DESAHOGO
(siete de diciembre de dos mil doce)
La
sensación térmica es de cuarenta y cinco grados y acá, en el salón de
actos se convierte en una realidad inobjetable.
Mami
no quiso que la pasaran a buscar con el auto, prefería venir sola en colectivo
un rato antes. La veo elegante, ausente, calma y me escabullo acomodándome al
lado con esa vocación de saberla a salvo para sentirme sin riesgo,
proporcionarme una noción de amparo. Desde el último desmayo que tuvo yo
prefiero confiar en que mi cercanía le solventará la próxima caída pero ella me
habla sin alivio, mas bien con impaciencia de que empiece la ceremonia porque
ya está cansada. Cansada no, aburrida está. Ansiosa por que esto termine para
que empiece otra cosa que también pase rápido así va volando a acostarse a
dormir y mañana amanece enseguida.
Seguro
Laura no viene. Ya avisó que para navidad regalará algún cuadro que tenga
pintado a quien valore su arte, y listo. Todavía se cree la reencarnación de
Van Gogh, no quiere reconocer que es nieta ilegítima de Gauguin.
Y
mami siempre lo mismo… que las fiestas son una pantomima y por eso no celebra
pero alguna pavadita para que no pase desapercibido termina haciendo. Así con
cada festejo. Tengo treinta y nueve pavaditas en lugar de cumpleaños. No quiero
un micrófono en la cabeza todo el tiempo, yo necesitaría un grabador con forma
de hebilla o de última un pent drive chiquito total me lo tapo con el pelo. La
necesidad contraria de que todo pase sin notarse para que no pase nada.
Cuando
nos ponemos de pie para recibir a nuestra enseña patria veo a mi cuñado entre
los primeros asientos y me pongo en puntas de pies para mirar a Silvia parada
al lado suyo, pero sola de él.
Cuando
yo era chiquita descubrí una papa enterrada en una maceta y fui corriendo a
avisarle que mami le estaba haciendo una brujería para que se peleara con un
novio pobre que tenía, que le había quedado de las últimas vacaciones en la
casa de la abuela en Villegas. Pero Silvia en vez de enojarse dijo que mejor,
porque lo estaba tratando de dejar. Para salir con
él había tenido que terminar con el novio rico que tenía en Jujuy, el día que
lo dejó lloró él y su madre. La nuestra optó por manipulaciones más invasivas.
Cuando nos vinimos a vivir a Rosario vinieron a visitarnos los dos. El rico mil
veces y el pobre, una sola. Antes de que llegue, mami decía que seguro venía
muerto de hambre para que lo mantuviéramos un tiempo y cuando vio que traía
plata no sabía que decir y dijo que esperáramos. Silvia casi no estaba porque
la empezaban a llamar de las escuelas que se había anotado para hacer los
primeros reemplazos y papi disimulaba, como podía, la desilusión de que no
supiera jugar al ajedrez preguntándole por la construcción. Supongamos que
fuese albañil y se llamara Luis. El único día que Laura se dignó a llevarlo a
pasear le preguntó si se había acostado con Silvia y el pobre no sabía cómo
jurarle que no y que era verdad.
En
la casa más hermosa que vivimos fue ésa, pero no tenía teléfono. Una tardecita
aparecieron dos policías en la puerta preguntando por él y le avisaron que su
padre había sufrido un accidente al caer de un andamio. A Luis se le pusieron
los ojos llorosos, enrojecidos, preparó el bolso que había traído, nos
agradeció a todos por todo mirando para abajo y se fue. Papi lo acompañó en el taxi hasta la Terminal de ómnibus. Silvia, por los nervios, se tentó de risa. Laura se puso a dibujar contornos que yo llenaba con fideítos municiones, y
mami no paraba de decir que el tiempo le daba la razón, que si la policía vino
a buscarlo era porque la plata que traía la habría robado en alguna parte y que
si era verdad que el padre se había caído, estaría borracho.
Entonamos
las estrofas de nuestro himno nacional argentino y antes de que sean eternos
los laureles mami me pregunta si la nena ya está en el escenario. ¿Y los
bifocales de dos mil y pico de pesos? Me quedan horribles, ahora vas a ver.
Ya
se entusiasmó. La miro mientras los busca en la cartera, le ayudo a abrir el
estuche y desenredo la cadenita de las patillas, me da pena como se acomoda
para que le cuelgue el par de lentes, como si fuera una medalla de honor. Y me
acuerdo de que la psicóloga me dijo que mientras me dé lástima podrá
manipularme. No ella, cualquiera.
