minarrativa

jueves, 8 de diciembre de 2011

PELIGRO: doble sentido

 
Mientras ella agradece extendiendo el vuelto y el ticket, él le pregunta de algún hotel por acá cerca y ella le dice que bueno… está el Savoy a dos cuadras que es excelente, típicamente europeo o si prefiere otro cinco estrellas más moderno, ambientación más lineal el Rostower no está lejos tampoco pero él le larga una carcajada al mismo tiempo que aclara que el hotel es para él, no para el auto. Entonces la timidez de ella le insinúa que no entiende y él abrevia de alguna manera que baje los ojos de las ruedas porque la cuatro por cuatro es del laburo pero el viático no cubre el hospedaje y se lo tiene que garpar solo. Al disculparse el tipo aprovecha y le pide si por favor lo ayuda para salir porque tiene miedo de tocar el BMW que está al lado pero como ella se queda callada le vuelve a decir que solamente le vaya indicando y se fije porque le parece que el giro no le va a dar. Y a ella que la coherencia tampoco le dá para negarse por vergüenza, porque él preguntaría ¿vergüenza de que? y ella le tendría que hacer saber que auxiliar con indicaciones ese tipo de maniobras automovilísticas le hace sentir o pensar que está impartiendo instrucciones sexuales a un acompañante ocasional.
Le cobra a la señora que espera su turno mientras le hace gracias al bebé que tiene en brazos y pierde tiempo buscando el cambio que insistió en darle porque “hasta monedas me sobran con la escasez que hay”.
Pero el tipo acomodado detrás del volante la sigue esperando así que a ella no le queda más opción que abandonar la registradora y caminar hasta pararse a unos pocos pasos frente al parabrisas. El vehículo gatea unos centímetros y ella le indica que avance, los polarizados se bajan y la sonrisa de él pregunta si puede, entonces al gesto de su mano ella suma la afirmación verbalizada. Le pide que siga un poco más y él cuestiona la certeza por el peligro de la proximidad, ella le asegura el sí confirmándole el avance y lo incita hasta convencerlo que le dé un poco más. Y él, más miedoso que asombrado se frena, pero el índice de ella traza círculos lentos en el aire y sus labios le recomiendan que se venga apenas un poquito a la izquierda. Él sugiere que esté atenta si atrás roza algo y ella le asegura, le exige que siga y siga. Por eso, a él que sólo le quedaría recordarle que le avise hasta cuando lo detiene el grito de ella para que pare y después de nuevo, apenas, pero despacio.
Más que él mismo, es su ánimo quien le confiesa que lo está haciendo transpirar. Ella le avisa que listo, ya está. El ánimo de él pregunta si ya sale y cuando el gesto mudo de ella asiente él que le agradece… y que el favor… y qué que te debo… Y ella que no es nada… que de nada.
Pero dos pasos más y le cae la voz de él que con un susurro plasma su vergüenza en palabras al decirle que ni que le hubiera pedido que lo guíe para saber como cogerla.