre las tablas de los uniformes y se me ocurre que es una favorable conspiración astral quien coloca a mi sobrina en un lugar iniciático, transformador. Justo el año próximo ella será parte de la primera promoción mixta. Los varones existen, entonces. Y hasta son capaces.
Ya sé que me acosté con muchos hombres, le digo a mi psicóloga, pero no pude permanecer a la par de ninguna. Acto fallido. De ninguno. No sé cómo explicarte, son sucios. Ponéle, por ejemplo, se baña una mujer y se baña un hombre y cada uno se seca con una toalla distinta: la toalla de la mujer queda limpia y la del hombre no. Florencia se ríe, me pregunta si es una prueba científicamente testeada.
Tengo ganas de llorar y disimulo pero se nota. La pera me tiembla como si tuviera vida propia, ya casi ni me importa que se me vaya el gesto con tal de apresar el instante, la noción. Un algo que me sitúe para avanzar desde este punto, maniobrar en un mismo carril el pensamiento con lo emotivo. Si no abro la boca y lloro los chirlos recibidos al nacer voy a terminar muriéndome de verdad.
No entiendo como la mayoría de las mujeres los incorporan a sus vidas con tanta facilidad, ni como el resto los desmiembran con semejante certeza. ¿Es imprescindiblemente necesario saber si me atraen? A mí los animales me gustan mucho, me encantan las perras.
Tampoco es que los hombres me signifiquen una asignatura pendiente. O sí, pero no no creo. Pasa que quedarme con uno sería quedarme… Poner a prueba un oficio aprobado sin matrícula. Y para colmo se me venció la última acreditación heterosexual y no encuentro el analítico lésbico ni una fotocopia autenticada. Revuelvo todo el placar, se hace tardísimo y me pongo nerviosa porque ya no tengo tiempo de nada. Ahora siento enojo desesperación bronca. Maldita terapia cognitiva post racionalista pienso siento. Casi lo digo.
Mami sigue en pie pero su estrado matriarcal cede, cae desmoronado, caduco. Un rato después voy a saber que a Mailén le están temblando las piernas. En la fila de atrás está su novio parado al lado de mi sobrino, les sonrío pero el Poly me mira serio como cuando era chiquitito y avisaba que estaba empezando a ponerse celoso.
La madre superiora invita a las alumnas de quinto año hacer entrega de los símbolos patrios a sus sucesoras. Tengo nudos por todas partes, uno en cada plexo.
Su nombre suena fuertísimo en el micrófono. Ella sube al escenario poniendo en las manos un gesto muy femenino para que el pudor resguarde cualquier exageración, o me parece a mí. La banda celeste y blanca va a ocupar el lugar de su tradicional carterita de cuero con tachas y el símbolo de la paz. Recibe la bandera, la besa como parte del protocolo sin tener noción de todo esto que yo escribiré de ella, por mí. Jura el firme propósito de llevarla con dicha, humildad y respeto. O algo así promete.
Y es cierto eso que dice es verdad. Ella es cierta. Ella sí es cierta. De verdad.
Siento un orgullo ajeno del que no quiero desvincularme. Nosotras tres siempre ganamos chucherías, nunca fuimos realmente premiadas con algo, por algo… Digo algo grande importante que es como son los verdaderos premios. Se me ocurre que de haber ocurrido, su mamá habría soportado el peso de la exigencia, Laura lo hubiera canjeado por cualquier bijouterie artesanal y yo lo rechazaría con algún pretexto creíble. Pero ninguna de las tres estuvo en semejante compromiso y sin embargo mami nunca nos reprochó eso, eso por lo menos no.
Siento terror de que se me escape algo que tengo escondidísimo, un algo que se gestó mucho antes que yo pero que concluyó conmigo. Por suerte, de casualidad concluyó conmigo.
Cuando se nace tan tarde, en una familia que ya está aburrida de jugar a la casita se crece en una orfandad inubicable.
Mailén sigue en el escenario con la bandera argentina en el medio de las dos escoltas. No le saco una foto porque yo nunca podría quitarle nada, ni siquiera un gesto. Sonríe, ella siempre ríe. Cada vez que la pienso su cara acude al recuerdo con una risa. La miro la miro la miro. Me la imprimo en los ojos porque no la puedo atrapar ni detener, quedármela guardada en un marco atemporal. Verla cada vez que quiera encontrarme en el último lugar donde me perdí…
Necesitaría apropiarme de su valentía para entender recién ahora que yo también podría haberme inventado distinta de cómo me hicieron. Recorrerme de nuevo y acordarme de lo único que me había olvidado: yo nací entera. Me fui rompiendo después con las mudanzas y el cansancio de los muebles, tanta ropa. Por eso anduve perdida, desarmada, necesitando forrar cajas de mis propios fragmentos para que se queden guardados en una sola parte.
Vuelvo a mirarla parada solita por encima de una multitud que le cuelga los aplausos. Estando exactamente donde estoy, reconociendo la parcialidad entre edad y cronología me encuentro, de golpe me veo formando parte de esa mundanidad pero tocar el hombro de mi adolescencia sería como interrumpirla y viene siendo hora de concluir, el tiempo suplirá las diferencias ubicándonos en el lugar que corresponda. O ausentes.
Pero igual. Como sea, siempre me vuelven a dar esas ganas terribles de que los hijos de Silvia me pertenezcan como ideas como estrenos como míos, con derecho de autor. Y entonces me acuerdo de que a mí un hijo me hubiera salido como los relatos que escribo, un montón de equis superpuestas. Como los collages que hago, las cajas que forré. Puras mujeres ficcionadas con aire de familia.
Aunque sea innegable o por serlo, si yo sé que mami sufre por algo a mí me duele todo, y su hipocondría hizo cayos que podrían ser radiografiados.    
No quiero publicar un libro, con una sola página me arreglo, pero tendría que ser la primera. Una primera página para poder dedicársela… A MAMI. Y también necesitaría la tapa del libro. Una tapa que me tape la cara que tengo y que no le gusta. Una portada perfecta como ella. Y después, eso sí, ningún otro argumento como matriz. Poder dormir sin chupetear y despertar satisfecha. Destetarme sin hambre y sin asco.
No quiero ningún concurso, lo único que precisaba era esto. Exorcizarla. Escribirme de nuevo, sola, y que esa invención me desherede, me redima. Plagiar el vínculo y la definición de belleza para no morirme como se mueren las muñecas, que nacen y mueren sin vida. Sin la culpa de no parecerse a la madre, sin la necesidad de tener que hacerlo. Vivir la fealdad como excusa para no sufrir el insomnio de la bella durmiente. Vivir como sea porque esto no es la extremaunción, es un cuento.
                                                   



