minarrativa

sábado, 20 de abril de 2013


DESAHOGO

(siete de diciembre de dos mil doce)

La sensación térmica es de cuarenta y cinco grados y acá, en el salón de actos se convierte en una realidad inobjetable.
Mami no quiso que la pasaran a buscar con el auto, prefería venir sola en colectivo un rato antes. La veo elegante, ausente, calma y me escabullo acomodándome al lado con esa vocación de saberla a salvo para sentirme sin riesgo, proporcionarme una noción de amparo. Desde el último desmayo que tuvo yo prefiero confiar en que mi cercanía le solventará la próxima caída pero ella me habla sin alivio, mas bien con impaciencia de que empiece la ceremonia porque ya está cansada. Cansada no, aburrida está. Ansiosa por que esto termine para que empiece otra cosa que también pase rápido así va volando a acostarse a dormir y mañana amanece enseguida.
Seguro Laura no viene. Ya avisó que para navidad regalará algún cuadro que tenga pintado a quien valore su arte, y listo. Todavía se cree la reencarnación de Van Gogh, no quiere reconocer que es nieta ilegítima de Gauguin.
Y mami siempre lo mismo… que las fiestas son una pantomima y por eso no celebra pero alguna pavadita para que no pase desapercibido termina haciendo. Así con cada festejo. Tengo treinta y nueve pavaditas en lugar de cumpleaños. No quiero un micrófono en la cabeza todo el tiempo, yo necesitaría un grabador con forma de hebilla o de última un pent drive chiquito total me lo tapo con el pelo. La necesidad contraria de que todo pase sin notarse para que no pase nada.
Cuando nos ponemos de pie para recibir a nuestra enseña patria veo a mi cuñado entre los primeros asientos y me pongo en puntas de pies para mirar a Silvia parada al lado suyo, pero sola de él.
Cuando yo era chiquita descubrí una papa enterrada en una maceta y fui corriendo a avisarle que mami le estaba haciendo una brujería para que se peleara con un novio pobre que tenía, que le había quedado de las últimas vacaciones en la casa de la abuela en Villegas. Pero Silvia en vez de enojarse dijo que mejor, porque lo estaba tratando de dejar. Para salir con él había tenido que terminar con el novio rico que tenía en Jujuy, el día que lo dejó lloró él y su madre. La nuestra optó por manipulaciones más invasivas. Cuando nos vinimos a vivir a Rosario vinieron a visitarnos los dos. El rico mil veces y el pobre, una sola. Antes de que llegue, mami decía que seguro venía muerto de hambre para que lo mantuviéramos un tiempo y cuando vio que traía plata no sabía que decir y dijo que esperáramos. Silvia casi no estaba porque la empezaban a llamar de las escuelas que se había anotado para hacer los primeros reemplazos y papi disimulaba, como podía, la desilusión de que no supiera jugar al ajedrez preguntándole por la construcción. Supongamos que fuese albañil y se llamara Luis. El único día que Laura se dignó a llevarlo a pasear le preguntó si se había acostado con Silvia y el pobre no sabía cómo jurarle que no y que era verdad.
En la casa más hermosa que vivimos fue ésa, pero no tenía teléfono. Una tardecita aparecieron dos policías en la puerta preguntando por él y le avisaron que su padre había sufrido un accidente al caer de un andamio. A Luis se le pusieron los ojos llorosos, enrojecidos, preparó el bolso que había traído, nos agradeció a todos por todo mirando para abajo y se fue. Papi lo acompañó en el taxi hasta la Terminal de ómnibus. Silvia, por los nervios, se tentó de risa. Laura se puso a dibujar contornos que yo llenaba con fideítos municiones, y mami no paraba de decir que el tiempo le daba la razón, que si la policía vino a buscarlo era porque la plata que traía la habría robado en alguna parte y que si era verdad que el padre se había caído, estaría borracho. 
Entonamos las estrofas de nuestro himno nacional argentino y antes de que sean eternos los laureles mami me pregunta si la nena ya está en el escenario. ¿Y los bifocales de dos mil y pico de pesos? Me quedan horribles, ahora vas a ver.
Ya se entusiasmó. La miro mientras los busca en la cartera, le ayudo a abrir el estuche y desenredo la cadenita de las patillas, me da pena como se acomoda para que le cuelgue el par de lentes, como si fuera una medalla de honor. Y me acuerdo de que la psicóloga me dijo que mientras me dé lástima podrá manipularme. No ella, cualquiera.