Pienso
en su juego favorito de elegir, al azar, entre un montón de viejas a la más fea
y decirnos que es más linda que ella. Y uno no contestar nada, pero sigue,
elige otra que se cae a pedazos y de nuevo, que ésa es más joven. Y ahí sí ya
uno le dice que sí, que se re contra nota que esa mujer es muchísimo más joven
que ella. Entonces para.
Pero
esta vez no puedo y le digo la verdad: le quedan hermosos. Me mira seria y dice
que eso es algo que me parece a mí pero estoy equivocada, que le quedan
horribles aunque sean muy finos.
Mami
no deseaba tener hijas, quería jugar a las muñecas con nenas de verdad.
Me
duele, me desespera que los disparos hayan salido con tanta precisión que no
sobrevivió nadie más que ella. Esa cortina de humo que quedó en el medio, toda
la polvareda de personas convertidas en gente.
No
podría hurgar en la cronología del tiempo transcurrido desde que me gradué en
este mismo colegio hasta ahora porque volvería a perderme como antes, porque es
como si en lugar de años se hubieran sucedido vidas. Me fijo en las chicas que
terminan quinto hoy y me acuerdo que yo estaba así como se sienten ellas,
protagonistas de la propia historia.
Pienso
en las situaciones que nos alcanzan a todos, que nos igualan por más diferentes
que seamos. Pienso en el disimulo y la simulación. En la vergüenza ajenamente
propia que nos da descubrir esos fraudes chiquititos, cotidianos, perdonables.
A veces ni siquiera es hacernos lo que no somos sino actuar lo que creemos ser.
O sobreactuar. Pero el hecho de advertirlo, notar como se está sintiendo
alguien cuando aún no es consciente de que lo está manifestando es lo feo, lo
incómodo. Y uno baja la mirada, porque es como si al otro se le hubiera abierto
la puerta de la intimidad y no se dio cuenta.
Cada
vez que leo este último párrafo recorro mentalmente el pasillo del taller literario, la
puerta del baño. Rememoro las mujeres suicidadas en la bañera y vuelvo a sufrir
por el personaje que más quise.
Recibimos
con un fuerte aplauso a la última promoción de mujeres, veo el desfile de
polleras escocesas, la significancia asomando entre las tablas de los uniformes
y se me ocurre que es una favorable conspiración astral quien coloca a mi
sobrina en un lugar iniciático, transformador. Justo el año próximo ella será
parte de la primera promoción mixta. Los varones existen, entonces. Y hasta son
capaces.
Ya
sé que me acosté con muchos hombres, le digo a mi psicóloga, pero no pude permanecer
a la par de ninguna. Acto fallido. De ninguno. No sé cómo explicarte, son
sucios. Ponéle, por ejemplo, se baña una mujer y se baña un hombre y cada uno se
seca con una toalla distinta: la toalla de la mujer queda limpia y la del
hombre no. Florencia se ríe, me pregunta si es una prueba científicamente
testeada.
Tengo
ganas de llorar y disimulo pero se nota. La pera me tiembla como si tuviera
vida propia, ya casi ni me importa que se me vaya el gesto con tal de apresar
el instante, la noción. Un algo que me sitúe para avanzar desde este punto,
maniobrar en un mismo carril el pensamiento con lo emotivo. Si no abro la boca
y lloro los chirlos recibidos al nacer voy a terminar muriéndome de verdad.
No
entiendo como la mayoría de las mujeres los incorporan a sus vidas con tanta
facilidad, ni como el resto los desmiembran con semejante certeza. ¿Es
imprescindiblemente necesario saber si me atraen? A mí los animales me gustan
mucho, me encantan las perras.
Tampoco
es que los hombres me signifiquen una asignatura pendiente. O sí, pero no no
creo. Pasa que quedarme con uno sería quedarme… Poner a prueba un oficio
aprobado sin matrícula. Y para colmo se me venció la última acreditación
heterosexual y no encuentro el analítico lésbico ni una fotocopia autenticada.
Revuelvo todo el placar, se hace tardísimo y me pongo nerviosa porque ya no
tengo tiempo de nada. Ahora siento enojo desesperación bronca. Maldita terapia
cognitiva post racionalista pienso siento. Casi lo digo.
Mami
sigue en pie pero su estrado matriarcal cede, cae desmoronado, caduco. Un rato
después voy a saber que a Mailén le están temblando las piernas. En la fila de
atrás está su novio parado al lado de mi sobrino, les sonrío pero el Poly me
mira serio como cuando era chiquitito y avisaba que estaba empezando a ponerse
celoso.