sábado, 13 de abril de 2013


 LA NECESIDAD COMO OBJETO

Escribir poesía así
no estaría ni bien ni mal
pero escribir poesía bien, está mal.
No me sale, no me gusta
no me gusta porque no me sale
me aburre más que la segunda partida de chinchón si pierdo.
Todo poquitito sin repetir y sin soplar que es un canto
abajo
a propósito
abajo
que no se note que no se diga y de nuevo
abajo.
Mejor escribirlo así
bien mal
con un sinfín de que
si total Carver dice que dijo y dijo, dice
entonces yo, qué.
Pensar en eso
al mismo tiempo que apilo una corrección encima de la otra
como si fueran pliegues:
un cuadrado de papel que por más grande que sea no se puede doblar más de siete veces.
¿No? Prueben.
Estos pensamientos
se gestan  me nacen
como la necesidad inmediata de concluir algo
dar
por finalizado lo que me antecede.
Pero es como el cuento de la buena pipa
como los orgasmos femeninos.
Ideas malditas
que me despiertan de madrugada
de golpe de la nada
se me salen de la nuca como piojos y me quedan en la frente
como mosquitos reventados
la mano con sangre
con asco
con los dedos con olor a sangre
con el zumbido de otro más que ya casi me pica
pero no no,  no es eso.
Es el sueño repetido de que leo
frente a una multitud (bueno… un público)
y entonces
yo estoy leyendo un texto propio conocido mío
pero
en el segundo o tercer renglón aparecen palabras en un idioma que no sé pronunciar.
Me levanto y escribo
porque al escribirlos los pensamientos
se plasman
en un acto creativo retórico digno. Más que nada
digno.
Así pesa menos el acarreo diario de ser. De parecerse a uno mismo.
Andar con la ambivalencia
de un objeto
que pase desapercibido como necesidad y no se asocie
por la forma parecida
a una teta o de un cigarrillo.
Yo
que tiendo a imaginar todo siempre creo que eso es todo
pero ahora
pienso en esto solo.
Pienso en esto, sólo así.
¿Y qué?