Pienso en su juego favorito de elegir, al azar, entre un montón de viejas a la más fea y decirnos que es más linda que ella. Y uno no contestar nada, pero sigue, elige otra que se cae a pedazos y de nuevo, que ésa es más joven. Y ahí sí ya uno le dice que sí, que se re contra nota que esa mujer es muchísimo más joven que ella. Entonces para.
Pero esta vez no puedo y le digo la verdad: le quedan hermosos. Me mira seria y dice que eso es algo que me parece a mí pero estoy equivocada, que le quedan horribles aunque sean muy finos.
Mami no deseaba tener hijas, quería jugar a las muñecas con nenas de verdad.
Me duele, me desespera que los disparos hayan salido con tanta precisión que no sobrevivió nadie más que ella. Esa cortina de humo que quedó en el medio, toda la polvareda de personas convertidas en gente.
No podría hurgar en la cronología del tiempo transcurrido desde que me gradué en este mismo colegio hasta ahora porque volvería a perderme como antes, porque es como si en lugar de años se hubieran sucedido vidas. Me fijo en las chicas que terminan quinto hoy y me acuerdo que yo estaba así como se sienten ellas, protagonistas de la propia historia.
Pienso en las situaciones que nos alcanzan a todos, que nos igualan por más diferentes que seamos. Pienso en el disimulo y la simulación. En la vergüenza ajenamente propia que nos da descubrir esos fraudes chiquititos, cotidianos, perdonables. A veces ni siquiera es hacernos lo que no somos sino actuar lo que creemos ser. O sobreactuar. Pero el hecho de advertirlo, notar como se está sintiendo alguien cuando aún no es consciente de que lo está manifestando es lo feo, lo incómodo. Y uno baja la mirada, porque es como si al otro se le hubiera abierto la puerta de la intimidad y no se dio cuenta.
Cada vez que leo este último párrafo recorro mentalmente el pasillo del taller literario, la puerta del baño. Rememoro las mujeres suicidadas en la bañera y vuelvo a sufrir por el personaje que más quise.
Recibimos con un fuerte aplauso a la última promoción de mujeres, veo el desfile de polleras escocesas, la significancia asomando entre las tablas de los uniformes y se me ocurre que es una favorable conspiración astral quien coloca a mi sobrina en un lugar iniciático, transformador. Justo el año próximo ella será parte de la primera promoción mixta. Los varones existen, entonces. Y hasta son capaces.
Ya sé que me acosté con muchos hombres, le digo a mi psicóloga, pero no pude permanecer a la par de ninguna. Acto fallido. De ninguno. No sé cómo explicarte, son sucios. Ponéle, por ejemplo, se baña una mujer y se baña un hombre y cada uno se seca con una toalla distinta: la toalla de la mujer queda limpia y la del hombre no. Florencia se ríe, me pregunta si es una prueba científicamente testeada.
Tengo ganas de llorar y disimulo pero se nota. La pera me tiembla como si tuviera vida propia, ya casi ni me importa que se me vaya el gesto con tal de apresar el instante, la noción. Un algo que me sitúe para avanzar desde este punto, maniobrar en un mismo carril el pensamiento con lo emotivo. Si no abro la boca y lloro los chirlos recibidos al nacer voy a terminar muriéndome de verdad.
No entiendo como la mayoría de las mujeres los incorporan a sus vidas con tanta facilidad, ni como el resto los desmiembran con semejante certeza. ¿Es imprescindiblemente necesario saber si me atraen? A mí los animales me gustan mucho, me encantan las perras.
Tampoco es que los hombres me signifiquen una asignatura pendiente. O sí, pero no no creo. Pasa que quedarme con uno sería quedarme… Poner a prueba un oficio aprobado sin matrícula. Y para colmo se me venció la última acreditación heterosexual y no encuentro el analítico lésbico ni una fotocopia autenticada. Revuelvo todo el placar, se hace tardísimo y me pongo nerviosa porque ya no tengo tiempo de nada. Ahora siento enojo desesperación bronca. Maldita terapia cognitiva post racionalista pienso siento. Casi lo digo.
Mami sigue en pie pero su estrado matriarcal cede, cae desmoronado, caduco. Un rato después voy a saber que a Mailén le están temblando las piernas. En la fila de atrás está su novio parado al lado de mi sobrino, les sonrío pero el Poly me mira serio como cuando era chiquitito y avisaba que estaba empezando a ponerse celoso.
