minarrativa

viernes, 11 de noviembre de 2016

La primera vez que necesité un teléfono celular tenía dieciséis años, esperaba a un tipo en el centro para ir a otro lado. Por algún motivo la cita no había sido acordada con la exactitud que después, en el ansia, precisaba. Había hablado despacito para que mami no me escuche porque le dije que iba a bailar.
En un momento de la espera la noche se hizo mas ruidosa, mas ajena y pensé si el tipo no habría ido directamente al otro bar, o estuviera a la vuelta, por la cortada. Entonces se me ocurrió que todos teníamos que tener un teléfono propio, único, que funcionara con el mismo número del documento de identidad. Que fuera un derecho que se nos otorgara al nacer, el de comunicarnos. Después cada uno podía elegir usarlo o no. En realidad pensé: cada uno puede necesitar usarlo, o no. Porque lo sentía como la necesidad de expresar una urgencia. Y también porque me daba cuenta que la necesidad sólo se mide en la inmediatez de la urgencia.
En ese momento y porque ya se usaban, o por las explosivas series norteamericanas que daban en la tele, yo me imaginé al teléfono como un gran reloj pulsera, con la botonera de una calculadora para digitar el llamado. Y me encantó la idea, me pareció fabulosa, dinámica.
Caminé hasta la cortada pensando si el tipo no estaría haciendo el mismo trayecto, a la inversa. Cuando llegué al bar y lo vi, le conté. Y me dijo que él también una vez se había imaginado algo parecido, una calculadora correo que en lugar de números tuviera letras, como el teclado de una máquina de escribir, para poder mandar telegramas y cartas a la gente.

sábado, 9 de abril de 2016

DICOTOMÍA


Sueño que estoy acostada panza arriba en el piso de la terraza tomando sol, el sol late, abro los ojos, veo agrupaciones de nubes que se dispersan sobre el cielo. No me quedo mirando el cielo, hace mucho calor, tengo sed, me levanto de una reposera a rayas que ya no tengo. Camino hacia el centro de la terraza donde está el cuarto de máquinas del ascensor pero en el sueño es el baño de la casa de mi adolescencia. Siempre sueño con baños, con esa casa, con escaleras altas que estoy arriba de todo y no sé como bajar. Yo al vértigo lo siento en la vagina. El viernes fui a visitar a un amigo y subimos a la azotea a mirar las cúpulas del Palacio Fuentes, del Cabanellas, cada vez que me asomaba por el tapial y miraba para abajo sentía que la vulva pegaba un grito. En el sueño escucho el sonido de un motor,  las hélices, hay un avión, avioneta, no sé que es, que me sobrevuela en la cabeza. Se acerca y aleja, arremolina el viento, no me asusta tanto eso pero me doy cuenta que la terraza no tiene barandas y entonces sí siento miedo. Miedo y retorno siento, no puedo explicar de otro modo mejor, que es. El cielo todo nublado, una necesidad visceral de que no se me desgrane lo que me late dentro. Como a los sapos les late la garganta, a mí me late a mí la vida. Me agacho y empiezo a gatear por el piso, apoyo el pecho al suelo y me arrastro hacia el centro.
Ahora estoy acostada panza arriba en la cama, los ojos abiertos, por el ventanal veo el cielo, adivino la llovizna, no me quedo mirando el cielo, me levanto y subo un poco más la persiana, voy a la cocina, preparo el mate. Si hubiese sol miraría, de a ratos, los hilitos blancos que hay antes del cielo, en el cielo. Los hilitos deben estar en el casillero nueve de la rayuela, después viene el cielo. Empezó el otoño, la época de guardar. Yo ya había visto esos hilitos muchas veces pero alguna vez leí a algún referente hacer mención de ello y terminé de corroborar la vivencia, la existencia comprobable de algo en algún lugar. Por suerte los grandes se han dedicado a las pequeñas cosas también. 
Hoy amanecí afónica, disfónica se dice. Cuando la voz me sale así, falseada, me encanta hablar, oirme. Siento una libertad absoluta de decir lo que siento porque lo dice una voz distinta de la que me escucho, habitualmente, ser. Uno es la voz, el cuerpo, la presencia, los actos. Yo. A veces somos sólo la esencia que somos. Aún en la ausencia. Yo. Hay personas que no se me desdoblan, que podrían tener cualquier cara, otro olor, una edad distinta y siguen siendo los mismos. Yo los pienso así éste sábado y los siento, los huelo, los busco, los encuentro, los lato. Me los pongo en la panza, los dejo andar entre las axilas, sobre la espalda, por los muslos. Yo. Yo soy. Pura, soy una mezcla rara como toda mezcla. ¿Lato? Yo, vos, ella, él, nosotros, ustedes. Sí, los lato. Siento el sonido que hacen al andar, la ritmicidad eslabonada de algunos sobre todo, el encastre sinfónico con que ensamblo mi procedencia al andamiaje de ése que desde éste mismo momento deja de ser un otro para mí, porque para mí y para cada uno, cada uno es un universo de por sí. Yo lo siento. Pálpito, reconocimiento, buscar lo que nos busca.  
  

sábado, 23 de enero de 2016


Cuando tenía unos catorce, quince años daba vueltas en Rosario una revista literaria llamada Uno mismo, por aquella época yo también daba vueltas, en Rosario, en círculos literarios, artísticos, expresivos. Más que espacios de arte eran la resaca de una época sin herencia ni inspiración. Héctor Paruzzo era el padre de todos nosotros, nosotros éramos típicos, locos, fracasados. Él le daba lugar a cualquier persona que se sintiera artista, aunque pareciese un delirante. Siempre encontraba algún recoveco de la ciudad donde armar una convocatoria libre, la mayoría terminaba mal, sin mucho público, con poca banca política que avalara la efectividad del evento. La primera que me acuerdo, que fue donde lo conocí era una muestra de arte erótico, él había publicado muchísimos años antes un libro titulado Sexo y accesis, censurado durante la dictadura, después se dedicó a hacer trascender las voces, por un motivo u otro, silenciadas. Yo era muy, muy adolescente, tenía una idea existencial infinitamente más remota de la actual, y puede que la memoria plagie mis recuerdos o los altere, pero él incentivaba mucho mi capacidad creativa y eso a mí me hacía bien, me daba confianza su confianza, la forma generosa de quererme. Publicó uno de mis poemas en una revista de tirada gratuita, me leía sin juicio ni corrección mientras yo acompañaba a su mujer hasta un mercado, lejos, a hacer las compras. Después nos sentábamos a la tardecita, en el patio, a conversar los tres. Los dos festejaban mis ocurrencias juveniles con carcajadas, con aceptación. Asistían a todas las obras de teatro experimental en las que participaba. Yo podía ir a cualquier hora a su casa y muchas mañanas llegaba sin desayunar porque me peleaba con mami, daba un portazo y me iba a la casa de ellos, la mujer de Paruzzo escuchaba callada mi rabia, después me hacía la leche, me convidaba torta. Siempre volvía a casa importándome menos la carencia afectiva de mami, con una especie de orgullo de ser así como era,  sintiéndome única, irrepetible, talentosa, capaz. No eran mayores que mis padres pero yo los veía grandes, y fantaseaba con ser su primogénita. 
Ese verano Silvia se casó, Laura compró un pasaje a España para no volver, había vendido el último departamento que le quedaba de la riqueza heredada de su marido muerto, metió a plazo fijo los dólares restantes para no tentarse y se quedó viviendo con nosotros, en nuestra casa paterna, los dos meses restantes hasta el viaje. Yo me rapé. Inesperadamente, una siesta encerrada en el baño me haché el pelo y después me pasé por la cabeza la maquinita de afeitar de papi.
Paruzzo había conseguido un espacio semanal fijo, los dìas miércoles a partir de las 22 horas, en una casa desvencijada que con los años terminó siendo la sala de teatro Vivencias. A veces lo ayudaba a preparar la agenda del mes, vender los espacios publicitarios, conseguir escenografía apropiada, etc. A veces me pienso a mi misma en circunstancias como aquellas y me cuesta entender que yo misma sea una misma persona, ser la misma de aquella y de otras etapas de mi vida me desorienta y recapitula. Yo sosteniendo un abanico de yoes que tapan una parte de mí pero muestran toda otra faceta ocultísima. Él siempre intentaba convencerme de que leyera mis poemas en público y nunca lo lograba, yo en esa época escribía poemas. En realidad eran captaciones fugaces dichas con palabras que sonaban bien y distribuidas en renglones angostos. Laura justo viajaba la madrugada de un jueves, ese miércoles 15 de marzo de 1989 Paruzzo me avisó que iba a haber gente de la revista Uno mismo en la sala, me dió un artículo publicado por Narcisa Hirsch y me dijo que lo leyera con la misma naturalidad con la que hablaba. Cuando lo leí, mientras lo leía, digo, sentía el rumor de un balbuceo ancestral y de golpe una percepción amplificada, analógica. Tuve la certeza de algo inexplicable y grandioso, como descubrir un tesoro oculto en algún lugar interno de mí misma pero que abarcaba al mundo entero.
A partir de ahí se me me nubla el recuerdo hasta la parte del abrazo de despedida, me sé caminando a casa, llegar, abrazarla e irse. Tener la sensación de despedida pero no sentir el abrazo, la tristeza de una partida que me partía el mundo en dos continentes.

