LA NECESIDAD COMO OBJETO
Escribir poesía así
no estaría ni bien ni mal
pero escribir poesía bien, está mal.
No me sale, no me gusta
no me gusta porque no me sale
me aburre más que la segunda partida de
chinchón si pierdo.
Todo poquitito sin repetir y sin soplar
que es un canto
abajo
a propósito
abajo
que no se note que no se diga y de nuevo
abajo.
Mejor escribirlo así
bien mal
con un sinfín de que
si total Carver dice que dijo y dijo,
dice
entonces yo, qué.
Pensar en eso
al mismo tiempo que apilo una corrección
encima de la otra
como si fueran pliegues:
un cuadrado de papel que por más grande que
sea no se puede doblar más de siete veces.
¿No? Prueben.
Estos pensamientos
se gestan me nacen
como la necesidad inmediata de concluir
algo
dar
por finalizado lo que me antecede.
Pero es como el cuento de la buena pipa
como los orgasmos femeninos.
Ideas malditas
que me despiertan de madrugada
de golpe de la nada
se me salen de la nuca como piojos y me
quedan en la frente
como mosquitos reventados
la mano con sangre
con asco
con los dedos con olor a sangre
con el zumbido de otro más que ya casi
me pica
pero no no, no es eso.
Es el sueño repetido de que
leo
frente a una multitud (bueno… un
público)
y entonces
yo estoy leyendo un texto propio
conocido mío
pero
en el segundo o tercer renglón aparecen
palabras en un idioma que no sé pronunciar.
Me levanto y escribo
porque al escribirlos los pensamientos
se plasman
en un acto creativo retórico digno. Más que
nada
digno.
Así pesa menos el acarreo diario de ser.
De parecerse a uno mismo.
Andar con la ambivalencia
de un objeto
que pase desapercibido como necesidad y
no se asocie
por la forma parecida
a una teta o de un cigarrillo.
Yo
que tiendo a imaginar todo siempre creo que
eso es todo
pero ahora
pienso en esto solo.
Pienso en esto, sólo así.
¿Y qué?