Mi querida Elvira:
Si bien nunca abandoné tu recuerdo no es el motivo que me impulsa a escribirte. Ni siquiera es un impulso. Todo en mi vida ha sido meticulosamente hilvanado antes del pespunte. Sin embargo, a la determinación de no vernos más la zurció mi madre… Nosotras apenas pudimos esconder en el dobladillo la promesa de retomar el amor en cuanto ella dejara de interferir. Un tiempo después reconvenimos con criterio más adulto que sabrías de su deceso sea el momento que sea bajo y las circunstancias en las que nos hallemos. Y ése fue nuestro pacto.
Acaba de fallecer. De muerte natural a los ochenta y dos años de edad.
No creas que perdí la cordura ni la cronología de nuestras existencias. Aunque no asistí ni desde lejos a tu boda me las ingenié para verte portar tu vientre lleno, redondeado tres veces por él.
Pudiendo tomar el tren directo a la capital hacía trasbordo en nueve de julio sólo para apostarme frente a tu esposo, saludarlo y que su comentario me lleve hasta tus oídos. Le miraba las manos sin gesto poner el sello y extenderme el boleto con la diestra. En el anular izquierdo relucía vuestra alianza. En algún momento, como todo, se hizo costumbre hasta que dejé de verlo y supe que cortaban los ramales ferroviarios. El destino de traslado estaba fuera de mis horizontes. Entonces sólo rogué dos cosas… que tú piel sobreviva a la ferocidad del sol norteño y volver a verte una vez más, en este orden.
Pasaron más de cuarenta años y la proximidad que alguna vez compartimos fue disuelta por la distancia y desargumentada por el fundamento pero… era preciso desdoblar el molde y dar la puntada final para lucir el atuendo como corresponde o guardarlo de por vida en el ropero.
Tu amiga Emilse.
Si bien nunca abandoné tu recuerdo no es el motivo que me impulsa a escribirte. Ni siquiera es un impulso. Todo en mi vida ha sido meticulosamente hilvanado antes del pespunte. Sin embargo, a la determinación de no vernos más la zurció mi madre… Nosotras apenas pudimos esconder en el dobladillo la promesa de retomar el amor en cuanto ella dejara de interferir. Un tiempo después reconvenimos con criterio más adulto que sabrías de su deceso sea el momento que sea bajo y las circunstancias en las que nos hallemos. Y ése fue nuestro pacto.
Acaba de fallecer. De muerte natural a los ochenta y dos años de edad.
No creas que perdí la cordura ni la cronología de nuestras existencias. Aunque no asistí ni desde lejos a tu boda me las ingenié para verte portar tu vientre lleno, redondeado tres veces por él.
Pudiendo tomar el tren directo a la capital hacía trasbordo en nueve de julio sólo para apostarme frente a tu esposo, saludarlo y que su comentario me lleve hasta tus oídos. Le miraba las manos sin gesto poner el sello y extenderme el boleto con la diestra. En el anular izquierdo relucía vuestra alianza. En algún momento, como todo, se hizo costumbre hasta que dejé de verlo y supe que cortaban los ramales ferroviarios. El destino de traslado estaba fuera de mis horizontes. Entonces sólo rogué dos cosas… que tú piel sobreviva a la ferocidad del sol norteño y volver a verte una vez más, en este orden.
Pasaron más de cuarenta años y la proximidad que alguna vez compartimos fue disuelta por la distancia y desargumentada por el fundamento pero… era preciso desdoblar el molde y dar la puntada final para lucir el atuendo como corresponde o guardarlo de por vida en el ropero.
Tu amiga Emilse.