La
madre superiora invita a las alumnas de quinto año hacer entrega de los
símbolos patrios a sus sucesoras. Tengo nudos por todas partes, uno en cada
plexo.
Su
nombre suena fuertísimo en el micrófono. Ella sube al escenario poniendo en las
manos un gesto muy femenino para que el pudor resguarde cualquier exageración,
o me parece a mí. La banda celeste y blanca va a ocupar el lugar de su
tradicional carterita de cuero con tachas y el símbolo de la paz. Recibe la
bandera, la besa como parte del protocolo sin tener noción de todo esto que yo
escribiré de ella, por mí. Jura el firme propósito de llevarla con dicha,
humildad y respeto. O algo así promete.
Y
es cierto eso que dice es verdad. Ella es cierta. Ella sí es cierta. De verdad.
Siento
un orgullo ajeno del que no quiero desvincularme. Nosotras tres siempre ganamos
chucherías, nunca fuimos realmente premiadas con algo, por algo… Digo algo
grande importante que es como son los verdaderos premios. Se me ocurre que de
haber ocurrido, su mamá habría soportado el peso de la exigencia, Laura lo hubiera
canjeado por cualquier bijouterie artesanal y yo lo rechazaría con algún
pretexto creíble. Pero ninguna de las tres estuvo en semejante compromiso y sin
embargo mami nunca nos reprochó eso, eso por lo menos no.
Siento
terror de que se me escape algo que tengo escondidísimo, un algo que se gestó
mucho antes que yo pero que concluyó conmigo. Por suerte, de casualidad
concluyó conmigo.
Cuando
se nace tan tarde, en una familia que ya está aburrida de jugar a la casita se
crece en una orfandad inubicable.
Mailén
sigue en el escenario con la bandera argentina en el medio de las dos escoltas.
No le saco una foto porque yo nunca podría quitarle nada, ni siquiera un gesto.
Sonríe, ella siempre ríe. Cada vez que la pienso su cara acude al recuerdo con
una risa. La miro la miro la miro. Me la imprimo en los ojos porque no la puedo
atrapar ni detener, quedármela guardada en un marco atemporal. Verla cada vez
que quiera encontrarme en el último lugar donde me perdí…
Necesitaría
apropiarme de su valentía para entender recién ahora que yo también podría haberme
inventado distinta de cómo me hicieron. Recorrerme de nuevo y acordarme de lo
único que me había olvidado: yo nací entera. Me fui rompiendo después con las
mudanzas y el cansancio de los muebles, tanta ropa. Por eso anduve perdida,
desarmada, necesitando forrar cajas de mis propios fragmentos para que se
queden guardados en una sola parte.
Vuelvo
a mirarla parada solita por encima de una multitud que le cuelga los aplausos.
Estando exactamente donde estoy, reconociendo la parcialidad entre edad y
cronología me encuentro, de golpe me veo formando parte de esa mundanidad pero
tocar el hombro de mi adolescencia sería como interrumpirla y viene siendo hora
de concluir, el tiempo suplirá las diferencias ubicándonos en el lugar que
corresponda. O ausentes.
Pero
igual. Como sea, siempre me vuelven a dar esas ganas terribles de que los hijos
de Silvia me pertenezcan como ideas como estrenos como míos, con derecho de
autor. Y entonces me acuerdo de que a mí un hijo me hubiera salido como los
relatos que escribo, un montón de equis superpuestas. Como los collages que
hago, las cajas que forré. Puras mujeres ficcionadas con aire de familia.
Aunque
sea innegable o por serlo, si yo sé que mami sufre por algo a mí me duele todo,
y su hipocondría hizo cayos que podrían ser radiografiados.
No
quiero publicar un libro, con una sola página me arreglo, pero tendría que ser
la primera. Una primera página para poder dedicársela… A MAMI. Y también necesitaría la tapa del libro. Una tapa que me
tape la cara que tengo y que no le gusta. Una portada perfecta como ella. Y
después, eso sí, ningún otro argumento como matriz. Poder dormir sin chupetear
y despertar satisfecha. Destetarme sin hambre y sin asco.
No
quiero ningún concurso, lo único que precisaba era esto. Exorcizarla.
Escribirme de nuevo, sola, y que esa invención me desherede, me redima. Plagiar
el vínculo y la definición de belleza para no morirme como se mueren las
muñecas, que nacen y mueren sin vida. Sin la culpa de no parecerse a la madre,
sin la necesidad de tener que hacerlo. Vivir la fealdad como excusa para no
sufrir el insomnio de la bella durmiente. Vivir como sea porque esto no es la
extremaunción, es un cuento.