
En una de las primeras charlas, mientras nos despedíamos y antes de que cortara me animé a insinuárselo pero en términos más suyos que míos, como si hubiera sido una ocurrencia casual y con el margen chistoso necesario donde poner, por las dudas, su ¿fastidio? ¿descreimiento? Nunca supe como hablarle.
Estudiante de Letras y para
colmo rubia, saqué como pude lo poco que tenía: el año de taller literario
cursado como excusa para conseguir novia.
Me esforzaba tanto en parecer
lo que no era para convencerla de que estaba hecho a su medida, que le hablaba como
nunca lo hubiera hecho o como si yo fuera como ella… La imitaba repitiendo lo
que le escuchaba decir y usaba sus mismas palabras para persuadirla pero mi
deseo impostergable y genuino daba de bruces con su negativa perturbación. ¿No?
Perturbada negatividad. ¿Cómo vendría a ser, entonces? Pero se reía y yo… peor,
más verseaba.
Aquella noche en que bebía de su cuerpo, borracha mi lengua de tan fatigosa belleza donde perdiera mi desvarío la razón y le suplicara con el desconsuelo anhelante, primitivo de que justifique el deseo como tal y lo calme.
-
¿Qué decís?
-
Que te toqués
sola, mi amor… y yo te miro, por favor.
-
Es que a vos no
te va a excitar como lo hago y para mí sería tan vergonzoso como si me vieras
cagar.
Me quedé mudo. Y ella, como
pensando un ratito con los codos apoyados sobre la cama, después me miró y me
dijo dos cosas más: que todas las mujeres se masturban pero que ninguna lo hace
como en las pornos.
Por eso, me acuerdo que le
dije. Tal cuál como me salio y de la única forma en que se dicen esas cosas,
sin palabras (por suerte). Y porque ya no daba más y ella me gustaba tanto que
me quería quedar no sólo con la desnudez
y el intercambio sino con algo de su intimidad también.
Entonces apoyó de nuevo el
cuerpo sobre la cama, la cara en la almohada y se puso a mirar un punto de la
habitación. De esa manera imprecisa pero clara me dejó absolutamente afuera de
una escena que era suya. Primero me dio bronca pero me calenté igual apenas la
sábana evidenció su desnudez tras el movimiento rítmico y circular de las
caderas. Apareció la marca difusa del último bronceado, los bordes de la
bombacha enredada entre los muslos.
Había acomodado una mano entre
las piernas y adiestraba el tiempo con roces medidos, superficiales, intermitentes
primero y después menos calculados, cada vez más intensos y sostenidos. Empecé
a sentir el ruido mojado que hacía la piel al salir de su hueco y adiviné el
olor y el resto. Me fijé que la otra mano cabalgó por un rato sobre una de las
nalgas pero no se pegó el chirlo que yo esperaba ni se dio vuelta para que le
pudiera ver bien los dedos pegajosos metidos entre los labios, gemir, mirarme.
Nada, siguió siempre así, de espaldas. Sin ofrecerme ni censurando, me
convirtió en el espectador de un acto privado.
Excluido y ridículo mirándola
coger con ella misma o con alguien que su fantasía plasmaba entre su cuerpo y
mi cama. Por el quiebre entendí el gesto como conclusión y por los breves
segundos que duró la inmovilidad hasta que las plantas de los pies volvieron a
tensarse y recomenzó el oleaje que mojó de nuevo todo otra vez. El arco
imperceptible de su espalda y el grito disimulado de voz… Como si fuera la
queja aniñada de una criatura, ese sonido tan parecido que emiten los gatos y
los bebés.