Laura no se quedó en España ni un mes, a mí me volvió a crecer el pelo y a Silvia se le redondeaba la panza por primera vez. Seguí colaborando con Paruzzo un tiempo más, cada vez más espaciado, hasta que dejé de verlo. Lo volví a encontrar varios años después en el cine Madre Cabrini que estaba a su cargo, me acuerdo de la alegría que me dio el encuentro, de la emoción que sentí un ratito después cuando me senté en la butaca y lo escuché presentar la película con esa sencillez y esa humildad con que hacía cada cosa que hacía. Y me acuerdo que recién en ese momento me dí cuenta que seguramente aquella noche no habría nadie de la revista Uno mismo en Vivencias, pero él habrá querido distraerme del viaje y se inventó esa fantasía donde, por fin, yo era la protagonista. Besé su gesto y agradecí mi inocencia.
Mi inocencia es algo que siempre creo quebrantada pero siempre me asombra que permanezca inmune. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Pareciera que las fiestas no festejadas comienzan en Rosario, y no porque en Jujuy lo hiciéramos, es sólo que yo sería muy chiquita y eso, por lo menos, se me pasaba por alto. Existen fogonazos atemporales, recuerdos propulsores de otros recuerdos, sé, por ejemplo que la noche anterior a cumplir siete años soñé que abría un ropero y tenía un montón de yiscas y a la mañana siguiente recibí mi primera carterita, de color amarillo con la imagen del patito feo. Un día después, el 22 de noviembre de 1980 partimos, fue a despedirnos un montón de gente a la terminal, vecinos, amigos de Laura, el ex novio de Silvia, una profesora suya. Cuando papi vio a los Chocobar parados más lejos, en la otra plataforma le dijo a mami, querida ahí vino a saludar esta gente, dió un par de pasos largos, extendio el brazo como anticipando un abrazo y le dijo al hombre, venga hombre, venga. Ellos caminaron hacia nosotros con timidez y dignidad, la señora agarró las manos de mami, se las besó, pronunció despacito pocas palabras pero yo sentí que hablaba de una inmensidad. Ellos nos idealizaban, nos creían capaces de una bondad que yo no creo que tuviésemos. Vivían en un pueblito de Tilcara y todos los años venían a Ledesma durante la época de la zafra, a trabajar. La primera vez vino el hombre solo, desesperado, le dijo a mami que la chiquita se les moría, que tenía unas fiebres altisimas y que en cuanto se dormía despertaba sobresaltada llorando a gritos, mami no se movió del umbral de la puerta, le dijo que viniera la mujer sola con la bebé, que ella iba a hacer lo posible. Lo primero que hizo fue acompañarla a un hospital, hablar con los médicos, escucharlos, comprar los medicamentos necesarios y llevarlas a casa. Me acuerdo que hacía un calor terrible, serían como las cuatro de la tarde cuando llegaron, mami cerró las persianas y dejó abiertas todas las puertas y, inexplicablemente, empezó a correr un aire fresco, renovador. Acostó a la bebé sobre una sábana blanca en un sillón del living, trajo un plato con agua, un gotero y el aceite, se sentó y inició el ritual. Cuando concluyó invitó a la mujer a pasar a la cocina y tomar algo fresco, le sirvió té frio pero ella no aguantó y se preparó el mate. Mami se daba cuenta que la mujer no se podía concentrar en lo que hablaban porque estaba pendiente que la bebé despertara con uno de esos llantos atronadores, entonces no le habló más, volvió a conducirla hasta el living y esperó en silencio junto a ella hasta que Romelia despertó como despiertan todos los bebés, estirando los bracitos, formando en el aire cículos con los pies, sonriendo a la primera mirada que se acerca, colgándose de ella como el punte infinito que lleva directo a la vida. Los Chocobar tenían tres hijos más, Adriana era la mayor, mami la contrató para que le ayude en los quehaceres domésticos pero Adriana enseguida construyó un amor platónico con mi hermana, se embarazó de un hombre cualquiera y en la zafra siguiente apareció con una hija que bautizó con el nombre de Laura porque decía que se le parecía, la nenita nada que ver pero nadie le dijo nada, un chico de catorce o quince años que trabajaba a la par de su padre en la cosecha, y Carmencita que tenía mas o menos mi edad, a mi me aburría jugar con ella porque no tenía proporción de las cosas, armaba casitas con ollas más grandes que la mesa, era fácil ganarle a todo, enseguida se cansaba de correr, tenía verguenza de desfilar y mami me retaba, me decía que no fuese tan mala, que esa nena no tenía una alimentación adecuada como yo. Y yo no podía decirle que yo tampoco me sentía alimentada, porque hambre no tenía, pero llena, satisfecha, no estaba. Ese día en la terminal de ómnibus vi a Carmencita vestida como para una comunión, mami a mi me había puesto ropa cómoda para el viaje y me dió tristeza, desamparo... no sé que fue lo que me pasó cuando le vi las puntillas en el borde del vestidito, los zoquetes con el calor que hacía. Ella corrió hacia mi y me abrazó llorando con un llanto imparable, con una fuerza y una impulsividad inconcebible que no condecía con su debilidad. Mami no habrá visto, no sé, pero fue Laura quien se agachó y me dijo despacito sonriendo, abrazala. Un permiso, una apertura, una enseñanza soslayada para permitirse abarcar lo que creemos diferente. En Tucumán hicimos trasbordo y subimos al tren, ése fue el momento donde todos sentimos que de verdad nos íbamos. Mami y Laura suspiraron felices, papi permaneció callado y Silvia dijo, pensar que nunca más vamos a volver. A mi, como nadie me explicó pasé mucho tiempo sin saber si seguíamos de viaje haciendo trasbordos o ya habíamos llegado a Rosario.
Durante muchisimo tiempo pareciera que en lugar de caminar, anduve. O levité. Ahora parece que la mejor forma es dar un paso atras de otro, y yo no aguanto, no puedo sostener el ritmo, me zambullo en lo que me subyace aunque siempre naufrague en las márgenes de mi propia procedencia. Mi procedencia es como ese juguete redondo con una ranura en todo el centro y un piolín alrededor que sube y baja, la misma fuerza con la que sale, lo retrae. Un yo-yo.
Hay una cantidad innumerable de recuerdos de fiestas sin fiesta y de brindis festejados hasta con ruido, sin cronología, pasajes analógicos que son mas bien saltos que pasos. Ya los días anteriores decir felicidades como mucho es pura educación, compromiso, englobar una época festiva que no me pone alegre, que me digan felices fiestas y no poder dejar de sentir que el festejo es ajeno, pensar con ironía, con bronca ¿la fiesta de quién? Vivir siempre las celebraciones, los agasajos, sin estar contenta. Cuando mucho tranquila. 
Yo pasé el fin del año 82 con mis hermanas, las tres solas en un parque comiendo sanguchitos de pan lactal y salchichón primavera con gancia, porque mami se había hecho un aborto esa misma tarde y papi estaba en casa cuidándola, Laura hacía menos de un mes que acababa de quedar viuda de un casamiento acaecido seis meses antes, en el momento de levantar los vasos de plástico para brindar pasó por Pellegrini un colectivo, tocó bocina y yo sentí que al menos existía alguien capaz de corroborar nuestras existencias.
Después pasé fiestas durmiendo, despierta, esperando la hora de irme a bailar, bailando con un novio en la isla, con mami y papi despiertos, levantando una copa para brindar la llegada del 2000, sola con Laura sola en Brasil, con papi enfermo con mami sola cuidándolo, sola con la perrita que tuve absolutamente sola, con la familia política de Silvia, con familias completamente desconocidas, con personas entrañablemente cercanas y muy muy queridas, los papás de Gabriela.
Esta navidad la paso con tres amigos, los quiero sin esperar que la reciprocidad argumente el cariño que les tengo porque entiendo que es imposible tal sincronía.
A veces todavia me parece que en lugar de caminar, ando. Que tantear el transcurrir, los bordes de mi procedencia es lo único que no me desorienta. Porque si no es el yo-yo, es el juego de la oca. Tirar los dados y por ahí caer dos casillas adelante, otra que me tira cuatro lugares atrás, o al principio de todo y empezar de vuelta, de nuevo otra vez.





