minarrativa

jueves, 8 de diciembre de 2011

¿Y? ... ¿


Y YO?

En una de las primeras charlas, mientras nos despedíamos y antes de que cortara me animé a insinuárselo pero en términos más suyos que míos, como si hubiera sido una ocurrencia casual y con el margen chistoso necesario donde poner, por las dudas, su ¿fastidio? ¿descreimiento? Nunca supe como hablarle.
Estudiante de Letras y para colmo rubia, saqué como pude lo poco que tenía: el año de taller literario cursado como excusa para conseguir novia.
Me esforzaba tanto en parecer lo que no era para convencerla de que estaba hecho a su medida, que le hablaba como nunca lo hubiera hecho o como si yo fuera como ella… La imitaba repitiendo lo que le escuchaba decir y usaba sus mismas palabras para persuadirla pero mi deseo impostergable y genuino daba de bruces con su negativa perturbación. ¿No? Perturbada negatividad. ¿Cómo vendría a ser, entonces? Pero se reía y yo… peor, más verseaba.   

Aquella noche en que bebía de su cuerpo, borracha mi lengua de tan fatigosa belleza donde perdiera mi desvarío la razón y le suplicara con el desconsuelo anhelante, primitivo de que justifique el deseo como tal y lo calme.

-         ¿Qué decís?
-         Que te toqués sola, mi amor… y yo te miro, por favor.
-         Es que a vos no te va a excitar como lo hago y para mí sería tan vergonzoso como si me vieras cagar.
Me quedé mudo. Y ella, como pensando un ratito con los codos apoyados sobre la cama, después me miró y me dijo dos cosas más: que todas las mujeres se masturban pero que ninguna lo hace como en las pornos.
Por eso, me acuerdo que le dije. Tal cuál como me salio y de la única forma en que se dicen esas cosas, sin palabras (por suerte). Y porque ya no daba más y ella me gustaba tanto que me quería quedar no sólo con  la desnudez y el intercambio sino con algo de su intimidad también.
Entonces apoyó de nuevo el cuerpo sobre la cama, la cara en la almohada y se puso a mirar un punto de la habitación. De esa manera imprecisa pero clara me dejó absolutamente afuera de una escena que era suya. Primero me dio bronca pero me calenté igual apenas la sábana evidenció su desnudez tras el movimiento rítmico y circular de las caderas. Apareció la marca difusa del último bronceado, los bordes de la bombacha enredada entre los muslos.
Había acomodado una mano entre las piernas y adiestraba el tiempo con roces medidos, superficiales, intermitentes primero y después menos calculados, cada vez más intensos y sostenidos. Empecé a sentir el ruido mojado que hacía la piel al salir de su hueco y adiviné el olor y el resto. Me fijé que la otra mano cabalgó por un rato sobre una de las nalgas pero no se pegó el chirlo que yo esperaba ni se dio vuelta para que le pudiera ver bien los dedos pegajosos metidos entre los labios, gemir, mirarme. Nada, siguió siempre así, de espaldas. Sin ofrecerme ni censurando, me convirtió en el espectador de un acto privado.
Excluido y ridículo mirándola coger con ella misma o con alguien que su fantasía plasmaba entre su cuerpo y mi cama. Por el quiebre entendí el gesto como conclusión y por los breves segundos que duró la inmovilidad hasta que las plantas de los pies volvieron a tensarse y recomenzó el oleaje que mojó de nuevo todo otra vez. El arco imperceptible de su espalda y el grito disimulado de voz… Como si fuera la queja aniñada de una criatura, ese sonido tan parecido que emiten los gatos y los bebés.