minarrativa

domingo, 27 de diciembre de 2015

Pareciera que las fiestas no festejadas comienzan en Rosario, y no porque en Jujuy lo hiciéramos, es sólo que yo sería muy chiquita y eso, por lo menos, se me pasaba por alto. Existen fogonazos atemporales, recuerdos propulsores de otros recuerdos, sé, por ejemplo que la noche anterior a cumplir siete años soñé que abría un ropero y tenía un montón de yiscas y a la mañana siguiente recibí mi primera carterita, de color amarillo con la imagen del patito feo. Un día después, el 22 de noviembre de 1980 partimos, fue a despedirnos un montón de gente a la terminal, vecinos, amigos de Laura, el ex novio de Silvia, una profesora suya. Cuando papi vio a los Chocobar parados más lejos, en la otra plataforma le dijo a mami, querida ahí vino a saludar esta gente, dió un par de pasos largos, extendio el brazo como anticipando un abrazo y le dijo al hombre, venga hombre, venga. Ellos caminaron hacia nosotros con timidez y dignidad, la señora agarró las manos de mami, se las besó, pronunció despacito pocas palabras pero yo sentí que hablaba de una inmensidad. Ellos nos idealizaban, nos creían capaces de una bondad que yo no creo que tuviésemos. Vivían en un pueblito de Tilcara y todos los años venían a Ledesma durante la época de la zafra, a trabajar. La primera vez vino el hombre solo, desesperado, le dijo a mami que la chiquita se les moría, que tenía unas fiebres altisimas y que en cuanto se dormía despertaba sobresaltada llorando a gritos, mami no se movió del umbral de la puerta, le dijo que viniera la mujer sola con la bebé, que ella iba a hacer lo posible. Lo primero que hizo fue acompañarla a un hospital, hablar con los médicos, escucharlos, comprar los medicamentos necesarios y llevarlas a casa. Me acuerdo que hacía un calor terrible, serían como las cuatro de la tarde cuando llegaron, mami cerró las persianas y dejó abiertas todas las puertas y, inexplicablemente, empezó a correr un aire fresco, renovador. Acostó a la bebé sobre una sábana blanca en un sillón del living, trajo un plato con agua, un gotero y el aceite, se sentó y inició el ritual. Cuando concluyó invitó a la mujer a pasar a la cocina y tomar algo fresco, le sirvió té frio pero ella no aguantó y se preparó el mate. Mami se daba cuenta que la mujer no se podía concentrar en lo que hablaban porque estaba pendiente que la bebé despertara con uno de esos llantos atronadores, entonces no le habló más, volvió a conducirla hasta el living y esperó en silencio junto a ella hasta que Romelia despertó como despiertan todos los bebés, estirando los bracitos, formando en el aire cículos con los pies, sonriendo a la primera mirada que se acerca, colgándose de ella como el punte infinito que lleva directo a la vida. Los Chocobar tenían tres hijos más, Adriana era la mayor, mami la contrató para que le ayude en los quehaceres domésticos pero Adriana enseguida construyó un amor platónico con mi hermana, se embarazó de un hombre cualquiera y en la zafra siguiente apareció con una hija que bautizó con el nombre de Laura porque decía que se le parecía, la nenita nada que ver pero nadie le dijo nada, un chico de catorce o quince años que trabajaba a la par de su padre en la cosecha, y Carmencita que tenía mas o menos mi edad, a mi me aburría jugar con ella porque no tenía proporción de las cosas, armaba casitas con ollas más grandes que la mesa, era fácil ganarle a todo, enseguida se cansaba de correr, tenía verguenza de desfilar y mami me retaba, me decía que no fuese tan mala, que esa nena no tenía una alimentación adecuada como yo. Y yo no podía decirle que yo tampoco me sentía alimentada, porque hambre no tenía, pero llena, satisfecha, no estaba. Ese día en la terminal de ómnibus vi a Carmencita vestida como para una comunión, mami a mi me había puesto ropa cómoda para el viaje y me dió tristeza, desamparo... no sé que fue lo que me pasó cuando le vi las puntillas en el borde del vestidito, los zoquetes con el calor que hacía. Ella corrió hacia mi y me abrazó llorando con un llanto imparable, con una fuerza y una impulsividad inconcebible que no condecía con su debilidad. Mami no habrá visto, no sé, pero fue Laura quien se agachó y me dijo despacito sonriendo, abrazala. Un permiso, una apertura, una enseñanza soslayada para permitirse abarcar lo que creemos diferente. En Tucumán hicimos trasbordo y subimos al tren, ése fue el momento donde todos sentimos que de verdad nos íbamos. Mami y Laura suspiraron felices, papi permaneció callado y Silvia dijo, pensar que nunca más vamos a volver. A mi, como nadie me explicó pasé mucho tiempo sin saber si seguíamos de viaje haciendo trasbordos o ya habíamos llegado a Rosario.
Durante muchisimo tiempo pareciera que en lugar de caminar, anduve. O levité. Ahora parece que la mejor forma es dar un paso atras de otro, y yo no aguanto, no puedo sostener el ritmo, me zambullo en lo que me subyace aunque siempre naufrague en las márgenes de mi propia procedencia. Mi procedencia es como ese juguete redondo con una ranura en todo el centro y un piolín alrededor que sube y baja, la misma fuerza con la que sale, lo retrae. Un yo-yo.
Hay una cantidad innumerable de recuerdos de fiestas sin fiesta y de brindis festejados hasta con ruido, sin cronología, pasajes analógicos que son mas bien saltos que pasos. Ya los días anteriores decir felicidades como mucho es pura educación, compromiso, englobar una época festiva que no me pone alegre, que me digan felices fiestas y no poder dejar de sentir que el festejo es ajeno, pensar con ironía, con bronca ¿la fiesta de quién? Vivir siempre las celebraciones, los agasajos, sin estar contenta. Cuando mucho tranquila. 
Yo pasé el fin del año 82 con mis hermanas, las tres solas en un parque comiendo sanguchitos de pan lactal y salchichón primavera con gancia, porque mami se había hecho un aborto esa misma tarde y papi estaba en casa cuidándola, Laura hacía menos de un mes que acababa de quedar viuda de un casamiento acaecido seis meses antes, en el momento de levantar los vasos de plástico para brindar pasó por Pellegrini un colectivo, tocó bocina y yo sentí que al menos existía alguien capaz de corroborar nuestras existencias.
Después pasé fiestas durmiendo, despierta, esperando la hora de irme a bailar, bailando con un novio en la isla, con mami y papi despiertos, levantando una copa para brindar la llegada del 2000, sola con Laura sola en Brasil, con papi enfermo con mami sola cuidándolo, sola con la perrita que tuve absolutamente sola, con la familia política de Silvia, con familias completamente desconocidas, con personas entrañablemente cercanas y muy muy queridas, los papás de Gabriela.
Esta navidad la paso con tres amigos, los quiero sin esperar que la reciprocidad argumente el cariño que les tengo porque entiendo que es imposible tal sincronía.
A veces todavia me parece que en lugar de caminar, ando. Que tantear el transcurrir, los bordes de mi procedencia es lo único que no me desorienta. Porque si no es el yo-yo, es el juego de la oca. Tirar los dados y por ahí caer dos casillas adelante, otra que me tira cuatro lugares atrás, o al principio de todo y empezar de vuelta, de nuevo otra vez.