domingo, 6 de diciembre de 2015


   Parecida a mami no soy, habré salido parecida en esa foto ese ratito. Cuando subo al ascensor miro mi imagen triplicada en los espejos y me descubro desde ángulos desconocidos, mis codos sí se parecen a los suyos y ese reconocimiento tiene un algo que no admito, que tuerzo, que cierro con las doble puertas del ascensor cuando lo cierro. Entro, el departamento nuevo que alquilé es apto, es recontra presentable, la luminosidad que me invade cuando entro pone en jaque mi oscuridad, la vuelve mas visible, mas texturada. Ya entro, pensando, que igual este departamento no me podrá salvar de la tragedia. Hago amm... con el sonido que hace ese gesto, los dos dientes de arriba apoyados sobre el labio inferior, porque el dramatismo exagerado aunque sea propio siempre da risa, a mí me da risa. Aunque en el momento me parezca que siento cosas terribles, que mi percepción es visceral, desgarradora, acertada. Que no puedo ser consciente de nociones que deberían quedar en lo onírico, como mucho. Pero no. Yo las siento, las toco, las sé. Como mami cuando volvimos de firmar en la inmobiliaria y la llevé hasta su casa, se quitó la ropa y recostada en la cama me dijo que esa gente habrá pensado que era tonta. Esa gente habrá pensado que soy tonta, y yo no mami que decís si estuviste re bien. Yo sosteniendo, soplando hasta quedar sin aire su histrionismo arrugado. Encontrarme buscando, desesperadamente, engrandecerla con algo que acredite mi cariño porque si no no se puede explicar que la quiera tanto, porque entonces ese amor me vuelve a mí, turbia. Hay dos balcones y ventilación cruzada. Las caraterísticas opuestas a mi personalidad fueron las causantes de elegirlo ¿Son opuestas? Es la primera casa en la que elijo vivir, todas las anteriores fueron consecuencias derivadas de decisiones anteriores que tomé. Aunque yo siempre me habito, es un hábito habitarme. Me vivo, me ando, meo el espacio que soy y lo marco, lo imprimo, lo sello con mi yo. Me sé. 
El parecido con mami, la foto, es un punto neurálgico, una vivencia que toco y salgo. Salir disparada huyendo de ella pero quedarme de por vida cerca suyo, retratada. Fuerzas antagónicas que me pueden, que puedo y no puedo, un tire y afloje constante. Quererla por de más, no dar más de tanto quererla pero ser desobediente, romper fila, irme, salir a resistir, y resistir. Como aguantar debajo del agua sin respirar. Traicionarla. No votarle en contra pero meter el voto, roto. Para mi mami se parece a Evita, siempre a favor de los desamparados y los pobres pero en el fondo tan egocéntrica, tan única, tan ella. Cuando vivimos en Jujuy una vez una coya me quiso amamantar, yo tendría tres años aunque si me acuerdo habré tenido cuatro, y era muy flaquita, nunca quería comer, mami hacía cosas espantosas para convencerme hasta que terminaba vomitando la comida que me metía en la boca, cuando la mujer se bajó el escote y vi el pezón enorme y oscuro como la boca de un lobo salí corriendo y mami me abarajó en la galería antes del patio y me dijo que era una desagradecida, porque si ella no me pudo amamantar no era su culpa, pero que si yo rechazaba el gesto noble de esa mujer no tenía perdón. Nuestra casa era un desfiladero de madres sufrientes con niños asustados, ella les curaba la ojeadura durante tres días seguidos con un plato de agua y aceite, yo a veces cuando se iban o antes de que lleguen levantaba la servilleta que cubría el plato para ver si las aureolas oleosas se habían agrandado de verdad, una vez papi me vio, me agarró de la mano y me llevó a la plaza, mientras caminábamos me explicó la razón científica de dicho fenómeno y aunque no entendí me sentí más contenta. Después me hamacó. Hay dos cosas que nadie, nunca, hizo mejor que mi padre, una fue hamacarme, porque por alguna razón él conocía el ángulo exacto donde el éxtasis se convertía en vértigo, la otra era conducirme, la adaptabilidad de su mano al tomar la mía, con contención y respiro. A tu madre hay que dejarle hacer estas cosas porque si no es peor. Y yo ya sabía, ya había empezado a darme cuenta. 
Mami es una mujer ¿como decir? necesitada que ayuda, que cubre sus incapacidades con la dádiva ofrecida. Da para sentirse poderosa. Ella siempre dice que si va a una casa y le sirven mate cocido en un jarro lo toma cómoda porque no es agrandada, entonces yo le digo que ella lo que tiene es complejo de inferioridad porque si le sirvieran champagne en una copa de cristal no lo puede tomar. 
Una noche me estaba cambiando para ir a bailar y tocaron el timbre, papi atendió por el portero y me dijo que una tal Mirian pregunta por tu madre, ¿vos sabés algo? No, decile que está en el bingo. ¿No querés bajar vos? A mami ya la casa, nosotras como hijas, su vida conyugal se le caía en la cabeza pero ella seguía posibilitando a los otros mientras nuestro hogar era un rasti multicolor de policial negro. Me terminé de cambiar y bajé, la chica era increíblemente pequeña en su físico y tenía un nene chiquito de la mano, caminamos por Juan Manuel de Rosas y en Pellegrini, mientras me esperaba que tome un taxi le hizo upa. Me acuerdo que en un momento ella se dio vuelta para mirar en el sentido en el que venían los autos y entonces vi a su hijo dormido sobre su hombro y no fue lástima lo que me dio, quizás haya sido empatía pero yo creí que era envidia de tener una madre con un hombro en el que dormirse con tanta confianza. Mirian volvio y empezó a venir con cierta frecuencia, a papi le llamaba la atención que una mujer tan chiquita pudiera ser capaz de engendrar y parir, sobre todo de parir, cada vez que se refería a ella como una pigmea, mami le decía que no sea descalificador. Mirian algunas noches ejercía la prostitución, nos dejaba a su hijo y mami lo cuidaba sin enjuiciar su actividad, un día le confesó que quería darlo en adopción porque en ninguna casa la aceptaban como doméstica cama adentro con el crío porque era demasiado revoltoso. Parece ser que es medio pavotito nos dijo mami a nosotros, pero a ella le dijo que era libre de hacer lo que quisiera y que tenía su apoyo tomara la decisión que fuese. Como nunca más apareció por casa todos dimos por sentado que lo habría abandonado en un orfanato hasta que una tarde, un par de años después, por la ventanilla de un colectivo, la vi... con una panza a punto de explotar y con el nene de la mano, más grande, con cara de loquito. 
Las personas que vivieron en familias detestables pero normales a lo mejor no entienden que se puede querer desesperadamente a alguien que nos quebró, O a quien traicionó nuestra primera confianza.  Por eso a mi ponerme en el lugar del otro no me cuesta, porque vivir así a uno lo hace crecer con una amplitud de conciencia impresionante, o porque yo también soy medio agrandada, de creerme más porque en realidad me siento menos.
No puede darle un cierre al relato, recorro el departamento nuevo. Hace veinte años que partí de la casa materna y todavía siento que el desgarro definitivo no se rompe, que la responsabilidad de pararme sola no me sostiene del todo, que escribir de mami me alimenta aunque la vomite. Que llamarla por telefóno, llegar hasta su casa es un desafio que postergo y que cuando la llamo, llego y la veo... me quedo más tiempo del que ella necesita, materializando el abrazo. Le doy uno, dos besos, siento que le estoy pidiendo perdón por necesitarla tanto y busco irme rápido para no incomodarla más. Por esa la escribo así. Es por eso. Porque los años pasan y ella envejece y yo maduro y entiendo, sé que tengo que atravesarla y salir. Salvarme, sacar la cabeza y respirar afuera del agua, el aire. Pero me parece que si pego ese salto la rompo, la desgarro, la destituyo, que en semejante movimiento su cetro quedará perdido, pulverizado. Me imagino que es como en esas películas de ciencia ficción donde se combate al malo y el enemigo termina indefenso, desargumentado, me levanto y empiezo a andar abriéndome paso entre las telarañas del tiempo y antes de salir y irme miro atrás y veo la panza vacía de mami, el espacio suyo sin mí. Soy una desagradecida, me avergüenza la imagen grotesca que aparece de ella, como una muñeca desinflada, una mujer enorme y sin alma. Pienso y pienso en su muerte, me preparo como si fuese el diluvio universal y yo una bestia, o una sobreviviente de Sodoma y Gomorra. Me da terror su oscuridad definitiva, mi luminosidad propia. No es vergüenza, es miedo de brillar, ser mi propia antorcha y mi faro.
                                    (borrador sujeto a cambios)
   

martes, 24 de marzo de 2015

ENUMERACIONES




( dos )

Me desconcierta que haya tanta gente más joven que yo, me parece que yo no llegué a esta edad cronológicamente, cumpliendo los años uno a uno. Al menos los últimos... son una multa, que recibí por conducir mal los anteriores.