La madre superiora invita a las alumnas de quinto año hacer entrega de los símbolos patrios a sus sucesoras. Tengo nudos por todas partes, uno en cada plexo.
Su nombre suena fuertísimo en el micrófono. Ella sube al escenario poniendo en las manos un gesto muy femenino para que el pudor resguarde cualquier exageración, o me parece a mí. La banda celeste y blanca va a ocupar el lugar de su tradicional carterita de cuero con tachas y el símbolo de la paz. Recibe la bandera, la besa como parte del protocolo sin tener noción de todo esto que yo escribiré de ella, por mí. Jura el firme propósito de llevarla con dicha, humildad y respeto. O algo así promete.
Y es cierto eso que dice es verdad. Ella es cierta. Ella sí es cierta. De verdad.
Siento un orgullo ajeno del que no quiero desvincularme. Nosotras tres siempre ganamos chucherías, nunca fuimos realmente premiadas con algo, por algo… Digo algo grande importante que es como son los verdaderos premios. Se me ocurre que de haber ocurrido, su mamá habría soportado el peso de la exigencia, Laura lo hubiera canjeado por cualquier bijouterie artesanal y yo lo rechazaría con algún pretexto creíble. Pero ninguna de las tres estuvo en semejante compromiso y sin embargo mami nunca nos reprochó eso, eso por lo menos no.
Siento terror de que se me escape algo que tengo escondidísimo, un algo que se gestó mucho antes que yo pero que concluyó conmigo. Por suerte, de casualidad concluyó conmigo.
Cuando se nace tan tarde, en una familia que ya está aburrida de jugar a la casita se crece en una orfandad inubicable.
Mailén sigue en el escenario con la bandera argentina en el medio de las dos escoltas. No le saco una foto porque yo nunca podría quitarle nada, ni siquiera un gesto. Sonríe, ella siempre ríe. Cada vez que la pienso su cara acude al recuerdo con una risa. La miro la miro la miro. Me la imprimo en los ojos porque no la puedo atrapar ni detener, quedármela guardada en un marco atemporal. Verla cada vez que quiera encontrarme en el último lugar donde me perdí…
Necesitaría apropiarme de su valentía para entender recién ahora que yo también podría haberme inventado distinta de cómo me hicieron. Recorrerme de nuevo y acordarme de lo único que me había olvidado: yo nací entera. Me fui rompiendo después con las mudanzas y el cansancio de los muebles, tanta ropa. Por eso anduve perdida, desarmada, necesitando forrar cajas de mis propios fragmentos para que se queden guardados en una sola parte.
Vuelvo a mirarla parada solita por encima de una multitud que le cuelga los aplausos. Estando exactamente donde estoy, reconociendo la parcialidad entre edad y cronología me encuentro, de golpe me veo formando parte de esa mundanidad pero tocar el hombro de mi adolescencia sería como interrumpirla y viene siendo hora de concluir, el tiempo suplirá las diferencias ubicándonos en el lugar que corresponda. O ausentes.
Pero igual. Como sea, siempre me vuelven a dar esas ganas terribles de que los hijos de Silvia me pertenezcan como ideas como estrenos como míos, con derecho de autor. Y entonces me acuerdo de que a mí un hijo me hubiera salido como los relatos que escribo, un montón de equis superpuestas. Como los collages que hago, las cajas que forré. Puras mujeres ficcionadas con aire de familia.
Aunque sea innegable o por serlo, si yo sé que mami sufre por algo a mí me duele todo, y su hipocondría hizo cayos que podrían ser radiografiados.    
No quiero publicar un libro, con una sola página me arreglo, pero tendría que ser la primera. Una primera página para poder dedicársela… A MAMI. Y también necesitaría la tapa del libro. Una tapa que me tape la cara que tengo y que no le gusta. Una portada perfecta como ella. Y después, eso sí, ningún otro argumento como matriz. Poder dormir sin chupetear y despertar satisfecha. Destetarme sin hambre y sin asco.
No quiero ningún concurso, lo único que precisaba era esto. Exorcizarla. Escribirme de nuevo, sola, y que esa invención me desherede, me redima. Plagiar el vínculo y la definición de belleza para no morirme como se mueren las muñecas, que nacen y mueren sin vida. Sin la culpa de no parecerse a la madre, sin la necesidad de tener que hacerlo. Vivir la fealdad como excusa para no sufrir el insomnio de la bella durmiente. Vivir como sea porque esto no es la extremaunción, es un cuento.