El tiempo que transcurrió desde su última estadia hasta la sucesiva ausencia no podía ser precisada con la misma cronología de los urbanismos porque era un espacio individual, más sensitivo que existente. Carente de sentido y a la vez tan imprescindible como el romance entre el dedo gordo y el paladar. O como una brecha tornasol primero, y después más parecido al espacio que hay en la vulva de una mujer que ya parió un amor.
En sí, la distancia recorrida con la misma brevedad pero diferente urgencia.
Por eso. Por lo que haya sido... él no tardó en volver lo que duró la demora ni mi espera. Yo acusé recibo pero sin fechar la decepción por lo que no quedaron registros que invaliden ni atestigüen el origen de la falta.
Yo quería que vuelva durante la siesta o a la nochecita, mejor de día pero si fuera de madrugada igual. Que vuelva antes de que se seque la ropa y terminen las vacaciones. Para que me encuentre acalorada, suelta y amplia, y para que me encuentre. Me bese el ardor de la lengua, la quemazón en los dedos de tanto escribirle.
Más que nada... que vuelva para festejarme las acrobacias literarias.