( uno )

Pido turno con algún cardiólogo. No se puede, tiene que derivarme, antes, un médico generalista. Saco con cualquiera y voy. Es un hombre, le explico que creo tener problemas circulatorios, que empezaron hace algún tiempo cuando mi vida comenzó a estancarse, a perder fluidez. 
Algo insustancial pesa en el aire sin terminar de corporizarse, la distancia entre ambos es una cosa extendida, la típica alfombra bordó de las iglesias durante las ceremonias, ¿el trayecto entre el atrio y el altar será una metáfora de distancia? Estoy segura que no me apoyará ni las yemas de los dedos, pero con algunos amantes me pasó lo mismo. Los médicos deberían hacer junto con el juramento hipocrático, un baño de mugre. Un baño de caca, vómitos, flemas, arcadas, pus. Y entonces sí: aprobados. Me pregunta por los síntomas. Si estuviera menos insegura de mi inmunidad exageraría más. ¿Antecedentes familiares? A la primera enumeración me interrumpe, se considera factor de riesgo genético cualquier afección cardíaca antes de los cincuenta años. Entonces no, pero fumo, y soy sedentaria, y los fines de semana si salgo, por ahí, tomo alcohol.
Pienso en un tío materno que vino a Rosario para hacerse un bypass, me acuerdo hasta del apellido del médico que lo operó. Mi tío, las cartas amorosas que circulaban entre él y otra paciente internada, el desconcierto de todos nosotros pero sobre todo la intranquilidad de mi tía, su soledad en la cocina de nuestra casa, la voz ronca de papi, callada, el mate cebándose entre sus manos, mami en el umbral de la puerta aparecer sosteniendo un juego de sábanas limpias, el brazo sin torcer, su hermano menor operado a corazón abierto, los disparates dichos bajo los efectos de la anestesia. El cansancio físico de un día agotador se descansa por la noche, pero el agotamiento de una vida sin sosiego: ¿donde se derrama?

-Voy al trabajo caminando y hago contact una vez por semana.

-Ah... bueno, entonces caminás, hacés contact que es una disciplina intensa tengo entendido, ¿o no?

Antes de decir entonces caminás hacés contact, estira primero la pierna izquierda, dobla un pliegue de tela del pantalón sobre la rodilla y repite la misma maniobra con la derecha. Cuando enumera amplifica la sumatoria abriendo el índice y el pulgar, los ojos ¿O no?

-¿Por qué decís, entonces, que sos sedentaria?

-Me pareció a mi

Agarro el papelucho de paciente, no le digo que soy una persona con una verdad incuestionable que no se puede más que reconocer. En la puta vida hice deporte, a los once años ya falsificaba los certificados para faltar a gimnasia, todas las actividades que disfruto se hacen sentada o en posición horizontal. Me pareció a mí, le digo. Y ahí ya no sé si es él o yo que hacemos alusión al enrojecimiento de las manos, los cachetes, las orejas, el cuerpo entero en llamas. Debo haber sido yo que ya estaba jugada y quise aprovechar, que me recete algo. Porque me gusta tomar medicamentos, me alivia creer que una pastilla será capaz de calmarme, contar las horas que faltan hasta la próxima dosis, respetar el tiempo, cumplirlo. Me convence de estar llevando una vida ordenada. Como votar, pagar los impuestos y trabajar en blanco me convierte en ciudadana, ni buena ni mala, es sólo la necesidad de pertenecer a algo lo suficientemente grande como una nación para poder abarcarme en ese anonimato. Que se me esfumen los contornos...

estar

y no seguir

siendo

una figurita recortada y vuelta a pegar en otro fondo.

Un envoltorio donde envolverme para pasar desapercibida sin darme cuenta de nada

porque

siempre

me doy cuenta igual

lo que me pasa y les pasa.

Una receta de normalidad, algo que uniforme la sensibilidad de mi piel a la del resto, una droga capaz de actuar como neutralizador de percepciones, un bloqueador emocional con el factor máximo así no tengo que andar buscándole cauce a estas ocurrencias. 
El médico generalista escribe en la historia clínica y se refiere a mi cuerpo en términos bestiales: tronco, extremidades, miembros. Soy un monstruo entonces, pero me siento un dibujo animado que de las orejas le sale humo.



( tres )

Bueno, orden para análisis bioquímicos, de pasada comprar en la farmacia envase esterilizado. A la mañana siguiente, en ayunas, con el frasco de pis, extracción de sangre. Listo. Mañana, después de las diecisiete lo pasás a retirar.

Si no es mañana será pasado, comprarme un cuaderno nuevo para seguir escribiendo. Las hojas sueltas se pierden y desde que terminé el anterior ando con las verdades puestas en cualquier parte, y se pierden, se parten.

Yo, además de un cuarto, siempre necesito un cuaderno.





( siete )

Ayer fui a terapia, más de una vez llego acobardada por el tráfico, las bocinas, el rumor de otras conversaciones atrapadas en el camino, simultáneas a mis propios pensamientos. A veces llego con los sentidos visuales y auditivos desbordados, me parece que tengo los ojos, los globos oculares secos y afiebrados, que me raspa pestañear, y más, no hacerlo. Hay días que salgo de trabajar y no veo la hora de estar en casa y no volver a salir hasta el día siguiente, pero cuando llego me quedo parada en medio del departamento, quieta, sin sacarme los guantes ni el abrigo, dándome cuenta de que debería moverme y pudiéndolo hacer, permanezco en esa quietud (el escritor secuestrado en Misery contaba que a la loca de su fan le pasaba lo mismo).

Me asusta la idea de mi propio suicidio justo ahora que empiezo a pensar en él sin miedo. (Subrayo) Pienso: será imposible escapar de la locura y no es la locura lo que me asusta, sino quererle escapar. (Subrayo) Bueno, antes dije lo del cuarto y ahora esto, no sé, a lo mejor estoy pensando en Virginia. Un poco.



( cuatro )

El martes voy de nuevo al generalista con el resultado de los análisis, me pidió que apenas los tenga se los lleve aunque sea con un sobreturno. No hizo falta, había turnos a rolete y la sala de espera está vacía. (Pero no tengo que ser mala) Apenas me siento me llama, le resumo el capítulo anterior como si estuviéramos en un unitario de las once de la noche, yo tengo un protagónico conflictivo y él, el rol secundario de un profesional que ejerce sin implicarse con ningún paciente hasta que la curiosidad y el rechazo que le genero lo confrontan con sus propias limitaciones, en los próximos Martín Fierro estará en la terna como Revelación del año, gana, lo contrata Darín y salta por las delgadas líneas blancas del éxito hasta el Oscar, una rayuela directa al cielo.

-Perfecto, están bien todos los valores.

-Me parece que el colesterol, hay uno que me dio mal.

-Está bajísimo, 65, perfecto.

-No, éste de acá da 33 y menos de 45 es factor de riesgo dice ahí.

-Bueno, no, ése es lo que comúnmente se conoce como colesterol bueno y sí, está un poco bajo, porque debés tener poca actividad física.

-Sí, soy sedentaria.

-Ves, claro, por eso, deberías caminar, hacer algo que te guste.

-¿Pero no tengo mala circulación sanguínea?

-No.

-Algunos antecedentes de familiares con riesgo cardíaco tengo.

-Pero vos no.

-Pensá que fumo.

Me pregunta cuantos, le digo menos de la verdad y dice que es mucho.

-Por eso.

Mira los resultados y los transcribe en la historia clínica. Me juego la última carta que tengo, le muestro la uña del dedo gordo del pie derecho.

-Me la dejé sin pintar a propósito para que la veas, esa manchita me salió el invierno pasado por el frío.

-Es un hongo lo que tenes en esa uña, menos mal que me lo comentaste, vamos a tener que analizarlo.

-Pero me salió por el frío ¿no ves que la partecita que me creció en verano está bien?

La punta de la birome toca el papel dejando un punto, levanta la vista, me mira serio.

-A ver, si yo te digo que es un hongo ¿vos me creés?

-Sí.

-Bien.

Y escribe la orden para el bioquímico. ¡Y le creo! Claro que le creo, como no se me ocurrió que podía ser un hongo. Me siento un poco triste, es una tristeza intangible que me agarra desprevenida, sin abrigo, como esos días de junio que hace mas calor del habitual y algunos hasta andan en remera pero a la tardecita cambia el viento y el aire enseguida se pone frío. Guardo la orden, los análisis. Siempre aparece, en este tipo de circunstancias, una misma expresión en el gesto de la cara del otro, una mirada de incomprensión y pena, saben que sufro y no entienden bien por que, durante un segundo los recorre la conmiseración pero no saben que hacer. Yo tampoco sabría.



( doce )

Las aves tienen su vida y uno desconoce si se aburren, por ejemplo. Si se imitan, si se esfuerzan en mejorar. Uno las puede ver reñir por una ramita mas larga y creer que es parte de la supervivencia, pero podría ser deseo de ser reconocidas, o deseo no más, capricho. ¿De qué manera percibirán nuestra existencia? ¿Se creerán superiores al resto de las especies, como nosotros?



( cinco )

El jueves a las tres y cuarto turno con la ginecóloga, me fijo en el papelito a ver como se llama, tiene el mismo apellido de un escritor que me gusta. Esta vez la sala está llena, son varios consultorios y una misma sala en común. Casi todas las adolescentes tienen una bolsita de plástico con el espéculo descartable en una mano y el celular en la otra, sus madres tienen mi edad. La ginecóloga sale del consultorio con un papel y va hasta la mesa de entrada, le dice algo a la recepcionista, se inclina hacia ella apoyando los codos y, en puntas de pie, le habla por encima de la computadora. Se ve que la chica no entiende, porque la doctora rodea el escritorio con la palma de la mano apoyada en su superficie, acariciándolo, da la vuelta y queda frente al monitor, mueve el mousse, aprieta algunas teclas, y espera. La chica, cohibida, a un costado, haciéndole lugar, ha dejado caer la postura, los hombros hacia adelante parecen los dos extremos de un arco, en medio del pecho el punto de mayor tensión, la curvatura de la espalda es exageradamente figurativa. Por un instante percibo que todas las pacientes cerramos fuerte los ojos para que no nos lastime la salpicadura del flechazo. La chica firma, sin mirar, la orden de consulta de una señora que le agradece llamándola querida, sin agradecer. Detrás del perfil de la doctora, copiando en el papel algo de la pantalla, la cara de la chica ofreciéndonos una gran mueca de sonrisa y disculpa. Todas la estamos mirando, le vemos la ortodoncia. Alguna le dice a otra que debe estar por acomodo, porque es una pelotuda. La doctora vuelve con el papel en una mano, la otra metida dentro de la chaquetilla, la chaquetilla desabrochada abriéndose paso entre todas nosotras. Saluda, y la señora sentada al lado mio dice muy bien y usted doctora, es la misma mujer que, en la mesa de entrada, se mantuvo a una distancia prudencial mientras transcurría la ineficacia de la acomodada. En un arranque inesperado de idiotez hago algo detestable: preguntar que tal es. La remato al pensar que lo vergonzoso de referirme en esos términos es por usar un lenguaje usado. Yo no soy de copiar modismos expresivos, debe ser lo único que nunca copié. El lunfardo vaya y pase, es la hilacha que cuelga de la manga de Gardel cada vez que se acomoda el chambergo, y todo bien con Gardel porque él, o Maradona, Perón, no son primero eso y después héroes. Es el compadrito que necesita ser sólo la resolución de los anteriores fallos como un heredero más y usa el lenguaje de muchos como herramienta para conseguirlo, quien me molesta. Me molesta su incapacidad de ser distinto, único, solo. Me enferma su capacidad de conseguirlo, filtrarse en ese resto, sumar.

Además de ginecóloga, es cirujana y obstetra. La respuesta suena como lo haría una bomba, arrojada de tal forma que los destrozos de la explosión no sepultan la contundencia del acto. Y ahí, por suerte, ya no se me ocurre nada.



( seis )

Mientras estaba en el consultorio de la ginecóloga me señalé, con la mano derecha, en un acto reflejo, la teta izquierda, al hablarle de la pelotita que me palpé hace unas noches atrás. Ella interrumpió la lectura de la historia clínica para seguir, con la mirada, el breve recorrido de mis dedos. Por el lugar que le estaba indicando yo me refería a esto, dijo, con la birome sin apoyar, trazando un círculo sobre la serie de fotografías. Ya apareció en los estudios de rutina anteriores y fue analizado, no existe motivo de preocupación ni antecedentes por ninguna de las dos ramas familiares. En la cara interna de la carpeta, sujetado, con un clip de color verde, a la cartulina que hace de tapa, un sobre del que extrajo el pliegue de papel satinado largo, y en vertical, tres o cuatro captaciones en blanco y negro. Yo, porque ya sabía que era una ecogafría no dije nada, pero me acordé de ese test psiquiátrico que hacen para saber si uno está ubicado en tiempo y espacio. Porque yo, mirando las imágenes de la ecografía hubiera dicho que veía un cielo plomizo, el mecimiento pendular antes de volverse feroz, la gestación previa de una tormenta y un gran barco viejo a la deriva con las velas sopladas por el viento. Las veces que me quisieron mostrar un feto nunca vi más que puzzles sin resolver, así que me quedé inclinada sobre el escritorio mirando sin ver, palpándome la pelotita, a través de la ropa, con los dedos índice y medio, como una manifestación inconsciente y testaruda de demostrar la existencia de algo, en algún lugar. Después me acosté en la camilla y levanté un brazo y luego el otro mirando el vértice del techo en el cual se concentraba la mayor cantidad de luz, pensando si todas las pacientes tendríamos el mismo color de clips, suponiendo que no, porque esos ganchitos vienen de todos colores, los venden dentro de una caja rectangular con tapa de acrílico transparente. Me imaginé a la pelotuda, con la ortodoncia, poniéndonos, en las historias clínicas de cada una de las pacientes, un clip de distinto color. Sentí un poco de tristeza pero me dio risa.



( diez )

Primero orden para una senografía y orden para una ecografía mamaria después, en este orden. Orden para un PAP, orden para un cepillado, orden para la obtención de un espéculo, de un cepillo. Esto es como en esa película de terror que si alguien decía, frente al espejo, un nombre tres veces aparecía el monstruo y te mataba. Acá si repetís la palabra orden varias veces frente a una secretaria aparece la autorización y te salva. Orden y autorización son el mantra sanador.



( ocho )

Agarro la peatonal, voy a Falabella a pagar la tarjeta, salgo por Córdoba y paso por el bar donde escriben el nombre de uno en el vaso de café, siempre pienso en hacer algo con eso algún día, entrar y mentirles el nombre más lindo... O contarles la verdad. No, mejor un cuento donde el personaje tenga problemas de identidad: “Entonces resulta que el hombrecito anda triste por la vida, torturado por esa dualidad, mortificándose en el eterno interrogante de ser quien es ¿O es aquel que no puede ser? Creyendo que una incansable búsqueda logrará unificar su existencia se encamina a dicho encuentro. Rompe el compromiso entrañable con su novia de siempre, una muchacha instintiva y ardiente con la que seguirá soñando de por vida, y se casa con una joven burguesa, incapaz de advertir sus caprichosas inclinaciones. En poco tiempo monta una galería de arte, se pasa las tardes en el Cairo, los malandrines de siempre lo acercan a malandras de rango, se codea con ellos, es invitado vip en los desfiles de Melocotón, los fines de semana que no sale a navegar se recluye en algún spa, va al casino, dilapida su dinero y la fortuna de su mujer, organiza partidas clandestinas de póker. Hasta que la desesperación lo ciega, tiene a cuatro prestamistas dispuestos a molerle los huesos en la esquina de cualquier calle que camine, así que convence a su esposa y se marchan juntos al campo, unas cuantas parcelas de tierra olvidadas pertenecientes a su suegro. Ocupan lo que, otrora, fuese la vivienda del casero. Ella pone en práctica los recursos aristocráticos, comercializa las habilidades heredadas por conocimientos más prácticos, sociabiliza con los vecinos, se granjea la confianza de éstos y aprende técnicas. Se arman de herramientas, materiales y semillas, él emparcha las filtraciones del techo, los desconches de pintura y encala las paredes con una mezcla que patenta como blanco nupcial. Abonan la tierra, se aman desnudos bajo la luz de la luna hasta el amanecer y con el sol de mediodía encima, germinan sus frutos, por la madrugada nacen los hijos que traen al mundo, son paridos con la fuerza y la naturalidad del devenir. Es cierto eso de que todos los niños traen un pan debajo del brazo, ojalá que así lo sea, piensa el hombrecito mientras mira a su mujer, los pechos abultados y la boca de los críos rebalsando leche. Él relee en voz alta los mejores cuentos de Haroldo Conti cerca de una vela, la llama bailotea una danza inimitable, confianzuda, plasma sus presencias en los muros con perfiles parciales, escurridizos, muy, muy parecidos a lo que de verdad son. A él, en realidad, las sombras movedizas y gigantescas proyectadas sobre la pared le conmueven la memoria porque son derivaciones directas del escritor santafesino que inspira a la verdadera autora de este relato. Por eso y para no desdoblarse más, una madrugada antes del alba, el hombrecito se larga con lo puesto, guiado por su propio instinto. Consigue trabajo en un mercado hombreando bolsas, conoce a sindicalistas y obreros agrupados, asiste a marchas, reuniones, plasma sus ideales en discursos que salen de su boca como al mejor orador, se convierte en un líder, de la nada crea un partido, antes de ganar rechaza el cargo político para seguir las enseñanzas de un místico. La policía le sigue los pasos con orden de captura. Una noche lo sobresalta el llamado de las sirenas, patrulleros y helicópteros rodean la finca encandilando sus extensos kilómetros con potentes reflectores de luz, prostitutas que parecen modelos o modelos que son prostitutas corren casi desnudas, alrededor de la piscina, a los gritos. Por los parlantes la policía exige su rendición, el hombrecito sale al jardín en calzoncillos, asustado, levanta los brazos en señal de entrega, es esposado y puesto a disposición de la justicia con numerosos cargos. El país entero sigue las instancias del juicio por la tele. El tribunal supremo lo absuelve por falta suficiente de pruebas e insanía mental, queda recluido en una institución psiquiátrica. Al principio sufre manías persecutorias y trastorno histriónico de la personalidad, sucumbe a la belleza de una interna con la que mantiene acalorados y efusivos encuentros y devenires. De a poco se recupera, el manicomio considera que es hora de cobrarse los servicios prestados, lo ponen a trabajar full time en el bunker que los abastece, el hombrecito acepta el puesto sin chistar con tal de librarse del acoso obsesivo de la compañera de pabellón, pero la desquiciada que no soporta prescindir de su cercanía, se escurre hasta el antro y lo espera desnuda y a oscuras, en el revoltijo de fármacos. Alguien da la voz de alarma y un ejército de uniformados la reducen, el hombrecito logra escabullirse, camina y camina hasta llegar a las calles céntricas de la ciudad, se palpa los bolsillos, no posee ninguna documentación que acredite, ni niegue, quién es. Toma noción del tiempo transcurrido entre aquella medianoche que salió a buscarse y este amanecer que lo encuentra, recién parido y hambriento, como el hombre lobo que despierta hombre, desnudo y encogido en posición fetal sabiendo que acuna en sus entrañas a una fiera indomable incapaz de saciar. El hombrecito distingue la mañana por el olor, siente la necesidad de tragarla y entiende que tiene hambre, quiere un café caliente, el abrazo quijotesco de cualquier Sancho Panza. Entra en Handicap, y el chico que lo atiende le pregunta como se llama y si se escribe todo junto, como suena.” Fin.

Antes de llegar a Roca me tiento con un par de zapatos, entro, pido el número en el color que siempre elijo casi todo y me los pruebo, esa manera medio teatral de llevar puesto lo que siempre querremos ser.





( nueve )

En la obra social saco número y mientras espero abro la caja con el par de zapatos nuevos para volver a mirarlos, me los dejo puestos. Me llaman, hago autorizar las órdenes, voy a la caja, espero, pago. Listo. Busco, en el laboratorio, el resultado del análisis de la uña del pie. A veinte metros, dando la vuelta a la manzana, está el centro de imágenes. Todo tan cerquita parece la escenografía de una obra de teatro. Saco turno para la ecografía mamaria, arremeto a andar a pie las veinte cuadras de distancia. Llego, me siento, un lugar divino, todo vidrio y del otro lado un jardín de plantas sin flores, una selva de cuentos, tan prolija. El talón del pie derecho empieza a hacer pucheros, mira al par de zapatos nuevos y le dice malo, malo. Reservo hora para la senografía. a las diecisiete. De nuevo en la calle, el sonambulismo propaga la marcha, pienso esto y entonces sí, busco algún colectivo que me acerque. Tomo el 107, no doy más. Mentalmente despliego el cuadro sinóptico de los trámites y lo repaso como un juego de obstáculos a sortear. El talón del pie derecho ya llora a gritos. Por más que me descalce en cuanto llegue no va a querer saber nada de volver a acompañarme a las cinco. Mi talón derecho está enojado con el par de zapatos nuevos, o celoso de mí. Le explico que el par de zapatos nuevos no es malo, que se fije, si no, en su hermano, el tobillo izquierdo, como se amoldó de bien, lo que pasa es que hay cosas, circunstancias, que a algunos nos cuesta más que a otros aceptar, pero que el par de zapatos nuevos lo quiere, porque si no a mamá no le podría haber gustado, y que igual es un amor que no se iguala al que siente por él, que es una parte suya.



( once )

Método:

Con senógrafo de foco fino y ultrafino de alta resolución se efectuaron incidencias cráneo caudal y media lateral oblicua, con compresión de ambas mamas.

Luego se digitalizan las exposiciones, procesándose las imágenes obtenidas, previo a su documentación.

Motivo de consulta:

Control anual conforme a estudios anteriores presentados a la fecha.

Informe:

No se observan formaciones nodulares, así como tampoco grupo de calcificaciones que resulten sospechosas. Tampoco se detectan otros signos de atipía ni cambios significativos respecto a examen anterior.



( trece )

Mientras me baño siento que en lugar de cuerpo tengo un hueco. Busco mas arriba de mi cabeza un pensamiento superior. Tanteo los bordes de un estante alto y se me ensucian las yemas de los dedos. La conciencia es una construcción de encastres de piedras, acumulación y tiempo, se mueve una y retumba el eco de las otras, juntas, en toda la cueva. Me pasa algo que no sé que es y describo ese algo sin nombre diciendo como es, le pongo textura, densidad, olor. Digo que es como el tronco de un árbol que es áspero y concreto, fecundo cuando lo toco y enrarecido si me rozara, viene de afuera, no de antes, y si se rompe, estallaría. Cierro la ducha y me empiezo a secar, un rumor de impresiones, un pronunciamiento de voz en la boca del estómago con el tamaño de una nuez, el carozo de un durazno.

Abro la caja donde guardo los protectores diarios sin apuro en bautizar la sensación, sin categorizarla, despego la cinta autoadhesiva y la adhiero a la bombacha suspendida por las rodillas entreabiertas. Veo, el interior de la caja y pienso en el contenido con la palabra “apósitos”. El vapor esfuma la intensidad, el baño disuelto al agua es una acuarela. El agua caliente de la ducha me clavó los dientes en el tobillo derecho como un perro rabioso, ahora lame la herida y cada lengüetazo es un látigo de fuego, un azote de escalofríos subiendo en espiral hasta la nuca. Una serpiente enroscada al tobillo como un torniquete para que no sangre, un guante de cuero sin rastro estrangulándome, latiendo como el deseo cuando acaba de ser satisfecho. Miro las manchas rojas que el agua caliente dejó sobre la piel, amontonadas en el pecho, sobre los hombros , las tetas como gotas. ¿Todas las gotas tienen el mismo tamaño? Un grupo de manchitas rosadas más difusas cerca del ombligo, y dos o tres dispersas en los muslos. Estoy yendo por el pasadizo secreto de la cueva de la conciencia, hay un revoloteo, un aletear precipitado, emigratorio y se me escapa la sensación sin nombre. Me pongo el piyama como si vistiera a otra, alguien a quien amé profundamente pero de quién ya no estoy enamorada.



( dieciséis )

Cuelgo la toalla limpia, perfumada con el olor de la lavandería, Gaby conoce mis miserias, mis secreciones, las de con quien elijo o desearía compartirlas, los humores, el ánimo, la frecuencia, nunca es lo mismo tres camisetas en toda la semana que cuatro remeritas y una blusa. Yo le llevo una bolsa con trapos usados y al día siguiente recibo una pila de ropa limpia, disfrutar del confort como de un milagro. 
Mis dedos acortan el largo de la tela sobre el toallero, englobo la asepsia del baño con una mirada desde el umbral, la mano sobre el marco de la puerta, casi todo el peso del cuerpo apoyado en uno de los pies, la cintura brevemente afirmada sobre el mismo, la cadera curvando la firmeza. Apago la luz al mismo tiempo que giro y llevo el secador y el trapo de piso hasta afuera, el aroma a limón cruza el departamento conmigo, lo huelo desde el patio mientras prendo un cigarrillo, mientras el humo se abre lento en formas inesperadas, sube por las rejas, se vuelve indistinguible del resto del aire, a ratos el viento me atrapa la bocanada desde los labios y la sopla sin ceremonia, con el sonido de las maderitas, el llamador de ángeles.

Revivo la situación con el ecógrafo, la sensación de parecer una tonta, de ser tonta y no poder disimularlo. Es todo, hasta la forma que adopta la cartera sobre la silla, él diciendo te desvestís detrás del biombo, la bata prendida hacia adelante, y yo aparecer con la bata para atrás. El biombo como un objeto desmesurado, perverso. El tono de su voz, de profesor viejo, cansado, rencoroso. Me nombra por mi nombre desde que entré pero lo repite el doble de veces desde que nota mi incomodidad, oírlo detrás de la desnudez de mi sombra replicada sobre las paredes del biombo. Mi desnudez, las sombras, el biombo, mientras reacomodo la abertura de la bata... es indigno. Todo lo es, la luz blanca sobre su mesa convierte al resto del consultorio en algo inacabado, su espera, la paciencia hartante que le supongo, soy una puta inexperta que no sabe satisfacerlo. Rotá hacia mí. Sus dedos cerca de mi cuello, apenas apoyados sobre las clavículas. Hacia mí. Levantar el mentón y mirarlo directamente a los ojos sabiendo que no sé si es orgullo u obediencia, las tetas sueltas. Tu cuerpo, rotá tu cuerpo hacia mí. Entender la consigna, girarlo, sobre la camilla de la cintura para arriba, a un lado y otro. A la furia la disuelve la apatía, el aburrimiento, la percepción del cuerpo como una prolongación científica. Se esfuma la insistencia del nombre, la concepción irrepetible de quién soy, de nuevo el mar embravecido en la pantalla, un cielo plomizo, el mecimiento pendular antes de volverse feroz, la gestación previa de una tormenta y un gran barco viejo a la deriva con las velas sopladas a favor del viento. Veo la piel lubricada por el gel, la presión sobre las planicies de mis pechos, los huecos de sombra son bollos de papel, la reminiscencia de una época muy larga sin definición. Tengo los pezones apiñados, el frío de la luz blanca sobre su escritorio, los minutos de silencio, los círculos en espiral elevando la proporción de mis areólas a distancias inconmensurables. Él mira el monitor, yo quito la vista de su mano. Las maniobras del mango encuentran la bolillita, presiona. Siento la vergüenza de su desconcierto, la necesidad de repararla preguntándome con un tono casual la razón por que vine y yo contestar, como distraídamente, por rutina. Necesitar que no se preocupe por mí para poder tranquilizarme. Oírle pedir, por el intercomunicador, los estudios anteriores de la paciente. Golpear la secretaria, a los dos segundos, la puerta del consultorio, con mi historial. Rogar, que por la rendija del marco no me vea en esta posición: el cuerpo quebrado en la cintura, con el perfil apuntando al lateral opuesto donde se acurrucan las rodillas. Pensar que va a pensar que estoy medio desmayada, moribunda y que cuando la policía forense llegue verá mi ropa sobre el biombo confirmando que, lo que sea que haya pasado, fue consentido.
Dos centímetros de ceniza caen al piso del patio, vuelco saliva sobre el dedo índice, los globitos de baba alzan el descuido hasta la rejilla, entre el dedo índice y medio de la mano izquierda la brasa inmutable sigue consumiendo la tercera parte del cigarrillo sin fumar.



( diecisiete )

En el Jam del sábado hay una cercanía que se sucede sin repetición, es alguien que supongo tolerante de quien no veo más que sus empeines, la piel, probablemente mate, parece verdosa, es la imagen de un cuadro expresionista.

Cuando voy a trabajar, todos los días, paso por dos o tres negocios de muebles de estilo a medida, en una de las vidrieras se exhibe una pintura que nunca miro. El horario del trayecto desde mi casa hasta el trabajo es el recorrido más cercano a lo que de verdad soy, por eso siempre llego rápido, sin contradicciones, fácilmente. El horario, del trayecto desde hasta mi casa hasta el trabajo, es el recorrido más cercano a lo que de verdad soy.

Las pisadas de los pies me alcanzan en la vereda, el aire respira profundamente a través de mi piel, en momentos como éste pienso a la vida como una aliada capaz de conspirar contra el orden natural de sus propios principios, alterar el vuelo de las aves, convocar una tormenta imprevista, feroz, en un pueblo cercano, girar los vientos con tal de refrescarme sin tenerme que empapar. Es un pensamiento mágico, aliviador, figurativo. La cercanía cabe en las baldosas pisadas, ocho cuadros grises. Los empeines verdes ponen su mano sobre mi hombro, insisten en el vivero yendo a Pérez por la ruta vieja. Yo tengo dos plantas que me compré hace unos meses, desarrollándose atrevídamente. El cactus fue anterior, el cactus es macho, no hombre.

Fálico

erecto

burdo primitivo

austero

inagotable irrespetuoso concreto

se seca el sudor de la frente con el antebrazo maldice y escupe

pero cuando quiere tanto

duele

te pincha.

Las plantas no, son una Lolita y una femme fatal.



( catorce )

Martes 20: retirar PAP, confirmar turno Dra. a partir de las 15:00 hs. ✓



( quince )

No sueño, empiezo a pensar que no existo. Después pienso o sueño que estoy en el purgatorio y que es o parece una sala de espera, en las manos tengo un machete con los nombres de los amantes que tuve. Presupongo que estoy soñando porque entiendo cosas que sacadas de este ámbito serían imposibles de explicar pero mi memoria, además, recorre los últimos párrafos escritos antes de acostarme, corrijo mentalmente los tiempos verbales, busco sinónimos de corrección, enmiendo el infinitivo. “Las plantas no” no, las plantas no (coma) nada que ver. ¿Y lolita con minúscula? no sé... Si el presente es tan efímero no sé, entonces, cuanto tiempo debe transcurrir para que el pasado o el futuro no pertenezcan a él.



( dieciocho )

Salí de trabajar y pasé por casa a buscar los estudios, son las cinco menos veinte y hago tiempo hasta la hora del turno. Mientras camino juego con las palabras que es el único juego que me entretiene porque lo juego bien, mano a mano. Mamografía y senografía en mi propio glosario wikipedico libre significa: fórmulas gráficas contemporáneas basadas en antiguos escenarios griegos donde se manifestaban provechosas obras de aparente sentido maternal. El google dice véase desambiguación pero para mí que el gineceo tiene que ser como esas fotos de Hamilton donde las mujeres reposan tranquilamente en unas piscinas que son como baños termales, y las pantorrillas, por el efecto del agua, parecen escurridizas como peces. En las tetas no tengo ningún cáncer y lo sé, sería el colmo. Una calesita, un tipo oscuro de sonrisa entreabierta tienta nuestros pezones con una sortija tumorosa. 
Si me muero, yo no sé por que me imagino que mi alma no sería rápidamente admitida al resto de los espíritus femeninos, en realidad me imagino mi alma como la caricatura de una conchita desconcertada. 
Cruzo la mitad de la calle y llego al cantero que divide ambos brazos, cambia el semáforo, espero, el sol acaricia a contrapelo el lomo de los edificios. ¿Todas las avenidas de la ciudad corren en sentido Norte-Sur y de sur a norte por casualidad? ¿ O es a propósito para que no se encandilen los automovilistas? Cuando la secretaria cortó la estampilla por la línea troquelada adhiriéndola al informe anual de mi PAP y me entregó el sobre, yo pensé si no me estaría dando un buen motivo para morir. Cruzo la otra mitad de Pellegrini.

...



No sabemos que somos hijos, nietos de los hijos de la Segunda Guerra, queremos matar al hermano, vencerlo. No podemos entender que para acuchillarlo hay que abrir el cajón de los cubiertos de la mesada de la cocina de casa. Nos seguimos creyendo enemigos, contrarios, rivales. Pensamos que para ganar, el otro, indefectiblemente, debe perder, sentirse inferior, incapaz. Y lo derrotamos con el mismo arma que nos hirió de muerte. Destruir como sea nuestras miserias como si fueran las únicas, las peores. Somos tan egocéntricos que hasta creemos que en lo peor también somos únicos. Todavía andamos corriéndonos de los límites fronterizos de nuestros propios estados, con los muñones en alto, victoriosos. Jugar a la ruleta rusa no es otra cosa que sentarse frente a un espejo y gatillar.



( diecinueve )

Releo lo que acabo de escribir mientras espero mi turno. La cola del ascensor era interminable, si cada uno asiste a las consultas médicas con una, dos, hasta tres personas acompañándolos no hay manera, lugar, nada. La otra vez le conté algo parecido a Gaby y como ella es tan militante y por ahí cuando quiere sabe ponerse irónica me dijo que lo que pasaba es que con esto de los planes que da el gobierno ya nadie trabaja y están al pedo, entonces si la abuela se quedó sin toallitas, van todos al super de los chinos que tienen abierto hasta tarde, al tío le duele la muela y todos le hacen el aguante en la guardia del Vilela. Subí los cinco pisos por escalera, y no me cansé, así que no debo estar enferma. O no hizo metástasis.
Una nenita viene corriendo a los tropezones y golpea con ambas manos la silla vacía que hay al lado mio y me mira para que la mire y le sonría, enseguida la madre dice fuerte “vení para acá” y como yo sigo leyendo sin mirar, a propósito, lo que escribí, escucho “Abigail no molestés” y unas risotadas ahogadas. Pienso: son un par de ignorantes que me tienen desangrada en el piso dispuestas a rematarme, les tendría que explicar la cuestión de la hermandad, pero justo se abre la puerta del consultorio y sale una mujer con un bebé en brazos, el marido con el cochecito plegado y una nena de siete, ocho años presumiblemente celosa. Detrás de la procesión aparece la doctora, bellísima... es más que eso, es que es necesario hacer una descripción exacta de ella porque si yo digo así cualquiera puede entender que apareció en el umbral airosa o presumida y no, nada que ver, es el término justo entre perfección y humanidad, eso es exactamente. Mira la sala de espera, me ve y sonríe, dice que tal con los labios y la voz, yo también sonrío, respondo, digo hola como si todo eso me fuera natural e intrascendente, en realidad lo que hago es un gesto bajo de aleteo ínfimo entre los párpados y la conciencia. No siempre me levanto, pero a veces cuando caigo me despierto. (Subrayo)
Releo un poco más de lo escrito y me acuerdo, Abigail llorisquea sin ganas con las manos suspendidas sobre los muslos de su madre que se acaricia la panza mientras mira la pantalla del celular, la chica que estaba sentada al lado de ella ahora está adentro del consultorio. El puñado se abrió, me doy cuenta que el puñado se abrió. Se disolvió el puñetazo, capaz que ni vinieron juntas ni se conocen. O sí, pero se rieron de otra cosa. O las que se rieron fueron otras. O no. Capaz sí fueron ellas, y fueron parte de la burla circunstancial que unió una parte de sus trascendencias como mi necesidad actual de acercarme a Abigail. llamar su atención, gatear hasta sus manos con mis palmas e improvisar un juego capaz de distraernos unicamente a las dos, dejar afuera su madre, la mía, la panza, el mundo.




Vuelvo a releer lo escrito en el cuaderno y termino con las correcciones. Me acuerdo del sueño del purgatorio como una sala de espera, claro, soñé con esto yo. 
¿Y si antes de morir me operaran? Entonces tendré que andar a las disparadas haciéndome tiempo con los pre quirúrgicos sin que nadie sospeche nada, porque el útero no es un apéndice.
Cuando era chica y una amiga me explicó lo que significaba coger yo pensé que era un acto físicamente imposible de ser realizado, me desesperaba hurgar en el medio del nacimiento de mis piernas, estaba convencida de haber nacido fallada, sin ese agujero, y sufría por el dolor que sentirían mis padres tarde o temprano al enterarse, pero era una angustia inconfesable que me carcomía. Empecé a tener pesadillas recurrentes de que era varón, y que miraba con una tristeza inconsolable los calzoncillos que mami me había lavado colgados en la soga del patio. Para colmo con esa misma amiga, en ese tiempo, justo nos enamoramos de una compañera del grado y perseguíamos a la chica por todo el colegio, me acuerdo que estábamos por tomar la comunión y teníamos que confesarnos, yo insistía en que había que contárselo al cura, que nos amparaba el secreto de confesión, y mi amiga que no, que ni se me ocurra porque nos iban a mandar al Buen Pastor que era un reformatorio lleno de pibas que eran mitad mujer y mitad hombre. Yo temblaba que nos pasara algo en el momento de recibir el cuerpo de Cristo, que se nos chamuscara la piel como los vampiros cuando ven la luz del día, que nos cayera un rayo y quedáramos estacadas en plena capilla. Pero después me enteré que las ostias las hacían en una panadería de la otra cuadra que atendía una familia buenísima y me pareció imposible que esa gente nos pudiera dar algo malo, así que confesamos pavadas que ni habíamos hecho y tomamos la comunión sin que ninguna catástrofe interrumpa nuestras inocencias. Después crecimos, yo comprobé que mis órganos reproductores estaban completos y en su lugar, y que coger era un acto físico absolutamente posible. Ella quedó embarazada enseguida, dejó de estudiar y ya no volvimos a vernos.

Me imagino yendo sola a operarme... como una mucamita de pueblo, acomodar en un bolso un camison, una toalla, un jabón, un par de bombachas. Al jabón después lo dejo allá porque se hace un enchastre. Un montón de cosas tendría que llevar y yo me conozco, en eso soy poco femenina, no llevaría nada. Iría con la cartera de siempre, el cuaderno de notas, los cigarrillos, unos ibuprofenos, curitas. La gente no sabe nada que me voy a operar pero si supiera me preguntaría si no tengo miedo y yo no podría explicar que miedo en sí no tengo, y si tuviera tampoco me lo quitaría la presencia de nadie. Entonces pienso si me sentiría triste y no sé, no me puedo dar cuenta de eso. A lo mejor antes de cerrar la puerta del departamento mirara el interior y se me ocurriera no verlo nunca más y existiera en algún último instante la añoranza de más tiempo y un poco de desesperación sí, en el momento en que salgo a la calle y todavía es de noche, y no hay nadie en el mundo que sepa lo que estoy a punto de hacer.

Sale la chica que estaba en el consultorio y se acerca a una pareja que está despatarrada en dos sillas, les dice algo, la pareja se levanta, el pibe exagera el gesto de fastidio y trata de percibir de reojo si causó en nosotros el efecto deseado, la única que le festeja el sentido de humor es su novia. Cuando suben al ascensor la otra chica también se une a la risotada, escucho como la segunda risa se cuelga en la mitad de la primera y la primera vuelve a empezar para esperarla y la segunda se apura y se estira para llegar a las carcajaditas finales al mismo tiempo, un orgasmo simulado de risas acabadando simultáneas por complacer una estimulación ajena que no las estimula, que ejercita el hábito infantil de la repetición.

La doctora dice un apellido y es la mamá de Abigail.

Me declaran clínicamente muerta durante varios segundos...
Veo toda la situación desde el techo del quirófano, un gran murciélago pegado al cielo raso. No, una polilla, esas mariposas chiquitas, comunes, marroncitas, que se posó ahí. No sé cuanto tiempo pasa, si esto que pasa se cuenta con reloj, si se mide, si se cuenta. Tengo un tajo que me divide el cuerpo en un horizonte, entre ambas orillas se amontonan, a medio caer, las vísceras. Partida al medio, la piel arrancada y doblada para afuera, los chakras sin saber si irse con el alma, o bancar al cuerpo. Toda destripada sobre la mesa de operaciones. Miro bien y veo que los cirujanos son cirujas, se dieron al abandono mientras me operaban... No, no son cirujas, son artistas: artistas plásticos. Menos la doctora, que es de carne y hueso. A lo mejor ya morí definitivamente y es la autopsia... no van a saber que soy donante. A lo mejor no hay túnel, luz ni sosiego después de la muerte. O yo agarré para otro lado. A lo mejor es para siempre la muerte, un castigo de por vida.

La mamá de Abigail sale del consultorio, la doctora no dice mi apellido, me llama por el nombre. Y eso solo ya es aliviador.



( veinte )

-Yo que vos lo termino ahí, pero el relato es tuyo

-Ya sé, pero mi idea era armar el personaje de una hipocondríaca que iba de médico en médico esperando el resultado fatal y se enferma por no encontrarlo.